martes, 21 de octubre de 2025

020 La antesala. (“No bastan siete piedras”)

Nunca habría sospechado que tendría que esperar. La verdad es que, si no supiera a quién estoy aguardando, me preocuparía. Uno se imagina cosas. No puede dejar de hacerlo. Cuando uno se ilusiona, sueña. A veces los sueños no se corresponden con la realidad. Pero eso ocurre con todo. Antes de llegar, me imaginaba esto de otra manera: más suntuoso, con más boato. Pensaba que aquí ya no habría problemas. Ni de dinero. Ni de tiempo. Ni de incomodidades. Cuando uno decide venir, nunca piensa que la antesala sea así, como es esta. Pero las aduanas, ¡ya se sabe!



 



Hay mucha gente. Reconozco algunas caras. La mayoría simpatizamos. Solo hay que ver las sonrisas de complicidad. No es para menos, hemos llegado. ¡Cómo no vamos a estar orgullosos! Sí, estamos orgullosos, y con razón. Después de todos los sacrificios. Después de tantas privaciones. Ya estamos aquí, en la antesala. No importa que no sea como la imaginábamos. No importa que los asientos estén desvencijados, que el aire acondicionado no funcione, que la higiene deje mucho que desear. No importa que hoy ya sea cinco de abril, que llevemos dos días esperando.

Nos recibirá. Sé que nos recibirá de un momento a otro. Incluso sé que lo hará él, en persona. Lo sé porque tenemos un contrato. Porque nos dio su palabra. Su palabra es aún más importante que su contrato. Nos recibirá, no cabe duda. La alegría nos la proporciona esta certeza. Hace que estemos contentos, incluso con este calor inhóspito, con los horribles funcionarios que nos atienden. Los funcionarios parecen elegidos para maltratarnos. Supongo, suponemos, que es una prueba más. La última. No hay que alarmarse. No hay por qué preocuparse.

Esperar desarrolla la paciencia. La paciencia es una virtud que no tiene límites. Pero es difícil, es verdad. Incluso, muy difícil. Bueno, no es nada. Es solo que a uno, cuando está impaciente, le entra la prisa. Lo cierto es que me debería tranquilizar. Tendrá cosas que hacer, ¡yo qué sé! ¡Las personas importantes siempre tienen mucho que hacer! No va a estar aquí esperando a que lleguemos. Estará ocupado en algún sitio. No sé, me imagino que lo sorprendente es estar aquí haciendo antesala. La última que voy a tener que hacer jamás.

Vuelvo a mirar a mi alrededor. Veo a gentes de muchas naciones. Somos muchos. No me atrevo a contarlos. Tendría que levantarme y no hay sitio para todos. Me avergüenzo. Pienso que no debería pensar ese tipo de cosas. Al fin y al cabo, me reconozco en ellos. Los veo y sé que son como yo. Por eso han llegado hasta aquí. Por eso estamos aquí. Súbitamente, frente a mí, se mueve una ventanilla. Supongo que será un funcionario, de esos que nos espían de vez en cuando. De pronto se oye un siseo: ¡psst, psst! Se hace un silencio reverente. Vemos una cara, un rostro burlón. Nos mira desde la ventanilla. Pienso: ahora nos dirán que todo esto es una broma. El funcionario nos dice:
—El primero.
Y sí. El primero soy yo. Después de tanta espera, se asoma a mis labios una sonrisa. Me levanto. El funcionario me dice:
—Por la puerta.
Se abre una puerta estrecha por donde entro. Entro en un pequeño e incómodo despacho. El funcionario consulta unos papeles. Sin mirarme, me dice:
—Se llama usted Abdel Jabbâr. Viene de Madrid, ¿verdad?
—Sí —le contesto nervioso.
—Firme aquí —me ordena.
Y yo firmo los papeles. Y miro a mi alrededor. Y no veo ningún cambio. Le pregunto:
—¿Cuándo le veré?
El funcionario alza la vista. Me mira. De pronto comienza a reír. Ríe en oleadas. En carcajadas húmedas y siniestras. Se ríe de mí. No comprendo. Secándose las lágrimas, el funcionario me pregunta:
—¿Y a quién quieres ver?
A Dios, naturalmente —respondo.
El funcionario tiene otro ataque de risa, esta vez más impúdico, más despectivo que el primero. Estoy desconcertado.
Ya comprenderás dónde estás —me dice.
No sé cómo, pero de pronto lo sé. No estoy en el paraíso. Estoy en el infierno. Me tiemblan las piernas. Miro al funcionario. Mi mirada le dice que ahora lo sé.
—¿De verdad te creías que irías al paraíso?
—¡Sí, sí! —grito—. ¡Yo firmé con él para ir al cielo! Me dijo que si me unía a la yihad, si mataba a aquella gente, iría al cielo. Dios premia siempre a los guerreros del Islam.
El funcionario:
—No tengo nada que decirte de tu
Dios. Ni de tus guerreros. Ni de tu Islam, pero habéis cometido un asesinato de inocentes y la pena ya sabes cuál es: pudrirse en el infierno.
—Pero Dios me dijo...

El funcionario, borrándose la sonrisa con la manga:
—Deja ya de hablar aquí de Dios. El que te inspiró a asesinar no fue Dios. El que te inspiró fue Satanás. ¡No bastan siete piedras para vencer a Satán!
Mientras me arrastraban, le oí decir:
—¡El siguiente!

Satanás sabe tener dulces palabras para engañar a los que le obedecen. Pero solo las pronuncia antes de ser obedecido. Porque
Satán es el más perfecto de los ‘ulamâ as-sû’, de los sabios de la maldad. Por eso, pocos son los que descubren a tiempo sus engaños.

A todas las víctimas de los engañados de Satán.

FIN


 
 

 

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