Vencimos a tu pueblo junto a la laguna de Tamiahua. Huitzilopochtli reclamó para sí la vida de los tuyos. El Tlatoani reclamó para su pueblo tus ciudades. Y yo, el vencedor de la última batalla, reclamé para mí la belleza de la hija de tu padre.
Entré
en tu ciudad, Quiahuiztlán,
como entran los vencedores: entre el perfume del miedo de los tuyos y
miradas que no sabían alzarse del suelo. El propio Aztlán
se estremecía con el pavor de mi victoria. Ya Huitzilopochtli
se saciaba de corazones. Ya los cuervos negros de los sacerdotes
estaban tan ahítos de carne humana como su dios. Y yo, vestido con
la
capa de quetzal,
irrumpí victorioso, primero en tu ciudad, luego en tu cuerpo.
Aquella noche dormí en tu palacio y entre tus piernas.
La luz
del primer día se izó sobre campos vacíos de guerreros. Llenaba el
aire el quejido de las plañideras. La raza vencida solo merece el
desprecio de los vencedores. Sus viudas son ya mercancía para la
plaza mayor de Tenochtitlán.
Quetzalcóatl
nos había sonreído desde el cielo en la batalla. Al tomar posesión
de ti, tomé en mis manos los destinos de tu reino. Todo sucedió
como lo cuento, pero también sucedieron otras cosas que callé.
¿Cómo
decir lo que nunca dije? ¿Cómo podría haber contado que tú, la
princesa de los totonacas, me habías conquistado? ¿Cómo describir
la debilidad de un príncipe jaguar entre tus brazos?
Solo
la hechicería tenía la explicación. Solo un embrujo de Xólotl
explica los asombros: “De
su pelo negro, de su piel blanca y de sus ojos de cielo y
lapislázuli”.
La veía como a la mismísima Xochiquetzal.
Nunca sabré cómo llegó el veneno de su pócima a mi corazón. Pero
sé que derritió mi valor para atarme a sus brazos. Sé que, por
tres noches, te llevé a mi lecho, para escándalo de la luz de los
escribas. Sé que te amé como solo lo hacen los embrujados.
Por
eso sé que, al cuarto amanecer, tuve que tumbarte en el ara de los
sacrificios, que te saqué el corazón palpitante con el cuchillo
negro de obsidiana, que, al comerlo, mientras tus ojos me miraban, me
supo amargo como la hiel. Sé también que pensé: “Te
he vencido, bruja”.
Era mentira. Acabé
contigo, no con tu recuerdo.
Esta
es la vergüenza oculta del jaguar. Que Tezcatlipoca
y Xólotl
me perdonen.
FIN

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