—Es
indudable que la humanidad ha avanzado, pero hay una ciencia que
todavía no se ha desarrollado: la Ciencia del Diseño de Sociedades.
Las
reflexiones que siguen son rigurosamente apócrifas.
—Habla
usted de “armonizar contradicciones”. ¿A qué se refiere con esa
expresión?
—Cualquier
máquina se diseña armonizando contradicciones. Si queremos que un
eje adquiera mayor velocidad angular, debemos vencer a su enemigo. En
este caso, es el calor: el calor generado por la fricción. A mayor
velocidad, mayor fricción; a partir de cierta velocidad, el eje se
fundiría. Así que, si queremos más velocidad, deberemos rebajar la
fricción o disipar el calor que genera. El desarrollo de las
máquinas exige un diseño que, primero, detecte las contradicciones
y, segundo, que las armonice, que las resuelva haciéndolas
compatibles.
—¿A
qué llama usted contradicción? ¿Podría concretar?
—En
chino, el concepto de contradicción se representa por los caracteres
矛盾,
lanza-escudo. Si esto lo trasladásemos a la guerra moderna,
podríamos hablar de la contradicción que supone el calibre de los
cañones frente al blindaje. Las contradicciones se suelen presentar
por pares: son variables que se relacionan inversamente, con
ecuaciones del estilo y = (1/x). Si queremos más de una cosa,
debemos tener menos de la otra. Las contradicciones, en el mundo
físico, siempre se presentan en pares. Es importante retener este
concepto: la contradicción es un par de opuestos. La contradicción
funciona en pares, o en antónimos. El dilema que suscitan es de la
forma: ¿cómo podremos maximizar ambas variables a la vez? O, al
menos, ¿cómo logramos un punto de equilibrio?
—Cuando
habla usted de “diseño”, ¿se está refiriendo al diseño de
maquinaria?
—No
solo de maquinaria. Cualquier sistema que funcione se diseña
armonizando cosas incompatibles. De esa armonización surge una
máquina, un sistema que funciona en torno a ese equilibrio. No solo
se trata de las maquinarias o instrumentos diseñados por el hombre.
La evolución lleva millones de años haciendo eso. Una especie no es
más que una solución a contradicciones externas e internas. El
universo se ha construido así desde el principio, armonizando
contradicciones.
—De
acuerdo con ese enfoque, los avances científicos o técnicos
surgirían de adaptar una o varias contradicciones a una solución ad
hoc.
—Efectivamente.
Hay una abundante literatura sobre este asunto. Existe un método
plenamente operativo para el diseño asistido para la investigación
mediante la clasificación y análisis de contradicciones. Se
desarrolló en 1946, en la Rusia soviética. Se llama Teoría para
Resolver Problemas de Inventiva ("Tieoriya Riesheniya
Izobretatelskij Zadach" o Теория решения
изобретательских задач), el método TRIZ.
—¿Y
usted sugiere aplicar un método similar al diseño de las sociedades
humanas?
—Históricamente,
en la construcción de las sociedades humanas no se
contempla armonizar
nada. Las sociedades se construyen para su destrucción. Los
sociólogos y los políticos dicen que esa es la norma inevitable,
pero la realidad es que ellos han diseñado las sociedades para que
colapsen en enfrentamientos y luego elevan el resultado de su diseño
a norma, a ley sociológica.
Las sociedades primitivas no
poseían este conocimiento. No podían diseñar la arquitectura de
sus sociedades para hacerlas sostenibles. Las construían en torno a
instintos como la voluntad de poder, la avaricia, la lujuria o...
Algunas religiones tenían esa intuición y clasificaban esos
comportamientos en la categoría de pecado o en la categoría de lo
que se debía evitar. Sin embargo, las sociedades hicieron caso omiso
a las religiones y, a pesar de ellas, sobre ellas se impuso otra vez
la voluntad de poder o de dominación. La agresión y la violencia
como reglas de relación.
