I.
Los comienzos, a veces, no son el principio
Yi
U Mou Thai era su
nombre, o al menos así lo pronunciábamos cuando nos referíamos a
él. En cualquier caso, su nombre carece de importancia para esta
historia.
Yi
U Mou Thai vivía
en la selva. A la selva fueron a buscarle. Yi U Mou Thai se hizo
viejo entre los campos de opio del norte de Tailandia, en las tierras
prohibidas que algunos llamaron el reino del Cuarto
Ejército del Kuomintang.
Allí,
en mi aldea, envejeció. Pero antes fue otro y aún antes otro y así,
nos decía, hasta que su memoria daba la vuelta de regreso y no
deseaba responder a sus pesquisas.
Yi
habitaba en la selva. Pero él decía que la selva se alojaba en
nosotros. Yi
moraba en la selva y pintaba. No era esta su profesión, pero Yi
sabía pintar, como lo hacían los antiguos maestros. Sabía pintar
la esencia de las cosas.
Por eso Yi
no era conocido más que por el nombre que le daban sus vecinos. Ese
nombre que se escribía 意五默态
y que, en dialecto
Shang Yan,
se describía así: “La
apariencia de los cinco sentidos silenciosos”.
Yi
U Mou Thai
habitaba en la selva y pintaba. Pintaba mucho. Pintaba bien. Luego
destruía lo pintado. Nadie sabía por qué lo hacía. Los pocos que
vimos sus pinturas lamentábamos su pérdida.
Un día, después
de los monzones, llegaron cinco hombres blancos. Iban rodeados de
perros guardianes vestidos con uniformes verdes. Con sus protectores
se comunicaban en el idioma de los ingleses. Entre ellos hablaban un
lenguaje insólito.
Todos nos extrañamos del extravío de los
extranjeros. Algunos, ignorantes, rieron de su locura. Pero, para
asombro de toda la aldea, los extranjeros no se habían extraviado.
Buscaban la aldea para encontrar a Yi
U Mou Thai.
Hicieron
presentes al jefe. Preguntaron por el pintor. Luego, uno de aquellos
diablos extranjeros habló con él en chino. No en el chino de las
gentes del norte, sino en dialecto. Nadie sabía que aquel era el
dialecto, el que se hablaba en la lejana aldea de Shang
Yan , donde Yi
U Mou Thai había
nacido la última vez. Donde pasó su infancia. Donde, según creía
recordar, una vez se llamó Huà
Jiàng.
La
edad y los atardeceres ablandan al hombre. Los recuerdos de la
infancia le dejan indefenso. Proponerle entonces realizar una gran
obra del cielo le deja a merced de los que le desean.
Todo eso
sucedió a Yi U Mou
Thai aquel
atardecer de octubre, después de los monzones, cuando aquellos cinco
hombres blancos y lejanos vinieron a llevárselo. Ahora ya sabéis
que Yi U Mou Thai
marchó con ellos.
En la aldea ya no supimos más de Yi
U Mou Thai. No me
corresponde seguir contando su historia.
---
II.
Los hilos del destino a veces se entrelazan con la tristeza
Aquella
mañana de junio, el rabino Eleazar
había estado confuso todo el día. Salomón, su sobrino, había
partido hacia el aeropuerto de Ezeiza
hacía tres horas. Hacía dos que el celular había confirmado su
llegada. Vuelo Aerolíneas
Argentinas
(Ámsterdam, Buenos
Aires). La espera
alarga los minutos. Sobre todo, los últimos minutos.
Por fin,
una voz le anunció al rabino: “Ya
llegan”. El rabino
no pudo esperar más. Bajó hasta el garaje del edificio a
recibirles. Las medidas de seguridad se habían duplicado, porque
“las operaciones de
la cábala deben permanecer oscuras para siempre”.
Abrieron
las puertas de la limusina y de ella bajó un viejito chino. Nos miró
con curiosidad, con simpatía. Recuerdo que Samuel
se quitó la kipá. Recuerdo que me extrañó su reacción. El rabí,
recogiendo sus manos entre las suyas, le habló apresuradamente en
esa mezcla de hebreo y yiddish en la que habla cuando está nervioso.
Esa jerigonza en la que “ni
él mismo se entiende”.
Aquella
noche el viejito debía dormir oculto en la Mutua.
Una decisión extraña, tomada por el jefe de seguridad. Nuestro
“mejor paranoico”,
que era como llamábamos a Salomón,
sobrino del rabino y tío mío.
Al día siguiente, justo al
día siguiente, a las 9 h 45 m, volaron el edificio de la AMIA.
Todos fuimos a ayudar. Desescombramos aquel solar. Terrible fue el
día y terrible la hora. En aquel instante perdieron la vida ochenta
y tres personas. Trescientas más fueron heridas. Muchos más
quedamos destrozados de dolor.
Nadie sabía nada del viejito
chino. Tampoco nos importaba. Todos estábamos horrorizados. Todos
habíamos perdido a alguien. Lo último en lo que pensábamos era en
el viejito chino que se regresó de Ámsterdam.
Aquel día se instaló en mi recuerdo el terror y la pena, por
aquello que nunca debió haber sucedido.
Más tarde supe por
Salomón que la explosión no mató al viejito chino. También, que
el anciano no fue la causa de la explosión, ni de la matanza. Los
asesinos nunca han necesitado ningún pretexto.
Nuestro “mejor
paranoico”, mi tío
Salomón,
emigró a los Estados
Unidos, según
nos dijo a la familia.
Y hasta aquí puedo llegar en esta
historia porque ignoro todo lo demás.
---
III.
