Lo
urgente
Comenzaré
diciendo que los veranos de Chan
Hao
son calurosos. El río no puede con el calor del sol. Las montañas
dejan de enviarnos sus torrentes. Las tierras se ahogan sin lluvia.
Los insectos desisten de ser solo carne para los pájaros y se
convierten en plaga para los hombres. El lago de la comarca despide
vapores que acompañan a las nubes negras de los mosquitos. Solo la
luz de la luna trae consigo la tregua de la brisa. Los veranos de
Chan
Hao
son el castigo para los funcionarios de provincias.
Podéis
dar por averiguado que la historia también es la de uno de esos
funcionarios condenados a provincias.
Debía vigilar por la
justicia del Hijo
del Cielo.
Procurar que no aparecieran bandidos, que no se enturbiase la
existencia de los súbditos. Todo eso se financiaba con los magros
impuestos de los campesinos libres, con los exiguos donativos de las
familias propietarias. Una vida dura y cómoda, que no te permitía
abrigar grandes esperanzas, tampoco pasar necesidades en exceso.
Era
la Casa del Funcionario una leyenda en la comarca. Había sido
confiscada a un señor de la guerra, un desafecto al anterior Hijo
del Cielo.
Este noble desafió el orden del Cielo mostrando al pueblo sus
riquezas. Lin
Yau
se llamaba. Hizo ostentación. El Hijo
del Cielo
siempre ha sabido que la ostentación de las riquezas inicia la llama
de la rebelión de los súbditos. Así ocurrió en Chan
Hao.
Pero en aquella ocasión fue el Emperador el que dirigió la
revuelta. El Hijo
del Cielo
envió en secreto a un general. Pacificó la comarca mediante el
sacrificio del señor feudal. El pueblo siempre agradece al Hijo
del Cielo
que les libere de los nobles insaciables. El Hijo
del Cielo
siempre triunfa en lo que se propone.
La casa se extendía por
pasillos sin término. Pasillos amplios que hubieran sido fáciles de
recorrer si estuvieran libres de escombros. Las paredes exteriores
conservaban su cal, pero el interior ocultaba tabiques derrumbados y
vigas podridas, muebles hechos leña para el fuego, restos de sedas
convertidos en nidos para ratas. Era una casa inmensa, fácil de ver,
difícil de vivir en ella.
Ordené a mi séquito que despejara
una de las habitaciones y un salón para las recepciones. De mi
primera noche en Chan
Hao recuerdo
la brisa de la luna y el sonido de la noche.
Envié saludos a
los nobles locales. Les emplacé para que adoraran el sello del Hijo
del Cielo.
La fecha escogida, la onomástica del Emperador, les anunciaba ya el
poder del Soberano. Vinieron todos a la cita. Pude contar hasta
cuarenta y siete pien-fu
de seda. Mis escribas añadieron más detalles a mi observación.
Después de su marcha, pude establecer, complacido, que las rentas de
aquellos notables debían sobrepasar los cuatrocientos
mil yuanes.
Fui a dormir con la tranquilidad de la sabiduría. “El
que observa, halla oro allí donde los demás solo ven
escorias”.
Las
siguientes semanas las saboreé, devolviendo la visita a los
notables. Cuando concluyeron los intercambios de regalos, ya conocía
las riquezas que se me ocultaban, ya sabía lo que el Hijo del Cielo
debía tomar de aquellas gentes.
El año siguiente organicé
los impuestos y la justicia. Dispuse las leyes del Cielo hasta los
confines de mi provincia. Quedaron pacificados los contornos y, al
cabo de aquel primer año, pude descansar.
Lo
imprescindible
Después
de lo urgente, dispuse acometer lo imprescindible. La casa del
funcionario era la audiencia del Hijo
del Cielo.
La casa del poder debía reflejar la limpieza del gobierno, la
grandeza del Emperador. El segundo año, el palacio quedó limpio
como exigen los buenos modales. El palacio estaba preparado para
representar al Emperador y para los sucesos inolvidables.
Un
día, mientras me ejercitaba en la caligrafía, comprendí que
alguien me miraba. Me sobresalté y miré a mi alrededor. No había
nadie, pero aquella mirada existía. Yo sabía que existía. Alguien
me miraba desde la pared. Ordené limpiar el primer estuco que
ocultaba el tabique. El agua fue limpiando el muro y entonces
sucedió.
Entretanto, el agua arrastraba la capa de inmundicia
que lo cubría. Un rostro fue apareciendo. Era un rostro ovalado, de
labios carnosos, con los ojos de almendra y la mirada..., la mirada
de extranjera belleza, la mirada que te llenaba de estremecimientos.
Luego, detrás de la mirada, fue apareciendo la desnuda belleza del
cuerpo de la diosa.
Quise saber de quién era el retrato.
Quién lo había ordenado, quién lo había pintado, a quién
pertenecía esa mirada. Pregunté a mis asistentes. Nadie supo
reconocer aquella hermosura. Al cabo, una de las sirvientas, la más
anciana, pudo contarme. Me dijo: "Es
la belleza maldita de la concubina de Lin
Yau".
Lin
Yau,
el constructor de la casa, era el noble comerciante. Uno de esos que
enviaban presentes del Hijo
del Cielo
a tierras de bárbaros y aceptaban, por ellos, tributos. Uno de esos
cuya riqueza era incalculable. Uno de esos que ignoran la sabiduría
y prefieren la riqueza. La concubina se llamaba Cong
Li.
Había sido traída desde una isla de la Mar
Grande,
un presente para Lin
Yau.
Llegó precedida de la fama de su belleza. Traía un hechizo en su
mirada y Lin
Yau
quedó conjurado por su embrujo.
