domingo, 21 de junio de 2026

037 Cristianismo neurológico

La virtud de las sociedades avanzadas es la indiferencia. La indiferencia nos permite convivir con los demás sin estar involucrados con ellos. Estar y no estar, lo que nos lleva al ser, pero no ser.



Teodoro Úrbel es neurólogo. Neurólogo de profesión, pero su verdadera vocación era el ateísmo. Teodoro era un “hooligan” del ateísmo. Un desesperado del ateísmo. Al ateísmo dedicaba su tiempo y su vida, su convicción y sus esperanzas. Creía y militaba en el ateísmo con esa manera suya de creer tan... desmesurada. Más que por sus habilidades como neurólogo, Teodoro era conocido como propagandista del ateísmo. Úrbel era el Dawkins colombiano.

Por eso, su conversión fue sorprendente. Su conversión al espiritualismo, su conversión al cristianismo. Como
Teodoro, ya lo hemos dicho, es desmesurado, no se contentó con ser creyente. Teodoro se puso a predicar. Pero Teodoro no profesaba una versión homologada del cristianismo; Teodoro era creyente de su versión del cristianismo, del “cristianismo neurológico”. Las prédicas de Teodoro se ajustaban en todo a los evangelios. No se diferenciaba en nada de la católica. Pero el camino que le condujo al cristianismo era tan inescrutable... como los caminos del Señor.

Yo dirigía la Emisora 94.3 FM -
Debate Radio en Burgos. Entre nuestros redactores teníamos a Ramón Álvarez Úrbel, sobrino de Teodoro. Por ese motivo, Teodoro nos concedió una entrevista. La entrevista se emitió la noche del viernes 23 de octubre de 2009. La transcripción de la entrevista es la siguiente:

