miércoles, 7 de octubre de 2026

044 La Fundación

Mi primer contacto con la organización fue el 23 de septiembre de 1954. Una escueta llamada telefónica, el ofrecimiento de un trabajo, una entrevista a los tres días en el Hotel Palace, un abogado suizo y un experto en botánica. Todo ello resultó en mi elección como candidato. Mi trabajo consistiría en la realización de un informe para la fundación sobre los sabinares de la provincia de Segovia. Un trabajo sencillo y un salario que me pareció desmesurado. El trabajo, un proyecto a tiempo parcial, no me permitiría abandonar mi beca en el Jardín Botánico de Madrid, pero me ayudaría a sobrellevar la escasa dotación de la misma.


Mi formación de naturalista, con especialidad en botánica, no me permitía abrigar muchas esperanzas sobre mi futuro, tan solo aspirar a una plaza en la enseñanza estatal, poco más. La perspectiva de trabajar para una fundación americana era un sueño, uno que nunca se me habría ocurrido soñar. Mi falta de perspectiva no me consentía la menor duda, ni sobre el contrato ni acerca del dinero. El informe de los sabinares estuvo listo en tres meses. La cantidad prometida llegó a mis manos con puntualidad asombrosa.

Durante tres años, la
Fundación continuó encargándome pequeños estudios, tan bien remunerados como el primero. Mi situación profesional había variado: ya era un flamante investigador del CSIC. Realizaba investigaciones sobre semillas de pratenses en el Jardín Botánico de Madrid.

Los gobiernos de
España y Colombia decidieron editar la obra póstuma de D. Celestino Mutis. Pasé a formar parte del equipo que catalogaría, investigaría y prepararía la edición del material atesorado en el Jardín Botánico madrileño: las más de 17 000 pliegos del herbario, 5 394 láminas ilustradas y miles de especímenes que la Real Expedición Botánica de 1783-1816 aportó a España y al mundo occidental. Son un tesoro universal, un patrimonio de la humanidad, que habría desaparecido sin esta iniciativa de publicarlo. Mi nuevo trabajo me permitió no solo acceder a un material celosamente guardado, sino también a técnicas nuevas de tratamiento de textos, la colaboración con varios lingüistas para el cotejo de los nombres indígenas con los españoles y el trabajo con químicos y doctores, lo que me proporcionó una experiencia inapreciable.

El día 1 de octubre de 1954, la
Fundación se puso de nuevo en contacto conmigo. Mi interlocutor esta vez fue una persona del Consejo de Administración, concertó la entrevista en el Hotel Palace.

El señor
Cunha era un caballero alto, de porte distinguido y modales de una educación esmerada. Su español, perfecto. La fundación tenía un nuevo encargo que hacerme. Se trataba de una petición sorprendente, sobre todo por la precisión con que me fue formulada.

La
Fundación estaba interesada en unos documentos que pertenecían a los fondos de la expedición de Mutis. La documentación era la referente a la Drosophila peculiaris. El número de registro, dado durante la expedición, era el 14.620. El expediente que se me pedía era el relativo a esta planta; es decir: las muestras del espécimen, la situación geográfica de su punto de recogida, su clasificación taxonómica, la transcripción de los efectos y leyendas que los indígenas atribuían a la misma. Se me informó de que esta documentación la hallaría en los legajos correspondientes al Reino de Nueva Granada.

Toda esta información debía ser sustraída de la colección y entregada en mano al señor
Cunha a los veinte días de aquella conversación. Mi comisión por el trabajo sería de diez mil dólares americanos. Mi atolondramiento inicial me llevó a involucrarme en el robo.

Durante los dos días siguientes me debatí en la duda. No había considerado bien todas las implicaciones. Por un lado, era increíble la precisión de las instrucciones; por otro, no entendía por qué se trataba de ocultar una planta a la comunidad científica. Pensé que podría ser la fuente de alguna medicina o droga importante, pero lo que no lograba explicarme era cómo poseían aquella extraordinaria información sobre el material de la expedición. Por otra parte, diez mil dólares era mi sueldo de cinco años.

