domingo, 7 de junio de 2026

036 El Beso.

Mi jefe me lo explicó con claridad. Hablaba, como de memoria, con esa cadencia de Apulia que le caracterizaba.

Es un grupo peligroso. Dicen que predican la no violencia. En realidad, nadie entiende lo que predican. Son inteligentes; si tomaran las armas, les barreríamos. Si tuviéramos un pretexto, también. Por eso no nos dan ningún pretexto para que actuemos. Su jefe es inteligente. Utiliza palabras amables para confundirnos. Sin embargo, sabemos que está contra nosotros. Son escurridizos. Se mueven entre los marginados como pez en el agua. Hoy están aquí, mañana allí. Aparecen por sorpresa en cualquier sitio donde puedan escucharles: en una boda, en unos baños, incluso en templos que no son suyos. Aparecen y saben hacerse oír. Tenemos que acabar con ellos. Tu misión es infiltrarte en su organización e informar.

Yo acababa de regresar de
Siria. No me había significado en su contra. Aquel servicio ya lo había hecho antes, con otros. Era la persona adecuada para la misión.

Entré en la secta cuando apenas éramos cinco. Me acerqué al demagogo. Me hice su confidente. Fingí creer sus teorías abominables, su prédica de la igualdad. Viví con ellos en la pobreza, en chozas de pescadores, entre los marginados. Tratábamos con lo peor de la sociedad. Nuestro líder los llamaba “
mis hermanos”. Solo me retuvo a su lado la orden de mis superiores. Lo hice bien. Les engañé a todos. Fui, a sus ojos, uno de ellos. Uno de los principales, uno de los revolucionarios, uno de los elegidos.

El líder fingía bondad, incluso ante nosotros, sus íntimos. Pero a mí no me engañaba. Un hombre no es igual a otro hombre. Aunque sus explicaciones parecieran ciertas, no podían ser más que sofismas. Ya había escuchado en
Alejandría a griegos demostrar que Aquiles nunca alcanzaría a la tortuga. Respeto, igualdad, solidaridad, fraternidad: bellas palabras, buenas para los oídos de los pobres. Yo no me dejaría volver a engañar por las palabras. Bastante sabía lo capaces que son de engañar las palabras que se dicen bien.

Por fin, el día llegó. Mi jefe había decidido actuar. Fue al atardecer. Me acerqué y, para señalarle, le saludé con un beso. Se me quedó mirando como si supiera. Algo me dijo, pero no recuerdo qué. Los soldados se lo llevaron. A mí me dieron la bolsa con treinta denarios. El sueldo de un año. Mucho es por un beso. Tardaré en gastarlos.

En palacio, el jefe informó al pretor.
—Ya está en prisión.
—Bien, estad preparados para los disturbios. ¿Hay algún testigo de la operación?
—Solo uno.
—¿Es romano?
—No, se llama
Judas, es hebreo. Nos ha servido bien.
—De esta operación, no pueden quedar testigos.


Judas apareció “
suicidado” en una higuera. No tuvo tiempo de gastar los treinta denarios. Tardaría toda la eternidad en gastarlos.

FIN

 

 

 

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