Teodoro
Úrbel
es neurólogo. Neurólogo de profesión, pero su verdadera vocación
era el ateísmo. Teodoro
era un “hooligan”
del ateísmo. Un desesperado del ateísmo. Al ateísmo dedicaba su
tiempo y su vida, su convicción y sus esperanzas. Creía y militaba
en el ateísmo con esa manera suya de creer tan... desmesurada. Más
que por sus habilidades como neurólogo, Teodoro
era conocido como propagandista del ateísmo. Úrbel
era el Dawkins
colombiano.
Por eso, su conversión fue sorprendente. Su
conversión al espiritualismo, su conversión al cristianismo. Como
Teodoro,
ya lo hemos dicho, es desmesurado, no se contentó con ser creyente.
Teodoro
se puso a predicar. Pero Teodoro
no profesaba una versión homologada del cristianismo; Teodoro
era creyente de su versión del cristianismo, del “cristianismo
neurológico”. Las prédicas de Teodoro
se ajustaban en todo a los evangelios. No se diferenciaba en nada de
la católica. Pero el camino que le condujo al cristianismo era tan
inescrutable... como los caminos del Señor.
Yo
dirigía la Emisora 94.3 FM - Debate
Radio
en Burgos.
Entre nuestros redactores teníamos a Ramón
Álvarez
Úrbel,
sobrino de Teodoro.
Por ese motivo, Teodoro
nos concedió una entrevista. La entrevista se emitió la noche del
viernes 23 de octubre de 2009. La transcripción de la entrevista es
la siguiente:
—Señor
Úrbel, buenas noches.
—Buenas
noches.
—Esta
noche nos visita don Teodoro Úrbel. No necesita presentación. La
polémica suscitada a raíz de su conversión al cristianismo ha sido
una noticia de primera plana. ¿Cómo valora usted la polémica?
—Creo
que cualquier polémica es enriquecedora. Pero le confieso que estoy
un poco abrumado.
—¿Puede
describir para nuestros oyentes cómo fue su proceso de conversión?
—Como
sabes, mi formación es la de neurólogo. Mi conversión se inició a
través de un programa de investigación en el Instituto
Pasteur.
La investigación sobre las experiencias fuera del cuerpo tiene una
gran tradición. Podemos mencionar las del Dr. Charles
Tart,
profesor emérito de Psicología en la Universidad de California.
Haber identificado el “locus” cerebral que, al activarlo, lo
reproducía. Por aquel entonces yo era “ateo de estricta
observancia”, así que el descubrimiento me produjo una gran
alegría. Lo interpreté, o malinterpreté, como una confirmación de
mi ateísmo. Si aquel fenómeno tenía una base cerebral, una base
física, se “demostraba” que ni el alma ni Dios
existían. Todo era materia y cerebro. Sin embargo, al cabo de un
tiempo comencé a reconsiderar aquellas conclusiones preliminares. El
fenómeno podría tener una base física, un lugar concreto del
cerebro que, al excitarlo, las reproducía, pero el fenómeno en sí
existía. Los pacientes tenían la experiencia y la percepción desde
un lugar fuera del cuerpo. Estando fuera del cuerpo, el “ser” se
seguía percibiendo a sí mismo como una entidad. Se percibía así,
y el cerebro lo interpretaba así. Podía procesar una información
recogida fuera del cuerpo. Esa “no localidad” de las percepciones
no podía definirse como algo “material”. La percepción, aunque
se procesara por el cerebro, era recogida fuera del cerebro, fuera
del cuerpo. Tuve que revisar todas mis creencias.
—Según
tengo entendido, usted se ha convertido al cristianismo.
—Efectivamente,
al cristianismo. A mi entender, es la religión que aporta una
descripción más ajustada de la vida espiritual, del mecanismo que a
ella conduce.
—¿Podría
desarrollar un poco más su idea para nuestros oyentes?
—Para
mí, el cristianismo es una metáfora. Mejor dicho, es “la
Metáfora”.
La mejor de las descripciones de la realidad espiritual. Pero, a ese
nivel, una metáfora son instrucciones. Instrucciones codificadas. El
cristianismo lo describe en un lenguaje “fácil y frágil”. Su
lenguaje revela una meta-realidad mucho más profunda que su primera
apariencia. En realidad, el cristianismo contiene dos discursos: el
exotérico y el esotérico. Ambos son comprensibles a distintos
niveles. Por eso, la verdad que describe es “fácil”, porque
todos, a su propio nivel, podían comprenderla. Por eso también es
“frágil”, porque cambia de forma, se adapta a la comprensión
del oyente.
—Usted
afirma que “no todos los cristianos conocen el mensaje esotérico
del cristianismo”. ¿Es así?
—En parte es así. Verá, la mayoría de las personas solo
alcanzaban a entender el nivel exotérico. Con eso les basta, no me
malinterprete. Basta una comprensión “tosca” del cristianismo
para que se pueda desarrollar una sociedad como la occidental. No
había que entender ni más ni mejor los evangelios. Es suficiente
con atenerse a su mensaje textual, a su mensaje exotérico. No es
necesario más.
