domingo, 21 de septiembre de 2025

018 Australia año cero

El mundo siempre está empezando. Siempre es el año cero para algo, o para alguien. En algún lugar, hoy, ahora mismo, en este mismo instante, alguien está haciendo algo de tan singular trascendencia que está rompiendo con el pasado, que está reiniciando el resto de nuestras vidas.


La historia que vamos a referir a continuación es la de uno de esos comienzos trascendentales para la humanidad. Trascendentales en opinión de su protagonista. Nuestro protagonista se llama
John Ferdinand Presley y nació en Australia, concretamente en la ciudad de Dalby, donde, según nos explica un folleto turístico del condado, hay que visitar los bancos del río Myall y el lago Birdwater.

En ese lugar idílico vio la luz
John y allí forjó su espíritu revolucionario. John era un revolucionario nato. Tal vez alguien que le conozca piense que exagero, que solo se trataba de un inconformista. John era un inconformista, pero no se quedaba en ser inconformista. John estaba hecho del material con el que se hacen los guías de la humanidad.

En su infancia,
John fue un niño enfermizo. No podía realizar los ejercicios violentos como sus compañeros de clase y por eso acabó disfrutando de sí mismo. Se recogió en sí mismo y comenzó a... pensar.

A diferencia de otros que fueron débiles, no desarrolló ese sentimiento de rechazo que les incapacita para la vida. A diferencia de todos, los pensamientos de
John se dirigieron a la sociedad, a la forma de organización de la sociedad, a la manera de organización de la humanidad. Muy pronto descubrió que la humanidad a la que pertenecía era una humanidad cruel y despiadada. Comían carne y sacrificaban la vida de los otros animales para alimentarse. Rechazó ser un depredador, rechazó la carne y se hizo vegano.

Si por
Dalby hubiera habido un templo jainista, John se habría convertido a esa religión. Pero en Dalby, su entorno era anglicano y no se hablaba de ninguna otra religión. La opción natural del jainismo no pudo cuajar en su espíritu. Por contra, John llegó al veganismo, pasando por la astronomía. Puede sorprender esa trayectoria, pero tiene su explicación.

Las noches de
Dalby, aunque no merecieran mención en el folleto del condado, eran espectaculares. Las estrellas tachonaban el cielo y mirar las estrellas se convirtió en una afición absorbente para el joven John. Más tarde pasó a identificar los planetas y después a averiguar las formas de las constelaciones. La contemplación del cosmos le sobrecogió. Ese sobrecogimiento le desarrolló su sentido íntimo de insignificancia y, de ese sentimiento, pasó a considerar nuestra especie solo como una más entre otras.

No podía ver a la especie humana como un “
primus inter pares”. Nos veía como unos animales que explotaban a otros animales. Si hubiera podido leer a Desmond Morris y su Mono desnudo, habría encontrado allí muchas de sus teorías, pero mejor desarrolladas. Desmond Morris ya no estaba de moda. El último ejemplar del libro que había en la biblioteca pública estaba tan deteriorado que tuvieron que retirarlo. No lo repusieron porque ya no estaba en el mercado.

Del vegetarianismo pasó al animalismo y a predicar la igualdad interespecie.
John estaba interesado en extender y compartir “el concepto de humanidad” hacia las demás especies del planeta. John, con su fecunda imaginación, razonaba:

¿Qué distingue al hombre del mono, o de las vacas, o de las iguanas? Solo una cosa: la educación. Si una educación igualitaria se impartiera a todas las especies, todas las especies tendrían la condición de humanos”.

Les hemos usurpado al resto de especies su ‘humanidad’. Nos la hemos apropiado para nosotros, los hombres. Nos arrogamos en exclusiva el concepto de humanidad. Nos llamamos egoístamente la especie humana. Negamos al resto de especies la legitimidad como herederos del planeta”.

Al principio, sus paisanos, más inclinados a los deportes de riesgo que a las filosofías, no le hacían ni caso. Pero con el tiempo,
John y las controvertidas teorías de John se fueron abriendo un hueco entre sus paisanos. No es que ocupase un buen lugar en la opinión de sus conciudadanos. Posiblemente ocupase uno de los peores lugares en su consideración. Pero ya no era ningún desconocido. El 40% de los habitantes de Dalby habían oído hablar de John y de sus teorías de igualdad de las especies. Aun sin comprenderlas del todo, algún porcentaje de ese 40% estaba orgulloso de que un paisano suyo hubiera “inventado” una teoría sobre algo.

Pero
John, ya hemos dicho que era un revolucionario, no era de los que se contentaban con una teoría. Tampoco le bastaba ser “famoso” en su ciudad. John era de los que la llevaban a la práctica. Y John vio que la gente “no necesitaba tanto que se les explicase la verdad como que se les demostrase con hechos”. John recapacitó sobre sus posibilidades y, de pronto, alumbró una idea maravillosa. Una idea que pondría fin al egoísmo de la especie autodenominada humana. Una demostración inequívoca de que hasta los más recalcitrantes tendrían que abandonar el etnocentrismo de su especie.

Como la educación era lo que diferenciaba a los hombres del resto de las especies,
John razonó que lo mejor era poner la educación al alcance de otras especies. Con educación no se refería a adiestramiento, como se hace con los perros o con los técnicos de segunda. Con educación se refería a la educación superior que habían inventado los hombres. John se refería a las matemáticas. ¿Y si les enseñáramos matemáticas a otra especie? ¿Y si luego hiciéramos una demostración pública? La especie “humana” tendría que compartir su cetro. Tendría que compartir el planeta.

