Pedimos dos tequilas de la casa. Nos fuimos al fondo,
donde la penumbra parecía protegernos más del calor. Nos sentamos.
De pronto, gentileza de la casa, empezó a sonar “Zapata
se queda”,
directamente de los labios de Lila
Downs:
“A
las tres de la mañana lloraba un santito...”.
El cantinero nos arrimó dos vasos, un plato con sal y limón.
También nos dejó, abandonada, la botella sobre la mesa. Era una
botella de cristal transparente, anónima, sin señas de identidad.
Una de esas que se rellenan cuando es necesario. “... a la orilla
de la ceiba...”
Tanteamos el tequila. Era fuerte, entraba
bien. Tan bien, que iba a servirme otro vaso cuando Ramón
me detuvo: “No
hay por qué, compadre. Aquí no dan premios al que más beba”.
Lo dijo haciendo hincapié en el “aquí”.
Entre la chanza, se adivinaba el aviso de lo que vino después. Hay
que hacer caso a los que saben. Ramón
sabía. Era de la zona. Me aclaró: “Acá
no sé, pero en mi pueblo, cuando pides tequila, no sabes lo que vas
a acabar bebiendo”.
Sonreí como si hubiera entendido todo lo que Ramón
me estaba diciendo.
Ya Lila
Downs
había acabado con Zapata
y empezaba con lo de “Me
cansé de llorar y no amanece...”.
Ramón
se fue a hablar con el mesero. Regresó, y al poco nos sirvieron
frijol con puerco. Tomamos otro tequila y nos quedamos sentados allí,
a la sombra, con ganas de dormir la siesta. Al poco, Ramón
se levantó y me dijo que iba a llevar el coche al taller. Yo me
quedé allí, adormilado.
Al poco rato sentí un canturreo a
mi lado. Alguien tarareaba “De
piedra ha de ser la cama, de piedra la sepultura...”.
Entreabrí los ojos, hacia la dirección del canturreo. Me llevé un
susto de muerte. Allí, al fondo derecho de la mesa, sentado en el
banco, había un hombre. Un hombre verde. Bebía de un vaso y
tarareaba. Debí hacer algún extraño porque el hombre dio un
respingo. Se me quedó mirando fijamente. Al cabo, dijo:
—¿Me
ves?
Sí,
yo le veía, pero no quería abrir del todo los ojos y mirarle
abiertamente. Tampoco le contesté. El hombre me dijo,
malhumorado:
—No
seas pendejo. Si me ves es por algo, deja de hacerte el
dormido.
Decidí
abrir los ojos y mirarle. Sí, era el hombre más feo que había
visto nunca. Tenía la cabeza puntiaguda, medio deformada. Me quedé
en silencio observándole. La cara la tenía marcada de viruela y,
donde no había viruela, asomaban verrugas. Además, estaba lo del
color verde. No sé qué enfermedad da un síntoma así.
—¡Qué!
¿Te comió la lengua el gato?
—No, señor.
—¡No, señor!
Jajajaja. ¿Has dicho “no, señor”? ¡Cuánta educación de
pendejo!
—Oiga, que yo no le he insultado.
El
hombre se echó a reír.
—Así
que, ¿no me conoces?
—Pues no, no tengo el gusto.
El
hombre se enfurruñó.
—Lo
que faltaba. Así que me ves y ni siquiera me conoces.
Yo
estaba desconcertado. ¿Por
qué habría de conocerle? ¿Y qué tendría que ver eso con verle?
¿Habría que pedir audiencia para verlo?
No le dije nada, pero fue como si me hubiese oído. El hombre se
quedó pensativo y luego me preguntó:
—¿Quién
te trajo?
—Ramón.
—¿Qué
Ramón?
—Ramón
el geofísico, él también es de Sonora
y conoce estos pueblos.
—¿Eres periodista?
—No, señor,
soy geólogo.
—¡Ah! Pues no sé qué diablos haces aquí
hablando conmigo.
—Pues mire, yo tampoco lo sé.
En
eso se acercó el mesero, a por los platos. De pronto se paró en
seco. Susurró un “discúlpenme,
con permisito”.
Dio media vuelta y se alejó despacio.
—Pancho
es mi diablero —dijo
el hombre.
—¿Su
qué?
—Mi diablero. Ahora vivo aquí con él.
—¡Ah!
—Lo cierto es que no sabía qué decir.
—¿Y
tú dónde vives?
—Ahora,
en el hotel.
—No seas pendejo y deja de chingar, ¿dónde vives
ahora?
—En Los Ángeles.
—Buena ciudad esa. ¿Cuándo te
regresas?
—El próximo mes.
—¡Ah!
El
hombre calló y yo volví a contemplarle. Me resultaba repulsivo,
pero no podía mirar hacia otro lado. Tampoco quería hacer ningún
gesto que pudiera molestarle.
—Oye...
¿cómo me ves?
—¿Cómo que cómo le veo?
—Sí, ¿cómo me
ves?
—Pues le veo... le veo.
—Venga, dímelo, que no
tenemos toda la tarde, ¿me ves horrible?
—Bueno, tanto como
horrible...
—Así que me estás viendo con la cabeza cónica y
la cara llena de verrugas, ¿no?
Yo
estaba desconcertado.
—Sí
—le dije—, así
es como le veo.
—La
culpa la tiene Castaneda.
Desde que les dijo a los gringos que me veía así, todos los que
vienen, así me ven. Y cada vez sois más. En tu favor diré que no
has salido corriendo.
—No le entiendo bien qué quiere decir con
eso de “verle de una determinada forma”. Tampoco sé quién es el
señor Castaneda.
—¿¡No
lo sabes!? ¡Esa sí que es buena! Así que no sabes quién es “ese
pendejo” y ¿me ves como él decía? Pues estamos bien.
—Pero
¿qué quiere decir? ¿Le debería ver de otro modo?
—Ya me
gustaría. Al menos antes, nos veían vestidos de verde y de medio
metro de alto y le caíamos bien a la gente, nos llamaban
duendes.
—¿Duendes?
—Sí,
duendes. Castaneda
nos hizo mucho daño al describirnos verdes y feos y llamarnos
Mescalito,
nos hizo polvo. Antes resultábamos simpáticos. Ahora la gente sale
corriendo cuando nos ve.
—Bueno, bueno, tampoco será para
tanto. Mire, permítame que me presente. Yo me llamo Juanjo
Escobar,
¿y usted?
El
hombre me miró fijamente, entornando sus ojillos. Se lo pensó un
momento y luego dijo:
—Llámeme...
Zapata.
Alargó
la mano y nos las estrechamos. Luego se levantó. Dijo:
—¡Vaya
con Dios!
y
se alejó silbando la canción “Zapata
se queda”.
Aquel
fue mi primer encuentro con Mescalito
¡y yo sin saberlo!
Por razones obvias, no debemos mencionar
ni el nombre del pueblo ni ningún otro dato con el que se le pueda
identificar. También en México
tenemos pueblos de
cuyo nombre no queremos acordarnos.
FIN

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