Mark Adams era el enfant terrible de la Antropología francesa. Era, para la antropología, lo que Deleuze a la filosofía. Impartía clases en la Sorbona. Mark tenía teorías sobre casi todas las cosas. Sus teorías eran irreverentes y creativas. Además, las formulaba de manera insolente y provocadora. La última de sus teorías versaba sobre la creación del alfabeto. Su teoría la exponía así:
El
alfabeto es un subproducto de la forma en que se ejerce la propiedad.
Concretamente, de la distancia máxima que puede existir entre una
propiedad y su poseedor. Dependiendo de esa distancia, así son las
sociedades. ¿A qué distancia máxima podemos poseer algo? En la
actualidad, podemos poseer algo a una distancia máxima de 20.000
kilómetros, lo que significa que nuestra propiedad puede estar
situada en las mismísimas antípodas sin que nuestra posesión sufra
menoscabo.
En
puridad, existe un objeto que es propiedad de alguien en la Tierra y
que está situado más allá del sistema solar: concretamente, la
sonda Voyager
de la NASA,
pero eso, para el común de los mortales, no cuenta. La mayoría de
nosotros solo ejercemos la propiedad sobre algo que existe en este
planeta. Ni que decir tiene que eso nos define otra magnitud
recíproca: el tiempo mínimo que le toma a uno llegar desde su
situación actual al lugar donde se encuentra la más lejana de
nuestras propiedades.
Si tomamos el ejemplo anterior de las
antípodas y lo dividimos por la máxima velocidad a la que podemos
llegar hasta allí, nos da un tiempo mínimo de unas 40 horas. Esa
distancia/tiempo —20.000 km o 40 horas— nos da el radio máximo
en el que podemos tener una propiedad en nuestra sociedad del siglo
XX. A esa medida la llamamos “radio de propiedad” y podemos
expresarla con dimensiones de tiempo o espacio, ambas moduladas por
la máxima velocidad de desplazamiento que exista en esa sociedad.
Por supuesto, el “radio de propiedad” no siempre ha sido el
mismo.
La aviación comercial se acaba de inventar. La marina
mercante no existía al principio de los tiempos. Eso condicionaba
los conceptos de propiedad y de riqueza, que eran distintos. La
máxima riqueza que una persona podría tener estaba limitada por el
“radio
de propiedad”.
Al principio, la gente no podía poseer nada más que las cosas que
estaban al alcance de su mirada. La máxima velocidad de
desplazamiento del propietario hasta su propiedad era caminar.
Trivialmente, la riqueza máxima que podría tener un individuo de
esa sociedad era bastante escasa.
Con la organización de las
ciudades nacieron nuevas necesidades y, con ellas, nuevas formas de
propiedad. Nació el concepto de poder: poder político, poder
militar y poder sacerdotal. Esos poderes organizaban la sociedad y
establecían con ella una simbiosis de mutua necesidad que
garantizaba la propiedad. El rey de la ciudad, si lograba extender su
dominio, conseguía tener una región en torno a la misma de su
propiedad. En la sociedad de las “ciudades
nacientes”
el radio de propiedad podría llegar a ser de varios días o incluso
algunos meses. La velocidad con que se recorría era la del galope
del caballo. Como vemos, hemos mejorado el “radio
de propiedad”.
Los
contactos entre los diversos pueblos dan lugar al comercio. Esto
plantea nuevas cuestiones y nuevos problemas. Se inventan nuevas
soluciones a los mismos. Si volvemos sobre nuestro razonamiento,
veremos que hemos mencionado tres clases de poder: poder político,
poder militar y poder sacerdotal. Esas tres clases de poder se apoyan
en el conocimiento y su ejercicio. Los tres colectivos tienen
conocimientos especializados, que les hacen útiles a la
sociedad.
Por regla general, los sacerdotes ostentan el puesto
más alto en cuanto a conocimiento. Son los detentadores de la
cultura, la clase o casta que tiene suficiente tiempo libre para
cultivarse. Suelen estar orgullosos de su sabiduría. Los sistemas de
transcripción que desarrollan suelen ser complicados de utilizar y
difíciles de aprender. Empezaron con jeroglíficos e ideogramas,
luego con silabarios imposibles, como el sumerio,
el acadio
o el sánscrito.
Todos esos sistemas estaban pensados por y para los poderosos,
aquellos que tenían no solo propiedades, sino también sabiduría.
Dos de los monopolios más poderosos de la historia.
Sin
embargo, la propiedad continuó expandiéndose. Las riquezas se
acumulaban en mayor medida que antes. Cuando Dios creó la marina
mercante, muchas tierras desconocidas dejaron de serlo. De allí, las
naves traían riquezas y mercancías desconocidas. En Tiro, los
propietarios empezaron a tener
sirvientes y riquezas muy alejados de Tiro. Tenían que inventar un
medio de comunicación con las avanzadillas de atrevidos que viajaban
tan lejos.
Aquello supuso un problema: “Ni
los sabios suelen ser jóvenes, ni los aventureros viejos”.
Aquellos jóvenes que partían hacia una posible muerte eran
demasiado jóvenes para poder ser instruidos en los arcanos de la
escritura sacerdotal. Pero, aun así, los poderosos tenían que crear
un sistema de comunicación con ellos que les permitiera enviarles
órdenes e instrucciones a distancia.
Ese dilema dio como
solución el alfabeto. Se acabaron los silabarios y las escrituras
complicadas. Ahora, las sílabas se representaban mediante dos
símbolos: una consonante y una vocal. Ahora, hasta los más
retrasados de los aventureros podrían recibir por escrito órdenes
sencillas y entenderlas. Se había inventado el alfabeto.
Si
lo ponemos en nuestros términos del siglo XXI, el equivalente actual
de aquellos jóvenes aventureros que arriesgaban sus vidas son los
becarios. Así pues, podríamos concluir que el invento del alfabeto
surgió para poder comunicarse con los becarios.
Esta es una
de las tesis de Mark
Adams.
Una tesis creativa y provocadora.
Es difícil resistirse a
escribir un titular:
El
origen del alfabeto: los becarios.
Filosofar
a base de titulares es una virtud, pero es una virtud no reconocida.
Solo a algunos franceses se les tolera ese ingenio.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.