martes, 21 de enero de 2025

002 Pulsa Denura.

La verdad es un concepto artificial. Una obra antrópica. Un subproducto de la civilización. Muchos la han estudiado. Sin embargo, una de las características de la verdad nunca se menciona: no todos los testigos la conocen completa. A veces se necesita hilvanar las historias de seis testigos...





I. Los comienzos, a veces, no son el principio

Yi U Mou Thai era su nombre, o al menos así lo pronunciábamos cuando nos referíamos a él. En cualquier caso, su nombre carece de importancia para esta historia.

Yi U Mou Thai vivía en la selva. A la selva fueron a buscarle. Yi U Mou Thai se hizo viejo entre los campos de opio del norte de Tailandia, en las tierras prohibidas que algunos llamaron el reino del Cuarto Ejército del Kuomintang.

Allí, en mi aldea, envejeció. Pero antes fue otro y aún antes otro y así, nos decía, hasta que su memoria daba la vuelta de regreso y no deseaba responder a sus pesquisas.

Yi habitaba en la selva. Pero él decía que la selva se alojaba en nosotros. Yi moraba en la selva y pintaba. No era esta su profesión, pero Yi sabía pintar, como lo hacían los antiguos maestros. Sabía pintar la esencia de las cosas.

Por eso
Yi no era conocido más que por el nombre que le daban sus vecinos. Ese nombre que se escribía 意五默态 y que, en dialecto Shang Yan, se describía así: “La apariencia de los cinco sentidos silenciosos”.

Yi U Mou Thai habitaba en la selva y pintaba. Pintaba mucho. Pintaba bien. Luego destruía lo pintado. Nadie sabía por qué lo hacía. Los pocos que vimos sus pinturas lamentábamos su pérdida.

Un día, después de los monzones, llegaron cinco hombres blancos. Iban rodeados de perros guardianes vestidos con uniformes verdes. Con sus protectores se comunicaban en el idioma de los ingleses. Entre ellos hablaban un lenguaje insólito.

Todos nos extrañamos del extravío de los extranjeros. Algunos, ignorantes, rieron de su locura. Pero, para asombro de toda la aldea, los extranjeros no se habían extraviado. Buscaban la aldea para encontrar a
Yi U Mou Thai.

Hicieron presentes al jefe. Preguntaron por el pintor. Luego, uno de aquellos diablos extranjeros habló con él en chino. No en el chino de las gentes del norte, sino en dialecto. Nadie sabía que aquel era el dialecto, el que se hablaba en la lejana aldea de
Shang Yan , donde Yi U Mou Thai había nacido la última vez. Donde pasó su infancia. Donde, según creía recordar, una vez se llamó Huà Jiàng.

La edad y los atardeceres ablandan al hombre. Los recuerdos de la infancia le dejan indefenso. Proponerle entonces realizar una gran obra del cielo le deja a merced de los que le desean.

Todo eso sucedió a
Yi U Mou Thai aquel atardecer de octubre, después de los monzones, cuando aquellos cinco hombres blancos y lejanos vinieron a llevárselo. Ahora ya sabéis que Yi U Mou Thai marchó con ellos.

En la aldea ya no supimos más de
Yi U Mou Thai. No me corresponde seguir contando su historia.

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II. Los hilos del destino a veces se entrelazan con la tristeza

Aquella mañana de junio, el rabino
Eleazar había estado confuso todo el día. Salomón, su sobrino, había partido hacia el aeropuerto de Ezeiza hacía tres horas. Hacía dos que el celular había confirmado su llegada. Vuelo Aerolíneas Argentinas (Ámsterdam, Buenos Aires). La espera alarga los minutos. Sobre todo, los últimos minutos.

Por fin, una voz le anunció al rabino: “
Ya llegan”. El rabino no pudo esperar más. Bajó hasta el garaje del edificio a recibirles. Las medidas de seguridad se habían duplicado, porque “las operaciones de la cábala deben permanecer oscuras para siempre”.

Abrieron las puertas de la limusina y de ella bajó un viejito chino. Nos miró con curiosidad, con simpatía. Recuerdo que
Samuel se quitó la kipá. Recuerdo que me extrañó su reacción. El rabí, recogiendo sus manos entre las suyas, le habló apresuradamente en esa mezcla de hebreo y yiddish en la que habla cuando está nervioso. Esa jerigonza en la que “ni él mismo se entiende”.

Aquella noche el viejito debía dormir oculto en la
Mutua. Una decisión extraña, tomada por el jefe de seguridad. Nuestro “mejor paranoico”, que era como llamábamos a Salomón, sobrino del rabino y tío mío.

Al día siguiente, justo al día siguiente, a las 9 h 45 m, volaron el edificio de la
AMIA. Todos fuimos a ayudar. Desescombramos aquel solar. Terrible fue el día y terrible la hora. En aquel instante perdieron la vida ochenta y tres personas. Trescientas más fueron heridas. Muchos más quedamos destrozados de dolor.

Nadie sabía nada del viejito chino. Tampoco nos importaba. Todos estábamos horrorizados. Todos habíamos perdido a alguien. Lo último en lo que pensábamos era en el viejito chino que se regresó de
Ámsterdam. Aquel día se instaló en mi recuerdo el terror y la pena, por aquello que nunca debió haber sucedido.

Más tarde supe por Salomón que la explosión no mató al viejito chino. También, que el anciano no fue la causa de la explosión, ni de la matanza. Los asesinos nunca han necesitado ningún pretexto.

Nuestro “
mejor paranoico”, mi tío Salomón, emigró a los Estados Unidos, según nos dijo a la familia.

