1992, 7 de octubre, en el
aeropuerto de Heathrow,
sala VIP de British
Airways. Sentado
frente a mí, el hombre que me había citado. Frisaba esa edad
indefinible que caracteriza a los noruegos bien conservados. Su
atuendo revelaba un gusto por el lujo un tanto excesivo; su
corrección indicaba una educación perfecta.
En 1893, la
investigación sobre los olores estaba ya bastante avanzada; el
olfato, uno de esos sentidos aparentemente inexplorados, se había
revelado como uno de los caminos más directos para el acceso a la
percepción, al cerebro.
Los primeros indicios provenían de
los fabricantes de perfumes. Desde antiguo, los sortilegios narrados
por las leyendas describían a las magias como siendo transportadas
por fragancias suaves, etéreas, misteriosas. Inolvidables. Olores
que extasiaban, o enamoraban, o enloquecían a sus víctimas. Estos
relatos acabaron en simples leyendas, al olvidarse y perderse la
ciencia que las había inspirado.
Quizás uno de los
participantes de este conocimiento haya existido en este siglo.
Decimos quizás por el asombroso hecho de su inexistencia oficial. La
persona a la que nos referimos no existe para los investigadores. Su
nombre solo figura en una revista hindú de química, de incierta
periodicidad y numeración equívoca, editada en Bombay
desde 1845. La Sociedad no dispone del más breve informe sobre la
persona que, durante el periodo de 1898 a 1960, publicó en ella 23
artículos sobre los efectos de los perfumes. Como es de esperar, la
carencia de información se reduce a la insinuación de que el nombre
de Stawton
era un seudónimo. Aun así, persiste la duda de quién está detrás
de este seudónimo.
Intentaremos dar una breve descripción de
su obra.
René
Auguste Philippe Stawton
(1865-1962?), matemático, filántropo, francés. Financió y
desarrolló una particular investigación sobre los efectos de los
distintos olores. Logró realizar una clasificación de los mismos en
un sistema de coordenadas pentadimensionales, novedoso por su
concepción pero de un manejo extremadamente complejo, lo que mermó
su utilización práctica.
Si juzgamos por su grado de
utilización —prácticamente nulo—, podríamos afirmar el fracaso
de la clasificación de Stawton.
No obstante, este fracaso es tan solo relativo, puesto que el
inconveniente real provendría de la limitación olfativa del ser
humano medio, para el que resulta imposible apreciar los intrincados
matices de la clasificación. La verdadera estructura de esta
clasificación solo ha podido ser resuelta en 1992, gracias a los
ordenadores de tercera generación.
Lo más sorprendente de
esta historia es que está compuesta de indicios. Indicios que dan
lugar a suposiciones, a hipótesis cuyo desarrollo lógico conduce a
conclusiones aparentemente indiscutibles, pero tendremos que comenzar
por el principio.
En la historia personal de Monsieur
Stawton es
relevante su temprana afición por los olores y por la matemática. A
la edad de trece años escribió una de sus primeras obras sobre
ecuaciones diofánticas. En abril del mismo año, un pequeño cuento
donde relataba la pretendida existencia de una peculiar técnica
egipcia consistente en “pintar”
cuadros tridimensionales con adecuadas, refinadas y perfectas mezclas
de olores. En realidad, la técnica permitía la creación de
imágenes percibidas como tales por un espectador; la “paleta
del pintor” contaba
con varios miles de olores traídos desde remotos lugares.
La
historia posterior de Mr.
Stawton consistiría
en la persecución de esta idea de adolescencia. Hombre de inmensa
fortuna personal, creó de la nada una nueva ciencia: la ciencia de
los aromas. Utilizó su fortuna para enviar agentes por todo el orbe
en busca y captura de nuevos olores, perfumes,
fragancias, esencias, aromas, efluvios, resinas, especias y bálsamos
de origen mineral, animal o vegetal. Incrementó sus colecciones
hasta lo increíble, contando en 1949 con más de cinco millones de
especímenes en su palacio de Orly.
Un equipo de químicos analizaba para él los materiales y
sintetizaba el mayor número posible de aquellos olores. Al parecer,
fue esta investigación la que permitió la clasificación a la que
ya hicimos referencia.
En 1942, en plena ocupación alemana,
sus investigaciones se redujeron aparentemente a la creación de
perfumes para la industria química suiza. Sin embargo, hay que hacer
notar la desaparición de cinco de sus más estrechos colaboradores a
manos de la SS. Su peculiar estilo y sus amistades, que incluían al
jefe de las SS en la Francia ocupada, le permitieron continuar con
sus investigaciones, aunque después de la guerra le causaran algunas
molestias de índole menor.
