sábado, 7 de marzo de 2026

030 Los Ojos de la Concubina.

No sé cómo emprender esta historia. Conozco el título. Sé cuál es su desenlace. También poseo la certeza de su recorrido. Pero dudo de cuál será la manera correcta de contar una historia inolvidable. Los hechos solo parecen fortuitos. Se ordenan cuando se conoce el fin. El fin da la clave de la finalidad, por eso no sé cómo empezar esta historia.



Lo urgente

Comenzaré diciendo que los veranos de
Chan Hao son calurosos. El río no puede con el calor del sol. Las montañas dejan de enviarnos sus torrentes. Las tierras se ahogan sin lluvia. Los insectos desisten de ser solo carne para los pájaros y se convierten en plaga para los hombres. El lago de la comarca despide vapores que acompañan a las nubes negras de los mosquitos. Solo la luz de la luna trae consigo la tregua de la brisa. Los veranos de Chan Hao son el castigo para los funcionarios de provincias.

Podéis dar por averiguado que la historia también es la de uno de esos funcionarios condenados a provincias.

Debía vigilar por la justicia del
Hijo del Cielo. Procurar que no aparecieran bandidos, que no se enturbiase la existencia de los súbditos. Todo eso se financiaba con los magros impuestos de los campesinos libres, con los exiguos donativos de las familias propietarias. Una vida dura y cómoda, que no te permitía abrigar grandes esperanzas, tampoco pasar necesidades en exceso.

Era la Casa del Funcionario una leyenda en la comarca. Había sido confiscada a un señor de la guerra, un desafecto al anterior
Hijo del Cielo. Este noble desafió el orden del Cielo mostrando al pueblo sus riquezas. Lin Yau se llamaba. Hizo ostentación. El Hijo del Cielo siempre ha sabido que la ostentación de las riquezas inicia la llama de la rebelión de los súbditos. Así ocurrió en Chan Hao. Pero en aquella ocasión fue el Emperador el que dirigió la revuelta. El Hijo del Cielo envió en secreto a un general. Pacificó la comarca mediante el sacrificio del señor feudal. El pueblo siempre agradece al Hijo del Cielo que les libere de los nobles insaciables. El Hijo del Cielo siempre triunfa en lo que se propone.

La casa se extendía por pasillos sin término. Pasillos amplios que hubieran sido fáciles de recorrer si estuvieran libres de escombros. Las paredes exteriores conservaban su cal, pero el interior ocultaba tabiques derrumbados y vigas podridas, muebles hechos leña para el fuego, restos de sedas convertidos en nidos para ratas. Era una casa inmensa, fácil de ver, difícil de vivir en ella.

Ordené a mi séquito que despejara una de las habitaciones y un salón para las recepciones. De mi primera noche en
Chan Hao recuerdo la brisa de la luna y el sonido de la noche.

Envié saludos a los nobles locales. Les emplacé para que adoraran el sello del
Hijo del Cielo. La fecha escogida, la onomástica del Emperador, les anunciaba ya el poder del Soberano. Vinieron todos a la cita. Pude contar hasta cuarenta y siete pien-fu de seda. Mis escribas añadieron más detalles a mi observación. Después de su marcha, pude establecer, complacido, que las rentas de aquellos notables debían sobrepasar los cuatrocientos mil yuanes. Fui a dormir con la tranquilidad de la sabiduría. “El que observa, halla oro allí donde los demás solo ven escorias”.

Las siguientes semanas las saboreé, devolviendo la visita a los notables. Cuando concluyeron los intercambios de regalos, ya conocía las riquezas que se me ocultaban, ya sabía lo que el Hijo del Cielo debía tomar de aquellas gentes.

El año siguiente organicé los impuestos y la justicia. Dispuse las leyes del Cielo hasta los confines de mi provincia. Quedaron pacificados los contornos y, al cabo de aquel primer año, pude descansar.

Lo imprescindible

Después de lo urgente, dispuse acometer lo imprescindible. La casa del funcionario era la audiencia del
Hijo del Cielo. La casa del poder debía reflejar la limpieza del gobierno, la grandeza del Emperador. El segundo año, el palacio quedó limpio como exigen los buenos modales. El palacio estaba preparado para representar al Emperador y para los sucesos inolvidables.

Un día, mientras me ejercitaba en la caligrafía, comprendí que alguien me miraba. Me sobresalté y miré a mi alrededor. No había nadie, pero aquella mirada existía. Yo sabía que existía. Alguien me miraba desde la pared. Ordené limpiar el primer estuco que ocultaba el tabique. El agua fue limpiando el muro y entonces sucedió.

Entretanto, el agua arrastraba la capa de inmundicia que lo cubría. Un rostro fue apareciendo. Era un rostro ovalado, de labios carnosos, con los ojos de almendra y la mirada..., la mirada de extranjera belleza, la mirada que te llenaba de estremecimientos. Luego, detrás de la mirada, fue apareciendo la desnuda belleza del cuerpo de la diosa.

Quise saber de quién era el retrato. Quién lo había ordenado, quién lo había pintado, a quién pertenecía esa mirada. Pregunté a mis asistentes. Nadie supo reconocer aquella hermosura. Al cabo, una de las sirvientas, la más anciana, pudo contarme. Me dijo:
"Es la belleza maldita de la concubina de Lin Yau".

