lunes, 7 de septiembre de 2026

042 El caso Álvarez

JuanÁlvarez, nacido en Madrid, de nacionalidad española y profesión antropólogo, fue becado por la Universidad de Stanford para el estudio del ReinodeMustang, en los Himalayas.


A pesar de su formación clásica, el doctor
Álvarez era un escéptico en relación con la antropología cultural. Su brillantez académica no le impedía profesar en privado un etnocentrismo radical. Consideraba las culturas europea, hindú y china como las únicas dignas de tal nombre. Afirmaba que la denominación de culturas, aplicada a las simples adaptaciones al medio realizadas por los pueblos indígenas, no era más que una expresión del diletantismo imperante en la ciencia oficial. Sabía, sin embargo, que la publicación de estas ideas no le traería más que inconvenientes. Él era un hombre práctico, sin ningún prejuicio a la hora de falsificar hechos, datos o estadísticas. Siempre les daría a sus patrocinadores lo que quisieran oírle decir.

Esta posición podría parecer intelectualmente incómoda, pero el señor
Álvarez la manejaba con soltura. No le planteaba ningún problema porque él no era un hombre apasionado. Tanto le daba que lo que él pensaba fuera verdad como que no. Lo importante para él eran las subvenciones. Las conseguía a manos llenas, con su facilidad de palabra y su amable sonrisa. Era la autoridad en la antropología española e incluso en la norteamericana. En definitiva, el doctor Álvarez era un triunfador. Un sabio. Una de esas instituciones de la ciencia en las que uno puede confiar.

A pesar de todo ello, la verdad es que, contra todo pronóstico, el doctor
Álvarez sabía, y sabía mucho. No era ni un sabio distraído ni un mánager perverso y trapacero. Era ambas cosas a la vez. En esto radicaba su fascinante personalidad. Era, como él decía, una especie de "Indiana Jones", pero en serio. Sus proyectos siempre perseguían un fin. Controlaba todos y cada uno de sus pasos. Una cosa era que los informes dijeran lo que los sponsors querían que dijesen; otra, que él no hubiese llevado la investigación seriamente, correctamente, y no hubiera llegado a formarse una idea fundada sobre el tema de estudio. Que escritos firmados por él avalaran ideas sin base real no le creaba el más mínimo problema moral. Llegado el caso, podía afirmar cualquier cosa: que los yanomami son una tribu feliz viviendo en el paraíso, que los constructores de las pirámides eran de raza bantú... Según él, si los estudios eran pagados por una organización radical negra o francesa, su deber era decirles aquello que les hiciera felices. En definitiva, para eso le pagaban.

De acuerdo con estas teorías suyas, se consideraba un vendedor de felicidad. Como tal, era un artista, y el artista se debe a su público. La ciencia moderna no era más que una extensión del mundo del espectáculo. Lo importante era mantener altas las ventas. Su convicción le ahorraba mucho tiempo en discusiones. Puesto que el cliente siempre tenía razón, no iba a molestarle con unos hechos que le llevaran la contraria. Máxime si esa persona o institución podía ser un futuro cliente. La lógica, acertada o no, de su razonamiento le proporcionaba no solo una vida lujosa, sino una reputación intachable. Se le abrían todas las puertas, incluso las de la prensa. Estaba por encima de toda duda, de toda sospecha.

La beca de la Universidad de
Stanford era una de esas becas típicas: una universidad progresista en la que no saben qué hacer con el dinero, y se lo enviaban a él, para que destinara a algún desdichado a morirse de asco durante una temporada en el fin del mundo, a gastos pagados. La casualidad quiso que esta vez las cosas fueran diferentes. El motivo por el que el doctor Álvarez emprendió personalmente la investigación de campo no está muy claro. Si analizamos las posibilidades, podemos descartar pocas. Incluso se podría pensar que el aburrimiento fue una de sus causas; el turismo o lo exótico del destino, otras dos; el marketing desarrollado en torno al "producto", la definitiva.

