Es
un grupo peligroso. Dicen que predican la no violencia. En realidad,
nadie entiende lo que predican. Son inteligentes; si tomaran las
armas, les barreríamos. Si tuviéramos un pretexto, también. Por
eso no nos dan ningún pretexto para que actuemos. Su jefe es
inteligente. Utiliza palabras amables para confundirnos. Sin embargo,
sabemos que está contra nosotros. Son escurridizos. Se mueven entre
los marginados como pez en el agua. Hoy están aquí, mañana allí.
Aparecen por sorpresa en cualquier sitio donde puedan escucharles: en
una boda, en unos baños, incluso en templos que no son suyos.
Aparecen y saben hacerse oír. Tenemos que acabar con ellos. Tu
misión es infiltrarte en su organización e informar.
Yo
acababa de regresar de Siria.
No me había significado en su contra. Aquel servicio ya lo había
hecho antes, con otros. Era la persona adecuada para la
misión.
Entré en la secta cuando apenas éramos cinco. Me
acerqué al demagogo. Me hice su confidente. Fingí creer sus teorías
abominables, su prédica de la igualdad. Viví con ellos en la
pobreza, en chozas de pescadores, entre los marginados. Tratábamos
con lo peor de la sociedad. Nuestro líder los llamaba “mis
hermanos”.
Solo me retuvo a su lado la orden de mis superiores. Lo hice bien.
Les engañé a todos. Fui, a sus ojos, uno de ellos. Uno de los
principales, uno de los revolucionarios, uno de los elegidos.
El
líder fingía bondad, incluso ante nosotros, sus íntimos. Pero a mí
no me engañaba. Un hombre no es igual a otro hombre. Aunque sus
explicaciones parecieran ciertas, no podían ser más que sofismas.
Ya había escuchado en Alejandría
a griegos demostrar que Aquiles
nunca alcanzaría a la tortuga. Respeto,
igualdad, solidaridad, fraternidad:
bellas palabras, buenas para los oídos de los pobres. Yo no me
dejaría volver a engañar por las palabras. Bastante sabía lo
capaces que son de engañar las palabras que se dicen bien.
Por
fin, el día llegó. Mi jefe había decidido actuar. Fue al
atardecer. Me acerqué y, para señalarle, le saludé con un beso. Se
me quedó mirando como si supiera. Algo me dijo, pero no recuerdo
qué. Los soldados se lo llevaron. A mí me dieron la bolsa con
treinta denarios. El sueldo de un año. Mucho es por un beso. Tardaré
en gastarlos.
En palacio, el jefe informó al pretor.
—Ya
está en prisión.
—Bien, estad preparados para los disturbios.
¿Hay algún testigo de la operación?
—Solo uno.
—¿Es
romano?
—No, se llama Judas,
es hebreo. Nos ha servido bien.
—De esta operación, no pueden
quedar testigos.
Judas
apareció “suicidado”
en una higuera. No tuvo tiempo de gastar los treinta denarios.
Tardaría
toda la eternidad en gastarlos.
FIN

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