viernes, 7 de noviembre de 2025

021 Mentiras y variaciones.

Al principio no le presté atención. Se sentó junto a mí y me miraba. Yo estaba leyendo un libro. Ya se sabe, los cafés y los libros y la música ambiente. Los libros y tú y la música. Los libros, la música y yo. Un círculo místico, de aquí te leo y allá me evado. En conclusión: al principio no le presté atención.


Una voz, su voz, me sacó de la lectura. Era una de esas voces que quieren ser dulces, y lo son. Una de esas voces que reconoces en seguida como afectadas. Como de mentira. Como de no ser naturales. La voz me hizo apartar los ojos del libro. Dejé el quinto capítulo de
Cien años de soledad. Pasé directamente a la introducción, de sus ojos. Unos ojos verdes, que miraban. Eran de esos, de los que no te esperas al volver una página.

La voz había hecho una pregunta. Pero las preguntas se traspapelan cuando las hacen unos ojos así. Tuve que preguntar:
¿Perdona? Y la voz, y los ojos, me sonrieron y me volvieron a preguntar. Y yo tuve que volver a preguntar de nuevo: ¿Perdona? Un punto de desconcierto asomó al verde de sus ojos. A la tercera vez comprendí que decían: ¿Tienes fuego? Yo no, no tenía fuego. Además, no fumaba. Solo acerté a decir: “No, no tengo fuego, pero me gustaría tenerlo…”. Una respuesta idiota. Pero podía haber sido peor. Al final había logrado retener las dos últimas palabras. Las que añadían: “…para ti”.

Ella volvió a sonreír. Con la sonrisa me regaló otra pregunta: ¿Qué lees? Oí a mi voz decir: “
Cien años de soledad”. Y ella, irrepetible: “¡Ah! García Márquez es magnífico, ¿verdad?”. Y sí, García Márquez era magnífico y ahora más, que estaba ella hablándome de él. El siguiente paso fue mío: ¿Te gusta García Márquez? Ella, maestra, movió ficha y dijo: “Mi preferido es El amor en los tiempos del cólera”. Y entonces dejé de oírla y de oírme. Y mientras, proseguíamos la conversación. Se oía la voz de Nina Simone cantando “My baby just cares for me”. Pero en realidad eran sus ojos los que cantaban.

Un café después, ya sabía que se llamaba
Atasara. Que estudiaba Filología. Que tenía unos ojos preciosos. Que venía de Tenerife. Que habitaba en Moncloa. Que en el último trimestre había padecido frío y soledad. Que le gustaban Crowded House. Que tenía unos ojos preciosos. Que sabía conversar. Conocía, pues, lo imprescindible. Lo que se debe saber. El conocimiento justo para los primeros auxilios.

Dos cafés más tarde, ya me fingía estar enamorado de ella. Mentira común, con nombre propio. Mentira inocente, con iluminación indirecta. Mentira autorizada. Mentira de autor. Mentira al fin y al cabo. Las mentiras a veces vienen desarmadas. Hay que sacarlas de su envoltura y armarlas siguiendo las instrucciones. Si son mentiras de precisión, hay que poner mucho cuidado en lo que haces. Si te equivocas, te quedas sin mentira. Las mentiras buenas, las de verdad, las mejores, son las que nunca vienen solas. Las que se acompañan entre ellas. Las que, cuando las pones en circulación, te rodean, te circundan, te atrapan. Por último, están las mentiras perfectas, las que son indistinguibles de la verdad. De estas no hay muchas; por ejemplo:
cuando me finjo estar enamorado.

Fingirse estar enamorado es terrible. Si conoces el juego, sabes que no estás fingiendo en absoluto. Sabes que esa es una de esas mentiras que crean atmósfera. Incluso, aunque no te atrevas a reconocerlo, sabes que esas son del tipo de las mentiras sublimes. Las mentiras sublimes son las que transforman la realidad. La realidad inicial carece de importancia, pero cuando se inicia una mentira así, el desenlace es siempre el mismo. La realidad, al final, se adapta a la mentira. Cuando se ha adaptado del todo, la mentira desaparece.