Señor Úrbel, buenas noches.
—Buenas noches.
Esta noche nos visita don Teodoro Úrbel. No necesita presentación. La polémica suscitada a raíz de su conversión al cristianismo ha sido una noticia de primera plana. ¿Cómo valora usted la polémica?
—Creo que cualquier polémica es enriquecedora. Pero le confieso que estoy un poco abrumado.
—¿Puede describir para nuestros oyentes cómo fue su proceso de conversión?
—Como sabes, mi formación es la de neurólogo. Mi conversión se inició a través de un programa de investigación en el
Instituto Pasteur. La investigación sobre las experiencias fuera del cuerpo tiene una gran tradición. Podemos mencionar las del Dr. Charles Tart, profesor emérito de Psicología en la Universidad de California. Haber identificado el “locus” cerebral que, al activarlo, lo reproducía. Por aquel entonces yo era “ateo de estricta observancia”, así que el descubrimiento me produjo una gran alegría. Lo interpreté, o malinterpreté, como una confirmación de mi ateísmo. Si aquel fenómeno tenía una base cerebral, una base física, se “demostraba” que ni el alma ni Dios existían. Todo era materia y cerebro. Sin embargo, al cabo de un tiempo comencé a reconsiderar aquellas conclusiones preliminares. El fenómeno podría tener una base física, un lugar concreto del cerebro que, al excitarlo, las reproducía, pero el fenómeno en sí existía. Los pacientes tenían la experiencia y la percepción desde un lugar fuera del cuerpo. Estando fuera del cuerpo, el “ser” se seguía percibiendo a sí mismo como una entidad. Se percibía así, y el cerebro lo interpretaba así. Podía procesar una información recogida fuera del cuerpo. Esa “no localidad” de las percepciones no podía definirse como algo “material”. La percepción, aunque se procesara por el cerebro, era recogida fuera del cerebro, fuera del cuerpo. Tuve que revisar todas mis creencias.
—Según tengo entendido, usted se ha convertido al cristianismo.
—Efectivamente, al cristianismo. A mi entender, es la religión que aporta una descripción más ajustada de la vida espiritual, del mecanismo que a ella conduce.
—¿Podría desarrollar un poco más su idea para nuestros oyentes?
—Para mí, el cristianismo es una metáfora. Mejor dicho, es “
la Metáfora”. La mejor de las descripciones de la realidad espiritual. Pero, a ese nivel, una metáfora son instrucciones. Instrucciones codificadas. El cristianismo lo describe en un lenguaje “fácil y frágil”. Su lenguaje revela una meta-realidad mucho más profunda que su primera apariencia. En realidad, el cristianismo contiene dos discursos: el exotérico y el esotérico. Ambos son comprensibles a distintos niveles. Por eso, la verdad que describe es “fácil”, porque todos, a su propio nivel, podían comprenderla. Por eso también es “frágil”, porque cambia de forma, se adapta a la comprensión del oyente.
—Usted afirma que “no todos los cristianos conocen el mensaje esotérico del cristianismo”. ¿Es así?
—En parte es así. Verá, la mayoría de las personas solo alcanzaban a entender el nivel exotérico. Con eso les basta, no me malinterprete. Basta una comprensión “tosca” del cristianismo para que se pueda desarrollar una sociedad como la occidental. No había que entender ni más ni mejor los evangelios. Es suficiente con atenerse a su mensaje textual, a su mensaje exotérico. No es necesario más.
—Algunos medios han denominado a su cristianismo como “Cristianismo Neurológico”. ¿Es ajustada esa adjetivación? Y, si así fuera, ¿podría explicarnos en qué consiste?
—Creo que se debe a mi interpretación esotérica, que ha trascendido a los medios. Obviamente, podría resultar un poco exagerada, pero, en todo caso, es correcta desde el punto de vista de mi profesión. No puedo obviar que soy neurólogo. Como le adelantaba, el cristianismo describe un hecho neurológico. El suceso trascendental del cristianismo, la encarnación de Dios, se funde con la neurología de la percepción.
—¿Podría desarrollarlo?
—Por supuesto. Para mí, toda percepción humana solo se alcanza mediante la activación de una u otra zona del cerebro. Es imprescindible la intervención de una zona determinada del cerebro para tener una experiencia concreta. El cerebro es donde se procesa la información que recibe y nos da acceso a la misma...
—Prosiga, por favor.
—Ateniéndonos a este principio inamovible, podemos razonar de la siguiente forma: si se alcanza la experiencia directa de
Dios, tiene que estar involucrada una zona concreta del cerebro. Ese tipo de experiencia es algo singular. Algo que no está al alcance de todos. Algo que no ocurre todos los días. La zona del cerebro que nos permite acceder a esa experiencia extraordinaria debe de ser una zona que no se utiliza normalmente. Una zona “oscura”, desconocida, una zona remota, inexplorada... “virgen”.
—Y, según usted, ¿qué relación tiene esto con el cristianismo?
—El cristianismo nos enseña que Dios nace de una “virgen”, en una noche “oscura”, dentro de una gruta escondida. Por eso, el cristianismo es el mejor relato que aporta una religión al mecanismo neurológico que da acceso a la experiencia de la divinidad.
—Tengo entendido que esa “explicación neurológica” también la aplica usted a fenómenos como la meditación y la contemplación.
—Efectivamente, la meditación y la contemplación ayudan a poner en marcha esa “zona oscura del cerebro”. La literatura mística nos aporta abundantes ejemplos. Puedo remitir a los oyentes, por ejemplo, a libros como el Anónimo Inglés del siglo XIV, “La nube del no saber”, o a las literaturas budista, taoísta, etc. En el fondo describen el mismo fenómeno. En ese sentido, una de las aproximaciones a la iluminación se realiza acallando el diálogo interno. Pero ese diálogo interno es mucho más fuerte en las personas formadas que en las que no han recibido educación. De ahí proviene la afirmación de que “Dios se les aparece a los niños y a los pastores”. Es decir, a las personas con escasa formación.
—¿El fenómeno de Dios?
—El fenómeno de
Dios y del alma. Hay descripciones que, aparentemente, son muy distintas, pero que tienen elementos comunes. La renuncia al ego es una de ellas. No se trata, como dice el ho'oponopono, de que existan dos espíritus en nosotros. Uno “tonto” y otro “listo”, y que el “tonto” es el que da acceso a Dios. No se trata de eso, sino de que debemos abandonar la inteligencia para acceder a la experiencia mística. Un proceso universal cuya técnica puede llamarse meditación, oración, contemplación, etc.

¿Conoce usted otras religiones? Pero ¿por qué elige usted el cristianismo para convertirse?

Realmente hay otros motivos. El cristianismo describe dos grandes misterios. El primero es la encarnación de Dios en la Tierra, como he explicado anteriormente. El segundo es la muerte de Dios, el asesinato de Dios. Ese segundo gran misterio lo interpreté de pronto como un mensaje personal. Como usted sabe, yo militaba en el ateísmo más extremo. Pero lo que nos dice el cristianismo a los ateos es que, si bien Dios existe, todos podemos “matarlo”, acabar con él, erradicarlo de nuestras vidas, de nuestro sistema de creencias. Pero, por otro lado, también nos da el otro mensaje: el de la inutilidad de ese asesinato, porque Dios siempre resucitará “a los tres días”, o a los tres meses, o a los tres años, o a los tres milenios. En mi caso, fue cierto.

Eso es lo que “predicaba”
Teodoro Úrbel, el neurólogo, profesor de la Universidad de la Sorbona y exateo. Lo predicaba sin que nadie le hiciera caso. Por supuesto, la exposición del señor Úrbel no tuvo ningún reconocimiento. Sus teorías eran “excesivas”: demasiado avanzadas para unos, demasiado antiguas para otros y, para todos ellos, demasiado absurdas. Teodoro fue rápidamente olvidado.


El olvido es la violencia dulce que la sociedad dedica a los que molestan con sus creencias.

FIN



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