La
historia que vamos a referir a continuación es la de uno de esos
comienzos trascendentales para la humanidad. Trascendentales en
opinión de su protagonista. Nuestro protagonista se llama John
Ferdinand Presley
y nació en Australia,
concretamente en la ciudad de Dalby,
donde, según nos explica un folleto turístico del condado, hay que
visitar los bancos del río Myall
y el lago Birdwater.
En
ese lugar idílico vio la luz John
y allí forjó su espíritu revolucionario. John
era un revolucionario nato. Tal vez alguien que le conozca piense que
exagero, que solo se trataba de un inconformista. John
era un inconformista, pero no se quedaba en ser inconformista. John
estaba hecho del material con el que se hacen los guías de la
humanidad.
En su infancia, John
fue un niño enfermizo. No podía realizar los ejercicios violentos
como sus compañeros de clase y por eso acabó disfrutando de sí
mismo. Se recogió en sí mismo y comenzó a... pensar.
A
diferencia de otros que fueron débiles, no desarrolló ese
sentimiento de rechazo que les incapacita para la vida. A diferencia
de todos, los pensamientos de John
se dirigieron a la sociedad, a la forma de organización de la
sociedad, a la manera de organización de la humanidad. Muy pronto
descubrió que la humanidad a la que pertenecía era una humanidad
cruel y despiadada. Comían carne y sacrificaban la vida de los otros
animales para alimentarse. Rechazó ser un depredador, rechazó la
carne y se hizo vegano.
Si
por Dalby
hubiera habido un templo jainista,
John
se habría convertido a esa religión. Pero en Dalby,
su entorno era anglicano y no se hablaba de ninguna otra religión.
La opción natural del jainismo
no pudo cuajar en su espíritu. Por contra, John
llegó al veganismo,
pasando por la astronomía. Puede sorprender esa trayectoria, pero
tiene su explicación.
Las noches de Dalby,
aunque no merecieran mención en el folleto del condado, eran
espectaculares. Las estrellas tachonaban el cielo y mirar las
estrellas se convirtió en una afición absorbente para el joven
John.
Más tarde pasó a identificar los planetas y después a averiguar
las formas de las constelaciones. La contemplación del cosmos le
sobrecogió. Ese sobrecogimiento le desarrolló su sentido íntimo de
insignificancia y, de ese sentimiento, pasó a considerar nuestra
especie solo como una más entre otras.
No podía ver a la
especie humana como un “primus
inter pares”. Nos
veía como unos animales que explotaban a otros animales. Si hubiera
podido leer a Desmond
Morris y su Mono
desnudo, habría
encontrado allí muchas de sus teorías, pero mejor desarrolladas.
Desmond Morris
ya no estaba de moda. El último ejemplar del libro que había en la
biblioteca pública estaba tan deteriorado que tuvieron que
retirarlo. No lo repusieron porque ya no estaba en el mercado.
Del
vegetarianismo pasó al animalismo y a predicar la igualdad
interespecie. John
estaba interesado en extender y compartir “el
concepto de humanidad”
hacia las demás especies del planeta. John,
con su fecunda imaginación, razonaba:
“¿Qué
distingue al hombre del mono, o de las vacas, o de las iguanas? Solo
una cosa: la educación. Si una educación igualitaria se impartiera
a todas las especies, todas las especies tendrían la condición de
humanos”.
“Les
hemos usurpado al resto de especies su ‘humanidad’. Nos la hemos
apropiado para nosotros, los hombres. Nos arrogamos en exclusiva el
concepto de humanidad. Nos llamamos egoístamente la especie humana.
Negamos al resto de especies la legitimidad como herederos del
planeta”.
Al
principio, sus paisanos, más inclinados a los deportes de riesgo que
a las filosofías, no le hacían ni caso. Pero con el tiempo, John
y las controvertidas teorías de John
se fueron abriendo un hueco entre sus paisanos. No es que ocupase un
buen lugar en la opinión de sus conciudadanos. Posiblemente ocupase
uno de los peores lugares en su consideración. Pero ya no era ningún
desconocido. El 40% de los habitantes de Dalby
habían oído hablar de John
y de sus teorías de igualdad de las especies. Aun sin comprenderlas
del todo, algún porcentaje de ese 40% estaba orgulloso de que un
paisano suyo hubiera “inventado”
una teoría sobre algo.
Pero John,
ya hemos dicho que era un revolucionario, no era de los que se
contentaban con una teoría. Tampoco le bastaba ser “famoso”
en su ciudad. John
era de los que la llevaban a la práctica. Y John vio que la gente
“no necesitaba tanto que se les explicase la verdad como que se les
demostrase con hechos”. John
recapacitó sobre sus posibilidades y, de pronto, alumbró una idea
maravillosa. Una idea que pondría fin al egoísmo de la especie
autodenominada humana. Una demostración inequívoca de que hasta los
más recalcitrantes tendrían que abandonar el etnocentrismo de su
especie.
Como la educación era lo que diferenciaba a los
hombres del resto de las especies, John
razonó que lo mejor era poner la educación al alcance de otras
especies. Con educación no se refería a adiestramiento, como se
hace con los perros o con los técnicos de segunda. Con educación se
refería a la educación superior que habían inventado los hombres.
John
se refería a las matemáticas. ¿Y
si les enseñáramos matemáticas a otra especie? ¿Y si luego
hiciéramos una demostración pública?
La especie “humana” tendría que compartir su cetro. Tendría que
compartir el planeta.
La siguiente decisión era la de elegir
una especie a la que enseñar. Pensó en enseñar a perros, pero el
carácter sumiso de estos animales no le simpatizaba a John.
Para John,
“los perros son los
cipayos de los hombres, quintacolumnistas interespecie”.
