viernes, 7 de marzo de 2025

005 La cárcel perfecta *

Los diseñadores de cárceles dejaron de ser los arquitectos. El cambio de paradigma se forjó con el aumento de la población reclusa. Simplemente, no se podía mantener a tanta gente en la cárcel.



Los políticos se alarmaron. Pensaron en ampliar las cárceles, pero ese método era algo lento. Optaron por lo fácil: el hacinamiento. “Donde cabían treinta, caben trescientos.” Las cárceles empezaron a estar superpobladas, tanto que ocurrió lo inevitable. Los guardianes no podían controlarlo. Síntoma de aquel caos: los funcionarios dejaron de pasar lista diaria. No es que nominalmente no lo hicieran; oficialmente pasaban lista todos los días. Lo que quería decir era que un algoritmo rellenaba todos los estadillos “como si”. Como si nada hubiera pasado. Como si los reclusos estuvieran allí, día y noche. Como si los funcionarios vigilasen.

La mayoría de los funcionarios se transformaron en “
conseguidores”. Los conseguidores eran honrados comerciantes. Proporcionaban a los “huéspedes” todo tipo de peticiones, por más extrañas que pareciesen. Si se pagaba, se conseguía.

La ausencia de control tuvo muchas derivadas. Al cabo de poco tiempo, en la entrada y salida de la cárcel el “
flujo neto” era nulo, pero los reclusos no eran propiamente reclusos: eran los habitantes de la cárcel. En la cárcel estaban más seguros que fuera de ella. Fuera, les podían detener, pero, estando en la cárcel, nadie podría probar que no estuvieran allí. Mejor dicho, ellos podrían probar que sí, que estaban encerrados. Puede usted ver los registros.

La policía lo sabía. Los jueces lo sabían. Los políticos lo sabían. Pero el presupuesto manda. Si no puedes hacer algo mejor, no lo empieces. Te pondrás en evidencia y perderás elecciones. Esa sabiduría del político en activo permitió la degeneración de las cárceles y el incremento de la delincuencia.

El asunto alcanzó tal magnitud que las Autoridades Superiores reclamaron la atención del gobierno sobre las cárceles del país.

Los insidiosos Comités de Investigación se introdujeron en las cárceles. Observaron, tomaron nota, se escandalizaron y, por último, evaluaron. Aquello era un desastre sin paliativos. De haber existido pena de muerte para políticos de la confederación, en aquella sucursal-país no hubiera quedado uno vivo. Afortunadamente, las leyes fundamentalistas contra la muerte llevaban años impuestas en todo el mundo, por lo que las Autoridades no tenían ningún problema en seguir por el mismo camino.

Fue entonces, cuando la necesidad aumentó su presión, cuando apareció la solución.

La solución fue un cambio de paradigma. La nueva cárcel no tendría alambradas, ni puertas, ni barrotes. Y, aun así, sería inexpugnable. Nadie podría abandonarla. Parecía un diseño sacado directamente del capítulo 27 del
Tao Te Ching.

.../...
Un buen cerrajero no usa barrotes ni cerrojos,
y nadie puede abrir lo que ha cerrado.
Quien ata bien no utiliza cuerdas ni nudos,
y nadie puede desatar lo que ha atado.
../...

En realidad, de allí había salido.

El analista
Jean Vinsonneau le musitó al Presidente que “podían solucionar lo de la construcción de cárceles”. El Presidente le miró con hastío y preguntó con desgana:
—¿Sí? ¿Cómo?
El analista le dijo:
“...y con escaso presupuesto”.
Hablarle al Presidente de un presupuesto escaso reclama su atención inmediata. El Presidente se irguió en su silla. Mirando fijamente a
Jean Vinsonneau, le conminó:
—¡Hable!
El interpelado le contó sucintamente la “
Posibilidad” y el Presidente, no supo nunca por qué, le pareció interesante la idea.

El analista salió eufórico de su conversación con el Presidente. Era la primera vez que el Presidente le daba el
nihil obstat. Enseguida se puso en contacto con el creador de la idea. Mejor dicho, con la empresa del creador de la idea. Una empresa, vamos a decirlo, decepcionante, ya que el CEO y todo lo demás era, a su vez, propietario e inventor. Se trataba de Mizoguchi Toru.

Toru hacía honor a su nombre. Nunca se apresuraba. Era una persona ensimismada. Cuando recibió la llamada de Jean Vinsonneau, tuvo la seguridad de acertar si decía que sí. Tomó el primer vuelo. Después de doce horas, llegó al aeropuerto. Jean le esperaba. Le metió en el coche y le llevó al Palacio Presidencial. Jean conducía de una manera endiablada. Toru no dijo nada al respecto, pero su estómago estuvo a punto de gastarle una mala pasada.

Llegaron ante el Presidente y este le miró con curiosidad. Luego exclamó:
—¡Es usted bajito!
Toru respondió:
—Sí, Eminencia.
El Presidente le miró sorprendido:
—¡Vaya! ¡Y habla nuestro idioma! ¡Excelente! ¡Excelente! Jean, ya le habrá puesto al tanto. (Jean solo le había dicho vaguedades.) Pues verá, necesitamos cárceles. Las que tenemos son pequeñas. Todavía quedan muchos indeseables por ahí sueltos...

Toru comprendió. El Presidente estaba en un aprieto. Él podía resolverlo. Se trataba de algo novedoso. En lugar de meter a los condenados en la cárcel, él pretendía meter la cárcel en los condenados. Toru venía preparado. Llevaba años preparándose. Traía consigo la “presentación perfecta”: un proyector holográfico.

