La hipoteca es ahora un concepto filosófico, mucho más que un
instrumento de préstamo. La hipoteca se ha convertido en un medio
que nos permite vivir. Vivir y soñar. También dormir en una casa de
propiedad compartida. Compartida con el banco. Me detengo ante la
puerta. Cedo el paso a una clienta. Soy un caballero. Un caballero
bien vestido. De esos empleados que nos vestimos bien para sonreír a
los clientes.
Al fin salgo a la calle. El aire acondicionado
me abandona de golpe. Siento el calor seco de agosto. El ruido de
fondo es ensordecedor. Coches. Motocicletas. Gente que habla, que
pasa, que se abalanza sobre otra gente. Que se esquiva. Que se evita.
Gente, gente y gente. Que mira, que parpadea. Gestos nimios. Banda
sonora de ruido blanco.
Me detengo en el semáforo. Una línea
pintada de blanco. Una luz roja al fondo. Los coches pasan como les
corresponde. La muchedumbre, desglosada en peatones, espera
obediente. Luz ámbar. Los coches aminoran la marcha. Se detienen al
fin. La señal de verde nos avisa. Se abre un paso en el tráfico.
Como si Moisés
hubiera separado las aguas. Nos movemos todos hacia delante, el paso
firme y decidido. Soy un hombre con un objetivo: tomar
café en la cafetería de enfrente.
La
cafetería tiene un nombre místico. Poético. De lugar exótico. De
capital de país lejano. Conforme me acerco, la gente de la otra
orilla se aproxima. Todos exactos, matemáticos, tomamos trayectorias
que se evitan. Siempre me ha sorprendido. ¡Cuánta coordinación!
Tenemos un instinto especial para sortearnos. En realidad, nos
pasamos la vida evitando a algo, o a alguien. La costumbre llevada a
la maestría.
Entro en la cafetería. Me siento. Me siento
junto a ti, sin saberlo. No te he visto, porque no te estoy buscando.
Tampoco esquivándote. No podía imaginar que estuvieras allí, junto
a mí. El destino nos ha llevado a aquel lugar, a aquella hora,
después de tantos años. No es un hecho previsible. Siento que
alguien me observa. Me incomodo. Hay una mujer que me mira fijamente.
Estoy seguro. Decido mirarte y te miro. Te sostengo la mirada, firme,
impertinente. Tal vez hay un signo de interrogación en mis ojos. Un
resquemor. Estoy a punto de preguntar: “¿Desea
usted algo?”.
De pronto, sorpresa. “¿Eres
tú?”.
Sí,
es ella. “¿Qué
haces tú aquí?”.
Ella. Pero ya no es Ella; fue más ella de lo que hoy es.
“¡Cuánto
tiempo! ¡Cuánto hemos cambiado! Bueno... ¡Tú no!”.
Le miento. No responde. Pienso que sabe que miento. La mentira se
acepta como cortesía. No. No somos los mismos.
Nadie es el
mismo ya. Tal vez tú más que yo. Hablas raro. Un acento
indefinible. “—¿Qué
fue de tu vida?
—Huí”.
Huiste de mí. Te embarcaste a Bogotá.
De allí a la selva.
De la selva a las FARC.
La guerrilla romántica. El mito del Ché.
La muerte. La belleza.
Eras vehemente. Sigues siendo
vehemente. Yo, ya no. Ahora soy un simple empleado de banca. Tú eres
una activista. Una activista frente a un empleado de banca. Una
militante que, en algún lugar, viste de verde oliva, calza botas y
dispara. Estás en eso que se llama “la
lucha”.
En una selva lejana. En una guerra más lejana aún. No es que lo
fueras. Se nota que todavía lo eres. Ahora nos vemos más distintos.
Más distantes. Más del otro lado.
Para mí, el pasado se
pierde y se olvida. Yo creo en el cambio. Vivo en él. Para mí es el
secreto de la vida. O de la supervivencia. Tú no. Tú crees en los
valores fuertes. En los valores eternos. Yo solo tengo valores
blandos. Valores adaptables. Valores que se amoldan. Los que te
permiten llegar a fin de mes. Valores burgueses y sencillos. Tú
crees en los conflictos. En las soluciones de los conflictos. En las
batallas. En los disparos.
Crees en el amor. Siempre has
creído en el amor. Mucho más que en el abandono.
Siempre has
sido una idealista. Sí, una idealista con pistola. De pronto, te
levantas, te quedas parada. Me miras. Pienso: “¿Qué
estará viendo en mí? ¿Un antiguo amante? ¿Una desilusión? ¿Un
enemigo de clase? ¿Un traidor a la causa?”.
Sí
que he cambiado. “Ahora
ya soy el enemigo”.
Con gesto pausado, sin dejar de mirarme, abres el bolso. Te sostengo
la mirada. Metes en él la mano derecha. Sacas una pistola. Me
descerrajas un tiro en la cara. Caigo sobre la mesa. La sangre se
mezcla con el café. El humo del tabaco, con el olor de la pólvora.
Oigo gritos. Tú te quedas frente a mí. Quieta. Estática, empuñando
el arma humeante.
Lo último que pienso es: “¡Con
todo el amor que me tuviste!”.
FIN
sábado, 7 de febrero de 2026
028 ¡Con todo el amor que me tuviste!
Un
día cualquiera. Las once menos diez. Salgo del despacho. Saludo y
digo: “Ahora
vuelvo, voy a tomar un café”.
Distraído, miro hacia un cartel. “Tráiganos
su hipoteca”.
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