Salomón Landau, matemático de origen polaco. Nacido en el año de la cabra de metal. Perseguido por los nazis. Declarado enemigo de su pueblo. Erudito de la cábala. Estudioso de los números. Admirador de Ramanujan. Asesinado en Nueva York, el año que le correspondió. Salomón descubrió algo. Algo que le acabaría llevando a la muerte.
Sus
estudios sobre las matemáticas no le permitían subsistir. Así que
encontró un pequeño sueldo. Un trabajo modesto de contable en la
cadena de fruterías del Signore
Sangiorgio.
Su patrón era un hombre bueno y afable al que le gustaba decir que
“le
tenía becado”.
La primera frutería de Brooklyn
que otorgaba una beca para estudiar matemáticas.
La realidad
era que Salomón
no era un sabio, mucho menos un erudito. Podía pasar por erudito del
Talmud
entre los italianos de Queens
y por matemático entre los eruditos del Talmud.
Pero nunca pasaría más allá de la medianía entre los matemáticos,
ni de advenedizo entre los adictos al Talmud.
“La
matemática es el esqueleto del Talmud, el perfume del universo”,
afirmaba ante quien quisiera oírle, aunque cada vez eran menos los
que le escuchaban.
Sin embargo, el Señor concede la
iluminación a los más inesperados, a aquellos que tienen que
dedicar su vida a lo que no desean, a lo que no les gusta, a lo que
no les satisface. La iluminación consiste en encontrar una nueva
vía, un nuevo camino, una nueva visión. Una visión distinta y
radical, que partiendo de lo conocido nos dirige hacia otra
dirección, hacia otro camino, hacia otro abismo, que acaba creando
un nuevo mundo.
El misterio que encontró el Sr. Landau
tiene que ver con la física y con las matemáticas, con la economía
y con la bolsa, con la venta al por mayor y al por menor, con la
forma, en fin, de organizar la sociedad tal y como la conocemos. Por
eso Salomón
se adelantó a su tiempo y a su propia muerte. Porque, según él
mismo: “las
verdades siguen trayectorias determinadas”.
Sí, tan malo era llegar antes de tiempo como no llegar en absoluto.
La verdad se regía por un factor temporal que, “o
era el correcto, o las invalidaba”.
Esta
dependencia temporal de la verdad hacía que el mundo se
radicalizase, desde una perspectiva social y económica. Lo
importante no iba a ser la ideología, sino la guerra entre las
mismas. Ese agón
de los griegos, que ya Nietzsche
entreviera.
Lo que en realidad descubrió Salomón
fue que el Diablo
era el que movía el mundo, que se podía trazar
su actividad como una trayectoria.
Salomón
dedicó muchas de sus horas de insomnio a descubrir una relación
entre la termodinámica y la economía. Según él, la termodinámica
debía de ser la quintaesencia de la economía, y sus ecuaciones
coincidir con las de la economía. Esta hipótesis le llevó a
rastrear en las obras de Carathéodory
y...
No vamos a describir aquí la labor de acecho que
precedió al descubrimiento. No aportaría nada a nuestra historia.
Baste decir que el Sr. Landau
descubrió que la entropía física de la termodinámica, en
economía, se correspondía con la
mentira.
En
cada transacción la mentira siempre crecía.
No solo eso: la
mentira hacía moverse a la economía y, por lo tanto, al
mundo.
Según
el Sr. Landau,
las empresas económicas se basan en la mentira, en el
engaño.
Describió su modelo de evolución de la mentira, su
sistemática de evolución de las sociedades. Eran siete fases. Siete
fases que aún estamos recorriendo.
La primera
fase
consiste en engañar al cliente con la mercancía. Viajar muy lejos a
comprar lo que allí nadie sabe que tiene valor. Cambiar cuentas de
vidrio por oro o por casiterita. Es el engaño inmediato, el más
simple, el primero. El que permitió el desarrollo de Tiro y de
Cartago.
