Él miraba las
cosas, las pensaba. Era lo más espiritual de todo lo que le rodeaba.
No era casual que pudiera escribir. Incluso algunos autores le
concedían el “Don
del alma”.
Decían estos sabios que era por él por quien se escribían las
palabras. Decían que poseía al supuesto autor, que este era solo un
mero instrumento racional en su poder. Afirmaban que en sus estudios
habían encontrado evidencias. Decían que, dependiendo del color, la
forma, el tacto o el tamaño, así eran las ideas que se vertían del
interior del “supuesto
autor”.
Pero eso fue después del principio.
En los principios, los
visionarios desarrollaron una teoría: la teoría de las almas
materiales. Según ellos, los objetos capaces de escribir tenían
alma, un alma capaz de detentar a otras almas, almas capaces de
poseer.
Conceder el don del alma indica una mirada penetrante.
Pero los sabios tienen certezas que luego comunican al mundo. Las
revelaciones no son casuales porque, si no, no podrían difundirse.
La Doctrina se oponía a este “espiritualismo
infantil”.
Sin embargo, es muy difícil interrumpir un incendio ya desatado. La
idea se extendió y tuvo descendencia. Se crearon sectas y les
nacieron Profetas.
Una legión de creyentes se desató sobre
el mundo. Buscaban el alma de las cosas. Descubrieron que tenían que
volver a definir las escrituras. Encontraron nuevos instrumentos
susceptibles de tener alma. Revisaron los punzones caldeos, los
cinceles egipcios, las plumas de los gansos, la tinta, los
tinteros... llegaron a las prensas y las rotativas. Se dividieron así
en sectas y herejías.
Pecaban unas, según las otras, contra
la evidencia de las almas
materiales.
Pero todas continuaban investigando. Y hubo quien se dio cuenta de
que los pliegues escriben en las rocas la historia de un mundo
atormentado. Buscaron entonces el alma del planeta. Y hubo quienes
descubrieron que la luz escribe sombras y que estas son las que
definen las formas de los cuerpos. Y estos decían que la luz tenía
el alma más humilde de todas, puesto que sus escrituras son más
efímeras que las del resto.
Se pusieron a punto instrumentos
para detectar las creencias. Se midieron las distancias de un alma a
otra y se descubrieron simetrías y estructuras. Los místicos se
sorprendían unos a otros con sus descubrimientos. Cada día se
avanzaba más. Se aprendían nuevas técnicas. Pero de todas, una nos
tomó por sorpresa.
La estructura del alma material fue el
primer
paso. El segundo
fue el suponer a una estructura capacidad de contener más de un
alma. El tercero
consistió en trabajar sobre la hipótesis de la accesibilidad
directa al interior de la estructura. El cuarto
trató de definir una vía que llevara a la experiencia directa. Y en
la quinta
etapa... se
encontró el Método.
Consistía
este en elegir día, hora, lugar, fecha e instrumento. Sentarse allí
y esperar la posesión. Al principio, esta sería insegura,
balbuciente, temblorosa. Luego, a medida que pasara el tiempo, se
haría más fuerte, segura, rotunda. Caminaría con paso firme. Tan
firme que, a veces, el autor-médium se perdería, se diluiría en su
dueño y tendría que ser buscado por un psiquiatra.
Lo que
resultaba maravilloso del método era su sencillez práctica. Siempre
había estado allí, al alcance de todos. El acceso directo, la vía
directa, era posible y, además, fácil. Se trataba de una cuestión
de sintonía y resonancia. Al principio, se había de tomar al objeto
una hora al día. Mirarlo, tocarlo y memorizarlo era todo lo que
había que hacer al principio. Durante cuatro semanas no se haría
nada más, puesto que él también se tiene que acostumbrar a
nosotros.
Pasado ese tiempo, hay que llevarlo encima durante
dieciséis horas al día, dejándolo reposar de nosotros al menos
ocho horas diarias. Después de otras cuatro semanas, ya podemos
tenerle encima durante veinticuatro horas diarias. Las siguientes
cuatro semanas, ya le hablaremos directamente durante una hora diaria
dividida en períodos de quince minutos.