Y hasta aquí puedo llegar en esta historia porque ignoro todo lo demás.

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III. Todos, siempre, en algún lugar, somos extranjeros

El mar es azul en casi todas partes. Desde aquella casa asomada al Mediterráneo lo era más aún. La casa era un palacio rodeado de medidas de seguridad. Una fortaleza inexpugnable. Una jaula dorada. Nadie había visto a sus dueños. Ninguno a sus habitantes. Al principio se desataron las conjeturas. Luego todos se fueron olvidando de la casa y de los extranjeros de la casa.

Yo también era extranjero y vigilaba. Mi cometido era mirar siempre hacia fuera. Proteger al viejo chino que pintaba. De fuera era de donde podría llegar el peligro. Se me había elegido, entre otras cosas, porque desconocía el idioma. Mi relevo llegaría dentro de otro mes.

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IV. Digamos que: “todo se podría haber sabido...”

Aquel cuatro de enero abrí el balcón y me asomé. El frío recorría la llanura. La nieve había caído en copos lentos, blancos y tercos. El frío blanco se había depositado como un silencio sobre los campos. No se oía nada. Desde el balcón de la casa contemplé, a lo lejos,
León. Estábamos allí, donde se escribió el Zohar, por expreso deseo de mi tío.

Cerré el balcón y volví a la habitación.

Querido Salomón —me dijo mi tío—, ya todo está realizado. La última Pulsa Denura está lanzada. Pronto Ariel será Historia.

—¿Le has... enviado?

—Sí, le he enviado. En estos momentos está retratándolo.


Me puse nervioso. Mi tío debió de notar algo porque me dijo:

—No te preocupes, ya no puedes hacer nada.

—¿Qué?

—Sí, ya no puedes salvarle.

—¿Salvar a quién?

—A
Ariel.

Si mi tío me hablaba así, es que sabía mi juego. Solo me restaba esperar mi sentencia.

Salomón, ¿por qué tú?

—Ya lo ves, tío, alguien debería intentar pararte.

—Pues tú no lo has logrado.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde siempre,
Salomón, desde siempre.

—¿Y cómo?

—¡Ah, es eso! No te preocupes de tu vanidad, no se trata de ti. Simplemente lo sabía. ¿Cómo crees que encontré al pintor en la selva? Todo está escrito para los que sabemos leerlo. Todo está escrito en la cábala.

—¿Y qué sucederá?

—No, Salomón. Di mejor: ¿qué está ya sucediendo? Ahora
Ariel se sienta en su despacho y Yi U lanzará contra el lienzo en blanco una pincelada y allí quedará atrapada el alma de Ariel. Los médicos le buscarán nombres de enfermedades, pero ningún nombre de ninguna enfermedad podrá explicar dónde está su alma y menos recuperarla.

—¿Y qué le pasará a
Yi U?

—No le pasará nada. Nadie lo relacionará con el suceso. Regresará aquí. Los nuestros nos enviarán el trazo con su alma y la pondremos junto a las otras.

—¿Y así hasta la próxima
Pulsa Denura? ¿Y luego hasta la siguiente?


—Sí, así continuaremos la obra de
Di_s, mientras nos siga poniendo sus armas en nuestras manos.


—Creerse el portavoz de
Di_s en la tierra, decidir sus sentencias, adelantarse a su obra, es adoración de sí mismo, es idolatría.

No me respondió. Me miró desde lo profundo de un bloque de hielo. Noté que algunos de mis anteriores subordinados entraban. Salí con ellos del despacho.

Hasta aquí, parte de lo que supe de esta historia.

VI
No sabemos por qué


El Presidente exhaló un suspiro y su cabeza se inclinó sobre su pecho. Inmediatamente, dos doctores entraron en el despacho. Trataron de reanimar su corazón. Una camilla salió con él por la puerta.

Nadie reparó en el viejo pintor. Nadie se fijó en el trazo que había sobre su lienzo en blanco. Ninguno se dio cuenta de su presencia.

Por eso nadie vio lo que sucedió a continuación. El viejo
Yi U se sintió cansado. Algo le debió de decir que ya había trabajado demasiado. Algo le debió de indicar que tal vez ya no estaba realizando la “Obra de Dios”. Se miró en el espejo que había a su derecha. Luego untó el pincel con los tres colores que habían estado presentes en su vida: blanco, rojo, azul. Los mezcló en la punta del pincel. Después extendió su brazo hacia el lienzo. Dejó otro trazo al lado del primero.

Inmediatamente, el pincel cayó de su mano. Luego el cuerpo del anciano se derrumbó, doblándose sobre sí mismo.

Los doctores solo pudieron comprobar que ambos habían sufrido un ataque con síntomas idénticos. Se clausuró el despacho buscando gases y venenos. No se halló nada.

El Presidente y el pintor yacían en las habitaciones de un hospital militar. Más tarde, el Gobierno decidió anunciar al mundo la pérdida del Presidente. Del pintor chino nadie dijo nada. Tal vez porque alguien muy importante decidió que nunca había existido.

VII
Epílogo


Por supuesto, todo lo anterior es mentira.

No en el sentido de que algo no se corresponda con la verdad, sino en el sentido de que los hechos y las conjeturas nunca pueden expresar la verdad.


Algunos dirán que es falso y tendrán razón. Otros dirán que no es cierto y también la tendrán. Porque lo que se cuenta ni se corresponde, ni se puede corresponder con la Obra de Dios, por más que las historias se entrelacen con las esperanzas, el dolor y la tristeza.

In memoriam de todas las almas torturadas.

FIN


 
 
 

 

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