sábado, 7 de junio de 2025

011 Los tres milagros

Siempre que uno piensa en los profetas, se imagina cosas. Se imagina a una persona barbuda, desgreñada, desarrapada. No es imprescindible que esté limpio, como en las películas. Más bien, la limpieza resultaría sospechosa en un buen profeta. Nos imaginamos a una persona medio deshecha, como si se nos apareciera después de un accidente. Una persona que se acerca renqueante al pueblo, a la ciudad. Llega a la plaza y, con los ojos desorbitados, lanza su maldición.

Conviene, para la armonía de la historia, que la profecía anuncie desgracias. Los profetas sucios no tienen muchos motivos para predecir cosas alegres. Las cosas halagüeñas se quedan en otros sitios: en los palacios, en las casas de los ricos. Al pueblo, nadie le predice buenas cosas. No suelen suceder. Por eso, los profetas se especializan en calamidades.

Una vez anunciado el desastre, hay dos efectos entre los oyentes. Unos, temerosos, huyen para que, al poner tierra de por medio, la maldición no les alcance. Otros, temerosos, intentan agredir al profeta y son detenidos por otros, más temerosos aún que los primeros. Así, una especie de terror supersticioso se apodera del pueblo y protege al profeta. El profeta pronuncia palabras fuertes, cosas innombrables.
Lo que todo el mundo piensa, pero que nadie dice en voz alta.

Miedo contenido que se desata por la boca del profeta. Miedo que vuelve a resonar en los oídos de sus víctimas. Las víctimas, cada vez más aterradas, reconocen sus pensamientos en la boca del profeta. Al final, todos se retiran de él. Es un apestado. Nadie quiere estar a su lado. Los malos augurios se contagian. Hay que huir. Sólo quedan cerca los rezagados, los despistados, los inútiles y los discípulos.

Qué gran alegría es, para un profeta, encontrar discípulos. Puede dirigirse a ellos. Puede anunciarles cosas divinas. Puede enseñarles. La formación de los discípulos requiere una escuela. La escuela le requiere a él: el Maestro. Así, con mayúsculas, se escribe: Maestro. Llega la sabiduría a todos. Se mete en todos los bolsillos, en todos los oídos, en todas las almas. La palabra del profeta se amplifica. Se dignifica. Se hace más y más sonora. Las profecías convencen más cuando son más los que las gritan. Estos discípulos forman
la Primera Ola: los que aportan fe y fanatismo.

Los profetas reúnen a sus discípulos en asambleas. Parecen animados de una fuerza sobrenatural. Todos imitan la mirada del Maestro, sus ademanes, sus sonrisas, su ira, sus magulladuras, su aspecto accidentado... Todos lo imitan, por mimetismo y porque quieren ser como él, como la Autoridad que vino del desierto. Quieren jugar a ser él y, en muchos modos, lo son.

Crear conlleva obligaciones. Si entre los discípulos hay mujeres, suele suceder el
primer Milagro para la socialización del profeta: el milagro de la limpieza. La suciedad pierde importancia. Pasa a un segundo término. Las miradas de adoración de las discípulas hacia el amado líder no deben detenerse por la suciedad. Cambia, se asea. Lo hace de forma imperceptible, para mayor gloria de la causa. Lo hace para dejar que las mujeres se acerquen a él. De esta manera, ya pueden acercarse otros discípulos: los discípulos de la Segunda Ola. Los que tenían fino el gusto y el olfato. Los que vienen a aportar sabiduría y gestión.

Los nuevos discípulos procuran establecer mecanismos de poder. Los mecanismos de poder son función del número de habitantes de la secta. Aquello, sí, ya
es una secta. Cuantos más discípulos, más burocracia, más dinero que manejar, más bienes que gestionar, más inversiones que realizar. De estos segundos discípulos se escogen los obispos de la secta. Son gestores natos. Dirigentes implícitos y explícitos. Son lo que estábamos necesitando.

Cuando los gestores gestionan la secta, se produce el
segundo Milagro: la primera división de trabajo. Se dividen las funciones entre los Antiguos y los Nuevos. Los Antiguos suelen dedicarse a formar a las Olas sucesivas. Los de la Segunda Ola se dedican a echar cuentas, a invertir los dineros y a programar los viajes de los de la Primera Ola. Por eso, algunos autores llaman a la Segunda la Ola Administrativa, mientras que a los primeros les denominan la Ola de los Santos. Esta división del trabajo, incipiente jerarquía, crea una dinámica nueva en la secta: la del crecimiento inevitable.

