lunes, 7 de abril de 2025

007 El Esperado

Antes que él, vinieron los profetas y anunciaron su llegada. Miles de peregrinos llegaron hasta ellos para creer los rumores de sus labios. Los guardianes de las murallas no podían contener a las multitudes. La sorpresa del futuro prometido traspasó los confines de las fronteras. Fueron innumerables los prodigios que se anunciaron. Multitud de milagros se esperaron. Inimaginables las esperanzas que se desataron.





Todos y cada uno de los creyentes se aplicaron a desentrañar los augurios: la luz del mediodía, la soledad de medianoche, el círculo de las estrellas, la lejanía de las constelaciones. Todos eran signos, todo vaticinios, señales del porvenir, guiños de la divinidad, presagios de lo infinito.

Algunos pusieron caras al Esperado. Otros describieron sus modales y sus filosofías. Aquellos desarrollaron una incipiente liturgia. Y, por último, alguien más atrevido se permitió disponer fechas y calendario a su venida.

Ya no había que leer los signos, ¡solo había que esperar la fecha! La noticia sacudió al mundo. Todos se convirtieron en ecos de la nueva. El Año Esperado. El Día Soñado existía por fin. Ese día nacería el rey del universo, Señor de las estrellas, Príncipe de la inmortalidad, el dueño de lo sublime.

El vértigo se apoderó de la humanidad. Crecía la fe y, con ella, la alegría. Aumentaba la confianza y, con ella, las inversiones. Se desarrollaron las técnicas y las artes. Progresaron las ciencias. Los relatos pasaron del viejo pergamino a la imprenta y de esta a los ordenadores. Las noticias ya no solo corrían de boca en boca, sino que pasaron a los periódicos, de estos a la radio y luego a las televisiones.

Y por fin llegó el Día y, con este, la hora. Y fue nacido un seis de octubre, a las seis horas, en el signo de Libra, porque venía a traer la justicia, bajo ascendente Aries porque venía a luchar de frente contra el mundo. Y fue jueves porque era el día en que Júpiter le ayudaría con su éxito.

Y aquel día, a aquella hora, nacieron en la Tierra
diez millones de niños.

Los exegetas se lanzaron sobre ellos gritando sus nombres. Esperaban ser reconocidos por su Salvador. Nacieron las pruebas más inverosímiles, las creencias más extrañas. Se multiplicaron las doctrinas heréticas, porque cada padre de uno de aquellos se creía el padre del Señor del Universo. Y así, mientras los deseos enmarañaban la felicidad, los niños crecían, el misterio aumentaba.

Como eran tantas las noticias escritas del Esperado, surgieron imitadores de su persona y de sus doctrinas. Aquella certeza de su venida, portadora de la luz a la humanidad, se había trocado en tinieblas de angustia ante la posibilidad de su pérdida. El mundo se volvió hosco y huraño. Decreció la euforia. Se apagaron las inversiones. Bajaron las bolsas. La humanidad estaba, otra vez, al borde del abismo.

Este fue el problema. Su desenlace se adivinaba trágico. Entonces, los poderosos de la Tierra se convocaron para salvar al mundo. Los banqueros se reunieron en Ginebra. Deliberaron hasta muy tarde. Discutieron propuestas, admitieron enmiendas y, por fin, decidieron: encontrarían al Esperado entre aquella ingente multitud de impostores. Ofrecieron recompensas a quien diera una pista. Crearon tribunales para juzgar su veracidad. Admitieron cualquier indicio. No dejaron de investigar. Pero, después de diez años, el Esperado continuaba oculto.

Los banqueros volvieron a reunirse en secreto. Estudiaron los resultados de los expertos. Llegaron a una horrible conclusión: el Esperado no existía. La humanidad se había forjado una patraña. Él, el Esperado, nunca vendría a la Tierra. Nadie sabe si los banqueros lloraron. Si lo hicieron, mantuvieron su llanto en silencio. Después de esta reunión, la CNN anunció al mundo la conclusión oficial: el Esperado estaba cerca. Los banqueros no tardarían en encontrarle.