La siguiente decisión era la de elegir una especie a la que enseñar. Pensó en enseñar a perros, pero el carácter sumiso de estos animales no le simpatizaba a
John. Para John, “los perros son los cipayos de los hombres, quintacolumnistas interespecie”. Así que John decidió enseñar a los animales que más abundaban en Dalby. Contra el prejuicio generalizado, los animales que más abundaban en Dalby no eran los canguros, sino las ovejas. Así pues, John, el revolucionario John, decidió abrir una escuela de matemáticas para ovejas.

Recaudó fondos para la idea. Su recaudación obtuvo magros resultados. Con aquello no podría alquilar un edificio, ni sostener los servicios básicos que habría que proporcionar a sus “
alumnos”. Aquello le descorazonó. El egoísmo de los hombres no quería financiar su destronamiento como especie. No querían educar a sus hermanos animales.

La recaudación fue un desastre. Pero a veces la providencia tiende su mano a los defensores de los débiles. La ayuda llegó de la manera más inesperada. Un canal de televisión de
Sídney envió a Dalby a uno de sus directivos. Quería hablar con John de su proyecto. El directivo tenía potestad para llegar a un acuerdo con John. El canal financiaría el proyecto. A cambio “solo” pedían los derechos de imagen y realizar un reality show. Cinco cámaras filmarían y emitirían en directo todas las clases, toda la vida de aquellas cinco ovejas elegidas para la gloria.

Las negociaciones fueron breves.
John se apresuró a firmar todas las exigencias del canal de TV. A John no le interesaban ni los derechos de imagen ni el dinero. Cedió en todo a cambio de financiar el proyecto. La ayuda del canal fue fundamental para que las autoridades locales concedieran los oportunos permisos.

Al reality lo llamaron “
La Granja Escuela”. Hubo algunas quejas de la federación australiana de granjas escuela, pero no lograron detener el reality.

John inició el reality con una entrevista en la televisión estatal. Expuso sus teorías y el proyecto y, lo más interesante, explicó en detalle el programa de estudios para hacer que las ovejas aprendieran matemáticas. Según John, “las matemáticas son un producto de la especie autodenominada humana. El concepto de número es una creación antrópica que se desarrolló durante miles de años. Obviamente, no podemos empezar enseñando los números a las ovejas. Tenemos que empezar por conceptos más básicos, fundamentándolos en teoría de conjuntos. Llegar al concepto de números, al numeral de esos conjuntos”. Esta declaración de intenciones hizo que el reality llegase incluso al público universitario.

El share de audiencia se disparó el primer día de emisión. Toda Australia estaba expectante.
John impartía personalmente las clases a las cinco ovejas merinas elegidas para la gloria. Las ovejas, debidamente lavadas, peinadas y acicaladas para la ocasión, daban bien ante la cámara. Eran fotogénicas. Recordaban a “entrañables peluches de algodón blanco”. El comentarista ponía su dicción seductora, su amplio vocabulario y su capacidad para la fabulación al servicio del impacto visual del programa. John se centró en dar la clase lo mejor que supo. A pesar de la dedicación del profesor y de las habilidades técnicas del equipo de televisión, la audiencia disminuyó vertiginosamente. Al cabo de los primeros cuarenta y cinco minutos, la audiencia solo alcanzaba un 1,25%, muy por debajo de las expectativas de la cadena.

Lo cierto es que, a pesar de los esfuerzos de
John, las ovejas no reaccionaban a sus enseñanzas. Estaban más atentas a ruidos, luces, sombras o a cualquier otra cosa que a aquellos elementales conceptos de conjuntos. La cadena decidió retirar la emisión de su oferta televisiva. John, sin embargo, se consideró afortunado porque la “Granja Escuela”, según él apreciaba, “funcionaba a pleno rendimiento” y sus alumnos, le parecía, “querían aprender”. Al retirarse el equipo de televisión, John pensó que, sin distracciones, el aprendizaje de sus ovejas sería exponencial.

La realidad termina con los espejismos. La realidad acabó con las buenas intenciones de
John. A pesar de carecer de distracciones, las ovejas no aprendían matemáticas. La educación no las transformaba en las buenas personas que John quería que fuesen. John, al final, tuvo que reconocer que las ovejas tenían un impedimento de especie que les privaba de poder aprender matemáticas. John sufrió el mayor desengaño de su vida.

John se marchó al desierto a meditar en soledad. Hizo bien, porque ya era conocido por todos sus paisanos. La gente es cruel con los incomprendidos. Allí, regresó a las noches fascinantes y al paisaje del cosmos y de las estrellas. En su compañía, volvió a la sensación de insignificancia; de su insignificancia como ser y de nuestra insignificancia como especie. Recordó su fracaso con las matemáticas y las ovejas, su descubrimiento de que las ovejas estaban limitadas por su especie para comprender las matemáticas y, de pronto, llegó a otra conclusión revolucionaria.

Si las ovejas tenían su limitación como especie, también la especie humana tendría que tener su propia limitación de especie. Tal vez los hombres pudieran comprender las matemáticas, pero tal vez haya otras ciencias que los hombres no pueden comprender, que ni siquiera pueden imaginarse. Creer que el hombre puede comprender el Universo es solo una superstición muy arraigada.

John regresó del desierto a Dalby transfigurado. Había encontrado otra verdad. Una verdad que, esta vez, era exclusivamente suya. Una verdad decadente, que no compartiría con los ignorantes que le rodeaban. Solo la comunicaría a sus discípulos. John Ferdinand Presley se trasladó a Sídney.

En la actualidad,
John se encuentra construyendo un sitio web para impartir formación online.

FIN




 
 
 

 

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