La historia que vamos a relatar no se refiere ni al viaje, ni al visado, ni a las dificultades inherentes a un trabajo de campo. La importancia de sus resultados, censurados por el propio
Álvarez, tampoco conviene a estas páginas. Lo que aquí vamos a encontrar es el relato de lo que vio y oyó el doctor Álvarez en el techo del mundo, en los Himalayas.

Mustang, pequeño reino situado en la cima de los Himalayas, está en la frontera de Nepal con el Tíbet. Posee una frontera con el primero y tres con el segundo. Si existe un reino prohibido en los Himalayas, un Shangri-La, ese es el Reino de Mustang. Un lugar prohibido y secreto. Prohibido para casi todo lo extranjero. Secreto hasta para sus propios habitantes. La leyenda viva de los altos altares de roca, donde viven los dioses. Mil Olimpos orientales, diez mil divinidades en lo alto de túmulos de nieve y hielo, donde las montañas se cubren con su blanco velo desde que nacen. Allí fue el doctor Álvarez o, mejor dicho, allí fue donde consiguió llegar.

La verdad es que hasta el doctor
Álvarez ignoraba dónde estaba situado el Reino de Mustang. Incluso dudaba de su existencia. Fiel a su principio de "no desilusionar al contrario", dejó hablar al comisionado hasta el final. Disimuló muy bien, tanto su ignorancia sobre la situación del reino como su sobresalto cuando le comunicó que era una condición imprescindible que el trabajo de campo fuera desarrollado por él mismo.

Sin embargo, las perspectivas de un buen negocio limaron asperezas y acercaron posiciones. El hecho adicional de que el reino no estaba "en algún lugar de
África", como se temía, terminó de decidirle.

El doctor
Álvarez no era un experto en etnias tibetanas. Creía recordar que lo primero que leyó de los Himalayas fueron las novelas de Lobsang Rampa y el libro, supuestamente de viajes, de Alexandra David-Néel, poco más. Su interés decayó rápidamente por aquellos temas y aquellos poderes sobrenaturales que describían los viajeros. No se lo reprochaba, no; al fin y al cabo, hacían lo que él: vendían felicidad a las personas que compraban los libros. Lo que sucedía era que a él, personalmente, le aburría un poco el tema. En cualquier caso, seguramente él terminase haciendo lo mismo. El comisionado le había parecido muy dispuesto a creer en esas cosas. El dinero era de curso legal y él nunca rechazaba una invitación de ese calibre.

Su plan de viaje era simple: hacer unas quince entrevistas, tomar muchas fotos, disfrutar lo más posible y escribir una de aquellas "
novelitas con fondo científico" que tan bien se le daban. Lo demás, cobrar el resto del dinero y asistir a la cena de gala. Allí les explicaría “lo dura que fue su vida en la montaña”. El planteamiento era así, simple, como siempre. Además, era de probada eficacia en los círculos académicos. La imagen de explorador solitario vende bien.

Llegada a
Mustang. Recepción por las autoridades. Contratar al guía. Preparar el trabajo. Al confeccionar con el guía la lista de "elegidos" apareció el nombre de Limsang Rimpoché. Al parecer, así se le llamaba pero, según el guía, no era tal, sino un embaucador. Se dedicaba a la brujería. Álvarez pensó que estaba de suerte, que quizás había encontrado a “su brujo yaqui particular”. La opinión del guía sobre el embaucamiento le hacía más interesante a sus ojos. Y había otro detalle: hablaba inglés.

Cuando fue a visitarle, le pareció inteligente, más por lo que callaba que por lo que le decía. Jugaba su mismo juego: “
le estaba pescando”. Ahora largaba sedal, luego recogía... era divertido, "el pescador pescado", pensó. El doctor Álvarez reunió el material que se proponía sobre yetis, lamas, doncellas forzadas por dragones, el Bardo Thödol, procesiones de diablos, molinillos de oraciones, fantasmas, músicas ancestrales, ritos tántricos. Al cabo volvió sobre sus pasos, se acercó de nuevo a la casa del brujo.

