Una
voz, su voz, me sacó de la lectura. Era una de esas voces que
quieren ser dulces, y lo son. Una de esas voces que reconoces en
seguida como afectadas. Como de mentira. Como de no ser naturales. La
voz me hizo apartar los ojos del libro. Dejé el quinto capítulo de
Cien
años de soledad.
Pasé directamente a la introducción, de sus ojos. Unos ojos verdes,
que miraban. Eran de esos, de los que no te esperas al volver una
página.
La voz había hecho una pregunta. Pero las preguntas
se traspapelan cuando las hacen unos ojos así. Tuve que preguntar:
¿Perdona?
Y la voz, y los ojos, me sonrieron y me volvieron a preguntar. Y yo
tuve que volver a preguntar de nuevo: ¿Perdona?
Un punto de desconcierto asomó al verde de sus ojos. A la tercera
vez comprendí que decían: ¿Tienes
fuego? Yo
no, no tenía fuego. Además, no fumaba. Solo acerté a decir: “No,
no tengo fuego, pero me gustaría tenerlo…”.
Una respuesta idiota. Pero podía haber sido peor. Al final había
logrado retener las dos últimas palabras. Las que añadían: “…para
ti”.
Ella
volvió a sonreír. Con la sonrisa me regaló otra pregunta: ¿Qué
lees? Oí a mi voz decir: “Cien
años de soledad”.
Y ella, irrepetible: “¡Ah! García
Márquez
es magnífico, ¿verdad?”. Y sí, García
Márquez
era magnífico y ahora más, que estaba ella hablándome de él. El
siguiente paso fue mío: ¿Te
gusta García Márquez?
Ella, maestra, movió ficha y dijo: “Mi
preferido es El
amor en los tiempos del cólera”.
Y entonces dejé de oírla y de oírme. Y mientras, proseguíamos la
conversación. Se oía la voz de Nina
Simone
cantando “My
baby just cares for me”.
Pero en realidad eran sus ojos los que cantaban.
Un café
después, ya sabía que se llamaba Atasara.
Que estudiaba Filología. Que tenía unos ojos preciosos. Que venía
de Tenerife.
Que habitaba en Moncloa.
Que en el último trimestre había padecido frío y soledad. Que le
gustaban Crowded
House.
Que tenía unos ojos preciosos. Que sabía conversar. Conocía, pues,
lo imprescindible. Lo que se debe saber. El conocimiento justo para
los primeros auxilios.
Dos cafés más tarde, ya me fingía
estar enamorado de ella. Mentira común, con nombre propio. Mentira
inocente, con iluminación indirecta. Mentira autorizada. Mentira de
autor. Mentira al fin y al cabo. Las mentiras a veces vienen
desarmadas. Hay que sacarlas de su envoltura y armarlas siguiendo las
instrucciones. Si son mentiras de precisión, hay que poner mucho
cuidado en lo que haces. Si te equivocas, te quedas sin mentira. Las
mentiras buenas, las de verdad, las mejores, son las que nunca vienen
solas. Las que se acompañan entre ellas. Las que, cuando las pones
en circulación, te rodean, te circundan, te atrapan. Por último,
están las mentiras perfectas, las que son indistinguibles de la
verdad. De estas no hay muchas; por ejemplo: cuando
me finjo estar enamorado.
Fingirse
estar enamorado es terrible. Si conoces el juego, sabes que no estás
fingiendo en absoluto. Sabes que esa es una de esas mentiras que
crean atmósfera. Incluso, aunque no te atrevas a reconocerlo, sabes
que esas son del tipo de las mentiras sublimes. Las mentiras sublimes
son las que transforman la realidad. La realidad inicial carece de
importancia, pero cuando se inicia una mentira así, el desenlace es
siempre el mismo. La realidad, al final, se adapta a la mentira.
Cuando se ha adaptado del todo, la mentira desaparece.
Las
mentiras siempre tienen una parte real y otra imaginaria. Caminan
sobre dos piernas. Dejan huellas en ambos mundos. A lo mejor sus ojos
no eran ciertos y aquella noche también era mentira. Sin embargo,
cuando desperté, allí estaba.
Se quedó conmigo varios
meses. Ella estudiaba por el día. Por las noches arañábamos tiempo
al sueño y me contaba sus historias. Me hablaba del Puerto
de la Luz,
“que
siempre miraba al mar”.
De los barcos de estelas blancas, perseguidos por gaviotas. Del
Teide,
allá en lo alto, “sonriendo
al valle de la Orotava”.