En efecto, los de la
Ola de los Santos, a pesar de su aparente falta de luces, no pueden disimular una cierta animadversión contra los de la Ola Administrativa. No saben por qué lo hacen, pero lo hacen. Lo cierto no es que sospechen con pruebas o perciban algo raro. No suelen hacerlo. Su mecanismo de autodefensa es más elemental. Suele basarse en la pura o santa envidia. Por ella, los de la Ola de los Santos desprecian y odian, cordialmente, a los de la Ola Administrativa, sus dirigentes. Estos les responden preparándoles viajes para enviarlos lo más lejos posible. Cuanto más insoportable sea el comportamiento del Santo, más apartado será el lugar al que será enviado. Así se extiende la predicación y, con ella, el poder de la secta.

Cuando el poder de la secta empieza a descollar, sus inversiones son más abundantes. Es la hora en la que llegan a la secta los de la
Tercera Ola: la Ola de los Banqueros. En efecto, los banqueros se acercan, al principio, a proponer sus servicios a la secta. Se suelen quedar en ella cuando comprenden lo que la secta puede hacer por ellos. Los banqueros saben de inversiones. Son el complemento ideal para los administrativos. La Ola de los Banqueros produce el tercer Milagro: la segunda división de trabajo en la secta. La Ola de los Banqueros retira, de la mano de los Administradores, las inversiones. A partir de ese momento, los administrativos solo gestionarán los gastos. Los banqueros se encargan de las inversiones.

Quedan, pues, el trabajo y el poder más divididos. La
Ola Administrativa se ve desposeída del control de inversiones. Tiene lugar su encuentro con la envidia. También se encuentran con la alegría sorda de la Ola de los Santos. En esta fase hay conversiones y comprensiones memorables, pero todo se hace en secreto. Los banqueros conversos quieren gobernar la secta, mejorar su imagen, servir mejor al profeta.

El profeta, entretanto, ha mejorado su dicción y su alimentación. No se ocupa ya de la formación de sus discípulos. Hace tiempo que vive entre comodidades y ha descubierto
el placer de los Allegados. El Maestro reina, pero no enseña. El Maestro suspira y es interpretado por sus exegetas. El Maestro vive lejos de su pueblo para estar más cerca de sus visiones. El Maestro contempla cómo se extiende su poder hasta pueblos y países desconocidos. El Maestro se convence así de la Verdad de sus creencias. El Maestro no distingue entre las diferentes Olas. Su bondad sin límites le lleva a prestar atención a cualquiera. A cualquiera a quien le dejen aproximarse.

El Maestro, el profeta, está demasiado ocupado con sus Allegados y con sus visiones. No conviene que gestione la secta. No es conveniente para los negocios de la secta. No es necesario que esté al corriente de los asuntos menudos. El Maestro “
es” y solo con ser gobierna la secta. Hoy la secta se expande gracias al santo esfuerzo de sus predicadores, a la gestión de los viajes y al producto de las inversiones. Lo que empezó como iluminación y se sostenía con prédicas, se sostiene hoy con prédicas y con negocios. O, como algunos sostienen, con negocios y con prédicas. No es baladí el matiz. Pero los envidiosos de la secta mienten para manchar al profeta.

Luego, más tarde, un día aciago:
muere el profeta. Acontecimiento previsible para todos, menos para sus discípulos. Muere el profeta y, por un momento, es como si su luz dejara de iluminar la tierra. Muere el profeta y sus seguidores desgarran sus vestiduras en señal de duelo. Muere el profeta y los que saben callan para no enturbiar el luto, pero los que saben también sonríen, precisamente porque ellos son los que saben.

Muerto el profeta, al profeta le sucede el pánico de sus seguidores. Muerto el profeta, todos creen estar muriendo un poco. Muerto el profeta, sus discípulos elevan sus llantos al cielo y, cuando han cesado los llantos, empiezan a elevar sus alabanzas. Los allegados al Profeta eligen a un líder, a alguien de mucha confianza. Suele ser alguien de la
Ola de los Santos, porque la Ola de los Santos suele tener una hoja de servicios irreprochable y también una fe inmensa en el Profeta, y, por supuesto, una dosis pequeña de inteligencia. En fin, a alguien que reúna la autoridad de la dedicación y la simplicidad del manipulable.

FIN




 
 
 

 
 

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