Por eso nuestras sociedades no
funcionan: porque sus diseñadores no desean que funcionen. Su
arquitectura no se concibe como una construcción que armonice las
contradicciones. Los enfrentamientos se resuelven con la violencia en
ese tipo de sociedades. “Lo que no se puede resolver con la
violencia, es lo que no se puede resolver”. Sin embargo, la
violencia no resuelve la contradicción, no convive con ella.
Simplemente acaba con su contrario, lo arrasa, lo extermina. Pero, al
hacerlo, se destruye a sí misma, porque la contradicción solo tiene
sentido con ambos extremos.
Hasta ahora, la historia de las
sociedades ha sido un relato de los diferentes motivos de
enfrentamiento: tribu contra tribu, pueblo contra pueblo, ciudad
contra ciudad, nación contra nación, imperio contra imperio,
religión contra religión, ideología contra ideología, etc. Cada
forma de sociedad nace con su propio enemigo, con su propia guerra.
Las sociedades se construyen para enfrentarse a algo o a alguien. Su
diseño se realiza en torno a esa lucha. Pero, como afirma el Dao
Te Jing, “la
espada que se afila continuamente pronto perderá su filo”.
—El
paradigma ideológico actual oscila entre capitalismo y marxismo.
¿Qué opina de estas ideologías?
—El
capitalismo y el marxismo no son dos maneras de entender y organizar
las sociedades, son la misma manera. Ambas pretenden describir el
mundo como es. Definen un motor de las sociedades al que llaman
“lucha de clases”. En esa definición básica de las sociedades
marxistas y capitalistas se introduce la lucha, la guerra y el
enemigo. A partir de ese instante, ya no hay más “solución” que
la guerra: la guerra entre clases, la guerra entre los dos bandos
enfrentados. Sobre ese Agón se construye su sociedad. La solución
que “ofrecen” ambas ideologías es, esencialmente, la misma:
acabar con el enemigo.
—¿Es
inevitable basar la sociedad en una guerra?
—Si
se analizan las contradicciones, partiendo de la base de que son
inevitables, el enfrentamiento es obligatorio. Llegados a este punto,
uno se debe preguntar: ¿por qué esas ideologías tienen el éxito
de público que tienen? La explicación tiene que ver con los
instintos. Los instintos de la especie son simples y violentos. Un
programa basado en la lucha y la confrontación siempre tendrá éxito
porque halaga nuestros instintos de agresión: nuestros instintos más
bajos y más básicos. Esa es la mejor explicación de por qué
triunfan esas dos ideologías de confrontación. Proponen soluciones
simples para problemas complejos. Y ya se sabe que, según el teorema
de la teoría de sistemas, eso es imposible.
—Además, la
estructuración de una sociedad en base a hordas enfrentadas solo
tiene un camino: la destrucción de la misma y la sustitución de la
horda que domina por otra que también va a dominar, por lo que la
confrontación se prolonga indefinidamente. La sociedad va a
“funcionar” hasta que, de tanto en tanto, se den estallidos de
violencia y destrucción. Durante esos periodos, la acumulación de
cultura y capital no solo se detiene, sino que retrocede, con lo que
se están perdiendo no solo riqueza, sino también tiempo: el tiempo
en el que se han realizado las obras que ahora, en la “revolución”,
se destruyen.
—En cualquier caso, las revoluciones, las
guerras, no concluyen en soluciones verdaderas. En primer lugar,
porque no lo pretenden. No es una cuestión de diseño. No es una
cuestión de arquitectura. Es simplemente quitar del poder a una
casta dirigente y sustituirla por otra. Hay que ir hacia
arquitecturas diferentes de la sociedad si queremos buscar
estabilidad y progreso.
—Utiliza
usted continuamente la palabra arquitectura. Me imagino que eso es
una metáfora. ¿Podría extenderse más?
—Sí,
le pondré un ejemplo: en inglés utilizamos una palabra, “corridor”.
Es una palabra de origen español. ¿No teníamos en inglés una
palabra para corredor? Pues antes del siglo XVII, no es que no
tuviéramos palabra para corredor, es que ni siquiera teníamos
corredores. Las construcciones se hacían por acumulación de
habitaciones; se pasaba a una atravesando la anterior. Era un
concepto arquitectónico que no existía en Inglaterra. Se importó
de España, junto con el nombre. La arquitectura avanza para hacer
las casas más cómodas y habitables. ¿Por qué no se avanza
igualmente en el diseño de estructuras sociales estables?
