martes, 7 de octubre de 2025

019 El extraño caso de los patinadores

En 1895, los campeonatos de patinaje artístico sobre hielo se celebraron en Budapest. El campeón del mundo de ese año fue Tibor von Földváry. Hasta aquí, algo que se puede consultar en todas las hemerotecas. También se puede comprobar que en los dos años siguientes, 1896 y 1897, no se celebraron dichos campeonatos. Los motivos oficiales de dicha suspensión pueden encontrarse en los periódicos de la época.

 



En realidad, la suspensión se debió a otras causas que se mantuvieron en secreto. La recién creada
ISU (International Skating Union) presionó a las autoridades húngaras y a las de los países afectados para que aquello no saliera a la luz. Por entonces, la prensa tenía menos medios y sus propietarios se avenían a este tipo de silencios políticos con mayor facilidad que hoy en día. Aquellos sucesos, para los que todavía hoy no existe interpretación plausible.

En 1926, la documentación de los “
Sucesos de Budapest” fue desclasificada por la policía húngara y entregada a la Interpol. La Interpol no realizó ulteriores pesquisas. Los informes han permanecido depositados en la sede de la Interpol en Lyon. Son esa clase de informes incómodos que se olvidan en un limbo administrativo. Verdades incómodas que, al principio, se declaran inexplicables y luego se tiende a pensar que su contenido relata sucesos que, en realidad, nunca ocurrieron.

El primero de los hechos inexplicables fue la desaparición de uno de los concursantes: el francés
François Saunière. Durante un entrenamiento, a la vista de todos, en medio de una pirueta vertical, desapareció sin dejar rastro. Los testigos, diez personas del equipo francés, fueron investigados como sospechosos de homicidio. En la investigación preliminar, llevada a cabo por personal de homicidios de la policía de Budapest, participaron dos comisarios franceses enviados urgentemente desde París. Los detalles de los interrogatorios, si bien revelaron contradicciones y enfrentamientos entre los miembros del equipo, no pudieron determinar su participación en la desaparición o el asesinato de Saunière.

Esta investigación se hallaba en su punto culminante cuando ocurrió otra desaparición: la de
Piotr Vasilievich Leontiev. Desapareció también en pleno entrenamiento, a la vista de todo su equipo y, también, durante una pirueta vertical. En este caso, un suceso ajeno a la desaparición vino a enturbiar el desarrollo de las investigaciones en curso. Piotr Vasilievich Leontiev no solo era miembro de la delegación rusa, sino que era sobrino del príncipe Yusupov. Las autoridades austrohúngaras temieron que se transformara en un conflicto de Estado. Como se comprenderá, los medios empleados en la investigación fueron ilimitados. Por deseo expreso de su majestad imperial Francisco José I, los mejores investigadores de las dos monarquías y de la república francesa se dieron cita en Budapest.

Los investigadores no encontraron ni rastro de los desaparecidos. La pista fue inspeccionada palmo a palmo. No se encontró ninguna anomalía. A pesar del secreto con que se llevaban las investigaciones, algo se filtró al resto de los equipos.
Madam Astrid, la médium danesa de las clases altas aquincenses, desató el rumor: la pista estaba embrujada. Por aquella época, en los equipos de patinadores siempre había algún aficionado al espiritismo. Las consultas a “los espíritus” se multiplicaron y, claro, de las respuestas obtenidas solo trascendían las peores. Un pánico desconocido se fue apoderando de los equipos. Un pánico que apenas podían disimular.

Las autoridades decidieron que el obispo de
Budapest bendijera a los equipos y a los patinadores para alejar de ellos el maleficio o la superstición. Así se hizo, pero no contentos con eso, muchos de los miembros de los equipos se acercaron a Madam Astrid para que les protegiera con sus artes oscuras. Madam hizo lo que pudo y se embolsó las tarifas pertinentes. Lo cierto es que, eficaz o no, la protección de Madam tranquilizó más a los participantes que toda la policía húngara.

La policía seguía sin averiguar nada útil. Cobraba cada vez más cuerpo la hipótesis de que, en efecto, los patinadores habían desaparecido en plena pirueta. Un sagaz francés dirigió sus pesquisas hacia la forma de las piruetas y descubrió que las piruetas en cuestión se daban todas en un giro contrario a las agujas del reloj. Comunicó este dato, aparentemente irrelevante, a sus superiores y estos a los suyos. Se convocó una reunión de expertos en el palacio bajo la protección de su majestad el emperador. La reunión fue secreta y no se conserva copia del acta de la misma. Lo que debió de decidirse allí se puede deducir de las actuaciones que tomaron las autoridades a partir de ese instante.

La policía requisó la pista. Llevó hasta ella a equipos de patinadores de segunda fila pertenecientes a las distintas nacionalidades austrohúngaras. Se les hizo evolucionar sobre la pista y realizar la pirueta maldita, pero en el sentido de las agujas del reloj. Quiso la suerte o la casualidad que ninguno de los que así realizaron la pirueta desapareciera, y quiso la mala fortuna de
Rade Malobabić, de nacionalidad croata, que al probar a hacer la pirueta en sentido contrario a las agujas del reloj desapareciera ante el grupo de expertos, las autoridades y ante tres cámaras cinematográficas traídas desde Viena para el evento.

La conclusión apresurada al analizar dicho material gráfico fue que las desapariciones se producían de manera inexplicable cuando se realizaban piruetas en sentido contrario a las agujas del reloj. En las imágenes, el patinador, una vez alcanzada una velocidad crítica de giro, parecía aumentarla rápidamente y colapsaba sobre su eje de giro. Por la presión de los acontecimientos, la comisión lanzó una primera hipótesis como si fuera una conclusión:
“No se podía garantizar la seguridad del patinador si realizaba piruetas en sentido contrario a las agujas del reloj. Por el contrario, realizar piruetas en sentido de las agujas del reloj resultaba plenamente seguro”. Por razones de seguridad, el comunicado a las autoridades se transformó en una orden discreta de obligado cumplimiento para todos los participantes en el torneo.

Con esta salvedad, se realizaron los campeonatos a plena satisfacción de sus majestades; los emperadores, quedando campeón del mundo el húngaro
Tibor von Földváry que, según se decía en determinados círculos, “triunfó no solo sobre sus oponentes, sino también sobre la pista endemoniada”.

Los temidos conflictos diplomáticos por la desaparición del príncipe ruso fueron acallados por orden del propio zar, su majestad
Nicolás II. Su majestad imperial, recién llegado al trono, no deseaba ningún conflicto diplomático.

Si en algo resultó eficaz la investigación fue en ocultar su propia existencia. Las tres naciones decidieron proseguir con las mismas “
hasta donde fuera posible”. La pista se clausuró y quedó en manos de la policía. La investigación se prolongó durante los dos años siguientes sin llegar a ninguna conclusión plausible. Durante esos años no se celebraron los campeonatos. La ISU decidió volver a celebrar el campeonato en 1898, en Londres.

Los sucesos de
Budapest no se volvieron a repetir.

FIN


 
 

 


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