Así que John
decidió enseñar a los animales que más abundaban en Dalby.
Contra el prejuicio generalizado, los animales que más abundaban en
Dalby
no eran los canguros, sino las ovejas. Así pues, John,
el revolucionario John,
decidió abrir una escuela
de matemáticas para ovejas.
Recaudó
fondos para la idea. Su recaudación obtuvo magros resultados. Con
aquello no podría alquilar un edificio, ni sostener los servicios
básicos que habría que proporcionar a sus “alumnos”.
Aquello le descorazonó. El egoísmo de los hombres no quería
financiar su destronamiento como especie. No querían educar a sus
hermanos animales.
La recaudación fue un desastre. Pero a
veces la providencia tiende su mano a los defensores de los débiles.
La ayuda llegó de la manera más inesperada. Un canal de televisión
de Sídney
envió a Dalby
a uno de sus directivos. Quería hablar con John
de su proyecto. El directivo tenía potestad para llegar a un acuerdo
con John.
El canal financiaría el proyecto. A cambio “solo”
pedían los derechos de imagen y realizar un reality
show. Cinco cámaras
filmarían y emitirían en directo todas las clases, toda la vida de
aquellas cinco ovejas elegidas para la gloria.
Las
negociaciones fueron breves. John
se apresuró a firmar todas las exigencias del canal de TV. A John
no le interesaban ni los derechos de imagen ni el dinero. Cedió en
todo a cambio de financiar el proyecto. La ayuda del canal fue
fundamental para que las autoridades locales concedieran los
oportunos permisos.
Al reality lo llamaron “La
Granja Escuela”.
Hubo algunas quejas de la federación australiana de granjas escuela,
pero no lograron detener el reality.
John
inició el reality con una entrevista en la televisión estatal.
Expuso sus teorías y el proyecto y, lo más interesante, explicó en
detalle el programa de estudios para hacer que las ovejas aprendieran
matemáticas. Según John,
“las matemáticas
son un producto de la especie autodenominada humana. El concepto de
número es una creación antrópica que se desarrolló durante miles
de años. Obviamente, no podemos empezar enseñando los números a
las ovejas. Tenemos que empezar por conceptos más básicos,
fundamentándolos en teoría de conjuntos. Llegar al concepto de
números, al numeral de esos conjuntos”.
Esta declaración de intenciones hizo que el reality llegase incluso
al público universitario.
El share de audiencia se disparó
el primer día de emisión. Toda Australia estaba expectante. John
impartía personalmente las clases a las cinco ovejas merinas
elegidas para la gloria. Las ovejas, debidamente lavadas, peinadas y
acicaladas para la ocasión, daban bien ante la cámara. Eran
fotogénicas. Recordaban a “entrañables
peluches de algodón blanco”.
El comentarista ponía su dicción seductora, su amplio vocabulario y
su capacidad para la fabulación al servicio del impacto visual del
programa. John
se centró en dar la clase lo mejor que supo. A pesar de la
dedicación del profesor y de las habilidades técnicas del equipo de
televisión, la audiencia disminuyó vertiginosamente. Al cabo de los
primeros cuarenta y cinco minutos, la audiencia solo alcanzaba un
1,25%, muy por debajo de las expectativas de la cadena.
Lo
cierto es que, a pesar de los esfuerzos de John,
las ovejas no reaccionaban a sus enseñanzas. Estaban más atentas a
ruidos, luces, sombras o a cualquier otra cosa que a aquellos
elementales conceptos de conjuntos. La cadena decidió retirar la
emisión de su oferta televisiva. John,
sin embargo, se consideró afortunado porque la “Granja
Escuela”, según él
apreciaba, “funcionaba
a pleno rendimiento”
y sus alumnos, le parecía, “querían
aprender”. Al
retirarse el equipo de televisión, John
pensó que, sin distracciones, el aprendizaje de sus ovejas sería
exponencial.
La realidad termina con los espejismos. La
realidad acabó con las buenas intenciones de John.
A pesar de carecer de distracciones, las ovejas no aprendían
matemáticas. La educación no las transformaba en las buenas
personas que John
quería que fuesen. John,
al final, tuvo que reconocer que las ovejas tenían un impedimento de
especie que les privaba de poder aprender matemáticas. John
sufrió el mayor
desengaño de su vida.
John
se marchó al desierto a meditar en soledad. Hizo bien, porque ya era
conocido por todos sus paisanos. La gente es cruel con los
incomprendidos. Allí, regresó a las noches fascinantes y al paisaje
del cosmos y de las estrellas. En su compañía, volvió a la
sensación de insignificancia; de su insignificancia como ser y de
nuestra insignificancia como especie. Recordó su fracaso con las
matemáticas y las ovejas, su descubrimiento de que las ovejas
estaban limitadas por su especie para comprender las matemáticas y,
de pronto, llegó a
otra conclusión revolucionaria.
Si
las ovejas tenían su limitación como especie, también la especie
humana tendría que tener su propia limitación de especie. Tal vez
los hombres pudieran comprender las matemáticas, pero tal vez haya
otras ciencias que los hombres no pueden comprender, que ni siquiera
pueden imaginarse. Creer que el hombre puede comprender el Universo
es solo una superstición muy arraigada.
John
regresó del desierto a Dalby
transfigurado. Había encontrado otra verdad. Una verdad que, esta
vez, era exclusivamente suya. Una verdad decadente, que no
compartiría con los ignorantes que le rodeaban. Solo la comunicaría
a sus discípulos. John
Ferdinand Presley
se trasladó a Sídney.
En
la actualidad, John
se encuentra construyendo un sitio web para impartir formación
online.
FIN

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