La segunda
fase
del engaño en el mundo contemporáneo tiene lugar cuando en las
empresas capitalistas se explota al obrero. Hay toda una literatura
sobre el concepto de plusvalía. Toda una ideología creada sobre
esta observación parcial de los hechos.
La tercera
fase
coincide con dos revoluciones: la del marketing y la de la
publicidad. Se extiende la base de la mentira hacia la cartera de
clientes. Estos son más y mejor engañados con las nuevas técnicas
que utilizan los gerentes.
La cuarta
fase:
aquí el engaño se hace más intensivo y más extensivo. Tiene que
ver con la bolsa. El engaño se extiende hacia la propiedad. La
complejidad de las empresas hace que su gestión la realicen personas
a sueldo de la propiedad, personas que tienen que seguir percibiendo
sus grandes salarios. Para ello, no dudan en maquillar balances y
cuentas de resultados. Sustituyen la gestión por la digestión de
grandes mentiras, mentiras soportadas por la prensa especializada,
mentiras orientadas a hacer que suba la acción, a “crear
valor para el accionista”.
Mentiras más elaboradas que utilizan las cadenas
de Markov
o la fórmula
de Black y Scholes.
La
quinta
fase
consistirá en acaparar, por medio de engaños o intereses creados,
las subvenciones de organismos estatales o internacionales. Es decir,
engañar a los políticos y a las naciones. Ya hay en marcha
espléndidos proyectos económicos sobre este supuesto, en nombre de
ONG y causas sin tacha.
La sexta
fase
tiene que ser necesariamente la tendencia a apoderarse del gobierno
del mundo. No existe otra salida más que la toma del poder mundial.
Es el único epílogo lógico. La mentira no puede permitir que haya
un poder enfrente, que se la critique o se la fiscalice. La mentira
habrá de ser soberana, como antes lo fueron las naciones. Todavía
no hemos llegado a ello.
La séptima
fase
tendría que administrarse desde la religión porque “ninguna
luz deberá iluminar la cara del maligno”
y así su red totalitaria se habrá cerrado sobre la humanidad y
también sobre el pueblo elegido porque “los
elegidos por Dios son ignominiosos a los ojos del maligno”
y así, algún Hitler
revivido imperará sobre el pueblo y sobre todas las naciones.
Los
elegidos por Dios para expresar sus verdades suelen morir a manos de
los creyentes, porque la comodidad de la oración diaria no permite a
nadie que venga a enturbiarla. Así, sin mucho entendimiento. Primero
fueron las condenas a Salomón
de los poderosos hombres de negocios. Luego, también se volvieron
contra él aquellos a quienes quería advertir. Algunos de sus
hermanos le señalaron con el dedo diciendo: "He
aquí que viene sobre nosotros y nos propone la mentira como ídolo,
he aquí al enemigo de Dios, al profeta del diablo, al exterminador
del pueblo”.
Como
suele acaecer, los que señalan con el dedo nunca son juzgados por el
asesinato que comienzan y así, las palabras de los que le rechazaron
en público continuaron su viaje, hasta que cayeron en los oídos
adecuados, en donde plantaron su semilla de odio. Al cabo, el tiempo
hizo que Salomón
cayera
asesinado.
Lo
que nadie supo comprender es que Salomón
no era profeta de nadie, que lo suyo no era una teoría, ni
matemática, ni política, ni religiosa. Lo suyo fue el
descubrimiento de un hecho. Un hecho universal que él centró en la
economía. No propuso doctrina ni salvación para el enigma, sobre
todo porque la desconocía, y así Salomón
murió de muerte natural.
Porque el que se enfrenta al mundo, es natural que muera.
”Hasta
aquí la historia que alguien me contó”.
FIN
Post
scriptum.
La importancia de los nombres es relativa. Este Salomón
Landau
no existió como tal. Aquí solo es un personaje, un pretexto. Pero
todas y cada una de las situaciones que se le adjudican al personaje
sí que existieron... por separado.

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