A
pesar de su formación clásica, el doctor Álvarez
era un escéptico en relación con la antropología cultural. Su
brillantez académica no le impedía profesar en privado un
etnocentrismo radical. Consideraba las culturas europea, hindú y
china como las únicas dignas de tal nombre. Afirmaba que la
denominación de culturas, aplicada a las simples adaptaciones al
medio realizadas por los pueblos indígenas, no era más que una
expresión del diletantismo imperante en la ciencia oficial. Sabía,
sin embargo, que la publicación de estas ideas no le traería más
que inconvenientes. Él era un hombre práctico, sin ningún
prejuicio a la hora de falsificar hechos, datos o estadísticas.
Siempre les daría a sus patrocinadores lo que quisieran oírle
decir.
Esta posición podría parecer intelectualmente
incómoda, pero el señor Álvarez
la manejaba con soltura. No le planteaba ningún problema porque él
no era un hombre apasionado. Tanto le daba que lo que él pensaba
fuera verdad como que no. Lo importante para él eran las
subvenciones. Las conseguía a manos llenas, con su facilidad de
palabra y su amable sonrisa. Era la autoridad en la antropología
española e incluso en la norteamericana. En definitiva, el doctor
Álvarez
era un triunfador. Un sabio. Una de esas instituciones de la ciencia
en las que uno
puede confiar.
A
pesar de todo ello, la verdad es que, contra todo pronóstico, el
doctor Álvarez
sabía, y sabía mucho. No era ni un sabio distraído ni un mánager
perverso y trapacero. Era ambas cosas a la vez. En esto radicaba su
fascinante personalidad. Era, como él decía, una especie de
"Indiana
Jones",
pero en serio. Sus proyectos siempre perseguían un fin. Controlaba
todos y cada uno de sus pasos. Una cosa era que los informes dijeran
lo que los sponsors querían que dijesen; otra, que él no hubiese
llevado la investigación seriamente, correctamente, y no hubiera
llegado a formarse una idea fundada sobre el tema de estudio. Que
escritos firmados por él avalaran ideas sin base real no le creaba
el más mínimo problema moral. Llegado el caso, podía afirmar
cualquier cosa: que los yanomami
son una tribu feliz viviendo en el paraíso, que los constructores de
las pirámides eran de raza bantú... Según él, si los estudios
eran pagados por una organización radical negra o francesa, su deber
era decirles aquello que les hiciera felices. En definitiva, para
eso le pagaban.
De
acuerdo con estas teorías suyas, se consideraba un vendedor de
felicidad. Como tal, era un artista, y el artista se debe a su
público. La ciencia moderna no era más que una extensión del mundo
del espectáculo. Lo importante era mantener altas las ventas. Su
convicción le ahorraba mucho tiempo en discusiones. Puesto que el
cliente siempre tenía razón, no iba a molestarle con unos hechos
que le llevaran la contraria. Máxime si esa persona o institución
podía ser un futuro cliente. La lógica, acertada o no, de su
razonamiento le proporcionaba no solo una vida lujosa, sino una
reputación intachable. Se le abrían todas las puertas, incluso las
de la prensa. Estaba por encima de toda duda, de toda sospecha.
La
beca de la Universidad de Stanford
era una de esas becas típicas: una universidad progresista en la que
no saben qué hacer con el dinero, y se lo enviaban a él, para que
destinara a algún desdichado a morirse de asco durante una temporada
en el fin del mundo, a gastos pagados. La casualidad quiso que esta
vez las cosas fueran diferentes. El motivo por el que el doctor
Álvarez
emprendió personalmente la investigación de campo no está muy
claro. Si analizamos las posibilidades, podemos descartar pocas.
Incluso se podría pensar que el aburrimiento fue una de sus causas;
el turismo o lo exótico del destino, otras dos; el marketing
desarrollado en torno al "producto",
la definitiva.
La historia que vamos a relatar no se refiere
ni al viaje, ni al visado, ni a las dificultades inherentes a un
trabajo de campo. La importancia de sus resultados, censurados por el
propio Álvarez,
tampoco conviene a estas páginas. Lo que aquí vamos a encontrar es
el relato de lo que vio y oyó el doctor Álvarez
en el techo del mundo, en los Himalayas.