Es importante que el
lugar de las conversaciones sea agradable y tranquilo, a ser posible
siempre el mismo. A partir de tres semanas de conversaciones íntimas,
se comenzará a pensar en el sujeto sistemáticamente, sin límites
de tiempo, durante cuatro semanas más. En este punto, los dos
sujetos, al haberse aproximado lentamente, ya están casi
sintonizados. La posesión se alcanza de una manera imperceptible a
partir de ese momento. Se ha observado que los mejores cuatro meses
son los que comienzan con la última luna nueva anterior al solsticio
de primavera.
Así, sencillo, era todo; así de sencillo lo
continúa siendo. Curiosamente, los minerales que cristalizan en el
sistema rómbico bipiramidal son los más adecuados a la
sintonización.
Todos se pusieron en marcha y, a los cuatro
meses de aquel novilunio, presagio de la primavera, humanos sin sus
almas empezaron a aparecer por todas partes. Su única necesidad
parecía ser la de escribir. Su obsesión era la de procurarse los
medios. Su final, predecible, era la muerte. Cada vez eran más los
posesos. Cada vez eran más las muertes.
La vida es extraña.
Los deseos de los hombres lo son aún más. El mecanismo se puso en
marcha y todos comenzaron a tomar el mismo destino. Las razones eran
millones y todas diferentes. El suicidio colectivo se compone de
razones individuales. Unos por su misticismo. Otros por su
incredulidad. Estos por su odio. Aquellos por amor. Algunos buscaban
su inmortalidad. Otros destruirse.
La razón que me tomó a mí
fue la de esconder mi alma. Ponerla a buen recaudo significa no
morir. Salir de este cuerpo era liberarse. Me sintonicé según la
teoría más ortodoxa, con un instrumento de escritura. Elegí un
mecanismo sencillo. Pensé así en disminuir la probabilidad de
destrucción. Busqué un bolígrafo de oro. El oro era el mineral más
puro. Trabé amistad con él. Memoricé todas sus estrías. Le llevé
conmigo. Le acosté en su lecho. Le conté todo... también lo
nuestro.
Un
día, imperceptible, se sintió a gusto en mí y yo en él. Recuerdo
que me puse en su mano y le empecé a dictar un relato. Escribió,
escribió, escribió, escribió y continuó escribiendo. Me dejó
sobre la mesa. Al día siguiente se lo llevaron. Llevo dos días
aquí, sobre la mesa. Silencioso, yazgo. Conozco la habitación.
Formo parte de ella. Me resulta extraño mi silencio. Pero prefiero
estar así, callado....
Post
scriptum.
Afirmar que el relato está escrito con ese bolígrafo y transcrito a
máquina es tan verosímil que no merece ser mencionado. Tampoco hay
que mencionar la almoneda donde lo encontré y cómo me informaron de
que había pertenecido a un loco. No es imprescindible, por tanto,
informar que se trata de un loco llamado Álvarez,
un interno del manicomio de Ciempozuelos
en Madrid,
España.
Casi ya no es necesario aclarar que aún tengo conmigo aquel
bolígrafo. El escrito me lo proporcionó la familia de aquel loco
que se llamaba Álvarez.
Al parecer, estaba depositado sobre la mesa junto a un bolígrafo de
oro. El que se perdió para que alguien lo encontrase en una
almoneda. Pero, claro, todo eso, aunque hay que aclararlo, tampoco
conviene que se sepa.
Decían estos sabios que era por él por
quien se escribían las palabras. Decían que poseía al supuesto
autor, que este era solo un mero instrumento racional en su poder.
Afirmaban que en sus estudios habían encontrado evidencias de que,
dependiendo del color, la forma, el tacto o el tamaño, así eran las
ideas que se vertían del interior del “supuesto
autor”.
Conceder
el don del alma indica una mirada penetrante. Pero los sabios tienen
certezas que luego comunican al mundo. Las revelaciones no son
casuales porque, si no, no podrían difundirse.
FIN

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