—Pero,
¿qué me dice usted de la democracia?
—La
democracia es un avance indudable hacia la estabilidad. Pero la
democracia se queda en la superficie: es un instrumento formal, no va
al origen de las contradicciones. Simplemente las disimula y las hace
más llevaderas, más aceptables para la población. Hay
contradicciones fundamentales que persisten en una sociedad
democrática.
-¿A
qué “contradicciones fundamentales” se refiere? ¿Podría
ilustrarnos con algún ejemplo?
-Por
ejemplo, existe el problema de la desigualdad. Es evidente que entre
las personas existen desigualdades personales: en sus capacidades, en
su esfuerzo. Así que, en igualdad de condiciones, unos conseguirán
más que otros. Eso es inevitable; sin embargo, en torno a las
desigualdades, se establece un enfrentamiento evitable. En los
colegios, las personas que más se esfuerzan reciben el
reconocimiento de sus profesores, pero suscitan el rechazo de sus
compañeros. Sus compañeros no están educados para comprender que
existen diferentes capacidades. Si no lo comprenden, es imposible que
lo acepten; de ahí el rechazo. Quieren “ser iguales”, pero, con
ese planteamiento simplista, la igualdad solo podrá conseguirse en
el nivel más bajo posible. ¿No se debe premiar al que se esfuerza
más? Si un fontanero gana lo mismo que un médico, ¿qué alicientes
debería tener una persona para esforzarse y ser médico? Y no me
responda que “la vocación”, porque solo con la vocación no se
cubrirían todas las plazas de médico que necesita una sociedad bien
atendida.
-Nos
expone usted el problema de la desigualdad; ¿cómo lo resolvería
usted?
-En
este caso, mi propuesta tiene que ver con dos principios. El primero
es preguntarse: ¿por qué la desigualdad natural genera rechazo? La
respuesta es que ese rechazo se genera porque a la gente se le ha
educado en la superstición de que “nadie es más que nadie”. Así
que, cuando tiene que afrontar que alguien es mejor que ellos,
simplemente se niegan a aceptarlo, y esa incapacidad para aceptarlo
les lleva al rechazo y, del rechazo, a la violencia. Lo primero que
hay que hacer es educar a la gente en la certeza de que hay unas
personas con más capacidades que otras y que no es ningún drama que
alguien sea más trabajador, más estudioso o más inteligente que
otro.
“No se le puede exigir a nadie que sea inteligente”,
pero se debe evitar que los que no lo sean rechacen a los
inteligentes. Ibn
Jaldún, el
precursor de la teoría de juegos, contaba que en las antiguas tribus
búlgaras, a los más inteligentes de entre ellos los mataban. No
parece ser la mejor gestión para la “inteligencia”. La
inteligencia tiene una dimensión social, no solo personal. Esa
dimensión social es la que nadie percibe. Un individuo inteligente,
si la sociedad procura los medios para ello, puede tener una
importante función social. Esa dimensión social es la que no se
percibe y, por lo tanto, genera rechazo.
-¿Y
el segundo principio?
-El
segundo problema que genera la inteligencia surge de una pregunta: ¿a
los más inteligentes se les debe facilitar alcanzar mejores puestos?
¿Tener una vida mejor que los demás? Aquí tendríamos que añadir
el esfuerzo de la persona, su trabajo. Si se esfuerza más que los
demás, es natural que obtenga mayores gratificaciones. Nadie debería
percibir como injusto que alguien que se haya esforzado más que él
obtenga mayores beneficios de la sociedad. Esa percepción no solo es
errónea, es, peor que errónea, inadecuada para la estabilidad y el
progreso de la sociedad.
Así
pensaba nuestro interlocutor.
El
diseño de las sociedades es una ciencia inexistente. Hoy en día,
nadie contrata a un diseñador de sociedades.
FIN

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