Mustang,
pequeño reino situado en la cima de los Himalayas,
está en la frontera de Nepal
con el Tíbet.
Posee una frontera con el primero y tres con el segundo. Si existe un
reino prohibido en los Himalayas,
un Shangri-La,
ese es el Reino
de
Mustang.
Un lugar prohibido y secreto. Prohibido para casi todo lo extranjero.
Secreto hasta para sus propios habitantes. La leyenda viva de los
altos altares de roca, donde viven los dioses. Mil Olimpos
orientales, diez mil divinidades en lo alto de túmulos de nieve y
hielo, donde las montañas se cubren con su blanco velo desde que
nacen. Allí fue el doctor Álvarez
o, mejor dicho, allí fue donde consiguió llegar.
La verdad
es que hasta el doctor Álvarez
ignoraba dónde estaba situado el Reino
de
Mustang.
Incluso dudaba de su existencia. Fiel a su principio de "no
desilusionar al contrario",
dejó hablar al comisionado hasta el final. Disimuló muy bien, tanto
su ignorancia sobre la situación del reino como su sobresalto cuando
le comunicó que era una condición imprescindible que el trabajo de
campo fuera desarrollado por él mismo.
Sin embargo, las
perspectivas de un buen negocio limaron asperezas y acercaron
posiciones. El hecho adicional de que el reino no estaba "en
algún lugar de África",
como se temía, terminó de decidirle.
El doctor Álvarez
no era un experto en etnias tibetanas. Creía recordar que lo primero
que leyó de los Himalayas
fueron las novelas de Lobsang
Rampa
y el libro, supuestamente de viajes, de Alexandra
David-Néel,
poco más. Su interés decayó rápidamente por aquellos temas y
aquellos poderes sobrenaturales que describían los viajeros. No se
lo reprochaba, no; al fin y al cabo, hacían lo que él: vendían
felicidad a las personas que compraban los libros. Lo que sucedía
era que a él, personalmente, le aburría un poco el tema. En
cualquier caso, seguramente él terminase haciendo lo mismo. El
comisionado le había parecido muy dispuesto a creer en esas cosas.
El dinero era de curso legal y él nunca rechazaba una invitación de
ese calibre.
Su plan de viaje era simple: hacer unas quince
entrevistas, tomar muchas fotos, disfrutar lo más posible y escribir
una de aquellas "novelitas
con fondo científico"
que tan bien se le daban. Lo demás, cobrar el resto del dinero y
asistir a la cena de gala. Allí les explicaría “lo
dura que fue su vida en la montaña”.
El planteamiento era así, simple, como siempre. Además, era de
probada eficacia en los círculos académicos. La imagen de
explorador solitario vende bien.
Llegada a Mustang.
Recepción por las autoridades. Contratar al guía. Preparar el
trabajo. Al confeccionar con el guía la lista de "elegidos"
apareció el nombre de Limsang
Rimpoché.
Al parecer, así se le llamaba pero, según el guía, no era tal,
sino un embaucador. Se dedicaba a la brujería. Álvarez
pensó que estaba de suerte, que quizás había encontrado a “su
brujo yaqui particular”. La opinión del guía sobre el
embaucamiento le hacía más interesante a sus ojos. Y había otro
detalle: hablaba inglés.
Cuando fue a visitarle, le pareció
inteligente, más por lo que callaba que por lo que le decía. Jugaba
su mismo juego: “le
estaba pescando”.
Ahora largaba sedal, luego recogía... era divertido, "el
pescador pescado",
pensó. El doctor Álvarez
reunió el material que se proponía sobre yetis, lamas, doncellas
forzadas por dragones, el Bardo
Thödol,
procesiones de diablos, molinillos de oraciones, fantasmas, músicas
ancestrales, ritos tántricos. Al cabo volvió sobre sus pasos, se
acercó de nuevo a la casa del brujo.
Antes de que llamara, le
abrió la puerta. Un lacónico "le
estaba esperando"
fue su bienvenida. Álvarez
pensó que era muy efectista en la puesta en escena. Estaban solos.
