Los
políticos se alarmaron. Pensaron en ampliar las cárceles, pero ese
método era algo lento. Optaron por lo fácil: el hacinamiento.
“Donde cabían treinta, caben trescientos.” Las cárceles
empezaron a estar superpobladas, tanto que ocurrió lo inevitable.
Los guardianes no podían controlarlo. Síntoma de aquel caos: los
funcionarios dejaron de pasar lista diaria. No es que nominalmente no
lo hicieran; oficialmente pasaban lista todos los días. Lo que
quería decir era que un algoritmo rellenaba todos los estadillos
“como si”. Como si nada hubiera pasado. Como si los reclusos
estuvieran allí, día y noche. Como si los funcionarios
vigilasen.
La mayoría de los funcionarios se transformaron en
“conseguidores”.
Los conseguidores eran honrados comerciantes. Proporcionaban a los
“huéspedes”
todo tipo de peticiones, por más extrañas que pareciesen. Si se
pagaba, se conseguía.
La ausencia de control tuvo muchas
derivadas. Al cabo de poco tiempo, en la entrada y salida de la
cárcel el “flujo
neto” era nulo,
pero los reclusos no eran propiamente reclusos: eran los habitantes
de la cárcel. En la cárcel estaban más seguros que fuera de ella.
Fuera, les podían detener, pero, estando en la cárcel, nadie podría
probar que no estuvieran allí. Mejor dicho, ellos podrían probar
que sí, que estaban encerrados. Puede usted ver los registros.
La
policía lo sabía. Los jueces lo sabían. Los políticos lo sabían.
Pero el presupuesto manda. Si no puedes hacer algo mejor, no lo
empieces. Te pondrás en evidencia y perderás elecciones. Esa
sabiduría del político en activo permitió la degeneración de las
cárceles y el incremento de la delincuencia.
El asunto
alcanzó tal magnitud que las Autoridades Superiores reclamaron la
atención del gobierno sobre las cárceles del país.
Los
insidiosos Comités de Investigación se introdujeron en las
cárceles. Observaron, tomaron nota, se escandalizaron y, por último,
evaluaron. Aquello era un desastre sin paliativos. De haber existido
pena de muerte para políticos de la confederación, en aquella
sucursal-país no hubiera quedado uno vivo. Afortunadamente, las
leyes fundamentalistas contra la muerte llevaban años impuestas en
todo el mundo, por lo que las Autoridades no tenían ningún problema
en seguir por el mismo camino.
Fue entonces, cuando la
necesidad aumentó su presión, cuando apareció la solución.
La
solución fue un cambio de paradigma. La nueva cárcel no tendría
alambradas, ni puertas, ni barrotes. Y, aun así, sería
inexpugnable. Nadie podría abandonarla. Parecía un diseño sacado
directamente del capítulo 27 del Tao
Te Ching.
.../...Un
buen cerrajero no usa barrotes ni cerrojos,
y nadie puede abrir lo
que ha cerrado.
Quien ata bien no utiliza cuerdas ni nudos,
y
nadie puede desatar lo que ha atado.../...
En
realidad, de allí había salido.
El analista Jean
Vinsonneau le
musitó al Presidente que
“podían solucionar lo de la construcción de cárceles”.
El Presidente le miró con hastío y preguntó con desgana:
—¿Sí?
¿Cómo?
El
analista le dijo: “...y
con escaso presupuesto”.
Hablarle
al Presidente de un presupuesto escaso reclama su atención
inmediata. El Presidente se irguió en su silla. Mirando fijamente a
Jean Vinsonneau,
le conminó:
—¡Hable!
El
interpelado le contó sucintamente la “Posibilidad”
y el Presidente, no supo nunca por qué, le pareció interesante la
idea.
El analista salió eufórico de su conversación con el
Presidente. Era la primera vez que el Presidente le daba el nihil
obstat. Enseguida se
puso en contacto con el creador de la idea. Mejor dicho, con la
empresa del creador de la idea. Una empresa, vamos a decirlo,
decepcionante, ya que el CEO y todo lo demás era, a su vez,
propietario e inventor. Se trataba de Mizoguchi
Toru.
Toru
hacía honor a su nombre. Nunca se apresuraba. Era una persona
ensimismada. Cuando recibió la llamada de Jean
Vinsonneau, tuvo
la seguridad de acertar si decía que sí. Tomó el primer vuelo.
Después de doce horas, llegó al aeropuerto. Jean
le esperaba. Le metió en el coche y le llevó al Palacio
Presidencial. Jean
conducía de una manera endiablada. Toru
no dijo nada al respecto, pero su estómago estuvo a punto de
gastarle una mala pasada.
Llegaron ante el Presidente y este
le miró con curiosidad. Luego exclamó:
—¡Es
usted bajito!
Toru
respondió:
—Sí,
Eminencia.
El
Presidente le miró sorprendido:
—¡Vaya!
¡Y habla nuestro idioma! ¡Excelente! ¡Excelente! Jean,
ya le habrá puesto al tanto.
(Jean
solo le había dicho vaguedades.) Pues
verá, necesitamos cárceles. Las que tenemos son pequeñas. Todavía
quedan muchos indeseables por ahí sueltos...
Toru
comprendió. El Presidente estaba en un aprieto. Él podía
resolverlo. Se trataba de algo novedoso. En lugar de meter a los
condenados en la cárcel, él pretendía meter la cárcel en los
condenados. Toru
venía preparado. Llevaba años preparándose. Traía consigo la
“presentación
perfecta”: un
proyector holográfico.