Aquel lunes, al incorporarme al trabajo, comprobé la exactitud de las instrucciones recibidas. Allí, en el decimosexto legajo, el correspondiente al epígrafe de
Nueva Granada, con el número de orden 14.620, estaban las muestras del espécimen (tres) y la documentación correspondiente a su clasificación, así como a las propiedades que se le atribuían. Las láminas me revelaron la forma de aquella planta, desconocida para mí.

No había visto jamás un ejemplar de aquella
Drosophila peculiaris. Retiré sin excesivos problemas el material de los fondos del Jardín Botánico y lo llevé a mi casa. Los tres días siguientes dediqué mis ratos libres a intentar encontrar referencias de aquella planta en las bibliotecas especializadas y en registros de otras expediciones científicas. No encontré nada. Era como si esa planta hubiera desaparecido de la faz de la Tierra. Consideré que era un hallazgo científico de primera magnitud, comparable al del Ginkgo biloba, un fósil viviente. Un descubrimiento que me reportaría fama o... diez mil dólares.

Era difícil, muy difícil, decir que no a una de las dos cosas. Resultaba obvio que la
Fundación era una organización poderosa, que actuaba con fundamento, con una información muy buena. Alguien poderoso estaba detrás de aquello. Si alguien así proponía un robo y estaba dispuesto a pagarlo, podría resultar muy peligroso para mí no aceptar la propuesta.

Las dudas de aquellas semanas fueron muchas. El día 23 volví a entrevistarme con el señor
Cunha. Mi decisión, tomada en el último momento, fue la de negarme a suministrarle el material solicitado. El señor Cunha reaccionó con mucho tacto. Me señaló que le parecía correcto mi comportamiento, que sabía que yo era una persona íntegra. Sin embargo, me rogaba que tomase en consideración algunos puntos. En primer lugar, la exactitud de la información que se me había suministrado. Le constaba mi búsqueda en las bibliotecas y su infructuoso resultado. Así pues, filosofó, no se podría hablar de robo, puesto que el objeto robado no tenía existencia oficial.

Le pregunté entonces que,
si la planta aquella no "existía", ¿de dónde habían sacado su nombre?. Su existencia en los fondos de la colección era desconocida incluso para los depositarios de la misma, ya que no había catálogo. El señor Cunha sonrió ante mis preguntas y me dijo: “Amigo mío, es usted muy joven. No parece saber que todo tiene un precio: la planta, la información, usted mismo. Sin embargo, no pretendo discutir con usted. Solo le diré que la mercancía encargada será de la Fundación a cualquier precio, aunque ese precio tuviera que ser usted. Lo cierto es que aún estoy en disposición de ofrecerle más". Me ofreció cien mil dólares y un contrato de docencia para la Universidad de Columbia.

Tenía ante mí dos posibilidades: claudicar y convertirme en un hombre rico, o arriesgar mi vida en la negativa. Opté por lo primero, pero decidí descubrir la razón de aquella propuesta. Leí detenidamente la información recogida de la planta en las Indias. El español de la época y su peculiar escritura me dificultaron la lectura. A pesar de todo, creí encontrar el motivo.

Entre las propiedades que los indios adjudicaban a la planta estaba una, la más importante: la planta daba la inmortalidad. Tal vez lo que la planta permitía era retrasar la vejez, o sus síntomas, o ambas cosas. Un secreto que valdría más que el oro: la prolongación de la vida humana, el triunfo sobre la vejez. Increíble. Prolongar la vida. Eso rebasaba mis expectativas. Ese debía de ser el motivo de la fundación para desear conseguirla a cualquier precio.

Cuando me entrevisté con el señor
Cunha, ya no era ni el dinero ni la ciencia lo que me interesaba. Me fascinaba el secreto, el saber cómo, el saber por qué. Expuesta la hipótesis, el señor Cunha me miró burlonamente. "De manera, mi querido amigo —me dijo—, que la búsqueda de la Fundación es un avance geriátrico y, al parecer, a usted no le desagrada la perspectiva..."

