Recuerdo
que desperté en 1863 y hablaba inglés. No sabía cómo, pero lo
hablaba. Estaba en la cama de un hospital. Tenía el cuerpo dolorido.
El brazo derecho entablillado. El dolor también irradiaba desde el
hombro derecho. Por si fuera poco, me dolía la cabeza y tenía sed.
Pasó una enfermera. La veía borrosa, como entre una bruma. La
llamé. Le pedí agua y una aspirina. Se quedó parada delante de mí,
mirándome fijamente. Al pararse, la imagen empezó a volverse
nítida. Entonces pude ver su cara de extrañeza.
—¿Cómo
dice?
—Agua
y una aspirina.
La
enfermera vaciló. Luego prosiguió su camino hacia el fondo de la
sala. Se olvidó de mí. Me quedé como al principio: dolorido,
perplejo y con dolor de cabeza. Al cabo de unos minutos, la enfermera
regresó. Traía una jarra de vidrio y un vaso en la mano. Me sirvió
agua y, ayudándome a incorporarme, me dio de beber.
Hacía
calor. La sala hedía. Moscas revoloteaban por todas partes. Se
detenían sobre la sangre coagulada, sobre las caras sucias y
sudorosas de los heridos. También sobre mi cara. Al principio
intenté rechazarlas. Luego las dejé corretear por mi cara, en busca
de sangre, sudor y lágrimas. Las moscas, pensé, se alimentan del
dolor ajeno.
La sala era un hospital de campaña. Había un
gran trajín. No era un centro de reposo. Los camilleros, las
enfermeras, los médicos... A la derecha, gritos y ruidos. Salían de
detrás de unas sábanas extendidas a modo de cortinas. Las sábanas
separaban una zona de la sala. De allí provenían los ruidos. Hasta
allí los enfermeros transportaban cuerpos en camillas.
Desde
allí se los llevaban a otras camas o los sacaban del edificio.
Pensé: los que sacan son los muertos. Lo que había detrás de las
sábanas debía de ser un quirófano improvisado. Uno de esos
quirófanos del frente, que se instalan en las guerras. Entonces me
sobresalté. ¿Estamos
en guerra? Pero ¿qué
guerra?
Lo
último que recordaba era un día espléndido en la Riviera francesa.
Catherine
había venido a visitarme desde París. Habíamos alquilado un
descapotable y tomamos la carretera a Château
des Arbres, un
palacio convertido en restaurante. En una curva lo vi venir, pero
demasiado tarde. Un camión cisterna invadió la calzada. El coche
cayó por el precipicio. Eso era lo último que recordaba.
Ahora
me despertaba en un hospital. En un hospital de campaña. Y hablaba
inglés, y el hombro me dolía como si lo hiciera en mi propio
idioma. Pensé “merde”
y dije “fuck”.
Un enfermero me miró, poniéndome mala cara.
Intenté
moverme. El dolor me paralizaba. Alguien entró y dijo: “Vienen
más”. Otra voz cursó las órdenes: “Hay que dejar sitio”. A
continuación, varios enfermeros nos desalojaron de los camastros a
los que “estábamos menos mal”. Nos sacaron afuera. Nos dejaron
sentados, apoyados contra el muro del hospital improvisado. Vi venir
carros, con gemidos, tirados por caballos. Los conducían soldados.
Soldados vestidos de azul. El dolor de mi hombro era insoportable. Me
palpé la venda con la mano izquierda. Noté algo viscoso y cálido.
Me miré la mano: ¡sangre! Estaba sangrando a través del vendaje.
Grité otra vez, pero nadie me hacía el menor caso. Me apreté el
vendaje con la mano para detener la hemorragia. A mi izquierda, otro
herido. Le faltaba la pierna derecha. Tenía el muñón con un
vendaje ensangrentado. Nos miramos; le pregunté:
—Hoy,
¿qué día es?
Me
contestó:
—Jueves.
—Pero,
¿qué fecha?
—Jueves,
2 de julio de 1863.
Entonces,
no sé cómo, supe dónde estábamos. Dije en voz alta:
—¡Gettysburg!
Mi
acompañante, indolente, confirmó:
—Sí,
Gettysburg.
Cierro
los ojos. Debo estar soñando, debe de ser un sueño. Pero la herida
continúa doliéndome...
Más tarde.
Vuelvo a
despertarme. Respiro profundamente. Huele a medicina y a ropa limpia.
Entreabro los ojos. Veo a Catherine,
sentada al lado de la cama. Duerme. Trato de llamarla. Balbuceo un
gemido. Se despierta. Me abraza. Llora. Yo también lloro. He
regresado.
Salimos del hospital a los 28 días, el 30 de julio
de 2006.
Ahora, en el hombro derecho tengo una cicatriz, muy
fea, de bala. Una cicatriz que nunca antes había tenido. La cicatriz
del disparo que recibí el jueves, 2 de julio de 1863, en la batalla
de Gettysburg.
Los
médicos no tienen explicación. Yo, tampoco.
FIN

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