Se lo dijo. El brujo sonrió y le dijo: "No
se esfuerce, doctor Álvarez,
usted es inteligente. No le voy a engañar contándole lo que otros
ya le habrán contado. Sin embargo, usted es como yo era. No cree en
nada. Le he llamado para enseñarle algo...".
Se
les vio salir a ambos de la ciudad de Lo
Mantang
el día 6 de julio de 1976. El doctor Álvarez
regresó a los Estados Unidos tres días más tarde. La publicación
de su trabajo le reportó los beneficios esperados. Su esplendoroso
estilo para el libelo científico volvió a dar sus frutos. Sin
embargo, el doctor Álvarez
no era el mismo. Algo le había cambiado en Mustang.
Tres meses más tarde, el doctor Álvarez
preparó su retiro. Liquidó sus asuntos en Los
Ángeles.
Propuso a su discípulo Hermann
Wiesser
como su sucesor al frente de la Fundación. El señor Álvarez
volvió a la fe de sus mayores. Se retiró a un monasterio cartujo en
su ya lejana Extremadura.
El
lamento de la sociedad científica sobre su prematuro retiro, la
incomprensión de muchos, las sospechas de otros, señalaron en todas
direcciones. Para unos, era una operación de imagen; para otros, el
inicio de un nuevo estudio. Casi ninguno imaginó la verdadera razón,
la más simple: el señor Álvarez
había sufrido una crisis religiosa. Había tenido una revelación.
Quien conociera al doctor Álvarez
hubiera relacionado su crisis con su visita a Nepal.
Lo sucedido aquel 6 de julio debió de ser determinante. ¿Qué
sucedió?
Y, si sucedió algo, ¿quién
lo descubriría?
¿Quién
se pondría sobre la verdadera pista?
Robert
Fletcher,
reportero de la BBC,
fue quien se planteó la pregunta correcta.
Estaba realizando
una serie de entrevistas sobre antropólogos por cuenta de National
Geographic.
Entre sus entrevistados estaba el doctor Wiesser,
el discípulo y sucesor de Álvarez.
Al término de la entrevista, la conversación derivó hacia el "caso
Álvarez".
Fletcher
se mostró muy interesado. Había conocido años atrás al doctor
Álvarez;
incluso había tenido la oportunidad de departir con él acerca de lo
divino y de lo humano. Por lo que sabía, Álvarez
no era un hombre dado a misticismos. En eso coincidía con el doctor
Wiesser:
ambos eran personas prácticas. Álvarez
había sido un escéptico en materia religiosa. Le costaba creer en
un cambio así. Decidió extender su serie de entrevistas e incluir
al doctor Álvarez
en ella.
España.
Llegada a Madrid
en American
Airlines.
Siete de la mañana, hora local. Disponía de dos días. El lugar que
buscaba se llamaba Trujillo,
una pequeña ciudad de Extremadura.
Se puso en camino inmediatamente. Solo estuvo en el aeropuerto el
tiempo necesario para alquilar un coche en Avis.
El invierno español le tomó por sorpresa en aquel "país
del sol":
hacía un frío tremendo. Cuatro horas más tarde, llegó a Trujillo.
Encontró el monasterio. Solicitó ver al señor Álvarez.
Fletcher
estaba frustrado. Su enfado era evidente. Un viaje como aquel para
nada, pensaba, refugiado en un bar de la plaza. Además, aquel
endiablado clima. Aquella nieve que se arremolinaba sobre la
escalinata de la plaza y la estatua del conquistador, de don
Francisco
Pizarro,
como le habían dicho que se llamaba el de la estatua. Los españoles
estaban locos. ¿Cómo
podían vivir allí, lejos de cualquier parte?
No le extrañó que los conquistadores hubieran nacido en aquel
lugar. Era fácil irse a conquistar lo que fuese, con tal de irse.
Además, estaba lo del monasterio: él no sabía que los católicos
hicieran voto de silencio. Otra locura.