"
Muchas leyendas son exageraciones —continuó diciendo—. Hace usted bien en desconfiar de ellas, pero discúlpeme: su interpretación de los textos es de una modestia candorosa. Mi querido amigo, lo que hay detrás de todo esto es muy superior a lo que imagina. Lo que busca la Fundación es la propia inmortalidad".

Para mi sorpresa, me encontré hablando con el Círculo de los Inmortales. El doctor Cunha me explicó que, “desde el principio, sabían que mi precio sería el de la inmortalidad, que estaban dispuestos a pagarlo, que la oferta económica era una mera introducción, un truco literario, un intento destinado al fracaso”.

El señor Cunha trató de ponerme al día. Me explicó que el primero de ellos había sido don Gaspar Manuel Ruiz de León, botánico de Su Majestad, que participó en la expedición de don Celestino Mutis, y que fue oficialmente dado por muerto en el reino de Nueva España.

La inmortalidad, el precio de la planta, junto con mi silencio, era: la inmortalidad, mi inmortalidad. El asunto dio un giro absolutamente inesperado. Ni que decir tiene que mis escrúpulos se desvanecieron. El espécimen, las notas y el pliego 14.642 fueron entregados a la Fundación. Oficialmente jamás había sido recogido ni reseñado nada sobre esa especie.

El ritual o mecanismo para asegurarse la inmortalidad con ayuda de la planta no era ni simple ni indoloro. No se mantenía el cuerpo hasta el fin de los tiempos, solo se mantenía el alma. La inmortalidad consistía en una transmigración consciente a otro cuerpo, por lo que se necesitaba un importante equipo de apoyo. El silencio y el secreto de estas prácticas solo se garantizaban en el pacto por la inmortalidad. Siempre había que encontrar algún nuevo candidato. La razón: algunos no podían resistir el vértigo de la eternidad y morían voluntariamente para olvidar sus vidas anteriores.

La planta, clasificada como Drosophila peculiaris, había sido erradicada por la Fundación de su lugar de origen. Nadie volvería a encontrarla en la selva colombiana. Los cultivos solo benefician al selecto grupo del cual formo, o creo formar, parte.

El próximo primero de abril de 1996 será el día de mi primera reencarnación consciente. A pesar de todas las pruebas que me han dado, me encuentro aterrado ante mi primera muerte. Puedo estar siendo víctima de un engaño. Mañana, con mi muerte, o renaceré como está previsto o se cometerá un asesinato.

Epílogo fortuito:

Un sobre lacrado, que contenía la información anterior, fue depositado en la notaría de Madrid perteneciente a don Jaime de Salazar el día 15 de marzo de 1996. El sobre contenía varios documentos: uno, con el relato de esta historia; otro, con una denuncia formal de un presunto asesinato. Incluía pruebas y pormenores del mismo. Inculpaba a cuatro personas, así como una serie de direcciones de la Fundación en tres países: Estados Unidos, Portugal y Tailandia. Las instrucciones que recibió el notario eran las de hacer público el documento y tramitar la denuncia el día 31 de marzo del año 2006.

El veintiocho de diciembre de 2003, la notaría de don Jaime de Salazar fue intervenida y clausurada por evidencias de blanqueo de dinero procedente del narcotráfico. El notario, don Jaime de Salazar, murió de un ataque al corazón tres días más tarde.

Entre la documentación investigada, aparece este documento. Una vez estudiado, se realiza una investigación llevada a cabo por la Interpol, que no logra hallar ningún rastro de la Fundación.

Solamente uno de los participantes en la edición de la obra de Celestino Mutis, de nacionalidad colombiana, pudo ser encontrado. Su testimonio confirma la existencia de don Manuel Carreras como uno de los tres coordinadores de la edición, su contrato como docente en Estados Unidos y la desaparición del material clasificado con el número 14.620 de los fondos de la expedición.

FIN

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

ENTRADAS POPULARES