sábado, 21 de marzo de 2026

031 El bolígrafo.

Estaba allí, sobre la mesa. Parecía parte de ella. No se movía. Tenía el volumen preciso de los cuerpos inanimados. Silencioso, yacía. Observaba desde su insensibilidad de material inanimado. Disimulaba sus sentimientos en su geometría. Había sido dejado allí hacía dos días. Ya conocía la habitación. Se le antojaba extraño su silencio. Prefería estar así, callado...


Él miraba las cosas, las pensaba. Era lo más espiritual de todo lo que le rodeaba. No era casual que pudiera escribir. Incluso algunos autores le concedían el “
Don del alma”. Decían estos sabios que era por él por quien se escribían las palabras. Decían que poseía al supuesto autor, que este era solo un mero instrumento racional en su poder. Afirmaban que en sus estudios habían encontrado evidencias. Decían que, dependiendo del color, la forma, el tacto o el tamaño, así eran las ideas que se vertían del interior del “supuesto autor”. Pero eso fue después del principio.

En los principios, los visionarios desarrollaron una teoría: la teoría de las almas materiales. Según ellos, los objetos capaces de escribir tenían alma, un alma capaz de detentar a otras almas, almas capaces de poseer.

Conceder el don del alma indica una mirada penetrante. Pero los sabios tienen certezas que luego comunican al mundo. Las revelaciones no son casuales porque, si no, no podrían difundirse. La Doctrina se oponía a este “
espiritualismo infantil”. Sin embargo, es muy difícil interrumpir un incendio ya desatado. La idea se extendió y tuvo descendencia. Se crearon sectas y les nacieron Profetas.

Una legión de creyentes se desató sobre el mundo. Buscaban el alma de las cosas. Descubrieron que tenían que volver a definir las escrituras. Encontraron nuevos instrumentos susceptibles de tener alma. Revisaron los punzones caldeos, los cinceles egipcios, las plumas de los gansos, la tinta, los tinteros... llegaron a las prensas y las rotativas. Se dividieron así en sectas y herejías.

Pecaban unas, según las otras, contra la evidencia de las
almas materiales. Pero todas continuaban investigando. Y hubo quien se dio cuenta de que los pliegues escriben en las rocas la historia de un mundo atormentado. Buscaron entonces el alma del planeta. Y hubo quienes descubrieron que la luz escribe sombras y que estas son las que definen las formas de los cuerpos. Y estos decían que la luz tenía el alma más humilde de todas, puesto que sus escrituras son más efímeras que las del resto.

Se pusieron a punto instrumentos para detectar las creencias. Se midieron las distancias de un alma a otra y se descubrieron simetrías y estructuras. Los místicos se sorprendían unos a otros con sus descubrimientos. Cada día se avanzaba más. Se aprendían nuevas técnicas. Pero de todas, una nos tomó por sorpresa.

La estructura del alma material fue el
primer paso. El segundo fue el suponer a una estructura capacidad de contener más de un alma. El tercero consistió en trabajar sobre la hipótesis de la accesibilidad directa al interior de la estructura. El cuarto trató de definir una vía que llevara a la experiencia directa. Y en la quinta etapa... se encontró el Método.

Consistía este en elegir día, hora, lugar, fecha e instrumento. Sentarse allí y esperar la posesión. Al principio, esta sería insegura, balbuciente, temblorosa. Luego, a medida que pasara el tiempo, se haría más fuerte, segura, rotunda. Caminaría con paso firme. Tan firme que, a veces, el autor-médium se perdería, se diluiría en su dueño y tendría que ser buscado por un psiquiatra.

Lo que resultaba maravilloso del método era su sencillez práctica. Siempre había estado allí, al alcance de todos. El acceso directo, la vía directa, era posible y, además, fácil. Se trataba de una cuestión de sintonía y resonancia. Al principio, se había de tomar al objeto una hora al día. Mirarlo, tocarlo y memorizarlo era todo lo que había que hacer al principio. Durante cuatro semanas no se haría nada más, puesto que él también se tiene que acostumbrar a nosotros.

