Todos y cada uno de los creyentes se aplicaron a
desentrañar los augurios: la luz del mediodía, la soledad de
medianoche, el círculo de las estrellas, la lejanía de las
constelaciones. Todos eran signos, todo vaticinios, señales del
porvenir, guiños de la divinidad, presagios de lo infinito.
Algunos
pusieron caras al Esperado. Otros describieron sus modales y sus
filosofías. Aquellos desarrollaron una incipiente liturgia. Y, por
último, alguien más atrevido se permitió disponer fechas y
calendario a su venida.
Ya no había que leer los signos,
¡solo había que esperar la fecha! La noticia sacudió al mundo.
Todos se convirtieron en ecos de la nueva. El Año Esperado. El Día
Soñado existía por fin. Ese día nacería el rey del universo,
Señor de las estrellas, Príncipe de la inmortalidad, el dueño de
lo sublime.
El vértigo se apoderó de la humanidad. Crecía
la fe y, con ella, la alegría. Aumentaba la confianza y, con ella,
las inversiones. Se desarrollaron las técnicas y las artes.
Progresaron las ciencias. Los relatos pasaron del viejo pergamino a
la imprenta y de esta a los ordenadores. Las noticias ya no solo
corrían de boca en boca, sino que pasaron a los periódicos, de
estos a la radio y luego a las televisiones.
Y por fin llegó
el Día y, con este, la hora. Y fue nacido un seis de octubre, a las
seis horas, en el signo de Libra, porque venía a traer la justicia,
bajo ascendente Aries porque venía a luchar de frente contra el
mundo. Y fue jueves porque era el día en que Júpiter le ayudaría
con su éxito.
Y aquel día, a aquella hora, nacieron en la
Tierra diez
millones de niños.
Los
exegetas se lanzaron sobre ellos gritando sus nombres. Esperaban ser
reconocidos por su Salvador. Nacieron las pruebas más inverosímiles,
las creencias más extrañas. Se multiplicaron las doctrinas
heréticas, porque cada padre de uno de aquellos se creía el padre
del Señor del Universo. Y así, mientras los deseos enmarañaban la
felicidad, los niños crecían, el misterio aumentaba.
Como
eran tantas las noticias escritas del Esperado, surgieron imitadores
de su persona y de sus doctrinas. Aquella certeza de su venida,
portadora de la luz a la humanidad, se había trocado en tinieblas de
angustia ante la posibilidad de su pérdida. El mundo se volvió
hosco y huraño. Decreció la euforia. Se apagaron las inversiones.
Bajaron las bolsas. La humanidad estaba, otra vez, al borde del
abismo.
Este fue el problema. Su desenlace se adivinaba
trágico. Entonces, los poderosos de la Tierra se convocaron para
salvar al mundo. Los banqueros se reunieron en Ginebra. Deliberaron
hasta muy tarde. Discutieron propuestas, admitieron enmiendas y, por
fin, decidieron: encontrarían al Esperado entre aquella ingente
multitud de impostores. Ofrecieron recompensas a quien diera una
pista. Crearon tribunales para juzgar su veracidad. Admitieron
cualquier indicio. No dejaron de investigar. Pero, después de diez
años, el Esperado continuaba oculto.
Los banqueros volvieron
a reunirse en secreto. Estudiaron los resultados de los expertos.
Llegaron a una horrible conclusión: el Esperado no existía. La
humanidad se había forjado una patraña. Él, el Esperado, nunca
vendría a la Tierra. Nadie sabe si los banqueros lloraron. Si lo
hicieron, mantuvieron su llanto en silencio. Después de esta
reunión, la CNN anunció al mundo la conclusión oficial: el
Esperado estaba cerca. Los banqueros no tardarían en
encontrarle.
Se reactivaron los mercados con la nueva. Las
inversiones dejaron su huella en las bolsas. Los banqueros se
mostraron de nuevo sonrientes y sus sonrisas repartieron más
dividendos de los esperados. La humanidad confiaba en ellos. Eran los
únicos que les llevarían hacia el Esperado.
