martes, 7 de enero de 2025

001Entula rato! (¡Regresa pronto!)

Las marcas oxidadas sobre su piel denotaban el extraño mundo de donde había salido. Una especie de gorro de felpa aprisionaba sus cabellos, que huían deshilachados sobre su espalda. Solamente se reconocían como prendas el gorro, y el calcetín blanco del pie izquierdo. Por lo demás, estaba desnuda y tiritaba. El mar enviaba a sus olas contra la arena. La misma arena sobre la que apoyaba su cara de náufraga.

 



La linterna de uno de mis hombres, había dado con ella. Su grito ¡Mi Alférez! Nos alertó . Todos nos encontramos allí, rodeando a aquel cuerpo aterido y desnudo. Sin saber qué hacer. ¡Domínguez traiga una manta! y Domínguez, el cabo, salió corriendo hacia la ambulancia. Acerté a quitarme la guerrera y ponérsela.


En la operación, desvié mi mirada de su pecho y la detuve en su cara. Labios finos, nariz recta, pelo rubio, ondulado. Observé el temblor del labio inferior. Domínguez regresó con la manta y con una camilla. La pusimos sobre ella. La tapamos lo mejor que supimos. Luego lentamente, los cuatro nos dirigimos hacia la ambulancia.


La noche era sombría. No había luna. La luna nueva apenas iluminaba el camino. A pesar de nuestra lentitud en el traslado, a punto estuvimos de tirar nuestra carga dos veces. Cuando llegamos a la ambulancia, la colocamos en la parte posterior, anclándola para el viaje. Tomamos la carretera de Santander. Destino Hospital General. Urgencias.


Tenía un pulso lento, acompasado. La manta no había logrado detener su temblor. La hipotermia parecía haber sido producida por una inmersión prolongada. Al menos de unas horas, pensé. Sin embargo, tal vez fuera menos. El agua estaba muy fría y la muchacha estaba desnuda. “Bonita manera de bañarse en invierno” dijo Daniel. “Si. Bonita manera de… suicidarse”, repuse.


El viaje se me hizo eterno. La muchacha debía de ser nórdica. El pelo rubio. La tez blanca. Los ojos azules. Todo eso mientras volvíamos a comprobar su pulso. Sus constantes vitales. Estaba estable. No aparecía ninguna herida. Ninguna marca. Ningún signo de violencia. Sólo un pulso sutil, lento, imperceptible. Ahora parecía entrar en calor. Paco, el conductor, había puesto la calefacción a tope. De pronto nos dimos cuenta; estábamos asfixiados de calor. Me quité el jersey. Los demás me imitaron. Habíamos estado tan abstraídos que no nos habíamos dado cuenta. Nada extraño. Nada, salvo las manchas de óxido sobre su piel.


Estábamos absortos. En silencio. Sin decir nada, era… ¡tan bella! De pronto entornó los ojos y lanzo un gemido. Eso está bien, pensé, se recupera. Adivinó nuestra presencia y la oímos decir: Manna termar?, Mane ëala?. Fueron sus primeras palabras. Nos miramos incrédulos. No teníamos ni idea de que idioma era ese. Le contesté: Do you speak English? La pregunta le sobresalto. Abrió los ojos y nos miró. Primero con curiosidad. Su mirada recorrió la ambulancia, después la volvió hacia nosotros. Esta vez, en su mirada no había curiosidad, había temor. : Manna termar?, Mane ëala?! Nos dijo de nuevo. Ensayé un tímido: ¿Parlez-vous français?


Su terror ya era evidente. ¡Un tranquilizante!, susurré a Domínguez. Quince miligramos de valium inyectable. Justo a tiempo . La desconocida saltó de la camilla sobre nosotros. Una fuerza sobrehumana nos empujó contra la pared de la ambulancia. Dimos un bandazo. Por poco nos saca de la carretera. Paco gritó: ¡¿Qué hacéis por ahí coño?! ¡Casi nos matamos! Domínguez, inyección en mano y algodón en la otra. Mientras, Daniel y yo tratábamos de reducirla. ¡Domínguez! ¡¿qué haces?! Reacción ¡por fin! Le clavó la inyección en el brazo derecho. Al pinchazo gritó “Lau!, Lau!” volvió su cara hacia el asustado Domínguez. “Con una furia que no era de este mundo”, nos diría luego. El caso es que logramos reducirla, aprovechando primero la distracción y, luego, los efectos de la droga.


Llegamos a Urgencias. Sacamos la camilla a la carrera. No sabíamos por qué pero todos teníamos la sensación de que íbamos a perderla. Entramos en la consulta frenéticos. El celador nos miraba sorprendido.

Pronto! ¡Qué UCI está libre!.

La tres; nos respondió,

- Pero…

No oíamos nada . Entramos, la conectamos al Electro. Nos devolvió aquel ritmo cardíaco lento, imposible, pero estable y firme. La presión arterial, apenas perceptible. Sin embargo su rostro, apacible, nos decía que todo tenía que estar bien. Entonces ¿por qué esa sensación de perderla?


Nos quedamos mirándola, en torno a la cama. No tenía ninguna herida. Ninguna afección que justificase nuestra presencia. Sin embargo allí estábamos. Detenidos. Paralizados. Extasiados. La mirábamos como si no hubiéramos visto nunca tanta belleza. Realmente, nunca habíamos visto tanta belleza.