Pasado ese tiempo, hay que llevarlo encima durante dieciséis horas al día, dejándolo reposar de nosotros al menos ocho horas diarias. Después de otras cuatro semanas, ya podemos tenerle encima durante veinticuatro horas diarias. Las siguientes cuatro semanas, ya le hablaremos directamente durante una hora diaria dividida en períodos de quince minutos.

Es importante que el lugar de las conversaciones sea agradable y tranquilo, a ser posible siempre el mismo. A partir de tres semanas de conversaciones íntimas, se comenzará a pensar en el sujeto sistemáticamente, sin límites de tiempo, durante cuatro semanas más. En este punto, los dos sujetos, al haberse aproximado lentamente, ya están casi sintonizados. La posesión se alcanza de una manera imperceptible a partir de ese momento. Se ha observado que los mejores cuatro meses son los que comienzan con la última luna nueva anterior al solsticio de primavera.

Así, sencillo, era todo; así de sencillo lo continúa siendo. Curiosamente, los minerales que cristalizan en el sistema rómbico bipiramidal son los más adecuados a la sintonización.

Todos se pusieron en marcha y, a los cuatro meses de aquel novilunio, presagio de la primavera, humanos sin sus almas empezaron a aparecer por todas partes. Su única necesidad parecía ser la de escribir. Su obsesión era la de procurarse los medios. Su final, predecible, era la muerte. Cada vez eran más los posesos. Cada vez eran más las muertes.

La vida es extraña. Los deseos de los hombres lo son aún más. El mecanismo se puso en marcha y todos comenzaron a tomar el mismo destino. Las razones eran millones y todas diferentes. El suicidio colectivo se compone de razones individuales. Unos por su misticismo. Otros por su incredulidad. Estos por su odio. Aquellos por amor. Algunos buscaban su inmortalidad. Otros destruirse.

La razón que me tomó a mí fue la de esconder mi alma. Ponerla a buen recaudo significa no morir. Salir de este cuerpo era liberarse. Me sintonicé según la teoría más ortodoxa, con un instrumento de escritura. Elegí un mecanismo sencillo. Pensé así en disminuir la probabilidad de destrucción. Busqué un bolígrafo de oro. El oro era el mineral más puro. Trabé amistad con él. Memoricé todas sus estrías. Le llevé conmigo. Le acosté en su lecho. Le conté todo... también lo nuestro.

Un día, imperceptible, se sintió a gusto en mí y yo en él. Recuerdo que me puse en su mano y le empecé a dictar un relato. Escribió, escribió, escribió, escribió y continuó escribiendo. Me dejó sobre la mesa. Al día siguiente se lo llevaron. Llevo dos días aquí, sobre la mesa. Silencioso, yazgo. Conozco la habitación. Formo parte de ella. Me resulta extraño mi silencio. Pero prefiero estar así, callado....

Post scriptum. Afirmar que el relato está escrito con ese bolígrafo y transcrito a máquina es tan verosímil que no merece ser mencionado. Tampoco hay que mencionar la almoneda donde lo encontré y cómo me informaron de que había pertenecido a un loco. No es imprescindible, por tanto, informar que se trata de un loco llamado Álvarez, un interno del manicomio de Ciempozuelos en Madrid, España. Casi ya no es necesario aclarar que aún tengo conmigo aquel bolígrafo. El escrito me lo proporcionó la familia de aquel loco que se llamaba Álvarez. Al parecer, estaba depositado sobre la mesa junto a un bolígrafo de oro. El que se perdió para que alguien lo encontrase en una almoneda. Pero, claro, todo eso, aunque hay que aclararlo, tampoco conviene que se sepa.

Decían estos sabios que era por él por quien se escribían las palabras. Decían que poseía al supuesto autor, que este era solo un mero instrumento racional en su poder. Afirmaban que en sus estudios habían encontrado evidencias de que, dependiendo del color, la forma, el tacto o el tamaño, así eran las ideas que se vertían del interior del “
supuesto autor”.

Conceder el don del alma indica una mirada penetrante. Pero los sabios tienen certezas que luego comunican al mundo. Las revelaciones no son casuales porque, si no, no podrían difundirse.

FIN




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