Centrándonos en sus logros,
podemos considerar como tal su muerte, o su aparente muerte, el día
14 de julio de 1962, a manos de su último descubrimiento, una mejora
de aquel cuento suyo de niñez. Recordar los hechos es exponerse a su
rechazo. Explicarlos no garantiza su comprensión. Podemos intentar
describirlos secuencialmente.
De acuerdo con los datos
disponibles, en 1893 había logrado su primera victoria encontrando
el perfume perfecto
para la seducción.
Su secreto: “una
base del nauseabundo olor de las glándulas sexuales del camello
bactriano con dos olores más tenues de origen vegetal y una dilución
al 0,2% de polvo microscópico de sílex”.
Su resultado: la “inevitable
seducción del sujeto por la portadora del perfume, aun en
situaciones adversas y entornos agresivos”.
Con resultados “particularmente
llamativos en sujetos poco propensos”.
En sus escritos nos hablaba de resultados “un
exitoso 90,2 % en 540 experimentos, en tres continentes”.
Digamos aquí que este trabajo le abrió las puertas de los burdeles
y los políticos franceses. Un peculiar “cherchez
la femme” fue el
nombre que dio a su hallazgo.
En 1905 “persiguió
con ahínco” la
síntesis de “un
olor que hiciese callar con deleite”,
consiguiéndolo en 1907 y probándolo durante el patriótico desfile
del 14 de abril en los Campos
Elíseos, con
“notable éxito, ya
que bastaron veintidós decilitros para hacer callar de pronto a una
muchedumbre enardecida que ocupaba una extensión de 600 por 80
metros”. La
autoridad competente le impuso una multa por el inesperado éxito del
experimento: “...ya
que, a pesar de haber sido autorizado, en ningún momento se mencionó
el estado de aletargamiento y felicidad espontánea, con el que se
enfrentaron tres mil personas durante las dos horas y tres cuartos
que duraron los efectos”.
Las
investigaciones de Mr. Stawton continuaron durante los años
siguientes. Se centraron en la consecución del perfume que hiciera
más sugestionables a los sujetos tratados. Aplicó estos
descubrimientos a las negociaciones políticas primero y comerciales
después. Sin embargo, esta faceta de la sugestionabilidad no está
suficientemente documentada. El autor lo consideró “un
secreto para Francia”;
secreto del que, sin embargo, obtuvo pingües beneficios, a juzgar
por las enormes sumas que a partir de entonces dedicó a sus
pesquisas. Un testigo (Herr
Heissman, Erchels
1901-Estepona
1995) relaciona estas sustancias con la psicosis colectiva de los
discursos del Sr.
Hitler.
Pequeños
retazos de información se pueden encontrar sobre él en ula ya
citada revista hindú de lengua inglesa, el “Chemical
Journal” de Bombay,
donde hacía publicar sus descubrimientos de forma esporádica y
siempre crítica. Eran sus “textos
para una alquimia personal”
con los que informaba y se mofaba de sus emuladores. Textos llenos de
detalles indescifrables, descritos en el inglés, de textura
francesa, con el que escribía.
“La
posición geométrica de los perfumes también era importante”.
En
1949, de acuerdo con un escrito a la sociedad teosófica, Mr.
Stawton consiguió
el sueño de su juventud: “crear
imágenes tridimensionales con sustancias olorosas”.
Alucinaciones o desbloqueos cerebrales, Stawton
se inclinaba por lo segundo. También en 1956 decidió “borrarse
de este mundo”:
éxito parcial y calculado, no se encuentra ninguna referencia legal
de su existencia, salvo las publicaciones en el Chemical
Journal.
En
1961 descubrió, o creyó descubrir, el secreto más maravilloso que
él solo había podido entrever: la creación de “cuadros
cuatridimensionales con los perfumes que producen un sentimiento que
trasciende a la razón”,
escribió.
El
21 de diciembre de 1962, después de crear “un
espacio profundo”,
el señor Stawton
se metió en la habitación de pruebas para no salir jamás.
Desapareció.
Uno de sus ayudantes corrió su misma suerte al tratar de seguirlo.
Con él se llevó su secreto. Desapareció, sellando la puerta, al
disiparse el olor de la habitación.
Sus escasos discípulos,
sin sus facultades olfativas y sin su capacidad matemática, fundaron
en Lausana
una fábrica de perfumes de la que viven. Uno de ellos me contó esta
historia en Londres
el 7 de octubre de 1992, treinta años después.
FIN

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