miércoles, 21 de enero de 2026

027 La vergüenza del Jaguar. I Pedernal

Vencimos a tu pueblo junto a la laguna de Tamiahua. Huitzilopochtli reclamó para sí la vida de los tuyos. El Tlatoani reclamó para su pueblo tus ciudades. Y yo, el vencedor de la última batalla, reclamé para mí la belleza de la hija de tu padre.



Entré en tu ciudad,
Quiahuiztlán, como entran los vencedores: entre el perfume del miedo de los tuyos y miradas que no sabían alzarse del suelo. El propio Aztlán se estremecía con el pavor de mi victoria. Ya Huitzilopochtli se saciaba de corazones. Ya los cuervos negros de los sacerdotes estaban tan ahítos de carne humana como su dios. Y yo, vestido con la capa de quetzal, irrumpí victorioso, primero en tu ciudad, luego en tu cuerpo. Aquella noche dormí en tu palacio y entre tus piernas.

La luz del primer día se izó sobre campos vacíos de guerreros. Llenaba el aire el quejido de las plañideras. La raza vencida solo merece el desprecio de los vencedores. Sus viudas son ya mercancía para la plaza mayor de
Tenochtitlán.

Quetzalcóatl nos había sonreído desde el cielo en la batalla. Al tomar posesión de ti, tomé en mis manos los destinos de tu reino. Todo sucedió como lo cuento, pero también sucedieron otras cosas que callé. ¿Cómo decir lo que nunca dije? ¿Cómo podría haber contado que tú, la princesa de los totonacas, me habías conquistado? ¿Cómo describir la debilidad de un príncipe jaguar entre tus brazos?

Solo la hechicería tenía la explicación. Solo un embrujo de
Xólotl explica los asombros: “De su pelo negro, de su piel blanca y de sus ojos de cielo y lapislázuli”. La veía como a la mismísima Xochiquetzal. Nunca sabré cómo llegó el veneno de su pócima a mi corazón. Pero sé que derritió mi valor para atarme a sus brazos. Sé que, por tres noches, te llevé a mi lecho, para escándalo de la luz de los escribas. Sé que te amé como solo lo hacen los embrujados.

Por eso sé que, al cuarto amanecer, tuve que tumbarte en el ara de los sacrificios, que te saqué el corazón palpitante con el cuchillo negro de obsidiana, que, al comerlo, mientras tus ojos me miraban, me supo amargo como la hiel. Sé también que pensé: “
Te he vencido, bruja”. Era mentira. Acabé contigo, no con tu recuerdo.

Esta es la vergüenza oculta del jaguar. Que
Tezcatlipoca y Xólotl me perdonen.

FIN








No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

ENTRADAS POPULARES