Unas sugerentes azafatas mostraban los
simples pasos necesarios.
Primero se presentaba al criminal.
Un hombre malencarado, como correspondía a su condición. Las
azafatas explicaban por encima sus crímenes.
Después le
acompañaban a una sala de operaciones. Allí le implantaban un chip.
La operación era indolora. Una simple inyección, a través del oído
medio, con la que se accedía al cerebro y se inoculaba un
microchip.
Eso era todo.
Por último, las azafatas
acompañaban al condenado a la calle. Allí le dejaban “libre”.
El condenado sentía perplejidad y ansiedad. A continuación, el
condenado caía al suelo. ¿Qué había sucedido? Había “tenido
intención de delinquir”:
esto desencadenaba una respuesta sobre su cerebelo y sufría un
ataque de vértigo que le incapacitaba para cualquier acción
dolosa.
El Presidente estaba entusiasmado.
—Y
dice usted que el método es... ¿económico?
—Sí.
—¿De
cuánto estamos hablando por tratamiento?
—El equivalente a la
comida semanal de un recluso en un centro penitenciario.
Aquello
era una noticia excelente. El Presidente comprendió que estaba a
punto de pasar a la Historia como “El
Hombre que se atrevió a revolucionar las cárceles”.
No
obstante, el Presidente no mostró su entusiasmo. Simplemente dijo:
—Asignaré
el estudio a una comisión. ¿Dónde se hospeda usted?
—En
el Hotel Meridian Excelencia.
—Espléndido.
En los próximos días tendrá noticias nuestras.
Toru
salió de la reunión razonablemente esperanzado.
A la mañana
siguiente vinieron a buscarle. El Presidente quería saber más de
aquello. Para saber más había creado un grupo de trabajo (working
group). Dos
neurólogos, un juez y un policía. Tenían todas las prerrogativas
de nivel Beta y todas las facilidades de Presidencia. Recogieron a
Toru
y se desplazaron a un discreto palacio en las afueras de la ciudad.
Esa sería su residencia hasta que el grupo de trabajo sacara sus
conclusiones.
El grupo de trabajo pronto llegó a conclusiones
que, sorprendentemente, coincidían con los deseos del
Presidente.
Aquello era un sistema revolucionario. El chip no
solo contenía todas las leyes vigentes, sino que podía
reprogramarse a distancia mediante ondas de radio VLF. Se
actualizaría desde una emisora de la judicatura. El chip se
produciría en masa a un coste de 1,02 euros la unidad. El implante
podría realizarse en cualquier dispensario. Los médicos apenas
necesitaban capacitación para hacerlo.
El Comité sugería un
test a realizar en una prisión de un país amigo. Las pruebas
deberían hacerse con la discreción debida.
Las pruebas se
realizaron en la Prisión y Correccional de Abiyán.
Costa de Marfil
era un país discreto y alejado de la prensa. El Presidente estaba de
acuerdo.
Las pruebas fueron un éxito.
El Presidente
dictó una Orden Ejecutiva...
Se
encargaron siete millones de microchips a una empresa, Shenzhen
Technology Co., Ltd., de Guangdong.
En tres semanas el cargamento llegó en un
An-225
fletado a los efectos. Todo estaba preparado.
Lo primero era
vaciar las cárceles. Los alcaides publicaron un bando. Los reclusos
podrían solicitar su puesta en libertad.
El método era
expeditivo. Los reclusos entregaban la petición. Inmediatamente se
les inoculaba el chip y, a los diez minutos, se encontraban en la
calle. Para evitar concentraciones, una flota de autobuses los
repartía por distintos lugares
de la ciudad más próxima.
Por supuesto, muchos de ellos, al
verse libres, querían delinquir, pero caían redondos al suelo.
Acostumbrarse a evitar ese tipo de pensamientos les llevaría tiempo,
pero ese era un problema personal de cada delincuente.
Al cabo
de tres meses, todas las cárceles estuvieron vacías. No solo eso,
la criminalidad había descendido a niveles de sesenta años
antes.
El presidente estaba más que complacido; el presidente
estaba eufórico. Toru
era millonario, pero además, el presidente le otorgó la Gran
Orden de los Servicios a la Patria,
una condecoración que solo se había concedido siete veces en la
vida de la República.
La
ONU
envió una comisión para estudiar lo sucedido. La comisión hizo
público su informe y las alabanzas al equipo del presidente. La ONU
recomendó a nivel mundial la adopción del método Toru.
Aquello
convirtió a Toru
de millonario en multimillonario.
En ocasiones, lo importante
no es para qué se diseñen las cosas, sino qué es lo que puedes
hacer con ellas.
Los políticos fueron más allá. Razonaron:
“Si
inoculamos un chip a cada policía, evitaremos la corrupción”.
Dicho y hecho: todos los policías del mundo fueron inoculados con el
chip. Aquello acabó con los policías corruptos y con las mafias
policiales. El chip de Toru
abría un mundo de posibilidades.
Después de los policías,
le llegó el turno a los jueces. A continuación, los accionistas de
las grandes compañías impusieron el chip a sus ejecutivos.
Un
clamor se alzó entre el pueblo. Querían que los políticos se
inocularan el chip. “Así
se acabaría con la corrupción”.
Los políticos se resistieron, pero pronto nuevos partidos populistas
ganaron las elecciones e impusieron la implantación del chip.
Los
políticos vieron que el chip... era
bueno.
Decidieron: ¿por
qué no inocularlo a toda la población del planeta?...
Y
de esta manera, todo
el planeta se convirtió en una cárcel.
FIN

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