De pronto, la naúfraga, en su delirio, comenzó a decir lentamente: Man tiruva rácina cirya.. ondolissë mornë… nu fanyarë rúcina….Una profunda tristeza nos invadió, no sabíamos qué había dicho pero su desconsuelo, era evidente. Nos ocupaba un desamparo infinito. Como si supiéramos que nos hablaba de un navío, de una patria, de una tierra lejana, de todo lo que había perdido.


Los hombres no somos prácticos. Nos quedamos helados ante la belleza. Una voz- mejor, un grito- nos sobresaltó. ¡¿Pero que hacen Vds. aquí?! Era la médico de guardia. ¿La conocen? . Tratamos de contarle lo poco que sabíamos. Mientras, nos empujaba, suave pero firmemente hacia fuera de la habitación. Después, a través del cristal, la vimos, con gestos profesionales y precisos. Fue comprobando uno a uno los registros. Luego la reconoció. Cuando salió de la sala nos dijo: “Parece que no tiene nada… visible”.

Volvimos a nuestra guardia de mala gana. A la noche siguiente regresamos a visitar a la náufraga. Nos esperaba una sorpresa: no estaba. Parecía que la tierra se la hubiese tragado. En el registro de entrada figuraba esta anotación: 01 Horas 13 minutos Día 4 de Enero. Ingreso. Mujer de raza caucásica, rubia, inconsciente. Sin marcas ni heridas visibles. Hipotermia. Sedada. Estabilizada por el equipo de la cruz roja nº 4. Servicio realizado por el Alférez Del Leal. Hallada en la Playa de Laredo. Petición de auxilio anónima, desde una cabina de la playa. Informada Policía. La médico jefe del servicio de guardia libraba aquel turno. Avisamos de nuevo a la policía de su desaparición.


La policía nos retuvo un par de horas. Firmamos la declaración. Lo que todos sabíamos. La médico jefe relató como nos encontró a todos en la UCI, en torno a la mujer. Relató su reconocimiento y que, en el cambio de turno, anotó en el libro la medicación adecuada a suministrar. El turno de mañana había visto la anotación, pero no había ningún paciente. La UCI estaba desordenada, como si alguien la hubiera utilizado. No había rastro de ella. Sólo había seis testigos que vieron a la extranjera. Nosotros cuatro, la médico de guardia y el celador.


La rutina nos alejó del caso. Al parecer nadie sabía nada. Había desaparecido como por ensalmo. Comprobados los movimientos del puerto. En los dos días anteriores, ningún navío había pasado a menos de 50 millas de la costa. Nadie, que hubiera caído de un barco a esa distancia, podría haber llegado a la playa con vida. Tampoco había desaparecido ningún barco de recreo o de pesca.


Dos semanas después, hasta los periódicos habían publicado el relato de la “Bella desaparecida”. Nadie había visto nada. Nadie sabía nada. Saber que los esfuerzos son inútiles, te aleja de la acción. Cuando estás ausente de la misma, entonces, descansas. Del descanso, a veces, surgen novedades. Al principio fue como un susurro que me decía: “¿Quién prestará atención a un quebrantado navío?”.


Una frase como cualquier otra, pero que, sentía, me acercaba a ella. Más tarde fue la misma frase. La misma frase que incluía palabras nuevas: ¿Man prestará atención a un rácina navío. Supe, que había dado, dos pasos en su dirección. Al cabo de otra semana, ya supe decir: Man tiruva rácina cirya. Cuando concluyó el proceso, supe que la frase completa era: Man tiruva rácina cirya. ondolissë mornë nu fanyarë rúcina. Que su significado era: ¿Quién prestará atención a un quebrantado navío, sobre las rocas negras, bajo cielos rotos., También, que esa era la frase que nos causó tanta tristeza en la UCI.


Los caminos de la leyenda son inescrutables, incluso tenebrosos. Al cabo de dos meses del encuentro, las seis personas que la vimos, no sólo sabíamos decirnos “Buenos días” si no también “Alassea Ree”. Que la luz de luna era isilmë y que los versos pertenecían a la quinta estrofa del poema "Markirya", la cual decía:


¿Quién prestará atención a un quebrantado navío

/ sobre las rocas negras

/ bajo cielos rotos,

/ un sol empañado que oscila

/ sobre huesos relucientes

/ en la última mañana?

/ ¿Quién verá la tarde postrera?


La estrofa. La que en su lengua, sonaba triste y dulce como la miel. La que cantaba así, en sus labios:


¿Man tiruva rácina cirya

/ondolissë mornë

/nu fanyarë rúcina,

/ anar púrëa tihta

/ axor ilcalannar

/ métim' auressë?

/¿Man cenuva métim' andúnë?

Todos los implicados supimos entonces, que no volveríamos a verla. Todos queríamos decirle que volviera. Queríamos gritarle ¡Regresa pronto! Pero sabíamos también que nuestra naúfraga sin nombre, no volvería a nosotros. Aunque se lo gritásemos en su lengua:Entula rato! No volvería. Sólo nos quedaba decirle “Namarië”; adiós, en su idioma.


En el idioma de los Elfos.


FIN




 






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