En realidad, la suspensión se debió a otras causas
que se mantuvieron en secreto. La recién creada ISU
(International
Skating Union)
presionó a las autoridades húngaras y a las de los países
afectados para que aquello no saliera a la luz. Por entonces, la
prensa tenía menos medios y sus propietarios se avenían a este tipo
de silencios políticos con mayor facilidad que hoy en día. Aquellos
sucesos, para los que todavía hoy no existe interpretación
plausible.
En 1926, la documentación de los “Sucesos
de Budapest”
fue desclasificada por la policía húngara y entregada a la
Interpol.
La Interpol
no realizó ulteriores pesquisas. Los informes han permanecido
depositados en la sede de la Interpol
en Lyon.
Son esa clase de informes incómodos que se olvidan en un limbo
administrativo. Verdades incómodas que, al principio, se declaran
inexplicables y luego se tiende a pensar que su contenido relata
sucesos que, en realidad, nunca ocurrieron.
El primero de los
hechos inexplicables fue la desaparición de uno de los concursantes:
el francés François
Saunière.
Durante un entrenamiento, a la vista de todos, en medio de una
pirueta vertical, desapareció sin dejar rastro. Los testigos, diez
personas del equipo francés, fueron investigados como sospechosos de
homicidio. En la investigación preliminar, llevada a cabo por
personal de homicidios de la policía de Budapest,
participaron dos comisarios franceses enviados urgentemente desde
París. Los detalles de los interrogatorios, si bien revelaron
contradicciones y enfrentamientos entre los miembros del equipo, no
pudieron determinar su participación en la desaparición o el
asesinato de Saunière.
Esta
investigación se hallaba en su punto culminante cuando ocurrió otra
desaparición: la de Piotr
Vasilievich Leontiev.
Desapareció también en pleno entrenamiento, a la vista de todo su
equipo y, también, durante una pirueta vertical. En este caso, un
suceso ajeno a la desaparición vino a enturbiar el desarrollo de las
investigaciones en curso. Piotr
Vasilievich Leontiev
no solo era miembro de la delegación rusa, sino que era sobrino del
príncipe Yusupov.
Las autoridades austrohúngaras temieron que se transformara en un
conflicto de Estado. Como se comprenderá, los medios empleados en la
investigación fueron ilimitados. Por deseo expreso de su majestad
imperial Francisco
José I,
los mejores investigadores de las dos monarquías y de la república
francesa se dieron cita en Budapest.
Los
investigadores no encontraron ni rastro de los desaparecidos. La
pista fue inspeccionada palmo a palmo. No se encontró ninguna
anomalía. A pesar del secreto con que se llevaban las
investigaciones, algo se filtró al resto de los equipos. Madam
Astrid,
la médium danesa de las clases altas aquincenses, desató el rumor:
la
pista estaba embrujada.
Por aquella época, en los equipos de patinadores siempre había
algún aficionado al espiritismo. Las consultas a “los
espíritus”
se multiplicaron y, claro, de las respuestas obtenidas solo
trascendían las peores. Un pánico desconocido se fue apoderando de
los equipos. Un pánico que apenas podían disimular.
Las
autoridades decidieron que el obispo de Budapest
bendijera a los equipos y a los patinadores para alejar de ellos el
maleficio o la superstición. Así se hizo, pero no contentos con
eso, muchos de los miembros de los equipos se acercaron a Madam
Astrid
para que les protegiera con sus artes oscuras. Madam
hizo lo que pudo y se embolsó las tarifas pertinentes. Lo cierto es
que, eficaz o no, la protección de Madam
tranquilizó más a los participantes que toda la policía
húngara.
La policía seguía sin averiguar nada útil.
Cobraba cada vez más cuerpo la hipótesis de que, en efecto, los
patinadores habían desaparecido en plena pirueta. Un sagaz francés
dirigió sus pesquisas hacia la forma de las piruetas y descubrió
que las piruetas en cuestión se daban todas en un giro contrario a
las agujas del reloj. Comunicó este dato, aparentemente irrelevante,
a sus superiores y estos a los suyos. Se convocó una reunión de
expertos en el palacio bajo la protección de su majestad el
emperador. La reunión fue secreta y no se conserva copia del acta de
la misma. Lo que debió de decidirse allí se puede deducir de las
actuaciones que tomaron las autoridades a partir de ese instante.
La
policía requisó la pista. Llevó hasta ella a equipos de
patinadores de segunda fila pertenecientes a las distintas
nacionalidades austrohúngaras. Se les hizo evolucionar sobre la
pista y realizar la pirueta maldita, pero en el sentido de las agujas
del reloj. Quiso la suerte o la casualidad que ninguno de los que así
realizaron la pirueta desapareciera, y quiso la mala fortuna de Rade
Malobabić,
de nacionalidad croata, que al probar a hacer la pirueta en sentido
contrario a las agujas del reloj desapareciera ante el grupo de
expertos, las autoridades y ante tres cámaras cinematográficas
traídas desde Viena
para el evento.
La conclusión apresurada al analizar dicho
material gráfico fue que las desapariciones se producían de manera
inexplicable cuando se realizaban piruetas en sentido contrario a las
agujas del reloj. En las imágenes, el patinador, una vez alcanzada
una velocidad crítica de giro, parecía aumentarla rápidamente y
colapsaba sobre su eje de giro. Por la presión de los
acontecimientos, la comisión lanzó una primera hipótesis como si
fuera una conclusión: “No
se podía garantizar la seguridad del patinador si realizaba piruetas
en sentido contrario a las agujas del reloj. Por el contrario,
realizar piruetas en sentido de las agujas del reloj resultaba
plenamente seguro”.
Por razones de seguridad, el comunicado a las autoridades se
transformó en una orden discreta de obligado cumplimiento para todos
los participantes en el torneo.
Con esta salvedad, se
realizaron los campeonatos a plena satisfacción de sus majestades;
los emperadores, quedando campeón del mundo el húngaro Tibor
von Földváry
que, según se decía en determinados círculos, “triunfó
no solo sobre sus oponentes, sino también sobre la pista
endemoniada”.
Los
temidos conflictos diplomáticos por la desaparición del príncipe
ruso fueron acallados por orden del propio zar, su majestad Nicolás
II.
Su majestad imperial, recién llegado al trono, no deseaba ningún
conflicto diplomático.
Si en algo resultó eficaz la
investigación fue en ocultar su propia existencia. Las tres naciones
decidieron proseguir con las mismas “hasta
donde fuera posible”.
La pista se clausuró y quedó en manos de la policía. La
investigación se prolongó durante los dos años siguientes sin
llegar a ninguna conclusión plausible. Durante esos años no se
celebraron los campeonatos. La ISU
decidió volver a celebrar el campeonato en 1898, en Londres.
Los
sucesos de Budapest
no se volvieron a repetir.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.