Todos, siempre, en algún lugar, somos extranjeros
El
mar es azul en casi todas partes. Desde aquella casa asomada al
Mediterráneo lo era más aún. La casa era un palacio rodeado de
medidas de seguridad. Una fortaleza inexpugnable. Una jaula dorada.
Nadie había visto a sus dueños. Ninguno a sus habitantes. Al
principio se desataron las conjeturas. Luego todos se fueron
olvidando de la casa y de los extranjeros de la casa.
Yo
también era extranjero y vigilaba. Mi cometido era mirar siempre
hacia fuera. Proteger al viejo chino que pintaba. De fuera era de
donde podría llegar el peligro. Se me había elegido, entre otras
cosas, porque desconocía el idioma. Mi relevo llegaría dentro de
otro mes.
---
IV.
Digamos que: “todo se podría haber sabido...”
Aquel
cuatro de enero abrí el balcón y me asomé. El frío recorría la
llanura. La nieve había caído en copos lentos, blancos y tercos. El
frío blanco se había depositado como un silencio sobre los campos.
No se oía nada. Desde el balcón de la casa contemplé, a lo lejos,
León.
Estábamos allí, donde se escribió el Zohar,
por expreso deseo de mi tío.
Cerré el balcón y volví a la
habitación.
—Querido
Salomón
—me dijo mi tío—,
ya todo está realizado. La última Pulsa
Denura está
lanzada. Pronto Ariel
será Historia.
—¿Le
has... enviado?
—Sí, le he enviado. En estos momentos está
retratándolo.
Me
puse nervioso. Mi tío debió de notar algo porque me dijo:
—No
te preocupes, ya no puedes hacer nada.
—¿Qué?
—Sí,
ya no puedes salvarle.
—¿Salvar a quién?
—A
Ariel.
Si
mi tío me hablaba así, es que sabía mi juego. Solo me restaba
esperar mi sentencia.
—Salomón,
¿por qué tú?
—Ya lo ves, tío, alguien debería intentar
pararte.
—Pues tú no lo has logrado.
—¿Desde
cuándo lo sabes?
—Desde siempre, Salomón,
desde siempre.
—¿Y cómo?
—¡Ah,
es eso! No te preocupes de tu vanidad, no se trata de ti. Simplemente
lo sabía. ¿Cómo crees que encontré al pintor en la selva? Todo
está escrito para los que sabemos leerlo. Todo está escrito en la
cábala.
—¿Y qué sucederá?
—No, Salomón. Di
mejor: ¿qué está ya sucediendo? Ahora Ariel
se sienta en su despacho y Yi
U lanzará contra
el lienzo en blanco una pincelada y allí quedará atrapada el alma
de Ariel.
Los médicos le buscarán nombres de enfermedades, pero ningún
nombre de ninguna enfermedad podrá explicar dónde está su alma y
menos recuperarla.
—¿Y qué le pasará a Yi
U?
—No
le pasará nada. Nadie lo relacionará con el suceso. Regresará
aquí. Los nuestros nos enviarán el trazo con su alma y la pondremos
junto a las otras.
—¿Y así hasta la próxima Pulsa
Denura? ¿Y luego
hasta la siguiente?
—Sí,
así continuaremos la obra de Di_s,
mientras nos siga poniendo sus armas en nuestras manos.
—Creerse
el portavoz de Di_s
en la tierra, decidir sus sentencias, adelantarse a su obra, es
adoración de sí mismo, es idolatría.
No me respondió. Me
miró desde lo profundo de un bloque de hielo. Noté que algunos de
mis anteriores subordinados entraban. Salí con ellos del
despacho.
Hasta aquí, parte de lo que supe de esta
historia.
VI
No sabemos por qué
El
Presidente exhaló un suspiro y su cabeza se inclinó sobre su pecho.
Inmediatamente, dos doctores entraron en el despacho. Trataron de
reanimar su corazón. Una camilla salió con él por la
puerta.
Nadie reparó en el viejo pintor. Nadie se fijó en el
trazo que había sobre su lienzo en blanco. Ninguno se dio cuenta de
su presencia.
Por eso nadie vio lo que sucedió a
continuación. El viejo Yi
U se sintió
cansado. Algo le debió de decir que ya había trabajado demasiado.
Algo le debió de indicar que tal vez ya no estaba realizando la
“Obra de Dios”.
Se miró en el espejo que había a su derecha. Luego untó el pincel
con los tres colores que habían estado presentes en su vida: blanco,
rojo, azul. Los mezcló en la punta del pincel. Después extendió su
brazo hacia el lienzo. Dejó otro trazo al lado del
primero.
Inmediatamente, el pincel cayó de su mano. Luego el
cuerpo del anciano se derrumbó, doblándose sobre sí mismo.
Los
doctores solo pudieron comprobar que ambos habían sufrido un ataque
con síntomas idénticos. Se clausuró el despacho buscando gases y
venenos. No se halló nada.
El Presidente y el pintor yacían
en las habitaciones de un hospital militar. Más tarde, el Gobierno
decidió anunciar al mundo la pérdida del Presidente. Del pintor
chino nadie dijo nada. Tal vez porque alguien muy importante decidió
que nunca había existido.
VII
Epílogo
Por
supuesto, todo lo anterior es mentira.
No en el sentido de que
algo no se corresponda con la verdad, sino en el sentido de que los
hechos y las conjeturas nunca pueden expresar la verdad.
Algunos
dirán que es falso y tendrán razón. Otros dirán que no es cierto
y también la tendrán. Porque lo que se cuenta ni se corresponde, ni
se puede corresponder con la Obra de Dios, por más que las historias
se entrelacen con las esperanzas, el dolor y la tristeza.
In
memoriam de todas las almas torturadas.
FIN

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