Pero lo que
debía permanecer oculto continuó estándolo. Los banqueros también
fracasaban en su otra búsqueda: la búsqueda del Impostor. Todos
tenían algún defecto; o eran demasiado venales y no se podrían
confundir con el Esperado; o, si en algo se parecían al Esperado,
eran reacios a colaborar. Los primeros no engañarían a nadie. Los
segundos no se dejaban comprar.
Sus dos fracasos se hicieron
más profundos con el tiempo. También tuvieron que ocultarse mejor
para no levantar sospechas. Pero el silencio era cada vez más
difícil de guardar. Por eso, los banqueros cambiaron de
técnica.
Repasaron todos los archivos. Encontraron una
patente en venta: era un dibujo, una imagen, un personaje de cómic
que yacía en el fondo de una carpeta en la oficina de patentes de
Zúrich.
Su creador, Hugo
Brönte,
lo había creado seis meses después del fatídico jueves seis de
octubre. Nada de eso importó. Se le maquilló la edad y la
procedencia. La maquinaria se puso en marcha. Un equipo de dibujantes
le dio expresión y movimiento. Varios expertos sobre el Esperado
pusieron en sus labios las palabras justas. Se inició así la
campaña, se impulsó así la leyenda.
El Esperado se aparecía
a los telespectadores, se introducía en sus casas, en sus familias,
a cualquier hora, en cualquier cadena. Lanzaba sus mensajes y
desaparecía. La fe creció con las apariciones. La economía siguió
al ritmo del fervor y de las oraciones. Los banqueros sonreían, y
esta vez sus sonrisas no eran falsas.
Sin embargo, sucedió lo
inesperado, lo impensable. Las apariciones comenzaron a prodigarse,
incontroladas. Los mensajes que ofrecía empezaron a no ser ya del
gusto de los poderosos. El Esperado empezaba, él mismo, a tener su
voz, a hablar de lo innombrable.
Los primeros mensajes no
programados fueron pequeños, cortos, balbucientes. Eran tan solo un
"hola" o un "buenos días", al principio o al
final de una emisión. A continuación, comenzaron los guiños, los
movimientos de la mano derecha, el encogerse de hombros. Más tarde
hilvanó frases, luego diatribas. Sus palabras eran hiel y miel para
los que le escuchaban. Predicó el amor sin condiciones. Brindó por
los herederos del cielo y de la tierra. Sus doctrinas empezaron a
parecer peligrosas. Lo eran porque, al Dios Dinero, antepuso el Dios
Bondadoso, el de aquellos
Evangelios
tan olvidados.
Los
poderosos temblaban. Su temor era perceptible en los consejos de
administración y en los barrios lujosos. Su nerviosismo creció
cuando el Esperado equiparó a los poderosos con los pecadores.
Entonces, los inmensamente ricos se volvieron hacia los banqueros y
les dijeron: "¿Quién
es este profeta vuestro que nos insulta? ¿Por qué toleráis que
hable así del dinero?".
Entonces,
los banqueros se decían entre ellos: "Tienen
razón nuestros clientes, el mensaje que damos es inadmisible",
y todos asintieron. Pero los que verdaderamente sabían se
estremecieron.
Tenían razones para temblar, porque ellos eran
los responsables del proyecto. Y el proyecto ya no era controlado por
ellos. La realidad era que, desde hacía dos meses, habían cesado de
emitir por completo las interferencias y las apariciones. Lo cierto
era que el Esperado se aparecía por sí mismo, se movía por sí
solo, hablaba sus propias palabras, predicaba su propia
doctrina.
Aquellos responsables sabían aún más cosas.
Sabían que no existía técnica humana capaz de cambiar parte de una
emisión grabada, nada parecido a intercalar un guiño o el
movimiento de una mano. Aquellas emisiones no procedían de ninguna
emisora no registrada. Aquellas imágenes no eran emitidas.
Parecían
formarse en el propio aparato de televisión...
FIN

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