—Algunos
medios han denominado a su cristianismo como “Cristianismo
Neurológico”. ¿Es ajustada esa adjetivación? Y, si así fuera,
¿podría explicarnos en qué consiste?
—Creo
que se debe a mi interpretación esotérica, que ha trascendido a los
medios. Obviamente, podría resultar un poco exagerada, pero, en todo
caso, es correcta desde el punto de vista de mi profesión. No puedo
obviar que soy neurólogo. Como le adelantaba, el cristianismo
describe un hecho neurológico. El suceso trascendental del
cristianismo, la encarnación de Dios, se funde con la neurología de
la percepción.
—¿Podría
desarrollarlo?
—Por
supuesto. Para mí, toda percepción humana solo se alcanza mediante
la activación de una u otra zona del cerebro. Es imprescindible la
intervención de una zona determinada del cerebro para tener una
experiencia concreta. El cerebro es donde se procesa la información
que recibe y nos da acceso a la misma...
—Prosiga,
por favor.
—Ateniéndonos
a este principio inamovible, podemos razonar de la siguiente forma:
si se alcanza la experiencia directa de Dios,
tiene que estar involucrada una zona concreta del cerebro. Ese tipo
de experiencia es algo singular. Algo que no está al alcance de
todos. Algo que no ocurre todos los días. La zona del cerebro que
nos permite acceder a esa experiencia extraordinaria debe de ser una
zona que no se utiliza normalmente. Una zona “oscura”,
desconocida, una zona remota, inexplorada... “virgen”.
—Y,
según usted, ¿qué relación tiene esto con el cristianismo?
—El
cristianismo nos enseña que Dios nace de una “virgen”, en una
noche “oscura”, dentro de una gruta escondida. Por eso, el
cristianismo es el mejor relato que aporta una religión al mecanismo
neurológico que da acceso a la experiencia de la divinidad.
—Tengo
entendido que esa “explicación neurológica” también la aplica
usted a fenómenos como la meditación y la contemplación.
—Efectivamente,
la meditación y la contemplación ayudan a poner en marcha esa “zona
oscura del cerebro”. La literatura mística nos aporta abundantes
ejemplos. Puedo remitir a los oyentes, por ejemplo, a libros como el
Anónimo Inglés del siglo XIV, “La nube del no saber”, o a las
literaturas budista, taoísta, etc. En el fondo describen el mismo
fenómeno. En ese sentido, una de las aproximaciones a la iluminación
se realiza acallando el diálogo interno. Pero ese diálogo interno
es mucho más fuerte en las personas formadas que en las que no han
recibido educación. De ahí proviene la afirmación de que “Dios
se les aparece a los niños y a los pastores”. Es decir, a las
personas con escasa formación.
—¿El
fenómeno de Dios?
—El
fenómeno de Dios
y del alma. Hay descripciones que, aparentemente, son muy distintas,
pero que tienen elementos comunes. La renuncia al ego es una de
ellas. No se trata, como dice el ho'oponopono,
de que existan dos espíritus en nosotros. Uno “tonto” y otro
“listo”, y que el “tonto” es el que da acceso a Dios.
No se trata de eso, sino de que debemos abandonar la inteligencia
para acceder a la experiencia mística. Un proceso universal cuya
técnica puede llamarse meditación, oración, contemplación, etc.
—¿Conoce usted otras religiones? Pero ¿por qué elige usted el cristianismo para convertirse?
—Realmente
hay otros motivos. El cristianismo describe dos grandes misterios. El
primero es la encarnación de Dios
en la Tierra, como he explicado anteriormente. El segundo es la
muerte de Dios,
el asesinato de Dios.
Ese segundo gran misterio lo interpreté de pronto como un mensaje
personal. Como usted sabe, yo militaba en el ateísmo más extremo.
Pero lo que nos dice el cristianismo a los ateos es que, si bien Dios
existe, todos podemos “matarlo”, acabar con él, erradicarlo de
nuestras vidas, de nuestro sistema de creencias. Pero, por otro lado,
también nos da el otro mensaje: el de la inutilidad de ese
asesinato, porque Dios
siempre resucitará “a los tres días”, o a los tres meses, o a
los tres años, o a los tres milenios. En mi caso, fue cierto.
Eso
es lo que “predicaba” Teodoro
Úrbel,
el neurólogo, profesor de la Universidad de la Sorbona
y exateo. Lo predicaba sin que nadie le hiciera caso. Por supuesto,
la exposición del señor Úrbel
no tuvo ningún reconocimiento. Sus teorías eran “excesivas”:
demasiado avanzadas para unos, demasiado antiguas para otros y, para
todos ellos, demasiado absurdas. Teodoro
fue rápidamente olvidado.
El
olvido es la violencia dulce que la sociedad dedica a los que
molestan con sus creencias.
FIN

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