El muro resaltaba por su obviedad. Estaba ahí, en medio. Nadie podía evitar verlo. Sin embargo, observé que nadie hablaba del muro. El comportamiento de mis congéneres se me antojaba extraño, escaso de luces, de curiosidad.
Un día pregunté a
alguien que quería parecer mi amigo. Me miró, primero con sorpresa,
luego con incredulidad y, más tarde, con terror. Después, su mirada
sostuvo aquellas tres sensaciones a la vez. Mientras me contestaba:
“¿Qué
estás preguntando?”.
Recuerdo que resolví no volver a preguntar y también deduje que,
desde aquel mismo momento, debía profesar miedo por aquel que yo
creía que era mi amigo y al que nunca debería haber preguntado por
el muro.
A partir de ese momento, me limité a lo mío.
También a considerar cómo matar al que había sido testigo de mi
pregunta. Él, por su parte, actuó como si adivinara que tendría
que matarle. Nunca, desde entonces, me dio la espalda.
El
resto de ellos era igual de sórdido, igual de ajeno ante la
situación. Todos trabajábamos según reglas pautadas o, al menos,
hacíamos lo que nos ordenaban sin hacer ruido, con un sigilo
impropio de una fábrica. Aunque, bien mirado, aquel lugar tampoco
era una fábrica, ni una oficina, ni, por supuesto, un lugar de ocio.
Aquel lugar nos permitía movernos de un punto A a un punto B,
siempre y cuando el punto B estuviera de este lado del muro.
Pasaron
muchos días. Tal vez pasaron meses o años, o millones de esos años
en los que uno se autolimita a hacer lo que le mandan: ir de un lado
a otro.
Un día, ya hace mucho, decidí matar a alguien que me
hizo no sé qué pregunta, pero hoy ya se me ha olvidado a quién
tenía que matar y por qué debía hacerlo. No recuerdo el motivo,
tampoco su cara. Si hoy le viera, no podría reconocerle. O tal vez
le estoy viendo y no sé reconocerle. O tal vez le he matado y
tampoco lo recuerdo…
Ahora trabajo junto a otro. Me gusta.
Le han puesto aquí, o tal vez no le han puesto y se ha puesto él a
mi lado porque le gusto, o porque quiere ser mi amigo. Yo le miro de
vez en cuando. Cuando le miro, tampoco pienso, solo le miro. Él no
sé qué se cree, porque también él me mira. Sin embargo, a mí me
parece que él, cuando me mira, sí que piensa. Piensa en cosas. Qué
pereza tener que pensar en cosas. Claro que, a lo mejor, el resultado
es el mismo. En cualquier caso, no está loco. ¿Por qué tendría
que estarlo? Aquí no viene gente loca.
Un día me miró de
una manera extraña. Había algo cálido en su mirada. De pronto me
preguntó: “¿Por qué nadie habla del muro?”. Yo me quedé
asombrado. Pensé: “¿Por
qué me habla, si aquí nadie habla?”.
Luego, con incredulidad, pensé: “¡Pero
si me está preguntando por un muro!”.
Más tarde, con terror: “¿De
qué muro me está hablando?”.
Le repuse, con miedo: “¿Qué
estás preguntando?”.
Vi
que su mirada cálida desaparecía. Se volvió hosca, amenazante.
Supe que, desde aquel momento, tendría que vigilarle y no darle
jamás la espalda. Me retiré a mi lugar. Él al suyo. Nos
observábamos: él, queriendo matarme; yo, con miedo a que lo
hiciera…
FIN
Post
scriptum:
En
la reencarnación vamos tomando distintos papeles, representándolos.
A lo largo de ese proceso, nos encontramos asumiendo los papeles de
otros que habían estado a nuestro lado. La clave es haber perdido la
memoria de haber representado antes algún papel. Si el proceso se
condensa en una vida, si por algún extraño motivo representamos
papeles distintos, olvidándonos de los anteriores, el resultado
sería parecido al descrito.

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