miércoles, 21 de mayo de 2025

010 Subidos a hombros de gigantes

La humanidad, ingenua y prepotente, cree que todo se lo debe a sí misma. Piensa que su existencia solo se la deben a ellos mismos. No sabe que ha llegado hasta aquí “subida a hombros de gigantes”. Para ellos, esa frase solo es el título de un disco de Oasis. Prefieren ignorarlo todo sobre el pasado. El agradecimiento no es una virtud contemporánea.


Sin embargo, a veces hay sabios que nos lo recuerdan. Sabios que han descubierto alguna verdad del pasado, o que la han redescubierto, o que la han encontrado. Sabios que se sienten obligados a informarnos de sus pesquisas. Son sabios de buena fe, que creen en la Verdad y en la necesidad de decirla. Esos sabios reciben como pago el descrédito y la ruina.
La humanidad se lo agradece con el olvido.

Uno de esos sabios era astrónomo. Trabajaba en el observatorio de
Palo Alto, en California. Allí llevaba la vida sedentaria y apacible del científico funcionario: un buen contrato de enseñanza e investigación, una buena casa, un buen coche, unas vacaciones pagadas, uno o dos artículos publicados anualmente en revistas prestigiosas. Su vida no desmerecía de la de los otros científicos. Había sabido integrarse en su entorno. No había realizado grandes descubrimientos. Tampoco tenía aspiraciones administrativas. Carecía de ambición. No tenía grandes enemigos.

Nuestro héroe anónimo descubrió una verdad. Una verdad incómoda: el universo cambia. No solo porque exista una expansión o un
big bang. El universo cambia mucho más rápidamente: cambia a la velocidad con que los hombres modifican la manera en que lo describen. El universo ha variado enormemente. A principios del siglo XX, el universo solo consistía en las miles de estrellas de la Vía Láctea. Ahora el universo contiene cuásares, universos isla, materia oscura, etc. Antes del siglo XX, el universo era apenas el Sistema Solar. Mucho antes, los planetas giraban en torno a la Tierra, en circunferencias perfectas y en epiciclos. Y aún mucho antes, la Tierra descansaba sobre las espaldas de un gigante llamado Atlas, que la salvaba del abismo.

Nuestro astrónomo anónimo descubrió algo: t
odos esos cambios no eran meros cambios descriptivos. El universo se adapta a cada descripción. Esa descripción, esa verdad aceptada, cambia. El universo se amolda al paradigma científico del momento. Un vértigo se apodera de quien puede llegar a esa conclusión. En ese momento, se da cuenta de todo lo que debemos a quienes nos precedieron. Nuestro héroe anónimo lo resumió en tres frases:

Si Atlas no hubiera sostenido el mundo durante todo el periodo antiguo, la Tierra se habría despeñado en el Hades. Hoy no existiríamos.

FIN







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