viernes, 7 de febrero de 2025

003 Apaches.

California fue primero nombre que país. Nació en un libro de caballerías, en Las Sergas de Esplandián. Luego, fueron los conquistadores a buscarla en las tierras del norte de México. Se descubrió el paisaje que describía el libro, y se rescató aquel nombre que tanto le ajustaba. Así, se encarnó California: un reino de magia, aventuras y caballeros andantes.




Los yanquis, “
los nuestros”, llegaron a California y la usurparon a México. Vieron que había buen clima, abundantes pastos, un buen negocio. También un problema: los apaches. Pero había solución. La solución se llamaba casacas azules. La solución también se llamaba guerra.

Se inició esa guerra. Se venció a
Jerónimo. Se deportó a los apaches a Florida.

Pero el mundo no puede manipularse tanto. Los apaches pertenecían a aquella tierra tanto como la tierra les pertenecía a ellos, porque el Gran Espíritu se la había concedido.
Jerónimo, el general indio educado en una misión española, el que solo cree en la guerra y en sus enemigos, sabe que su guerra ha terminado, que debe retirarse, que ahora son otras las voces que tienen que hablar.

Y son otros los que hablaron en secreto. Otros los que resuelven. Los cinco hombres medicina de la nación apache, en una noche sin luna, se sentaron unos frente a otros al borde de los vientos del desierto. Allí aullaron a la sombra de la luna hasta que la tierra les respondió. Se prosternaron ante el viento y le contaron su historia a las aguas. Después partieron hacia el exilio de
Florida.

A las tres semanas de aquella despedida, comenzó a llover sobre su tierra. Fue al principio una lluvia tenue, que acarició los campos. Después arreció y fue un torrente el que anegó la tierra de
California. El agua siguió las corrientes establecidas, ¡pero era tanta! Los cauces se volvieron más profundos para que pudieran contener tantas lágrimas.

Y las lágrimas corrieron hacia el mar y fueron horadando la tierra, y la tierra se puso también a llorar por los apaches, hasta que no le quedó ni una lágrima dentro. Y así, sin más llanto, sin más agua, aquella tierra se desecó. Y los magnates del negocio, los ganaderos, perdieron sus pastos sin haber disfrutado de los mismos. Porque, cuando la tierra llora, a veces hay que preguntarse por qué lo hace. En ocasiones, se vislumbra la respuesta.

Dicho con las palabras del hombre blanco:
“Como resultado de las lluvias torrenciales y debido a la erosión excesiva de unas masas de agua sin precedentes, el cauce de los ríos bajó por debajo del nivel freático. Por ello, al terminar las lluvias, los acuíferos se desecaron y las tierras, antes fértiles pastos, se transformaron en un desierto sin vida”.

La noticia, así explicada, prescinde del
Gran Espíritu. Tampoco explica que aquella fue la última batalla en la que triunfó la nación apache.

FIN





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