Quien sabe
interpretar adquiere conocimiento. En las ciudades, los mensajes son
los edificios. Un edificio dice más de lo que oculta. Un edificio
nos enseña a sus moradores. Nos habla de sus constructores. Nos
señala a su arquitecto. Nos da información sobre leyes y
materiales. Son fósiles vivientes. Por una parte, nos traen mensajes
del pasado; por otra, nos dan evidencias del presente.
Un
edificio se adapta a sus habitantes. Se convierte en un espacio donde
transcurren las vidas, donde se celebran ritos, donde se alcanza la
felicidad o la desesperación. Un edificio delimita una porción de
espacio. Según sea esta, así se vivirá. Su diseño se proyecta a
lo largo de las vidas de muchos.
La habitabilidad se da por
supuesta. Nadie suele ponerla en duda. La habitabilidad es solo un
papel: una cédula, una patente, una autorización. La habitabilidad
muere en ese papel, sin lograr su plenitud, sin poder llegar a ser
algo más.
La habitabilidad de una casa no son solo metros
cuadrados o metros cúbicos: son escaleras, rincones, paisajes. La
habitabilidad es una música. Hay paredes que tocan bien su música.
En realidad, todas tocan “su”
música. Lo que sucede es que unas composiciones son más adecuadas
que otras.
Hay arquitectos como Mozart.
También los hay como músicos que huyen. Hay autores que nos hacen
tañer las paredes, mientras que hay otros que crean música. Sus
paredes son música, composiciones perfectas para ver, vivir y oír.
A estos últimos se les llama genios.
La
genialidad no se comprende; básicamente, se la ignora. Nadie conoce
al genio, así que nadie puede apreciarle, salvo algún mecenas. Los
mecenas tienen que ser ricos, los mecenas de los arquitectos más. La
arquitectura es una ambición de crear universos.
El sueño de
todo arquitecto es crear un edificio en expansión, un edificio vivo,
un edificio que sea más que un edificio, que parezca un territorio,
que sea como un planeta, como una galaxia, como un universo.
La
creación de los espacios, la ordenación de los mismos, la sublime
vanidad de crear un sitio para cada cosa. El cuento del perfecto
arquitecto sería así:
El arquitecto.
Un día creó el
edificio. Y supo que en aquel espacio llovería la vida. Antes de
abandonarlo, lo miró y se dijo:
“Aquí,
en la entrada, pondrán un sillón, y será un sillón Luis
XV.
Lo pondrán sobre un kilim iraní. En la pared, detrás del sillón,
colgará un tanka tibetano y una falcata ibérica. Al oeste, junto a
la ventana, se verá un perro, descansando. Un San Bernardo, de esos
que conmueven a la paciencia. La luz del atardecer se filtrará por
la ventana y los tonos ocres se fundirán con las paredes. Un mueble
de estilo, empequeñeciéndose contra el muro, nos invitará a pasar
al salón. Allí estarán, perfectamente dispuestos: el Sol, la Luna
y las Estrellas. Seguirán su camino pautado por los años y, a
veces, los dueños invitarán a sus vecinos a venir a verlos”.
Más
tarde, mucho más tarde, el arquitecto, anciano ya, vuelve a la casa
que diseñó. Es invitado a pasar por sus moradores. Ve la luz del
atardecer, contempla al San Bernardo descansando. Observa, sin
sorpresa: el sillón, la falcata, el kilim y el tanka. Su antiguo
pensamiento, hecho recuerdo, vuelve hacia él. Pasan hacia el salón
y allí todo está en su sitio: el Sol, la Luna y las Estrellas. Todo
es igual que en su recuerdo. Solo hay una diferencia: en
el Sol está sentado Shiva.
No
haría falta esclarecer la función de Shiva.
Aquí es lo inesperado; lo que no se ha imaginado, lo que se ha
pasado por alto y vuelve a reclamar su sitio. El arquitecto,
implícitamente, es monoteísta, o cristiano, o musulmán, o judío;
tal vez un hereje inglés, si la historia fue en la India. Los dueños
de la casa son hindúes. Así se evoca el problema de que unos son
dueños de lo que hacen los otros, o de cómo quien compra la obra se
refleja en ella.
Es decir, todas las obras vienen a tener dos
autores: uno, el creativo; otro, el interpretativo.
FIN
sábado, 21 de febrero de 2026
029 Edifícios.
La
información está donde todos la ven. Es la mejor manera de
ocultarla. La información se funde con nuestra mirada. Por lo tanto,
la mayoría no la ve. Nadie se atrevería a interpretar un paisaje.
Sin embargo, esa es la labor de los geólogos.
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