jueves, 21 de agosto de 2025

016 Me desperté en 1863, hablaba Inglés y era jueves

Recuerdo que desperté en 1863 y hablaba inglés.

Recuerdo que desperté en 1863 y hablaba inglés. No sabía cómo, pero lo hablaba. Estaba en la cama de un hospital. Tenía el cuerpo dolorido. El brazo derecho entablillado. El dolor también irradiaba desde el hombro derecho. Por si fuera poco, me dolía la cabeza y tenía sed. Pasó una enfermera. La veía borrosa, como entre una bruma. La llamé. Le pedí agua y una aspirina. Se quedó parada delante de mí, mirándome fijamente. Al pararse, la imagen empezó a volverse nítida. Entonces pude ver su cara de extrañeza.

—¿Cómo dice?


—Agua y una aspirina.


La enfermera vaciló. Luego prosiguió su camino hacia el fondo de la sala. Se olvidó de mí. Me quedé como al principio: dolorido, perplejo y con dolor de cabeza. Al cabo de unos minutos, la enfermera regresó. Traía una jarra de vidrio y un vaso en la mano. Me sirvió agua y, ayudándome a incorporarme, me dio de beber.

Hacía calor. La sala hedía. Moscas revoloteaban por todas partes. Se detenían sobre la sangre coagulada, sobre las caras sucias y sudorosas de los heridos. También sobre mi cara. Al principio intenté rechazarlas. Luego las dejé corretear por mi cara, en busca de sangre, sudor y lágrimas. Las moscas, pensé, se alimentan del dolor ajeno.

La sala era un hospital de campaña. Había un gran trajín. No era un centro de reposo. Los camilleros, las enfermeras, los médicos... A la derecha, gritos y ruidos. Salían de detrás de unas sábanas extendidas a modo de cortinas. Las sábanas separaban una zona de la sala. De allí provenían los ruidos. Hasta allí los enfermeros transportaban cuerpos en camillas.

Desde allí se los llevaban a otras camas o los sacaban del edificio. Pensé: los que sacan son los muertos. Lo que había detrás de las sábanas debía de ser un quirófano improvisado. Uno de esos quirófanos del frente, que se instalan en las guerras. Entonces me sobresalté.
¿Estamos en guerra? Pero ¿qué guerra?

Lo último que recordaba era un día espléndido en la Riviera francesa.
Catherine había venido a visitarme desde París. Habíamos alquilado un descapotable y tomamos la carretera a Château des Arbres, un palacio convertido en restaurante. En una curva lo vi venir, pero demasiado tarde. Un camión cisterna invadió la calzada. El coche cayó por el precipicio. Eso era lo último que recordaba.

Ahora me despertaba en un hospital. En un hospital de campaña. Y hablaba inglés, y el hombro me dolía como si lo hiciera en mi propio idioma. Pensé “
merde” y dije “fuck”. Un enfermero me miró, poniéndome mala cara.

Intenté moverme. El dolor me paralizaba. Alguien entró y dijo: “Vienen más”. Otra voz cursó las órdenes: “Hay que dejar sitio”. A continuación, varios enfermeros nos desalojaron de los camastros a los que “estábamos menos mal”. Nos sacaron afuera. Nos dejaron sentados, apoyados contra el muro del hospital improvisado. Vi venir carros, con gemidos, tirados por caballos. Los conducían soldados. Soldados vestidos de azul. El dolor de mi hombro era insoportable. Me palpé la venda con la mano izquierda. Noté algo viscoso y cálido. Me miré la mano: ¡sangre! Estaba sangrando a través del vendaje. Grité otra vez, pero nadie me hacía el menor caso. Me apreté el vendaje con la mano para detener la hemorragia. A mi izquierda, otro herido. Le faltaba la pierna derecha. Tenía el muñón con un vendaje ensangrentado. Nos miramos; le pregunté:

—Hoy, ¿qué día es?


Me contestó:


—Jueves.


—Pero, ¿qué fecha?


—Jueves, 2 de julio de 1863.


Entonces, no sé cómo, supe dónde estábamos. Dije en voz alta:


—¡
Gettysburg!


Mi acompañante, indolente, confirmó:


—Sí, Gettysburg.

Cierro los ojos. Debo estar soñando, debe de ser un sueño. Pero la herida continúa doliéndome...

Más tarde.

Vuelvo a despertarme. Respiro profundamente. Huele a medicina y a ropa limpia. Entreabro los ojos. Veo a
Catherine, sentada al lado de la cama. Duerme. Trato de llamarla. Balbuceo un gemido. Se despierta. Me abraza. Llora. Yo también lloro. He regresado.

Salimos del hospital a los 28 días, el 30 de julio de 2006.

Ahora, en el hombro derecho tengo una cicatriz, muy fea, de bala. Una cicatriz que nunca antes había tenido. La cicatriz del disparo que recibí el jueves, 2 de julio de 1863, en la batalla de
Gettysburg. Los médicos no tienen explicación. Yo, tampoco.

FIN


 

 

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