Mi
formación de naturalista, con especialidad en botánica, no me
permitía abrigar muchas esperanzas sobre mi futuro, tan solo aspirar
a una plaza en la enseñanza estatal, poco más. La perspectiva de
trabajar para una fundación americana era un sueño, uno que nunca
se me habría ocurrido soñar. Mi falta de perspectiva no me
consentía la menor duda, ni sobre el contrato ni acerca del dinero.
El informe de los sabinares estuvo listo en tres meses. La cantidad
prometida llegó a mis manos con puntualidad asombrosa.
Durante
tres años, la Fundación
continuó encargándome pequeños estudios, tan bien remunerados como
el primero. Mi situación profesional había variado: ya era un
flamante investigador del CSIC.
Realizaba investigaciones sobre semillas de pratenses en el Jardín
Botánico de
Madrid.
Los
gobiernos de España
y Colombia
decidieron editar la obra póstuma de D.
Celestino
Mutis.
Pasé a formar parte del equipo que catalogaría, investigaría y
prepararía la edición del material atesorado en el Jardín
Botánico
madrileño: las más de 17 000 pliegos del herbario, 5 394 láminas
ilustradas y miles de especímenes que la Real Expedición Botánica
de 1783-1816 aportó a España y al mundo occidental. Son un tesoro
universal, un patrimonio de la humanidad, que habría desaparecido
sin esta iniciativa de publicarlo. Mi nuevo trabajo me permitió no
solo acceder a un material celosamente guardado, sino también a
técnicas nuevas de tratamiento de textos, la colaboración con
varios lingüistas para el cotejo de los nombres indígenas con los
españoles y el trabajo con químicos y doctores, lo que me
proporcionó una experiencia inapreciable.
El día 1 de
octubre de 1954, la Fundación
se puso de nuevo en contacto conmigo. Mi interlocutor esta vez fue
una persona del Consejo de Administración, concertó la entrevista
en el Hotel
Palace.
El
señor Cunha
era un caballero alto, de porte distinguido y modales de una
educación esmerada. Su español, perfecto. La fundación tenía un
nuevo encargo que hacerme. Se trataba de una petición sorprendente,
sobre todo por la precisión con que me fue formulada.
La
Fundación
estaba interesada en unos documentos que pertenecían a los fondos de
la expedición de Mutis.
La documentación era la referente a la Drosophila
peculiaris.
El número de registro, dado durante la expedición, era el 14.620.
El expediente que se me pedía era el relativo a esta planta; es
decir: las muestras del espécimen, la situación geográfica de su
punto de recogida, su clasificación taxonómica, la transcripción
de los efectos y leyendas que los indígenas atribuían a la misma.
Se me informó de que esta documentación la hallaría en los legajos
correspondientes al Reino de Nueva
Granada.
Toda
esta información debía ser sustraída de la colección y entregada
en mano al señor Cunha
a los veinte días de aquella conversación. Mi comisión por el
trabajo sería de diez mil dólares americanos. Mi atolondramiento
inicial me llevó a involucrarme en el robo.
Durante los dos
días siguientes me debatí en la duda. No había considerado bien
todas las implicaciones. Por un lado, era increíble la precisión de
las instrucciones; por otro, no entendía por qué se trataba de
ocultar una planta a la comunidad científica. Pensé que podría ser
la fuente de alguna medicina o droga importante, pero lo que no
lograba explicarme era cómo poseían aquella extraordinaria
información sobre el material de la expedición. Por otra parte,
diez mil dólares era mi sueldo de cinco años.
Aquel lunes,
al incorporarme al trabajo, comprobé la exactitud de las
instrucciones recibidas. Allí, en el decimosexto legajo, el
correspondiente al epígrafe de Nueva
Granada,
con el número de orden 14.620, estaban las muestras del espécimen
(tres) y la documentación correspondiente a su clasificación, así
como a las propiedades que se le atribuían. Las láminas me
revelaron la forma de aquella planta, desconocida para mí.