Antes de que llamara, le abrió la puerta. Un lacónico "
le estaba esperando" fue su bienvenida. Álvarez pensó que era muy efectista en la puesta en escena. Estaban solos. Se lo dijo. El brujo sonrió y le dijo: "No se esfuerce, doctor Álvarez, usted es inteligente. No le voy a engañar contándole lo que otros ya le habrán contado. Sin embargo, usted es como yo era. No cree en nada. Le he llamado para enseñarle algo...".

Se les vio salir a ambos de la ciudad de
Lo Mantang el día 6 de julio de 1976. El doctor Álvarez regresó a los Estados Unidos tres días más tarde. La publicación de su trabajo le reportó los beneficios esperados. Su esplendoroso estilo para el libelo científico volvió a dar sus frutos. Sin embargo, el doctor Álvarez no era el mismo. Algo le había cambiado en Mustang. Tres meses más tarde, el doctor Álvarez preparó su retiro. Liquidó sus asuntos en Los Ángeles. Propuso a su discípulo Hermann Wiesser como su sucesor al frente de la Fundación. El señor Álvarez volvió a la fe de sus mayores. Se retiró a un monasterio cartujo en su ya lejana Extremadura.

El lamento de la sociedad científica sobre su prematuro retiro, la incomprensión de muchos, las sospechas de otros, señalaron en todas direcciones. Para unos, era una operación de imagen; para otros, el inicio de un nuevo estudio. Casi ninguno imaginó la verdadera razón, la más simple: el señor
Álvarez había sufrido una crisis religiosa. Había tenido una revelación. Quien conociera al doctor Álvarez hubiera relacionado su crisis con su visita a Nepal. Lo sucedido aquel 6 de julio debió de ser determinante. ¿Qué sucedió? Y, si sucedió algo, ¿quién lo descubriría? ¿Quién se pondría sobre la verdadera pista?

Robert Fletcher, reportero de la BBC, fue quien se planteó la pregunta correcta.

Estaba realizando una serie de entrevistas sobre antropólogos por cuenta de
National Geographic. Entre sus entrevistados estaba el doctor Wiesser, el discípulo y sucesor de Álvarez. Al término de la entrevista, la conversación derivó hacia el "caso Álvarez". Fletcher se mostró muy interesado. Había conocido años atrás al doctor Álvarez; incluso había tenido la oportunidad de departir con él acerca de lo divino y de lo humano. Por lo que sabía, Álvarez no era un hombre dado a misticismos. En eso coincidía con el doctor Wiesser: ambos eran personas prácticas. Álvarez había sido un escéptico en materia religiosa. Le costaba creer en un cambio así. Decidió extender su serie de entrevistas e incluir al doctor Álvarez en ella.

España. Llegada a Madrid en American Airlines. Siete de la mañana, hora local. Disponía de dos días. El lugar que buscaba se llamaba Trujillo, una pequeña ciudad de Extremadura. Se puso en camino inmediatamente. Solo estuvo en el aeropuerto el tiempo necesario para alquilar un coche en Avis. El invierno español le tomó por sorpresa en aquel "país del sol": hacía un frío tremendo. Cuatro horas más tarde, llegó a Trujillo. Encontró el monasterio. Solicitó ver al señor Álvarez.

Fletcher estaba frustrado. Su enfado era evidente. Un viaje como aquel para nada, pensaba, refugiado en un bar de la plaza. Además, aquel endiablado clima. Aquella nieve que se arremolinaba sobre la escalinata de la plaza y la estatua del conquistador, de don Francisco Pizarro, como le habían dicho que se llamaba el de la estatua. Los españoles estaban locos. ¿Cómo podían vivir allí, lejos de cualquier parte? No le extrañó que los conquistadores hubieran nacido en aquel lugar. Era fácil irse a conquistar lo que fuese, con tal de irse. Además, estaba lo del monasterio: él no sabía que los católicos hicieran voto de silencio. Otra locura.