Diez años después,
Fletcher
encontró su respuesta. El doctor Wiesser
le llamó a Londres:
había recibido una noticia y una carta de España. La noticia era
que el doctor Álvarez
había muerto. La carta contenía un relato escrito por el propio
Álvarez,
un relato de lo que sucedió en Mustang.
Quedaron en verse al mes siguiente.
La carta del doctor
Álvarez
estaba fechada el 15
de enero de 1977,
es decir, tres semanas después de su ingreso en el monasterio, once
años antes de su muerte. Su estilo no era tan brillante como lo
había sido durante su vida científica. Se notaba que a las palabras
les costaba salir, se resistían a ser dichas, se negaban a ser
escritas. El documento, de trece folios, se refería a hechos y
conclusiones. Los más importantes son los primeros.
Aquel
día 6 de julio salí de la ciudad de Lo
Mantang.
Acompañaba al denominado Limsang
Rimpoché.
Nos dirigimos hacia el oeste. Seguimos un estrecho camino en la
montaña. Caminamos unas seis horas. Debimos recorrer catorce millas.
Llegamos al fin a una pequeña cabaña de piedra que dominaba el
valle. La cabaña era la disimulada puerta de una gruta.
Aquel
brujo sabía mucho sobre mí. Me sorprendió su aplomo. También lo
veraz de su conocimiento. Me dijo que yo era un descreído, que él
tenía el deber de mostrarme algo. Al parecer, le había sido
encargado darme una prueba. No me imaginaba lo que iba a ver. Me
explicó una serie de teorías acerca de los dioses, de la
construcción del mundo. Me dijo quién gobernaba los hilos del
tiempo, dónde residía la vibración del mundo. Había tres
vibraciones básicas: una sostenía el tiempo del cielo, otra el del
infierno y otra la del mundo. Me mostró cómo los mandalas eran
mapas del universo. Al final me dijo que él ya sabía que no le
creería. Por eso me iba a dar una prueba.
Descendimos una
serie de escalones divididos en tres tramos de escalera. Llegamos a
una especie de anfiteatro. En su centro se hallaba un altar. En aquel
altar vibraba una especie de diapasón. Me explicó que aquel era una
de las vibraciones que sostenían el tiempo, concretamente la que
sostenía el tiempo del mundo. Me dijo que la detendría. Entonces
podría salir y ver al mundo sin tiempo, que esta era la prueba.
Dibujó dos círculos de tiza. Me ordenó que me sentara dentro del
izquierdo. Él hizo lo propio en el otro. Me advirtió que cuando el
diapasón parase yo podría salir, que el tiempo se detendría hasta
el momento en que regresase al mismo punto. Le dejé hacer; entró en
trance. Un silencio espeso me envolvió...
...Salí del
círculo y de la gruta. El silencio me acompañaba. Al salir,
contemplé al mundo sin tiempo. La sospecha se convirtió en
evidencia. Vi a aquel pájaro inmóvil, suspendido en el aire. Las
nubes quietas en el cielo fueron el siguiente detalle. El riachuelo
estaba detenido, sus últimas salpicaduras aún estaban cayendo sin
caer. Volví a la ciudad. El sol no se movía y yo no sentía
cansancio. La vida estaba convertida en estatua: el aire, las
piedras. También contemplé los gestos y las muecas de los rostros.
Era como estar dentro de una fotografía gigante, dentro de un
holograma infinito. Un mundo a mi alcance con el que, observé, no
podía interactuar. No podía cambiar nada. Podía tocar la piedra en
el aire, pero no cambiarla de sitio; al soltarla, regresaba a su
lugar. Podía tocar la superficie del agua, pero no hundir mi mano en
ella. Podía caminar por el río sin hundirme, deslizarme por las
cascadas sin mojarme, caminar millas y millas sin cansarme.
¿Cuánto
tiempo estuve así? ¿Días?, ¿meses?, ¿años? No lo sé. El sol
brillaba sobre mí sin moverse ni quemar. El paisaje era un álbum de
fotos. La euforia dejó paso a la tristeza y esta a la duda. Primero
pensé que podría quedarme así hasta el infinito. No moriría
nunca. Sería eterno, también maravilloso. Luego me horrorizó la
idea de quedarme allí, en un mundo sin vida por toda la eternidad.