No
había visto jamás un ejemplar de aquella Drosophila
peculiaris.
Retiré sin excesivos problemas el material de los fondos del Jardín
Botánico
y lo llevé a mi casa. Los tres días siguientes dediqué mis ratos
libres a intentar encontrar referencias de aquella planta en las
bibliotecas especializadas y en registros de otras expediciones
científicas. No encontré nada. Era como si esa planta hubiera
desaparecido de la faz de la Tierra. Consideré que era un hallazgo
científico de primera magnitud, comparable al del Ginkgo
biloba,
un fósil viviente. Un descubrimiento que me reportaría fama o...
diez mil dólares.
Era difícil, muy difícil, decir que no a
una de las dos cosas. Resultaba obvio que la Fundación
era una organización poderosa, que actuaba con fundamento, con una
información muy buena. Alguien poderoso estaba detrás de aquello.
Si alguien así proponía un robo y estaba dispuesto a pagarlo,
podría resultar muy peligroso para mí no aceptar la propuesta.
Las
dudas de aquellas semanas fueron muchas. El día 23 volví a
entrevistarme con el señor Cunha.
Mi decisión, tomada en el último momento, fue la de negarme a
suministrarle el material solicitado. El señor Cunha
reaccionó con mucho tacto. Me señaló que le
parecía correcto mi comportamiento, que sabía que yo era una
persona íntegra. Sin embargo, me rogaba que tomase en consideración
algunos puntos. En primer lugar, la exactitud de la información que
se me había suministrado. Le constaba mi búsqueda en las
bibliotecas y su infructuoso resultado. Así pues, filosofó, no se
podría hablar de robo, puesto que el objeto robado no tenía
existencia oficial.
Le
pregunté entonces que, si
la planta aquella no "existía", ¿de dónde habían sacado
su nombre?. Su existencia en los fondos de la colección era
desconocida incluso para los depositarios de la misma, ya que no
había catálogo.
El señor Cunha
sonrió ante mis preguntas y me dijo: “Amigo
mío, es usted muy joven. No parece saber que todo tiene un precio:
la planta, la información, usted mismo. Sin embargo, no pretendo
discutir con usted. Solo le diré que la mercancía encargada será
de la Fundación a cualquier precio, aunque ese precio tuviera que
ser usted. Lo cierto es que aún estoy en disposición de ofrecerle
más".
Me ofreció cien mil dólares y un contrato de docencia para la
Universidad
de
Columbia.
Tenía
ante mí dos posibilidades: claudicar y convertirme en un hombre
rico, o arriesgar mi vida en la negativa. Opté por lo primero, pero
decidí descubrir la razón de aquella propuesta. Leí detenidamente
la información recogida de la planta en las Indias. El español de
la época y su peculiar escritura me dificultaron la lectura. A pesar
de todo, creí encontrar el motivo.
Entre las propiedades que
los indios adjudicaban a la planta estaba una, la más importante: la
planta daba la inmortalidad. Tal vez lo que la planta permitía era
retrasar la vejez, o sus síntomas, o ambas cosas. Un secreto que
valdría más que el oro: la prolongación de la vida humana, el
triunfo sobre la vejez. Increíble. Prolongar la vida. Eso rebasaba
mis expectativas. Ese debía de ser el motivo de la fundación para
desear conseguirla a cualquier precio.
Cuando me entrevisté
con el señor Cunha,
ya no era ni el dinero ni la ciencia lo que me interesaba. Me
fascinaba el secreto, el saber cómo, el saber por qué. Expuesta la
hipótesis, el señor Cunha
me miró burlonamente. "De
manera, mi querido amigo
—me dijo—, que
la búsqueda de la Fundación es un avance geriátrico y, al parecer,
a usted no le desagrada la perspectiva..."
