Hay mucha gente. Reconozco algunas
caras. La mayoría simpatizamos. Solo hay que ver las sonrisas de
complicidad. No es para menos, hemos llegado. ¡Cómo no vamos a
estar orgullosos! Sí, estamos orgullosos, y con razón. Después de
todos los sacrificios. Después de tantas privaciones. Ya estamos
aquí, en la antesala. No importa que no sea como la imaginábamos.
No importa que los asientos estén desvencijados, que el aire
acondicionado no funcione, que la higiene deje mucho que desear. No
importa que hoy ya sea cinco de abril, que llevemos dos días
esperando.
Nos recibirá. Sé que nos recibirá de un momento
a otro. Incluso sé que lo hará él, en persona. Lo sé porque
tenemos un contrato. Porque nos dio su palabra. Su palabra es aún
más importante que su contrato. Nos recibirá, no cabe duda. La
alegría nos la proporciona esta certeza. Hace que estemos contentos,
incluso con este calor inhóspito, con los horribles funcionarios que
nos atienden. Los funcionarios parecen elegidos para maltratarnos.
Supongo, suponemos, que es una prueba más. La última. No hay que
alarmarse. No hay por qué preocuparse.
Esperar desarrolla la
paciencia. La paciencia es una virtud que no tiene límites. Pero es
difícil, es verdad. Incluso, muy difícil. Bueno, no es nada. Es
solo que a uno, cuando está impaciente, le entra la prisa. Lo cierto
es que me debería tranquilizar. Tendrá cosas que hacer, ¡yo qué
sé! ¡Las personas importantes siempre tienen mucho que hacer! No va
a estar aquí esperando a que lleguemos. Estará ocupado en algún
sitio. No sé, me imagino que lo sorprendente es estar aquí haciendo
antesala. La última que voy a tener que hacer jamás.
Vuelvo
a mirar a mi alrededor. Veo a gentes de muchas naciones. Somos
muchos. No me atrevo a contarlos. Tendría que levantarme y no hay
sitio para todos. Me avergüenzo. Pienso que no debería pensar ese
tipo de cosas. Al fin y al cabo, me reconozco en ellos. Los veo y sé
que son como yo. Por eso han llegado hasta aquí. Por eso estamos
aquí. Súbitamente, frente a mí, se mueve una ventanilla. Supongo
que será un funcionario, de esos que nos espían de vez en cuando.
De pronto se oye un siseo: ¡psst, psst! Se hace un silencio
reverente. Vemos una cara, un rostro burlón. Nos mira desde la
ventanilla. Pienso: ahora nos dirán que todo esto es una broma. El
funcionario nos dice:
—El
primero.
Y
sí. El primero soy yo. Después de tanta espera, se asoma a mis
labios una sonrisa. Me levanto. El funcionario me dice:
—Por
la puerta.
Se
abre una puerta estrecha por donde entro. Entro en un pequeño e
incómodo despacho. El funcionario consulta unos papeles. Sin
mirarme, me dice:
—Se
llama usted Abdel
Jabbâr.
Viene de Madrid,
¿verdad?
—Sí
—le
contesto nervioso.
—Firme
aquí
—me ordena.
Y yo firmo los papeles. Y miro a mi alrededor. Y no
veo ningún cambio. Le pregunto:
—¿Cuándo
le veré?
El
funcionario alza la vista. Me mira. De pronto comienza a reír. Ríe
en oleadas. En carcajadas húmedas y siniestras. Se ríe de mí. No
comprendo. Secándose las lágrimas, el funcionario me pregunta:
—¿Y
a quién quieres ver?
—A
Dios,
naturalmente
—respondo.
El funcionario tiene otro ataque de risa, esta vez
más impúdico, más despectivo que el primero. Estoy
desconcertado.
—Ya
comprenderás dónde estás —me
dice.
No sé cómo, pero de pronto lo sé. No estoy en el paraíso.
Estoy en el infierno. Me tiemblan las piernas. Miro al funcionario.
Mi mirada le dice que ahora lo sé.
—¿De
verdad te creías que irías al paraíso?
—¡Sí, sí! —grito—.
¡Yo firmé con él para ir al cielo! Me dijo que si me unía a la
yihad, si mataba a aquella gente, iría al cielo. Dios premia siempre
a los guerreros del Islam.
El
funcionario:
—No
tengo nada que decirte de tu Dios.
Ni de tus guerreros. Ni de tu Islam, pero habéis cometido un
asesinato de inocentes y la pena ya sabes cuál es: pudrirse en el
infierno.
—Pero Dios me dijo...
El
funcionario, borrándose la sonrisa con la manga:
—Deja
ya de hablar aquí de Dios.
El que te inspiró a asesinar no fue Dios.
El que te inspiró fue Satanás.
¡No bastan siete piedras para vencer a Satán!
Mientras
me arrastraban, le oí decir:
—¡El
siguiente!
Satanás
sabe tener dulces palabras para engañar a los que le obedecen. Pero
solo las pronuncia antes de ser obedecido. Porque Satán
es el más perfecto de los ‘ulamâ
as-sû’,
de los sabios de la maldad. Por eso, pocos son los que descubren a
tiempo sus engaños.
A
todas las víctimas de los engañados de Satán.
FIN

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