Lin Yau, el constructor de la casa, era el noble comerciante. Uno de esos que enviaban presentes del Hijo del Cielo a tierras de bárbaros y aceptaban, por ellos, tributos. Uno de esos cuya riqueza era incalculable. Uno de esos que ignoran la sabiduría y prefieren la riqueza. La concubina se llamaba Cong Li. Había sido traída desde una isla de la Mar Grande, un presente para Lin Yau. Llegó precedida de la fama de su belleza. Traía un hechizo en su mirada y Lin Yau quedó conjurado por su embrujo.

Lin Yau dispuso traer a su casa a un maestro y sus pinceles. Le ordenó dibujar el rostro y la hermosura de Cong Li por todas las paredes del palacio. Quería tener sus ojos mirándole desde todos los rincones. El pintor retrató a Cong Li y a la lascivia de Cong Li en todos los muros de aquel palacio. La leyenda contaba que el pintor no solo retrató a Cong Li, también plasmó el hechizo de sus ojos, la desnuda belleza de su cuerpo, multiplicada por mil posturas distintas, por cien sonrisas diferentes...

Después,
Lin Yau se hizo orgulloso. Con el orgullo atrajo sobre sí la desdicha y la muerte. La concubina desapareció. Solo quedaron en palacio sus retratos, sus miradas.

Hay victorias que solo se completan después de la muerte. Hay historias que manejan los espíritus. Hay hechizos que sobreviven a sus poseedores. La mirada de
Cong Li era uno de ellos.

Muerto
Lin Yau, alguien piadoso ordenó estucar los retratos, por falta de valor para destruirlos.

El funcionario comprendió que nunca había visto una mirada como aquella, que nunca encontraría un rostro como aquel. El funcionario se adentró en los ojos de la concubina, se internó en su hechizo y el hechizo le enamoró. Los enamorados descuidan todo lo que no es el objeto de su amor.
Cong Li le miraba desde todas las paredes y desde todas las paredes le llegaban estremecimientos. Cong Li sabía mirar incluso desde un retrato, desde una pared, desde el más allá.

De pronto me di cuenta de que no tenía nada para darle, que a cambio de sus miradas no podía entregarle ningún presente. No podía envolverla en
pien-fus de seda, darle anillos o collares. Triste, pasé a pensar que si no le podía regalar nada, mi amor por Cong Li nada significaba. Sin embargo, pronto me di cuenta de que lo que se le puede regalar a una pintura es otra pintura. Comprendí que de ese modo podría envolverla en flores, arroparla con pien-fus, con ch'ang-p'aos o con shen-is; de seda, de lino, de algodón. Darle a aquella mirada vestidos que la alegrasen. Vestir su imagen, para mitigar mi deseo.

Contraté a un artista, un maestro del pincel y de la tinta. Le ordené terminar los retratos de
Cong Li, uno a uno, todos. Comenzaría dibujando los trazos y yo le daría la aprobación. Luego continuaría dibujando, ceñidos al cuerpo, los nuevos vestidos pintados de Cong Li. Uno a uno, los retratos se fueron desarrollando en figuras completas y armoniosas. Uno vestía un shen-i blanco con dibujos de flores serpenteantes; otro era azul, con un dragón defendiendo a su ama; otro, con un bordado en llamas; aquel, con un cielo cubierto de golondrinas; este, con un dulce paisaje de Guilin...

Así, uno a uno, todos los cuerpos desnudos de
Cong Li fueron recibiendo vestidos. Durante dos años, el maestro fue vistiendo de diosa a la diosa, hasta que el palacio se llenó con sus presencias. El maestro se marchó de allí con una inmensa riqueza y dejó solo al funcionario frente a Cong Li y sus miradas.

Pero los funcionarios no tienen fortunas propias; las fortunas que manejan son del Emperador, y el
Hijo del Cielo tiene informadores en todas partes. Pronto llegaron contra él los magistrados. Revisaron sus ganancias y la suntuosidad de su vida. Investigaron los impuestos que recogía y enviaba. Contra lo que se esperaba, no supieron encontrar nada reprobable. Se fueron de allí pensando que el funcionario era un erudito en locuras.

En sus informes mencionaron a la mujer elegante de las paredes, la belleza de unos ojos de almendra y la leyenda de cómo el funcionario la ordenó vestir y fue cubriendo la desnudez de su amada con trajes ricos, tejidos por los pinceles de aquel artista.

Sabio, el Emperador, o alguien de la corte a su servicio, decidió alejar al funcionario del objeto de su amor. No era conveniente que los funcionarios se enamorasen, menos aún que quedasen hechizados por la mirada de una extranjera del mar. Las órdenes encontraron su camino antes de lo que él hubiera imaginado. Partió de
Chan Hao con el alma desgarrada por aquella ajena mirada.

Esta es la historia que alguien me contó: la de un amor por una mujer que era una pintura de un palacio. La historia transcurre entre dos hombres distintos, pero con un único objeto de su deseo:
Cong Li. La historia se apresura a confinarlos a ambos en torno a la mirada extranjera de Cong Li. Cong Li, amada desde dos mundos diferentes, desde dos instantes distintos; Cong Li y su mirada, y la interpretación del primer pintor que la relata desnuda en las paredes. Cong Li y el segundo pintor, que la viste para que el pudor del funcionario pudiera enamorarse solo de la mirada misteriosa y no de la evidencia de la lascivia. Los dos amores, uno poseedor, otro poseído, son las dos orillas por las que discurre esta historia. Tal vez una alegoría de la cosmética. Solo soportable por la muerte previa de Cong Li.

FIN

 

 
 

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