"Muchas
leyendas son exageraciones
—continuó diciendo—. Hace
usted bien en desconfiar de ellas, pero discúlpeme: su
interpretación de los textos es de una modestia candorosa. Mi
querido amigo, lo que hay detrás de todo esto es muy superior a lo
que imagina. Lo que busca la Fundación es la propia
inmortalidad".
Para
mi sorpresa, me encontré hablando con el Círculo
de
los
Inmortales.
El doctor Cunha
me explicó que, “desde
el principio, sabían que mi precio sería el de la inmortalidad, que
estaban dispuestos a pagarlo, que la oferta económica era una mera
introducción, un truco literario, un intento destinado al
fracaso”.
El
señor Cunha
trató de ponerme al día. Me explicó que el primero de ellos había
sido don Gaspar
Manuel
Ruiz
de
León,
botánico de Su Majestad, que participó en la expedición de don
Celestino
Mutis,
y que fue oficialmente dado por muerto en el reino de Nueva
España.
La
inmortalidad, el precio de la planta, junto con mi silencio, era: la
inmortalidad, mi inmortalidad. El asunto dio un giro absolutamente
inesperado. Ni que decir tiene que mis escrúpulos se desvanecieron.
El espécimen, las notas y el pliego 14.642 fueron entregados a la
Fundación.
Oficialmente jamás había sido recogido ni reseñado nada sobre esa
especie.
El
ritual o mecanismo para asegurarse la inmortalidad con ayuda de la
planta no era ni
simple ni indoloro.
No se mantenía el cuerpo hasta el fin de los tiempos, solo
se mantenía el alma.
La inmortalidad consistía en una transmigración consciente a otro
cuerpo, por lo que se necesitaba un importante equipo de apoyo. El
silencio y el secreto de estas prácticas solo se garantizaban en el
pacto por la inmortalidad. Siempre había que encontrar algún nuevo
candidato. La razón: algunos
no podían resistir el vértigo de la eternidad y morían
voluntariamente para olvidar sus vidas anteriores.
La
planta, clasificada como Drosophila
peculiaris,
había sido erradicada por la Fundación de su lugar de origen. Nadie
volvería a encontrarla en la selva colombiana. Los cultivos solo
benefician al selecto grupo del cual formo, o creo formar, parte.
El
próximo primero de abril de 1996 será el día de mi primera
reencarnación consciente. A pesar de todas las pruebas que me han
dado, me encuentro aterrado ante mi primera muerte. Puedo estar
siendo víctima de un engaño. Mañana, con mi muerte, o renaceré
como está previsto o se cometerá un asesinato.
Epílogo
fortuito:
Un
sobre lacrado, que contenía la información anterior, fue depositado
en la notaría de Madrid
perteneciente a don Jaime
de
Salazar
el día 15 de marzo de 1996. El sobre contenía varios documentos:
uno, con el relato de esta historia; otro, con una denuncia formal de
un presunto asesinato. Incluía pruebas y pormenores del mismo.
Inculpaba a cuatro personas, así como una serie de direcciones de la
Fundación
en tres países: Estados
Unidos,
Portugal
y Tailandia.
Las instrucciones que recibió el notario eran las de hacer público
el documento y tramitar la denuncia el día 31 de marzo del año
2006.
El
veintiocho de diciembre de 2003, la notaría de don Jaime
de
Salazar
fue intervenida y clausurada por evidencias de blanqueo de dinero
procedente del narcotráfico. El notario, don Jaime
de
Salazar,
murió de un ataque al corazón tres días más tarde.
Entre
la documentación investigada, aparece este documento. Una vez
estudiado, se realiza una investigación llevada a cabo por la
Interpol,
que no logra hallar ningún rastro de la Fundación.
Solamente
uno de los participantes en la edición de la obra de Celestino
Mutis,
de nacionalidad colombiana, pudo ser encontrado. Su testimonio
confirma la existencia de don Manuel
Carreras
como uno de los tres coordinadores de la edición, su contrato como
docente en Estados Unidos y la desaparición del material clasificado
con el número 14.620 de los fondos de la expedición.
FIN

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