Los
yanquis, “los
nuestros”,
llegaron a California
y la usurparon a México.
Vieron que había buen clima, abundantes pastos, un buen negocio.
También un problema: los apaches. Pero había solución. La solución
se llamaba casacas azules. La solución también se llamaba
guerra.
Se inició esa guerra. Se venció a Jerónimo.
Se deportó a los apaches a Florida.
Pero
el mundo no puede manipularse tanto. Los apaches pertenecían a
aquella tierra tanto como la tierra les pertenecía a ellos, porque
el Gran Espíritu se la había concedido. Jerónimo,
el general indio educado en una misión española, el que solo cree
en la guerra y en sus enemigos, sabe que su guerra ha terminado, que
debe retirarse, que ahora son otras las voces que tienen que
hablar.
Y son otros los que hablaron en secreto. Otros los que
resuelven. Los cinco hombres medicina de la nación apache, en una
noche sin luna, se sentaron unos frente a otros al borde de los
vientos del desierto. Allí aullaron a la sombra de la luna hasta que
la tierra les respondió. Se prosternaron ante el viento y le
contaron su historia a las aguas. Después partieron hacia el exilio
de Florida.
A
las tres semanas de aquella despedida, comenzó a llover sobre su
tierra. Fue al principio una lluvia tenue, que acarició los campos.
Después arreció y fue un torrente el que anegó la tierra de
California.
El agua siguió las corrientes establecidas, ¡pero era tanta! Los
cauces se volvieron más profundos para que pudieran contener tantas
lágrimas.
Y las lágrimas corrieron hacia el mar y fueron
horadando la tierra, y la tierra se puso también a llorar por los
apaches, hasta que no le quedó ni una lágrima dentro. Y así, sin
más llanto, sin más agua, aquella tierra se desecó. Y los magnates
del negocio, los ganaderos, perdieron sus pastos sin haber disfrutado
de los mismos. Porque, cuando la tierra llora, a veces hay que
preguntarse por qué lo hace. En ocasiones, se vislumbra la
respuesta.
Dicho con las palabras del hombre blanco: “Como
resultado de las lluvias torrenciales y debido a la erosión excesiva
de unas masas de agua sin precedentes, el cauce de los ríos bajó
por debajo del nivel freático. Por ello, al terminar las lluvias,
los acuíferos se desecaron y las tierras, antes fértiles pastos, se
transformaron en un desierto sin vida”.
La
noticia, así explicada, prescinde del Gran
Espíritu.
Tampoco explica que aquella fue
la última batalla en la que triunfó la nación apache.
FIN

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