Conviene,
para la armonía de la historia, que la profecía anuncie desgracias.
Los profetas sucios no tienen muchos motivos para predecir cosas
alegres. Las cosas halagüeñas se quedan en otros sitios: en los
palacios, en las casas de los ricos. Al pueblo, nadie le predice
buenas cosas. No suelen suceder. Por eso, los profetas se
especializan en calamidades.
Una
vez anunciado el desastre, hay dos efectos entre los oyentes. Unos,
temerosos, huyen para que, al poner tierra de por medio, la maldición
no les alcance. Otros, temerosos, intentan agredir al profeta y son
detenidos por otros, más temerosos aún que los primeros. Así, una
especie de terror supersticioso se apodera del pueblo y protege al
profeta. El profeta pronuncia palabras fuertes, cosas innombrables.
Lo
que todo el mundo piensa, pero que nadie dice en voz alta.
Miedo
contenido que se desata por la boca del profeta. Miedo que vuelve a
resonar en los oídos de sus víctimas. Las víctimas, cada vez más
aterradas, reconocen sus pensamientos en la boca del profeta. Al
final, todos se retiran de él. Es un apestado. Nadie quiere estar a
su lado. Los malos augurios se contagian. Hay que huir. Sólo quedan
cerca los rezagados, los despistados, los inútiles y los
discípulos.
Qué gran alegría es, para un profeta, encontrar
discípulos. Puede dirigirse a ellos. Puede anunciarles cosas
divinas. Puede enseñarles. La formación de los discípulos requiere
una escuela. La escuela le requiere a él: el Maestro. Así, con
mayúsculas, se escribe: Maestro. Llega la sabiduría a todos. Se
mete en todos los bolsillos, en todos los oídos, en todas las almas.
La palabra del profeta se amplifica. Se dignifica. Se hace más y más
sonora. Las profecías convencen más cuando son más los que las
gritan. Estos discípulos forman la
Primera Ola:
los
que aportan fe y fanatismo.
Los
profetas reúnen a sus discípulos en asambleas. Parecen animados de
una fuerza sobrenatural. Todos imitan la mirada del Maestro, sus
ademanes, sus sonrisas, su ira, sus magulladuras, su aspecto
accidentado... Todos lo imitan, por mimetismo y porque quieren ser
como él, como la Autoridad que vino del desierto. Quieren jugar a
ser él y, en muchos modos, lo son.
Crear conlleva
obligaciones. Si entre los discípulos hay mujeres, suele suceder el
primer
Milagro
para la socialización del profeta: el milagro de la limpieza. La
suciedad pierde importancia. Pasa a un segundo término. Las miradas
de adoración de las discípulas hacia el amado líder no deben
detenerse por la suciedad. Cambia, se asea. Lo hace de forma
imperceptible, para mayor gloria de la causa. Lo hace para dejar
que las mujeres se acerquen a él.
De esta manera, ya pueden acercarse otros discípulos: los discípulos
de la
Segunda Ola.
Los que tenían fino el gusto y el olfato. Los
que vienen a aportar sabiduría y gestión.
Los
nuevos discípulos procuran establecer mecanismos de poder. Los
mecanismos de poder son función del número de habitantes de la
secta. Aquello, sí, ya es
una secta.
Cuantos más discípulos, más burocracia, más dinero que manejar,
más bienes que gestionar, más inversiones que realizar. De estos
segundos discípulos se escogen los obispos de la secta. Son gestores
natos. Dirigentes implícitos y explícitos. Son lo
que estábamos necesitando.
Cuando
los gestores gestionan la secta, se produce el segundo
Milagro:
la primera división de trabajo. Se dividen las funciones entre los
Antiguos y los Nuevos. Los Antiguos suelen dedicarse a formar a las
Olas sucesivas. Los de la Segunda
Ola
se dedican a echar cuentas, a invertir los dineros y a programar los
viajes de los de la Primera
Ola.
Por eso, algunos autores llaman a la Segunda
la Ola
Administrativa,
mientras que a los primeros les denominan la
Ola de los Santos.
Esta división del trabajo, incipiente jerarquía, crea una dinámica
nueva en la secta: la
del crecimiento inevitable.
En
efecto, los de la Ola
de los Santos,
a pesar de su aparente falta de luces, no pueden disimular una cierta
animadversión contra los de la Ola
Administrativa.
