Los dioses pueden
parecer irracionales, pero no lo son. Los dioses pueden parecer que
no existen, pero sí que existen. Entonces, ¿por qué los dioses
parecen caer en contradicciones? La respuesta es tan simple que da
risa cuando te la dicen. Al parecer, los hombres molestaban a los
dioses; les molestaban demasiado. ¿Cómo
molestan los hombres a los dioses?
Sencillo: les molestan con sus peticiones, con sus oraciones. Los
hombres son insaciables pidiendo, nunca terminan sus peticiones;
molestan mucho.
Hace ya mucho tiempo que los dioses, cansados,
se reunieron y se preguntaron: ¿qué
hacer? Y
decidieron retirarse del mundanal ruido, del ensordecedor barullo de
las oraciones personales. Se propuso que al menos quedase uno de
ellos a cargo de los hombres; no en vano habían invertido muchos
deseos realizados en ellos.
Y así fue como nació el concepto
de un
solo y único Dios, el Dios de dioses, el Todopoderoso.
Alguno de los dioses, concretamente Némesis,
arguyó que existían dos problemas. El primero: depositar todo su
poder en manos de solo uno de ellos era excesivo. El segundo: que los
hombres podían acostumbrarse a un solo tipo de dirección y acabar
olvidando a los otros. No nos engañemos, la vanidad existe hasta en
el Olimpo.
Esa perspectiva desagradó a más de uno. Al final, se argumentó:
“Si
la decisión había sido tomada en consorcio, era mejor asignar una
dirección colegiada”.
Lo
que podríamos denominar Dios
et alia,
o Dios
S.A.,
o el Dios
Consorcio,
etc., etc. La idea tomó forma jurídica y, en un acto entrañable,
el documento fue firmado por todos los dioses. A partir de aquel
momento, los dioses fueron abandonando uno a uno sus templos y
cediendo ante la idea del Dios
único y solo,
más aburrido para los mortales, pero más descansado para los
propios dioses.
La dirección colegiada se instauró como un
turno riguroso de todos los dioses. Interpretarían el papel del Dios
único en sus respectivos turnos. La idea, que agradó a todos,
comenzó a funcionar como una gran esperanza a comienzos del año
cero de nuestra era.
Sucedió que el tiempo teórico de relevo
de cada dios venía a ser de unos quinientos millones de años
humanos, pero el relevo, al principio, fue de unos cuatro años.
Atender a todas las almas era una labor ardua, incluso para un dios
todopoderoso. En la actualidad, el tiempo medio entre relevos es de
unos seis meses.
Sin embargo, hemos de reconocer que con los
diferentes dioses sucede lo que con los diferentes actores de una
obra: cada uno acaba adaptando el papel a sus diferentes
personalidades o actitudes. De este modo, podemos afirmar que no ha
sido igual la interpretación de Venus
en el papel de Dios que la interpretación que le da Shiva.
Por
eso, algunos hombres de gusto refinado han detectado diferencias que
se les antojan insoportables. No solamente, dicen los exegetas
cristianos, las respuestas a las mismas preguntas no son iguales,
sino que difieren para hebreos,
musulmanes y cristianos,
y dentro de estos últimos para ortodoxos,
católicos o luteranos.
Entendemos
que adaptarse a un papel es difícil. Cuando se tienen personalidades
muy fuertes, muy distintas, sabemos que es más difícil aún.
Creemos que ustedes, los dioses, deben adaptar sus comportamientos al
guion y seguirlo escrupulosamente; de otro modo, los hombres
empezarán a creer cosas extrañas. No que las diferencias son
aleatorias, sino que lo que es aleatorio es la respuesta en sí
misma. Es decir, empezarán a replantearse la existencia de Dios;
abrirán ustedes paso al ateísmo. No cabe duda de que esto no
beneficiaría a nadie, ni siquiera a los hombres.
Les ruego
que obren las medidas oportunas para corregir estas
diferencias interpretativas.
Atentamente,
FIN
lunes, 21 de abril de 2025
008 Memorandum
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