miércoles, 7 de mayo de 2025

009 La ciencia de los perfumes de Monsieur Stawton

La historia que leerán a continuación procede de un testigo presencial del último acto, de un antiguo miembro del Partido Nacionalsocialista Alemán muerto en España y de una oscura revista de química, publicada en Bombay por una denominada sociedad teosófica. No existen más evidencias ni pruebas. Incluso las existentes no constituyen tales, por lo que no puedo afirmar que sea verídica.


1992, 7 de octubre, en el aeropuerto de
Heathrow, sala VIP de British Airways. Sentado frente a mí, el hombre que me había citado. Frisaba esa edad indefinible que caracteriza a los noruegos bien conservados. Su atuendo revelaba un gusto por el lujo un tanto excesivo; su corrección indicaba una educación perfecta.

En 1893, la investigación sobre los olores estaba ya bastante avanzada; el olfato, uno de esos sentidos aparentemente inexplorados, se había revelado como uno de los caminos más directos para el acceso a la percepción, al cerebro.

Los primeros indicios provenían de los fabricantes de perfumes. Desde antiguo, los sortilegios narrados por las leyendas describían a las magias como siendo transportadas por fragancias suaves, etéreas, misteriosas. Inolvidables. Olores que extasiaban, o enamoraban, o enloquecían a sus víctimas. Estos relatos acabaron en simples leyendas, al olvidarse y perderse la ciencia que las había inspirado.

Quizás uno de los participantes de este conocimiento haya existido en este siglo. Decimos quizás por el asombroso hecho de su inexistencia oficial. La persona a la que nos referimos no existe para los investigadores. Su nombre solo figura en una revista hindú de química, de incierta periodicidad y numeración equívoca, editada en
Bombay desde 1845. La Sociedad no dispone del más breve informe sobre la persona que, durante el periodo de 1898 a 1960, publicó en ella 23 artículos sobre los efectos de los perfumes. Como es de esperar, la carencia de información se reduce a la insinuación de que el nombre de Stawton era un seudónimo. Aun así, persiste la duda de quién está detrás de este seudónimo.

Intentaremos dar una breve descripción de su obra.

René Auguste Philippe Stawton (1865-1962?), matemático, filántropo, francés. Financió y desarrolló una particular investigación sobre los efectos de los distintos olores. Logró realizar una clasificación de los mismos en un sistema de coordenadas pentadimensionales, novedoso por su concepción pero de un manejo extremadamente complejo, lo que mermó su utilización práctica.

Si juzgamos por su grado de utilización —prácticamente nulo—, podríamos afirmar el fracaso de la clasificación de
Stawton. No obstante, este fracaso es tan solo relativo, puesto que el inconveniente real provendría de la limitación olfativa del ser humano medio, para el que resulta imposible apreciar los intrincados matices de la clasificación. La verdadera estructura de esta clasificación solo ha podido ser resuelta en 1992, gracias a los ordenadores de tercera generación.

Lo más sorprendente de esta historia es que está compuesta de indicios. Indicios que dan lugar a suposiciones, a hipótesis cuyo desarrollo lógico conduce a conclusiones aparentemente indiscutibles, pero tendremos que comenzar por el principio.

En la historia personal de
Monsieur Stawton es relevante su temprana afición por los olores y por la matemática. A la edad de trece años escribió una de sus primeras obras sobre ecuaciones diofánticas. En abril del mismo año, un pequeño cuento donde relataba la pretendida existencia de una peculiar técnica egipcia consistente en “pintar” cuadros tridimensionales con adecuadas, refinadas y perfectas mezclas de olores. En realidad, la técnica permitía la creación de imágenes percibidas como tales por un espectador; la “paleta del pintor” contaba con varios miles de olores traídos desde remotos lugares.

La historia posterior de
Mr. Stawton consistiría en la persecución de esta idea de adolescencia. Hombre de inmensa fortuna personal, creó de la nada una nueva ciencia: la ciencia de los aromas. Utilizó su fortuna para enviar agentes por todo el orbe en busca y captura de nuevos olores, perfumes, fragancias, esencias, aromas, efluvios, resinas, especias y bálsamos de origen mineral, animal o vegetal. Incrementó sus colecciones hasta lo increíble, contando en 1949 con más de cinco millones de especímenes en su palacio de Orly. Un equipo de químicos analizaba para él los materiales y sintetizaba el mayor número posible de aquellos olores. Al parecer, fue esta investigación la que permitió la clasificación a la que ya hicimos referencia.