De las callecitas de Los
Realejos.
De la Playa
del Socorro.
De las ruinas en el acantilado, de la fábrica de agua. Me hablaba de
su familia. De su padre, “con
sus grandes bigotes y su restaurante típico”.
De su hermano Miguel,
“surfeando
a los pies de los acantilados de Taganana”.
De su madre, siempre sonriendo, que “parecía
que vivía dentro de una sonrisa”.
De su hermana Dácil,
guía turística, “la
envidia de las bellezas de la isla”.
También de las excursiones a los Gigantes.
De su gato Lucas,
“que
era como una bolita de pelo blanco, cuando se lo trajeron”.
De su abuelo, “uno
de esos ‘magos’, siempre mirando crecer su tabaco”.
De aquel restaurante perdido en el valle. De cuando en las noches de
sábado “los
magos cantaban sus isas”.
Me instruyó sobre su familia, sus amigos, sus compañeros de
colegio. Me habló de tantas cosas que los días y las noches iban
desapareciendo. Atasara
dominaba el arte de quedarse en casa.
Llegué aquel jueves de
mayo con una sorpresa en el bolsillo. No le dije nada. El viernes nos
levantamos pronto. La tomé de la mano y bajamos corriendo las
escaleras. Ella me decía entre risas: “¿A
dónde me llevas?”.
No le contesté. El taxi nos esperaba. La miraba sonriente mientras
le decía al taxista: “Al
aeropuerto, por favor”.
No me preguntó nada. Me apretó la mano con fuerza. Lo adivinaste:
“Un
fin de semana en Tenerife”.
Vuelo IB 952. Destino: Los
Rodeos.
Asientos 27A y B. Ella, ventana; yo, pasillo. “A
mí la ventana, para que no me escape”,
recuerdo que me dijo. Dos horas cuarenta y cinco minutos de vuelo.
Besos a nueve mil pies de altura.
Llegamos un día luminoso.
“Como
todos aquí”.
Otro taxi. Al taxista: “Vamos
al Puerto de la Luz, calle Simón
Bolívar
nº 18”.
A ella: “Me
he aprendido bien la lección”.
Ella: “Ya
lo veo”.
La sonrisa de Atasara
iluminaba la isla más que el sol. “Mira,
allí están los acantilados y detrás de esa colina la casa de mis
abuelos”.
Fue así todo el trayecto. El taxista nos dejó donde le habíamos
pedido. Frente a nosotros, una casa. La recordaba de sus relatos.
Atasara
llamó a la puerta sin
convicción.
Nos
abrió un gesto sorprendido. Un “¿Qué
desean?”
nos saludó. Miré a Atasara.
Ella miraba a la señora y a su gesto. La señora me miraba a mí.
Dije: “Perdone,
¿no viven aquí los señores de Martín?”.
Un “No,
señor, se ha equivocado usted de dirección”
fue la respuesta. La señora cerró, para que pudiéramos volver a
ver la puerta a solas. Entonces miré a Atasara.
La vi desamparada. Me miraba con tristeza. Ensayó una sonrisa. Supe
que era de despedida.
La vi difuminarse poco a poco. Su
imagen. Su pelo. Su mirada. Su mano levantada ensayando un adiós.
Desapareció lentamente en mi presencia. Me quedé clavado en el
sitio, viendo cómo se disipaban: el verde de sus ojos, la sonrisa de
sus ojos, la ternura de sus ojos. Al cabo, estaba allí solo. Frente
a la casa, que un día me conté que era de ella. Frente a los
recuerdos, que un día creí que eran los suyos.
No sé cuánto
estuve mirando al vacío, por donde se había marchado. Cuando
reaccioné, lo hice lentamente. Recogí la mochila. Cabizbajo, bajé
andando por la empinada cuesta. Frente a mí, el mar. Tras de mí, su
recuerdo. Su recuerdo, eco maravilloso de la soledad. Mentira
de autor no autorizada. Mentira sublime. Alucinación crónica.
FIN
viernes, 7 de noviembre de 2025
021 Mentiras y variaciones.
Al
principio no le presté atención. Se sentó junto a mí y me miraba.
Yo estaba leyendo un libro. Ya se sabe, los cafés y los libros y la
música ambiente. Los libros y tú y la música. Los libros, la
música y yo. Un círculo místico, de aquí te leo y allá me evado.
En conclusión: al
principio no le presté atención.
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