viernes, 21 de febrero de 2025

004 Propiedad, Sociedad y Alfabeto *


Mark Adams era el enfant terrible de la Antropología francesa. Era, para la antropología, lo que Deleuze a la filosofía. Impartía clases en la Sorbona. Mark tenía teorías sobre casi todas las cosas. Sus teorías eran irreverentes y creativas. Además, las formulaba de manera insolente y provocadora. La última de sus teorías versaba sobre la creación del alfabeto. Su teoría la exponía así:




El alfabeto es un subproducto de la forma en que se ejerce la propiedad. Concretamente, de la distancia máxima que puede existir entre una propiedad y su poseedor. Dependiendo de esa distancia, así son las sociedades. ¿A qué distancia máxima podemos poseer algo? En la actualidad, podemos poseer algo a una distancia máxima de 20.000 kilómetros, lo que significa que nuestra propiedad puede estar situada en las mismísimas antípodas sin que nuestra posesión sufra menoscabo.

En puridad, existe un objeto que es propiedad de alguien en la Tierra y que está situado más allá del sistema solar: concretamente, la sonda
Voyager de la NASA, pero eso, para el común de los mortales, no cuenta. La mayoría de nosotros solo ejercemos la propiedad sobre algo que existe en este planeta. Ni que decir tiene que eso nos define otra magnitud recíproca: el tiempo mínimo que le toma a uno llegar desde su situación actual al lugar donde se encuentra la más lejana de nuestras propiedades.

Si tomamos el ejemplo anterior de las antípodas y lo dividimos por la máxima velocidad a la que podemos llegar hasta allí, nos da un tiempo mínimo de unas 40 horas. Esa distancia/tiempo —20.000 km o 40 horas— nos da el radio máximo en el que podemos tener una propiedad en nuestra sociedad del siglo XX. A esa medida la llamamos “radio de propiedad” y podemos expresarla con dimensiones de tiempo o espacio, ambas moduladas por la máxima velocidad de desplazamiento que exista en esa sociedad. Por supuesto, el “radio de propiedad” no siempre ha sido el mismo.

La aviación comercial se acaba de inventar. La marina mercante no existía al principio de los tiempos. Eso condicionaba los conceptos de propiedad y de riqueza, que eran distintos. La máxima riqueza que una persona podría tener estaba limitada por el “
radio de propiedad”. Al principio, la gente no podía poseer nada más que las cosas que estaban al alcance de su mirada. La máxima velocidad de desplazamiento del propietario hasta su propiedad era caminar. Trivialmente, la riqueza máxima que podría tener un individuo de esa sociedad era bastante escasa.

Con la organización de las ciudades nacieron nuevas necesidades y, con ellas, nuevas formas de propiedad. Nació el concepto de poder: poder político, poder militar y poder sacerdotal. Esos poderes organizaban la sociedad y establecían con ella una simbiosis de mutua necesidad que garantizaba la propiedad. El rey de la ciudad, si lograba extender su dominio, conseguía tener una región en torno a la misma de su propiedad. En la sociedad de las “
ciudades nacientes” el radio de propiedad podría llegar a ser de varios días o incluso algunos meses. La velocidad con que se recorría era la del galope del caballo. Como vemos, hemos mejorado el “radio de propiedad”.

Los contactos entre los diversos pueblos dan lugar al comercio. Esto plantea nuevas cuestiones y nuevos problemas. Se inventan nuevas soluciones a los mismos. Si volvemos sobre nuestro razonamiento, veremos que hemos mencionado tres clases de poder: poder político, poder militar y poder sacerdotal. Esas tres clases de poder se apoyan en el conocimiento y su ejercicio. Los tres colectivos tienen conocimientos especializados, que les hacen útiles a la sociedad.

Por regla general, los sacerdotes ostentan el puesto más alto en cuanto a conocimiento. Son los detentadores de la cultura, la clase o casta que tiene suficiente tiempo libre para cultivarse. Suelen estar orgullosos de su sabiduría. Los sistemas de transcripción que desarrollan suelen ser complicados de utilizar y difíciles de aprender. Empezaron con jeroglíficos e ideogramas, luego con silabarios imposibles, como el
sumerio, el acadio o el sánscrito. Todos esos sistemas estaban pensados por y para los poderosos, aquellos que tenían no solo propiedades, sino también sabiduría. Dos de los monopolios más poderosos de la historia.

Sin embargo, la propiedad continuó expandiéndose. Las riquezas se acumulaban en mayor medida que antes. Cuando Dios creó la marina mercante, muchas tierras desconocidas dejaron de serlo. De allí, las naves traían riquezas y mercancías desconocidas. En Tiro, los propietarios empezaron a
tener sirvientes y riquezas muy alejados de Tiro. Tenían que inventar un medio de comunicación con las avanzadillas de atrevidos que viajaban tan lejos.

Aquello supuso un problema: “
Ni los sabios suelen ser jóvenes, ni los aventureros viejos”. Aquellos jóvenes que partían hacia una posible muerte eran demasiado jóvenes para poder ser instruidos en los arcanos de la escritura sacerdotal. Pero, aun así, los poderosos tenían que crear un sistema de comunicación con ellos que les permitiera enviarles órdenes e instrucciones a distancia.

Ese dilema dio como solución el alfabeto. Se acabaron los silabarios y las escrituras complicadas. Ahora, las sílabas se representaban mediante dos símbolos: una consonante y una vocal. Ahora, hasta los más retrasados de los aventureros podrían recibir por escrito órdenes sencillas y entenderlas. Se había inventado el alfabeto.

Si lo ponemos en nuestros términos del siglo XXI, el equivalente actual de aquellos jóvenes aventureros que arriesgaban sus vidas son los becarios. Así pues, podríamos concluir que el invento del alfabeto surgió para poder comunicarse con los becarios.

Esta es una de las tesis de
Mark Adams. Una tesis creativa y provocadora.

Es difícil resistirse a escribir un titular:

El origen del alfabeto: los becarios.

Filosofar a base de titulares es una virtud, pero es una virtud no reconocida. Solo a algunos franceses se les tolera ese ingenio.

FIN







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