miércoles, 21 de octubre de 2026

045 Al principio las cosas sucedían mas rápido.


El muro resaltaba por su obviedad. Estaba ahí, en medio. Nadie podía evitar verlo. Sin embargo, observé que nadie hablaba del muro. El comportamiento de mis congéneres se me antojaba extraño, escaso de luces, de curiosidad.


Un día pregunté a alguien que quería parecer mi amigo. Me miró, primero con sorpresa, luego con incredulidad y, más tarde, con terror. Después, su mirada sostuvo aquellas tres sensaciones a la vez. Mientras me contestaba: “
¿Qué estás preguntando?”. Recuerdo que resolví no volver a preguntar y también deduje que, desde aquel mismo momento, debía profesar miedo por aquel que yo creía que era mi amigo y al que nunca debería haber preguntado por el muro.

A partir de ese momento, me limité a lo mío. También a considerar cómo matar al que había sido testigo de mi pregunta. Él, por su parte, actuó como si adivinara que tendría que matarle. Nunca, desde entonces, me dio la espalda.

El resto de ellos era igual de sórdido, igual de ajeno ante la situación. Todos trabajábamos según reglas pautadas o, al menos, hacíamos lo que nos ordenaban sin hacer ruido, con un sigilo impropio de una fábrica. Aunque, bien mirado, aquel lugar tampoco era una fábrica, ni una oficina, ni, por supuesto, un lugar de ocio. Aquel lugar nos permitía movernos de un punto A a un punto B, siempre y cuando el punto B estuviera de este lado del muro.

Pasaron muchos días. Tal vez pasaron meses o años, o millones de esos años en los que uno se autolimita a hacer lo que le mandan: ir de un lado a otro.

Un día, ya hace mucho, decidí matar a alguien que me hizo no sé qué pregunta, pero hoy ya se me ha olvidado a quién tenía que matar y por qué debía hacerlo. No recuerdo el motivo, tampoco su cara. Si hoy le viera, no podría reconocerle. O tal vez le estoy viendo y no sé reconocerle. O tal vez le he matado y tampoco lo recuerdo…

Ahora trabajo junto a otro. Me gusta. Le han puesto aquí, o tal vez no le han puesto y se ha puesto él a mi lado porque le gusto, o porque quiere ser mi amigo. Yo le miro de vez en cuando. Cuando le miro, tampoco pienso, solo le miro. Él no sé qué se cree, porque también él me mira. Sin embargo, a mí me parece que él, cuando me mira, sí que piensa. Piensa en cosas. Qué pereza tener que pensar en cosas. Claro que, a lo mejor, el resultado es el mismo. En cualquier caso, no está loco. ¿Por qué tendría que estarlo? Aquí no viene gente loca.

Un día me miró de una manera extraña. Había algo cálido en su mirada. De pronto me preguntó: “¿Por qué nadie habla del muro?”. Yo me quedé asombrado. Pensé: “
¿Por qué me habla, si aquí nadie habla?”. Luego, con incredulidad, pensé: “¡Pero si me está preguntando por un muro!”. Más tarde, con terror: “¿De qué muro me está hablando?”. Le repuse, con miedo: “¿Qué estás preguntando?”.

Vi que su mirada cálida desaparecía. Se volvió hosca, amenazante. Supe que, desde aquel momento, tendría que vigilarle y no darle jamás la espalda. Me retiré a mi lugar. Él al suyo. Nos observábamos: él, queriendo matarme; yo, con miedo a que lo hiciera…

FIN

Post scriptum: En la reencarnación vamos tomando distintos papeles, representándolos. A lo largo de ese proceso, nos encontramos asumiendo los papeles de otros que habían estado a nuestro lado. La clave es haber perdido la memoria de haber representado antes algún papel. Si el proceso se condensa en una vida, si por algún extraño motivo representamos papeles distintos, olvidándonos de los anteriores, el resultado sería parecido al descrito.



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