Se reactivaron los mercados con la nueva. Las inversiones dejaron su huella en las bolsas. Los banqueros se mostraron de nuevo sonrientes y sus sonrisas repartieron más dividendos de los esperados. La humanidad confiaba en ellos. Eran los únicos que les llevarían hacia el Esperado.

Pero lo que debía permanecer oculto continuó estándolo. Los banqueros también fracasaban en su otra búsqueda: la búsqueda del Impostor. Todos tenían algún defecto; o eran demasiado venales y no se podrían confundir con el Esperado; o, si en algo se parecían al Esperado, eran reacios a colaborar. Los primeros no engañarían a nadie. Los segundos no se dejaban comprar.

Sus dos fracasos se hicieron más profundos con el tiempo. También tuvieron que ocultarse mejor para no levantar sospechas. Pero el silencio era cada vez más difícil de guardar. Por eso, los banqueros cambiaron de técnica.

Repasaron todos los archivos. Encontraron una patente en venta: era un dibujo, una imagen, un personaje de cómic que yacía en el fondo de una carpeta en la oficina de patentes de
Zúrich. Su creador, Hugo Brönte, lo había creado seis meses después del fatídico jueves seis de octubre. Nada de eso importó. Se le maquilló la edad y la procedencia. La maquinaria se puso en marcha. Un equipo de dibujantes le dio expresión y movimiento. Varios expertos sobre el Esperado pusieron en sus labios las palabras justas. Se inició así la campaña, se impulsó así la leyenda.

El Esperado se aparecía a los telespectadores, se introducía en sus casas, en sus familias, a cualquier hora, en cualquier cadena. Lanzaba sus mensajes y desaparecía. La fe creció con las apariciones. La economía siguió al ritmo del fervor y de las oraciones. Los banqueros sonreían, y esta vez sus sonrisas no eran falsas.

Sin embargo, sucedió lo inesperado, lo impensable. Las apariciones comenzaron a prodigarse, incontroladas. Los mensajes que ofrecía empezaron a no ser ya del gusto de los poderosos. El Esperado empezaba, él mismo, a tener su voz, a hablar de lo innombrable.

Los primeros mensajes no programados fueron pequeños, cortos, balbucientes. Eran tan solo un "hola" o un "buenos días", al principio o al final de una emisión. A continuación, comenzaron los guiños, los movimientos de la mano derecha, el encogerse de hombros. Más tarde hilvanó frases, luego diatribas. Sus palabras eran hiel y miel para los que le escuchaban. Predicó el amor sin condiciones. Brindó por los herederos del cielo y de la tierra. Sus doctrinas empezaron a parecer peligrosas. Lo eran porque, al Dios Dinero, antepuso el Dios Bondadoso, el de
aquellos Evangelios tan olvidados.

Los poderosos temblaban. Su temor era perceptible en los consejos de administración y en los barrios lujosos. Su nerviosismo creció cuando el Esperado equiparó a los poderosos con los pecadores. Entonces, los inmensamente ricos se volvieron hacia los banqueros y les dijeron:
"¿Quién es este profeta vuestro que nos insulta? ¿Por qué toleráis que hable así del dinero?".

Entonces, los banqueros se decían entre ellos:
"Tienen razón nuestros clientes, el mensaje que damos es inadmisible", y todos asintieron. Pero los que verdaderamente sabían se estremecieron.

Tenían razones para temblar, porque ellos eran los responsables del proyecto. Y el proyecto ya no era controlado por ellos. La realidad era que, desde hacía dos meses, habían cesado de emitir por completo las interferencias y las apariciones. Lo cierto era que el Esperado se aparecía por sí mismo, se movía por sí solo, hablaba sus propias palabras, predicaba su propia doctrina.

Aquellos responsables sabían aún más cosas. Sabían que no existía técnica humana capaz de cambiar parte de una emisión grabada, nada parecido a intercalar un guiño o el movimiento de una mano. Aquellas emisiones no procedían de ninguna emisora no registrada. Aquellas imágenes no eran emitidas.

Parecían formarse en el propio aparato de televisión...

FIN



 
 




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