Unas sugerentes azafatas mostraban los simples pasos necesarios.

Primero se presentaba al criminal. Un hombre malencarado, como correspondía a su condición. Las azafatas explicaban por encima sus crímenes.

Después le acompañaban a una sala de operaciones. Allí le implantaban un chip. La operación era indolora. Una simple inyección, a través del oído medio, con la que se accedía al cerebro y se inoculaba un microchip.

Eso era todo.

Por último, las azafatas acompañaban al condenado a la calle. Allí le dejaban “
libre”. El condenado sentía perplejidad y ansiedad. A continuación, el condenado caía al suelo. ¿Qué había sucedido? Había “tenido intención de delinquir”: esto desencadenaba una respuesta sobre su cerebelo y sufría un ataque de vértigo que le incapacitaba para cualquier acción dolosa.

El Presidente estaba entusiasmado.

—Y dice usted que el método es... ¿económico?
—Sí.
—¿De cuánto estamos hablando por tratamiento?
—El equivalente a la comida semanal de un recluso en un centro penitenciario.

Aquello era una noticia excelente. El Presidente comprendió que estaba a punto de pasar a la Historia como
“El Hombre que se atrevió a revolucionar las cárceles”.


No obstante, el Presidente no mostró su entusiasmo. Simplemente dijo:


—Asignaré el estudio a una comisión. ¿Dónde se hospeda usted?


—En el Hotel Meridian Excelencia.


—Espléndido. En los próximos días tendrá noticias nuestras.


Toru salió de la reunión razonablemente esperanzado.

A la mañana siguiente vinieron a buscarle. El Presidente quería saber más de aquello. Para saber más había creado un grupo de trabajo (
working group). Dos neurólogos, un juez y un policía. Tenían todas las prerrogativas de nivel Beta y todas las facilidades de Presidencia. Recogieron a Toru y se desplazaron a un discreto palacio en las afueras de la ciudad. Esa sería su residencia hasta que el grupo de trabajo sacara sus conclusiones.

El grupo de trabajo pronto llegó a conclusiones que, sorprendentemente, coincidían con los deseos del Presidente.

Aquello era un sistema revolucionario. El chip no solo contenía todas las leyes vigentes, sino que podía reprogramarse a distancia mediante ondas de radio VLF. Se actualizaría desde una emisora de la judicatura. El chip se produciría en masa a un coste de 1,02 euros la unidad. El implante podría realizarse en cualquier dispensario. Los médicos apenas necesitaban capacitación para hacerlo.

El Comité sugería un test a realizar en una prisión de un país amigo. Las pruebas deberían hacerse con la discreción debida.

Las pruebas se realizaron en la Prisión y Correccional de
Abiyán. Costa de Marfil era un país discreto y alejado de la prensa. El Presidente estaba de acuerdo.

Las pruebas fueron un éxito.

El Presidente dictó una Orden Ejecutiva...


Se encargaron siete millones de microchips a una empresa,
Shenzhen Technology Co., Ltd., de Guangdong. En tres semanas el cargamento llegó en un An-225 fletado a los efectos. Todo estaba preparado.

Lo primero era vaciar las cárceles. Los alcaides publicaron un bando. Los reclusos podrían solicitar su puesta en libertad.

El método era expeditivo. Los reclusos entregaban la petición. Inmediatamente se les inoculaba el chip y, a los diez minutos, se encontraban en la calle. Para evitar concentraciones, una flota de autobuses los repartía por distintos
lugares de la ciudad más próxima.

Por supuesto, muchos de ellos, al verse libres, querían delinquir, pero caían redondos al suelo. Acostumbrarse a evitar ese tipo de pensamientos les llevaría tiempo, pero ese era un problema personal de cada delincuente.

Al cabo de tres meses, todas las cárceles estuvieron vacías. No solo eso, la criminalidad había descendido a niveles de sesenta años antes.

El presidente estaba más que complacido; el presidente estaba eufórico.
Toru era millonario, pero además, el presidente le otorgó la Gran Orden de los Servicios a la Patria, una condecoración que solo se había concedido siete veces en la vida de la República.

La
ONU envió una comisión para estudiar lo sucedido. La comisión hizo público su informe y las alabanzas al equipo del presidente. La ONU recomendó a nivel mundial la adopción del método Toru.

Aquello convirtió a
Toru de millonario en multimillonario.

En ocasiones, lo importante no es para qué se diseñen las cosas, sino qué es lo que puedes hacer con ellas.

Los políticos fueron más allá. Razonaron:
“Si inoculamos un chip a cada policía, evitaremos la corrupción”. Dicho y hecho: todos los policías del mundo fueron inoculados con el chip. Aquello acabó con los policías corruptos y con las mafias policiales. El chip de Toru abría un mundo de posibilidades.

Después de los policías, le llegó el turno a los jueces. A continuación, los accionistas de las grandes compañías impusieron el chip a sus ejecutivos.

Un clamor se alzó entre el pueblo. Querían que los políticos se inocularan el chip. “
Así se acabaría con la corrupción”. Los políticos se resistieron, pero pronto nuevos partidos populistas ganaron las elecciones e impusieron la implantación del chip.

Los políticos vieron que el chip...
era bueno. Decidieron: ¿por qué no inocularlo a toda la población del planeta?...

Y de esta manera,
todo el planeta se convirtió en una cárcel.

FIN

 
 
 

 

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