Lin
Yau
dispuso traer a su casa a un maestro y sus pinceles. Le ordenó
dibujar el rostro y la hermosura de Cong
Li
por todas las paredes del palacio. Quería tener sus ojos mirándole
desde todos los rincones. El pintor retrató a Cong
Li
y a la lascivia de Cong
Li
en todos los muros de aquel palacio. La leyenda contaba que el pintor
no solo retrató a Cong
Li,
también plasmó el hechizo de sus ojos, la desnuda belleza de su
cuerpo, multiplicada por mil posturas distintas, por cien sonrisas
diferentes...
Después, Lin
Yau
se hizo orgulloso. Con el orgullo atrajo sobre sí la desdicha y la
muerte. La concubina desapareció. Solo quedaron en palacio sus
retratos, sus miradas.
Hay victorias que solo se completan
después de la muerte. Hay historias que manejan los espíritus. Hay
hechizos que sobreviven a sus poseedores. La mirada de Cong
Li
era uno de ellos.
Muerto Lin
Yau,
alguien piadoso ordenó estucar los retratos, por falta de valor para
destruirlos.
El funcionario comprendió que nunca había visto
una mirada como aquella, que nunca encontraría un rostro como aquel.
El funcionario se adentró en los ojos de la concubina, se internó
en su hechizo y el hechizo le enamoró. Los enamorados descuidan todo
lo que no es el objeto de su amor. Cong
Li
le miraba desde todas las paredes y desde todas las paredes le
llegaban estremecimientos. Cong
Li
sabía mirar incluso desde un retrato, desde una pared, desde el más
allá.
De pronto me di cuenta de que no tenía nada para
darle, que a cambio de sus miradas no podía entregarle ningún
presente. No podía envolverla en pien-fus
de seda, darle anillos o collares. Triste, pasé a pensar que si no
le podía regalar nada, mi amor por Cong
Li
nada significaba. Sin embargo, pronto me di cuenta de que lo que se
le puede regalar a una pintura es otra pintura. Comprendí que de ese
modo podría envolverla en flores, arroparla con pien-fus,
con ch'ang-p'aos o con shen-is;
de seda, de lino, de algodón. Darle a aquella mirada vestidos que la
alegrasen. Vestir su imagen, para mitigar mi deseo.
Contraté
a un artista, un maestro del pincel y de la tinta. Le ordené
terminar los retratos de Cong
Li,
uno a uno, todos. Comenzaría dibujando los trazos y yo le daría la
aprobación. Luego continuaría dibujando, ceñidos al cuerpo, los
nuevos vestidos pintados de Cong
Li.
Uno a uno, los retratos se fueron desarrollando en figuras completas
y armoniosas. Uno vestía un shen-i
blanco con dibujos de flores serpenteantes; otro era azul, con un
dragón defendiendo a su ama; otro, con un bordado en llamas; aquel,
con un cielo cubierto de golondrinas; este, con un dulce paisaje de
Guilin...
Así,
uno a uno, todos los cuerpos desnudos de Cong
Li
fueron recibiendo vestidos. Durante dos años, el maestro fue
vistiendo de diosa a la diosa, hasta que el palacio se llenó con sus
presencias. El maestro se marchó de allí con una inmensa riqueza y
dejó solo al funcionario frente a Cong
Li y
sus miradas.
Pero los funcionarios no tienen fortunas propias;
las fortunas que manejan son del Emperador, y el Hijo
del Cielo
tiene informadores en todas partes. Pronto llegaron contra él los
magistrados. Revisaron sus ganancias y la suntuosidad de su vida.
Investigaron los impuestos que recogía y enviaba. Contra lo que se
esperaba, no supieron encontrar nada reprobable. Se fueron de allí
pensando que el funcionario era un erudito en locuras.
En sus
informes mencionaron a la mujer elegante de las paredes, la belleza
de unos ojos de almendra y la leyenda de cómo el funcionario la
ordenó vestir y fue cubriendo la desnudez de su amada con trajes
ricos, tejidos por los pinceles de aquel artista.
Sabio, el
Emperador, o alguien de la corte a su servicio, decidió alejar al
funcionario del objeto de su amor. No era conveniente que los
funcionarios se enamorasen, menos aún que quedasen hechizados por la
mirada de una extranjera del mar. Las órdenes encontraron su camino
antes de lo que él hubiera imaginado. Partió de Chan
Hao
con el alma desgarrada por aquella ajena mirada.
Esta es la
historia que alguien me contó: la de un amor por una mujer que era
una pintura de un palacio. La historia transcurre entre dos hombres
distintos, pero con un único objeto de su deseo: Cong
Li.
La historia se apresura a confinarlos a ambos en torno a la mirada
extranjera de Cong
Li.
Cong
Li,
amada desde dos mundos diferentes, desde dos instantes distintos;
Cong
Li
y su mirada, y la interpretación del primer pintor que la relata
desnuda en las paredes. Cong
Li
y el segundo pintor, que la viste para que el pudor del funcionario
pudiera enamorarse solo de la mirada misteriosa y no de la evidencia
de la lascivia. Los dos amores, uno poseedor, otro poseído, son las
dos orillas por las que discurre esta historia. Tal vez una alegoría
de la cosmética. Solo soportable por la muerte previa de Cong
Li.
FIN
sábado, 7 de marzo de 2026
030 Los Ojos de la Concubina.
No
sé cómo emprender esta historia. Conozco el título. Sé cuál es
su desenlace. También poseo la certeza de su recorrido. Pero dudo de
cuál será la manera correcta de contar una historia inolvidable.
Los hechos solo parecen fortuitos. Se ordenan cuando se conoce el
fin. El fin da la clave de la finalidad, por eso no sé cómo empezar
esta historia.
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