sábado, 7 de febrero de 2026

028 ¡Con todo el amor que me tuviste!

Un día cualquiera. Las once menos diez. Salgo del despacho. Saludo y digo: “Ahora vuelvo, voy a tomar un café”. Distraído, miro hacia un cartel. “Tráiganos su hipoteca”.

La hipoteca es ahora un concepto filosófico, mucho más que un instrumento de préstamo. La hipoteca se ha convertido en un medio que nos permite vivir. Vivir y soñar. También dormir en una casa de propiedad compartida. Compartida con el banco. Me detengo ante la puerta. Cedo el paso a una clienta. Soy un caballero. Un caballero bien vestido. De esos empleados que nos vestimos bien para sonreír a los clientes.

Al fin salgo a la calle. El aire acondicionado me abandona de golpe. Siento el calor seco de agosto. El ruido de fondo es ensordecedor. Coches. Motocicletas. Gente que habla, que pasa, que se abalanza sobre otra gente. Que se esquiva. Que se evita. Gente, gente y gente. Que mira, que parpadea. Gestos nimios. Banda sonora de ruido blanco.

Me detengo en el semáforo. Una línea pintada de blanco. Una luz roja al fondo. Los coches pasan como les corresponde. La muchedumbre, desglosada en peatones, espera obediente. Luz ámbar. Los coches aminoran la marcha. Se detienen al fin. La señal de verde nos avisa. Se abre un paso en el tráfico. Como si
Moisés hubiera separado las aguas. Nos movemos todos hacia delante, el paso firme y decidido. Soy un hombre con un objetivo: tomar café en la cafetería de enfrente.

La cafetería tiene un nombre místico. Poético. De lugar exótico. De capital de país lejano. Conforme me acerco, la gente de la otra orilla se aproxima. Todos exactos, matemáticos, tomamos trayectorias que se evitan. Siempre me ha sorprendido. ¡Cuánta coordinación! Tenemos un instinto especial para sortearnos. En realidad, nos pasamos la vida evitando a algo, o a alguien. La costumbre llevada a la maestría.

Entro en la cafetería. Me siento. Me siento junto a ti, sin saberlo. No te he visto, porque no te estoy buscando. Tampoco esquivándote. No podía imaginar que estuvieras allí, junto a mí. El destino nos ha llevado a aquel lugar, a aquella hora, después de tantos años. No es un hecho previsible. Siento que alguien me observa. Me incomodo. Hay una mujer que me mira fijamente. Estoy seguro. Decido mirarte y te miro. Te sostengo la mirada, firme, impertinente. Tal vez hay un signo de interrogación en mis ojos. Un resquemor. Estoy a punto de preguntar: “
¿Desea usted algo?”. De pronto, sorpresa. “¿Eres tú?”.

Sí, es ella. “
¿Qué haces tú aquí?”. Ella. Pero ya no es Ella; fue más ella de lo que hoy es.

¡Cuánto tiempo! ¡Cuánto hemos cambiado! Bueno... ¡Tú no!”. Le miento. No responde. Pienso que sabe que miento. La mentira se acepta como cortesía. No. No somos los mismos.

Nadie es el mismo ya. Tal vez tú más que yo. Hablas raro. Un acento indefinible. “
—¿Qué fue de tu vida? —Huí”. Huiste de mí. Te embarcaste a Bogotá. De allí a la selva.

De la selva a las
FARC. La guerrilla romántica. El mito del Ché. La muerte. La belleza.

Eras vehemente. Sigues siendo vehemente. Yo, ya no. Ahora soy un simple empleado de banca. Tú eres una activista. Una activista frente a un empleado de banca. Una militante que, en algún lugar, viste de verde oliva, calza botas y dispara. Estás en eso que se llama “
la lucha”. En una selva lejana. En una guerra más lejana aún. No es que lo fueras. Se nota que todavía lo eres. Ahora nos vemos más distintos. Más distantes. Más del otro lado.

Para mí, el pasado se pierde y se olvida. Yo creo en el cambio. Vivo en él. Para mí es el secreto de la vida. O de la supervivencia. Tú no. Tú crees en los valores fuertes. En los valores eternos. Yo solo tengo valores blandos. Valores adaptables. Valores que se amoldan. Los que te permiten llegar a fin de mes. Valores burgueses y sencillos. Tú crees en los conflictos. En las soluciones de los conflictos. En las batallas. En los disparos.

Crees en el amor. Siempre has creído en el amor. Mucho más que en el abandono.

Siempre has sido una idealista. Sí, una idealista con pistola. De pronto, te levantas, te quedas parada. Me miras. Pienso: “
¿Qué estará viendo en mí? ¿Un antiguo amante? ¿Una desilusión? ¿Un enemigo de clase? ¿Un traidor a la causa?”.

Sí que he cambiado. “
Ahora ya soy el enemigo”. Con gesto pausado, sin dejar de mirarme, abres el bolso. Te sostengo la mirada. Metes en él la mano derecha. Sacas una pistola. Me descerrajas un tiro en la cara. Caigo sobre la mesa. La sangre se mezcla con el café. El humo del tabaco, con el olor de la pólvora. Oigo gritos. Tú te quedas frente a mí. Quieta. Estática, empuñando el arma humeante.

Lo último que pienso es:
“¡Con todo el amor que me tuviste!”.

FIN


 

 

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