No saben por qué lo hacen, pero lo hacen. Lo cierto no es que
sospechen con pruebas o perciban algo raro. No suelen hacerlo. Su
mecanismo de autodefensa es más elemental. Suele basarse en la
pura o santa envidia.
Por ella, los de la Ola
de los Santos
desprecian y odian, cordialmente, a los de la Ola
Administrativa,
sus dirigentes. Estos les responden preparándoles viajes para
enviarlos lo más lejos posible. Cuanto más insoportable sea el
comportamiento del Santo, más apartado será el lugar al que será
enviado. Así
se extiende la predicación y, con ella, el poder de la
secta.
Cuando
el poder de la secta empieza a descollar, sus inversiones son más
abundantes. Es la hora en la que llegan a la secta los de la Tercera
Ola:
la Ola
de los Banqueros.
En efecto, los banqueros se acercan, al principio, a proponer sus
servicios a la secta. Se suelen quedar en ella cuando comprenden lo
que la secta puede hacer por ellos.
Los banqueros saben de inversiones. Son el complemento ideal para los
administrativos. La Ola
de los Banqueros
produce el tercer
Milagro:
la segunda división de trabajo en la secta. La Ola
de los Banqueros
retira, de la mano de los Administradores, las inversiones. A partir
de ese momento, los administrativos solo gestionarán los gastos. Los
banqueros se encargan de las inversiones.
Quedan, pues, el
trabajo y el poder más divididos. La Ola
Administrativa
se ve desposeída del control de inversiones. Tiene lugar su
encuentro con la envidia.
También se encuentran con la alegría sorda de la Ola
de los Santos.
En esta fase hay conversiones y comprensiones memorables, pero todo
se hace en secreto. Los banqueros conversos quieren gobernar la
secta, mejorar su imagen, servir
mejor al profeta.
El
profeta, entretanto, ha mejorado su dicción y su alimentación. No
se ocupa ya de la formación de sus discípulos. Hace tiempo que vive
entre comodidades y ha descubierto el
placer de los Allegados.
El Maestro reina, pero no enseña. El Maestro suspira y es
interpretado por sus exegetas. El Maestro vive lejos de su pueblo
para estar más cerca de sus visiones. El Maestro contempla cómo se
extiende su poder hasta pueblos y países desconocidos. El Maestro se
convence así de la Verdad de sus creencias. El Maestro no distingue
entre las diferentes Olas. Su bondad sin límites le lleva a prestar
atención a cualquiera. A
cualquiera a quien le dejen aproximarse.
El
Maestro, el profeta, está demasiado ocupado con sus Allegados y con
sus visiones. No conviene que gestione la secta. No es conveniente
para los negocios de la secta. No es necesario que esté al corriente
de los asuntos menudos. El Maestro “es”
y solo con ser gobierna la secta. Hoy la secta se expande gracias al
santo esfuerzo de sus predicadores, a la gestión de los viajes y al
producto de las inversiones. Lo que empezó como iluminación y se
sostenía con prédicas, se sostiene hoy con prédicas y con
negocios. O, como algunos sostienen, con negocios y con prédicas. No
es baladí el matiz. Pero los
envidiosos de la secta mienten para manchar al profeta.
Luego,
más tarde, un día aciago: muere
el profeta.
Acontecimiento previsible para todos, menos para sus discípulos.
Muere el profeta y, por un momento, es como si su luz dejara de
iluminar la tierra. Muere el profeta y sus seguidores desgarran sus
vestiduras en señal de duelo. Muere el profeta y los que saben
callan para no enturbiar el luto, pero los que saben también
sonríen, precisamente porque ellos son los que saben.
Muerto
el profeta, al profeta le sucede el pánico de sus seguidores. Muerto
el profeta, todos creen estar muriendo un poco. Muerto el profeta,
sus discípulos elevan sus llantos al cielo y, cuando han cesado los
llantos, empiezan a elevar sus alabanzas. Los allegados al Profeta
eligen a un líder, a alguien de mucha confianza. Suele ser alguien
de la Ola
de los Santos,
porque la Ola
de los Santos
suele tener una hoja de servicios irreprochable y también una fe
inmensa en el Profeta, y, por supuesto, una dosis pequeña de
inteligencia. En fin, a alguien que reúna la
autoridad de la dedicación y la simplicidad del manipulable.
FIN

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