viernes, 21 de marzo de 2025

006 Zapata nunca se había ido.

Entramos en el pueblo por la carretera polvorienta. Estacionamos en la plaza. Un policía, amable y aburrido, nos dio la bienvenida. Se informó de dónde veníamos. Después de preguntar por la cantina, hacia ella nos dirigimos. La cantina olía a tienda de pueblo. Era una tienda de pueblo. En ella se vendía pan, aceite, frijoles, detergente, maíz y aperos de labranza. Al fondo, dos mesas enormes de sólida madera. Cada una de ellas flanqueada por dos bancos, no menos enormes que las mesas.



Pedimos dos tequilas de la casa. Nos fuimos al fondo, donde la penumbra parecía protegernos más del calor. Nos sentamos. De pronto, gentileza de la casa, empezó a sonar “
Zapata se queda”, directamente de los labios de Lila Downs: “A las tres de la mañana lloraba un santito...”. El cantinero nos arrimó dos vasos, un plato con sal y limón. También nos dejó, abandonada, la botella sobre la mesa. Era una botella de cristal transparente, anónima, sin señas de identidad. Una de esas que se rellenan cuando es necesario. “... a la orilla de la ceiba...”

Tanteamos el tequila. Era fuerte, entraba bien. Tan bien, que iba a servirme otro vaso cuando
Ramón me detuvo: “No hay por qué, compadre. Aquí no dan premios al que más beba”. Lo dijo haciendo hincapié en el “aquí”. Entre la chanza, se adivinaba el aviso de lo que vino después. Hay que hacer caso a los que saben. Ramón sabía. Era de la zona. Me aclaró: “Acá no sé, pero en mi pueblo, cuando pides tequila, no sabes lo que vas a acabar bebiendo”. Sonreí como si hubiera entendido todo lo que Ramón me estaba diciendo.

Ya
Lila Downs había acabado con Zapata y empezaba con lo de “Me cansé de llorar y no amanece...”. Ramón se fue a hablar con el mesero. Regresó, y al poco nos sirvieron frijol con puerco. Tomamos otro tequila y nos quedamos sentados allí, a la sombra, con ganas de dormir la siesta. Al poco, Ramón se levantó y me dijo que iba a llevar el coche al taller. Yo me quedé allí, adormilado.

Al poco rato sentí un canturreo a mi lado. Alguien tarareaba
“De piedra ha de ser la cama, de piedra la sepultura...”. Entreabrí los ojos, hacia la dirección del canturreo. Me llevé un susto de muerte. Allí, al fondo derecho de la mesa, sentado en el banco, había un hombre. Un hombre verde. Bebía de un vaso y tarareaba. Debí hacer algún extraño porque el hombre dio un respingo. Se me quedó mirando fijamente. Al cabo, dijo:
—¿Me ves?
Sí, yo le veía, pero no quería abrir del todo los ojos y mirarle abiertamente. Tampoco le contesté. El hombre me dijo, malhumorado:
—No seas pendejo. Si me ves es por algo, deja de hacerte el dormido.
Decidí abrir los ojos y mirarle. Sí, era el hombre más feo que había visto nunca. Tenía la cabeza puntiaguda, medio deformada. Me quedé en silencio observándole. La cara la tenía marcada de viruela y, donde no había viruela, asomaban verrugas. Además, estaba lo del color verde. No sé qué enfermedad da un síntoma así.
—¡Qué! ¿Te comió la lengua el gato?
—No, señor.
—¡No, señor! Jajajaja. ¿Has dicho “no, señor”? ¡Cuánta educación de pendejo!
—Oiga, que yo no le he insultado.

El hombre se echó a reír.
—Así que, ¿no me conoces?
—Pues no, no tengo el gusto.

El hombre se enfurruñó.
—Lo que faltaba. Así que me ves y ni siquiera me conoces.
Yo estaba desconcertado.
¿Por qué habría de conocerle? ¿Y qué tendría que ver eso con verle? ¿Habría que pedir audiencia para verlo? No le dije nada, pero fue como si me hubiese oído. El hombre se quedó pensativo y luego me preguntó:
—¿Quién te trajo?
Ramón.
—¿Qué
Ramón?
—Ramón el geofísico, él también es de
Sonora y conoce estos pueblos.
—¿Eres periodista?
—No, señor, soy geólogo.
—¡Ah! Pues no sé qué diablos haces aquí hablando conmigo.
—Pues mire, yo tampoco lo sé.

En eso se acercó el mesero, a por los platos. De pronto se paró en seco. Susurró un “
discúlpenme, con permisito”. Dio media vuelta y se alejó despacio.
Pancho es mi diablero —dijo el hombre.
—¿Su qué?
—Mi diablero. Ahora vivo aquí con él.
—¡Ah!
—Lo cierto es que no sabía qué decir.
—¿Y tú dónde vives?
—Ahora, en el hotel.
—No seas pendejo y deja de chingar, ¿dónde vives ahora?
—En Los Ángeles.
—Buena ciudad esa. ¿Cuándo te regresas?
—El próximo mes.
—¡Ah!

El hombre calló y yo volví a contemplarle. Me resultaba repulsivo, pero no podía mirar hacia otro lado. Tampoco quería hacer ningún gesto que pudiera molestarle.
—Oye... ¿cómo me ves?
—¿Cómo que cómo le veo?
—Sí, ¿cómo me ves?
—Pues le veo... le veo.
—Venga, dímelo, que no tenemos toda la tarde, ¿me ves horrible?
—Bueno, tanto como horrible...
—Así que me estás viendo con la cabeza cónica y la cara llena de verrugas, ¿no?

Yo estaba desconcertado.
—Sí —le dije—, así es como le veo.
—La culpa la tiene Castaneda. Desde que les dijo a los gringos que me veía así, todos los que vienen, así me ven. Y cada vez sois más. En tu favor diré que no has salido corriendo.
—No le entiendo bien qué quiere decir con eso de “verle de una determinada forma”. Tampoco sé quién es el señor
Castaneda.
—¿¡No lo sabes!? ¡Esa sí que es buena! Así que no sabes quién es “ese pendejo” y ¿me ves como él decía? Pues estamos bien.
—Pero ¿qué quiere decir? ¿Le debería ver de otro modo?
—Ya me gustaría. Al menos antes, nos veían vestidos de verde y de medio metro de alto y le caíamos bien a la gente, nos llamaban duendes.

—¿Duendes?
—Sí, duendes.
Castaneda nos hizo mucho daño al describirnos verdes y feos y llamarnos Mescalito, nos hizo polvo. Antes resultábamos simpáticos. Ahora la gente sale corriendo cuando nos ve.
—Bueno, bueno, tampoco será para tanto. Mire, permítame que me presente. Yo me llamo
Juanjo Escobar, ¿y usted?
El hombre me miró fijamente, entornando sus ojillos. Se lo pensó un momento y luego dijo:
—Llámeme... Zapata.
Alargó la mano y nos las estrechamos. Luego se levantó. Dijo:
—¡Vaya con Dios!
y se alejó silbando la canción
Zapata se queda”.
Aquel fue mi primer encuentro con
Mescalito ¡y yo sin saberlo!

Por razones obvias, no debemos mencionar ni el nombre del pueblo ni ningún otro dato con el que se le pueda identificar. También en
México tenemos pueblos de cuyo nombre no queremos acordarnos.

FIN





 






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