En 1942, en plena ocupación alemana, sus investigaciones se redujeron aparentemente a la creación de perfumes para la industria química suiza. Sin embargo, hay que hacer notar la desaparición de cinco de sus más estrechos colaboradores a manos de la SS. Su peculiar estilo y sus amistades, que incluían al jefe de las SS en la Francia ocupada, le permitieron continuar con sus investigaciones, aunque después de la guerra le causaran algunas molestias de índole menor.

Centrándonos en sus logros, podemos considerar como tal su muerte, o su aparente muerte, el día 14 de julio de 1962, a manos de su último descubrimiento, una mejora de aquel cuento suyo de niñez. Recordar los hechos es exponerse a su rechazo. Explicarlos no garantiza su comprensión. Podemos intentar describirlos secuencialmente.

De acuerdo con los datos disponibles, en 1893 había logrado su primera victoria encontrando
el perfume perfecto para la seducción. Su secreto: “una base del nauseabundo olor de las glándulas sexuales del camello bactriano con dos olores más tenues de origen vegetal y una dilución al 0,2% de polvo microscópico de sílex”. Su resultado: la “inevitable seducción del sujeto por la portadora del perfume, aun en situaciones adversas y entornos agresivos”. Con resultados “particularmente llamativos en sujetos poco propensos”. En sus escritos nos hablaba de resultados “un exitoso 90,2 % en 540 experimentos, en tres continentes”. Digamos aquí que este trabajo le abrió las puertas de los burdeles y los políticos franceses. Un peculiar “cherchez la femme” fue el nombre que dio a su hallazgo.

En 1905 “
persiguió con ahínco” la síntesis de “un olor que hiciese callar con deleite”, consiguiéndolo en 1907 y probándolo durante el patriótico desfile del 14 de abril en los Campos Elíseos, con “notable éxito, ya que bastaron veintidós decilitros para hacer callar de pronto a una muchedumbre enardecida que ocupaba una extensión de 600 por 80 metros”. La autoridad competente le impuso una multa por el inesperado éxito del experimento: “...ya que, a pesar de haber sido autorizado, en ningún momento se mencionó el estado de aletargamiento y felicidad espontánea, con el que se enfrentaron tres mil personas durante las dos horas y tres cuartos que duraron los efectos”.

Las investigaciones de Mr. Stawton continuaron durante los años siguientes. Se centraron en la consecución del perfume que hiciera más sugestionables a los sujetos tratados. Aplicó estos descubrimientos a las negociaciones políticas primero y comerciales después. Sin embargo, esta faceta de la sugestionabilidad no está suficientemente documentada. El autor lo consideró “
un secreto para Francia”; secreto del que, sin embargo, obtuvo pingües beneficios, a juzgar por las enormes sumas que a partir de entonces dedicó a sus pesquisas. Un testigo (Herr Heissman, Erchels 1901-Estepona 1995) relaciona estas sustancias con la psicosis colectiva de los discursos del Sr. Hitler.

Pequeños retazos de información se pueden encontrar sobre él en ula ya citada revista hindú de lengua inglesa, el “
Chemical Journal” de Bombay, donde hacía publicar sus descubrimientos de forma esporádica y siempre crítica. Eran sus “textos para una alquimia personal” con los que informaba y se mofaba de sus emuladores. Textos llenos de detalles indescifrables, descritos en el inglés, de textura francesa, con el que escribía.

“La posición geométrica de los perfumes también era importante”.

En 1949, de acuerdo con un escrito a la sociedad teosófica,
Mr. Stawton consiguió el sueño de su juventud: “crear imágenes tridimensionales con sustancias olorosas”. Alucinaciones o desbloqueos cerebrales, Stawton se inclinaba por lo segundo. También en 1956 decidió “borrarse de este mundo”: éxito parcial y calculado, no se encuentra ninguna referencia legal de su existencia, salvo las publicaciones en el Chemical Journal.

En 1961 descubrió, o creyó descubrir, el secreto más maravilloso que él solo había podido entrever: la creación de “
cuadros cuatridimensionales con los perfumes que producen un sentimiento que trasciende a la razón”, escribió.


El 21 de diciembre de 1962, después de crear “un espacio profundo”, el señor Stawton se metió en la habitación de pruebas para no salir jamás. Desapareció. Uno de sus ayudantes corrió su misma suerte al tratar de seguirlo. Con él se llevó su secreto. Desapareció, sellando la puerta, al disiparse el olor de la habitación.

Sus escasos discípulos, sin sus facultades olfativas y sin su capacidad matemática, fundaron en
Lausana una fábrica de perfumes de la que viven. Uno de ellos me contó esta historia en Londres el 7 de octubre de 1992, treinta años después.

FIN


 
 
 

 

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