Diez años después,
Fletcher encontró su respuesta. El doctor Wiesser le llamó a Londres: había recibido una noticia y una carta de España. La noticia era que el doctor Álvarez había muerto. La carta contenía un relato escrito por el propio Álvarez, un relato de lo que sucedió en Mustang. Quedaron en verse al mes siguiente.

La carta del doctor
Álvarez estaba fechada el 15 de enero de 1977, es decir, tres semanas después de su ingreso en el monasterio, once años antes de su muerte. Su estilo no era tan brillante como lo había sido durante su vida científica. Se notaba que a las palabras les costaba salir, se resistían a ser dichas, se negaban a ser escritas. El documento, de trece folios, se refería a hechos y conclusiones. Los más importantes son los primeros.

Aquel día 6 de julio salí de la ciudad de Lo Mantang. Acompañaba al denominado Limsang Rimpoché. Nos dirigimos hacia el oeste. Seguimos un estrecho camino en la montaña. Caminamos unas seis horas. Debimos recorrer catorce millas. Llegamos al fin a una pequeña cabaña de piedra que dominaba el valle. La cabaña era la disimulada puerta de una gruta.

Aquel brujo sabía mucho sobre mí. Me sorprendió su aplomo. También lo veraz de su conocimiento. Me dijo que yo era un descreído, que él tenía el deber de mostrarme algo. Al parecer, le había sido encargado darme una prueba. No me imaginaba lo que iba a ver. Me explicó una serie de teorías acerca de los dioses, de la construcción del mundo. Me dijo quién gobernaba los hilos del tiempo, dónde residía la vibración del mundo. Había tres vibraciones básicas: una sostenía el tiempo del cielo, otra el del infierno y otra la del mundo. Me mostró cómo los mandalas eran mapas del universo. Al final me dijo que él ya sabía que no le creería. Por eso me iba a dar una prueba.

Descendimos una serie de escalones divididos en tres tramos de escalera. Llegamos a una especie de anfiteatro. En su centro se hallaba un altar. En aquel altar vibraba una especie de diapasón. Me explicó que aquel era una de las vibraciones que sostenían el tiempo, concretamente la que sostenía el tiempo del mundo. Me dijo que la detendría. Entonces podría salir y ver al mundo sin tiempo, que esta era la prueba. Dibujó dos círculos de tiza. Me ordenó que me sentara dentro del izquierdo. Él hizo lo propio en el otro. Me advirtió que cuando el diapasón parase yo podría salir, que el tiempo se detendría hasta el momento en que regresase al mismo punto. Le dejé hacer; entró en trance. Un silencio espeso me envolvió...

...Salí del círculo y de la gruta. El silencio me acompañaba. Al salir, contemplé al mundo sin tiempo. La sospecha se convirtió en evidencia. Vi a aquel pájaro inmóvil, suspendido en el aire. Las nubes quietas en el cielo fueron el siguiente detalle. El riachuelo estaba detenido, sus últimas salpicaduras aún estaban cayendo sin caer. Volví a la ciudad. El sol no se movía y yo no sentía cansancio. La vida estaba convertida en estatua: el aire, las piedras. También contemplé los gestos y las muecas de los rostros. Era como estar dentro de una fotografía gigante, dentro de un holograma infinito. Un mundo a mi alcance con el que, observé, no podía interactuar. No podía cambiar nada. Podía tocar la piedra en el aire, pero no cambiarla de sitio; al soltarla, regresaba a su lugar. Podía tocar la superficie del agua, pero no hundir mi mano en ella. Podía caminar por el río sin hundirme, deslizarme por las cascadas sin mojarme, caminar millas y millas sin cansarme.

