La Tierra estaba impoluta, sin mácula. El
demonio, intentando confundir a los hombres, ideó una mentira: una
mentira grandiosa y colosal. Satanás
se dijo: «Voy a hacer
que el hombre deje de ser el culmen de la creación. Voy a destruir
en el hombre el pacto que ha hecho con Dios. Destruiré la confianza
que hoy deposita en Dios».
Lo
primero fue sencillo, un juego de niños. Lo primero fue lo del árbol
de la ciencia, lo de la serpiente, lo de la manzana. Cuando ya los
hombres estaban desperdigados por el mundo, Satanás
comenzó a poner furtivamente, una a una, las huellas de un pasado
inexistente. Poco a poco, con su arte diabólico, fue prodigando aquí
y allí, uno a uno, marcas sobre las rocas, dentro de las rocas,
debajo de las rocas, al lado de los ríos, de los caminos, de las
montañas, de las llanuras. Se tomó su tiempo para que no quedasen
evidencias de su impostura.
Cinco mil setecientos setenta y cinco años
tardó el demonio en tenerlo todo preparado.
Cuando ya todo
estuvo en su sitio, encontró un hombre, a un buen hombre, a un
hombre honrado, a un sabio, para que le sirviera en su engaño. Lo
halló en París. Encontró a Cuvier.
Cuvier,
creyendo servir a la verdad, siguió los pasos del maligno. Satanás
le fue mostrando, uno a uno, algunos de sus embustes de piedra. Y
aquel filósofo natural creyó haber descubierto lo que Satanás le
estaba mostrando. Lo divulgó como ciencia, como verdad. Y así, de
esta manera, se escribió una historia de la Tierra distinta de la
que había sido.
Una legión de científicos se abalanzó
sobre la geografía. Llenaron los museos de más y más piezas, que
llamaron fósiles. Y aquellos hombres recorrían, con la verdad de la
evidencia, el camino de la mentira, del diablo: el camino de las
pruebas falsificadas, el camino que alejaba el principio de la Tierra
hasta más allá de lo imposible. Creyeron en las pruebas falsas del
demonio.
Construyeron sobre ellas una ciencia. La llamaron
geología.
Más tarde, el diablo inspiró a Darwin.
Surgió la teoría de la evolución, uno de los dogmas satánicos,
uno de los fundamentos del descrédito de la creación. Y el diablo
aporta más y más pruebas, y los geólogos ya saben, mejor que
antes, dónde encontrarlas. Salen en expediciones, financiadas para
buscar la verdad. Regresan con artefactos falsificados, con los que
Satanás
les guía para escribir la nueva y falsa historia de la Tierra.
Las
marcas en la roca insisten en la aberración de los fósiles. Esas
marcas nos cuentan una mentira: un pasado inexistente, una mentira
grandiosa y colosal. Con ella pretende que los hombres crean que
provienen de los animales inferiores. Con ella, Satanás
logra que los hombres se alejen cada vez más de su principio, que
los hombres se acerquen más a su final.
De
Investigationem Geologorum libera nos, Domine.
FIN

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