Después pensé en regresar al círculo de tiza. Me asaltó la duda
de que mi regreso no volviera a poner en marcha el tiempo del mundo,
que todo se quedase así retenido, conmigo y con mi desesperación
como eternos espectadores.
Desanduve mis pasos. Volví a la
gruta. Todo era igual porque, como Limsang me había advertido, solo
hay algo que es igual a sí mismo: el mismo instante. Me senté en el
interior del círculo... El diapasón volvió a vibrar con su
frecuencia lenta. Limsang
pareció salir de un trance. Me miró. Parecía feliz. Yo no dije
nada. Observé, de nuevo, el temblor de la llama en las antorchas, la
suavidad de una corriente de aire. Llegó hasta mí un murmullo
lejano. Volvimos a Lo
Mantang
sin decir una sola palabra. Por el camino fue anocheciendo. A la
mañana siguiente, regresé a Los
Ángeles.
Lo demás ya lo sabes. No dije nada de esto a nadie. No estoy tan
loco. Hoy he regresado a la patria antigua de mis antepasados. Tengo
que encontrar. Encontrar a Dios.
Le buscaré en el silencio. Cuando te entreguen esta carta, habré
muerto. Te debía una explicación y aquí la tienes.
Las
conclusiones son difíciles. Es posible que el doctor Álvarez
se equivocase, que fuera víctima de una alucinación psicótica, de
un sueño. Sin embargo, existe una posibilidad, y es que la
experiencia fuera una realidad objetiva. Si esto es así, o bien se
había detenido el tiempo, o bien la vida y los movimientos de
Álvarez
se vieron acelerados hasta el infinito. Quién sabe si por encima de
la velocidad de la luz. Cualquier explicación es mala por
incompleta. En cualquier caso, si las tres vibraciones existen,
nuestra idea del universo se tambalea. Lo que queda por descubrir es
más impresionante que lo que conocemos.
El doctor Wieser
y el señor Fletcher
decidieron no dar publicidad al caso. Se limitaron a informar de él
a la agencia oficial SAPI. Dos años más tarde, fueron llamados a
declarar. Al parecer, no existían pruebas de nada. Ni siquiera el
doctor Álvarez
parecía haber existido. Su vida, sus trabajos, todo estaba
desapareciendo. No existían fechas ni datos en ningún archivo.
Tampoco aparecían amigos ni parientes. Solo quedaban ellos para
atestiguar su existencia. Ellos y una pequeña lápida en el
cementerio de Trujillo,
donde aún se podía leer: "D.
E. P. In Memoriam hermano Juan
Álvarez
1935-1983".
La leyenda estaba semiborrada, como si la erosión la hubiera
carcomido durante dos siglos en lugar de durante dos años.
El
Departamento de Estado dedicó cuantiosos medios a perseguir este
recuerdo. Uno de los primeros investigadores, experto en informática,
comentó: "Es
como si alguien estuviera borrando los archivos".
Los archivos fueron borrados completamente a los tres años de
comenzar la investigación. El señor Fletcher
murió poco después. Hoy, ni el doctor Wieser
recuerda nada del señor Álvarez.
Tampoco se sabe nada de este caso en el Departamento de Estado. Esta
copia del relato es lo único que existe sobre el caso. Lo más
probable es que el lector observe su desaparición en los próximos
años. En cualquier caso, su conocimiento del "Caso
Álvarez"
desaparecerá de su memoria. Será como si nunca nadie le hubiera
hablado del mismo. El olvido individual se verá acelerado ante
cualquier intento de investigación acerca del caso. Aquí se
plantean nuevos problemas por resolver. ¿Quién
está haciendo desaparecer el recuerdo? ¿Por qué?
Y, lo que es más importante:
¿cómo es posible?
La
última duda: quizás
el señor Álvarez
nunca existió.
FIN
lunes, 7 de septiembre de 2026
042 El caso Álvarez
JuanÁlvarez,
nacido en Madrid,
de nacionalidad española y profesión antropólogo, fue becado por
la Universidad de Stanford
para el estudio del ReinodeMustang,
en los Himalayas.
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