¿Cuánto tiempo estuve así? ¿Días?, ¿meses?, ¿años? No lo sé. El sol brillaba sobre mí sin moverse ni quemar. El paisaje era un álbum de fotos. La euforia dejó paso a la tristeza y esta a la duda. Primero pensé que podría quedarme así hasta el infinito. No moriría nunca. Sería eterno, también maravilloso. Luego me horrorizó la idea de quedarme allí, en un mundo sin vida por toda la eternidad. Después pensé en regresar al círculo de tiza. Me asaltó la duda de que mi regreso no volviera a poner en marcha el tiempo del mundo, que todo se quedase así retenido, conmigo y con mi desesperación como eternos espectadores.

Desanduve mis pasos. Volví a la gruta. Todo era igual porque, como Limsang me había advertido, solo hay algo que es igual a sí mismo: el mismo instante. Me senté en el interior del círculo... El diapasón volvió a vibrar con su frecuencia lenta.
Limsang pareció salir de un trance. Me miró. Parecía feliz. Yo no dije nada. Observé, de nuevo, el temblor de la llama en las antorchas, la suavidad de una corriente de aire. Llegó hasta mí un murmullo lejano. Volvimos a Lo Mantang sin decir una sola palabra. Por el camino fue anocheciendo. A la mañana siguiente, regresé a Los Ángeles. Lo demás ya lo sabes. No dije nada de esto a nadie. No estoy tan loco. Hoy he regresado a la patria antigua de mis antepasados. Tengo que encontrar. Encontrar a Dios. Le buscaré en el silencio. Cuando te entreguen esta carta, habré muerto. Te debía una explicación y aquí la tienes.

Las conclusiones son difíciles. Es posible que el doctor
Álvarez se equivocase, que fuera víctima de una alucinación psicótica, de un sueño. Sin embargo, existe una posibilidad, y es que la experiencia fuera una realidad objetiva. Si esto es así, o bien se había detenido el tiempo, o bien la vida y los movimientos de Álvarez se vieron acelerados hasta el infinito. Quién sabe si por encima de la velocidad de la luz. Cualquier explicación es mala por incompleta. En cualquier caso, si las tres vibraciones existen, nuestra idea del universo se tambalea. Lo que queda por descubrir es más impresionante que lo que conocemos.

El doctor
Wieser y el señor Fletcher decidieron no dar publicidad al caso. Se limitaron a informar de él a la agencia oficial SAPI. Dos años más tarde, fueron llamados a declarar. Al parecer, no existían pruebas de nada. Ni siquiera el doctor Álvarez parecía haber existido. Su vida, sus trabajos, todo estaba desapareciendo. No existían fechas ni datos en ningún archivo. Tampoco aparecían amigos ni parientes. Solo quedaban ellos para atestiguar su existencia. Ellos y una pequeña lápida en el cementerio de Trujillo, donde aún se podía leer: "D. E. P. In Memoriam hermano Juan Álvarez 1935-1983". La leyenda estaba semiborrada, como si la erosión la hubiera carcomido durante dos siglos en lugar de durante dos años.

El Departamento de Estado dedicó cuantiosos medios a perseguir este recuerdo. Uno de los primeros investigadores, experto en informática, comentó: "
Es como si alguien estuviera borrando los archivos". Los archivos fueron borrados completamente a los tres años de comenzar la investigación. El señor Fletcher murió poco después. Hoy, ni el doctor Wieser recuerda nada del señor Álvarez. Tampoco se sabe nada de este caso en el Departamento de Estado. Esta copia del relato es lo único que existe sobre el caso. Lo más probable es que el lector observe su desaparición en los próximos años. En cualquier caso, su conocimiento del "Caso Álvarez" desaparecerá de su memoria. Será como si nunca nadie le hubiera hablado del mismo. El olvido individual se verá acelerado ante cualquier intento de investigación acerca del caso. Aquí se plantean nuevos problemas por resolver. ¿Quién está haciendo desaparecer el recuerdo? ¿Por qué? Y, lo que es más importante: ¿cómo es posible?

La última duda:
quizás el señor Álvarez nunca existió.

FIN


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