Las mentiras siempre tienen una parte real y otra imaginaria. Caminan sobre dos piernas. Dejan huellas en ambos mundos. A lo mejor sus ojos no eran ciertos y aquella noche también era mentira. Sin embargo, cuando desperté, allí estaba.

Se quedó conmigo varios meses. Ella estudiaba por el día. Por las noches arañábamos tiempo al sueño y me contaba sus historias. Me hablaba del
Puerto de la Luz, “que siempre miraba al mar”. De los barcos de estelas blancas, perseguidos por gaviotas. Del Teide, allá en lo alto, “sonriendo al valle de la Orotava”. De las callecitas de Los Realejos. De la Playa del Socorro. De las ruinas en el acantilado, de la fábrica de agua. Me hablaba de su familia. De su padre, “con sus grandes bigotes y su restaurante típico”. De su hermano Miguel, “surfeando a los pies de los acantilados de Taganana. De su madre, siempre sonriendo, que “parecía que vivía dentro de una sonrisa”. De su hermana Dácil, guía turística, “la envidia de las bellezas de la isla”. También de las excursiones a los Gigantes. De su gato Lucas, “que era como una bolita de pelo blanco, cuando se lo trajeron”. De su abuelo, “uno de esos ‘magos’, siempre mirando crecer su tabaco”. De aquel restaurante perdido en el valle. De cuando en las noches de sábado “los magos cantaban sus isas”. Me instruyó sobre su familia, sus amigos, sus compañeros de colegio. Me habló de tantas cosas que los días y las noches iban desapareciendo. Atasara dominaba el arte de quedarse en casa.

Llegué aquel jueves de mayo con una sorpresa en el bolsillo. No le dije nada. El viernes nos levantamos pronto. La tomé de la mano y bajamos corriendo las escaleras. Ella me decía entre risas: “
¿A dónde me llevas?”. No le contesté. El taxi nos esperaba. La miraba sonriente mientras le decía al taxista: “Al aeropuerto, por favor”. No me preguntó nada. Me apretó la mano con fuerza. Lo adivinaste: “Un fin de semana en Tenerife”. Vuelo IB 952. Destino: Los Rodeos. Asientos 27A y B. Ella, ventana; yo, pasillo. “A mí la ventana, para que no me escape”, recuerdo que me dijo. Dos horas cuarenta y cinco minutos de vuelo. Besos a nueve mil pies de altura.

Llegamos un día luminoso. “
Como todos aquí”. Otro taxi. Al taxista: “Vamos al Puerto de la Luz, calle Simón Bolívar nº 18”. A ella: “Me he aprendido bien la lección”. Ella: “Ya lo veo”. La sonrisa de Atasara iluminaba la isla más que el sol. “Mira, allí están los acantilados y detrás de esa colina la casa de mis abuelos”. Fue así todo el trayecto. El taxista nos dejó donde le habíamos pedido. Frente a nosotros, una casa. La recordaba de sus relatos. Atasara llamó a la puerta sin convicción.

Nos abrió un gesto sorprendido. Un “
¿Qué desean?” nos saludó. Miré a Atasara. Ella miraba a la señora y a su gesto. La señora me miraba a mí. Dije: “Perdone, ¿no viven aquí los señores de Martín?”. Un “No, señor, se ha equivocado usted de dirección” fue la respuesta. La señora cerró, para que pudiéramos volver a ver la puerta a solas. Entonces miré a Atasara. La vi desamparada. Me miraba con tristeza. Ensayó una sonrisa. Supe que era de despedida.

La vi difuminarse poco a poco. Su imagen. Su pelo. Su mirada. Su mano levantada ensayando un adiós. Desapareció lentamente en mi presencia. Me quedé clavado en el sitio, viendo cómo se disipaban: el verde de sus ojos, la sonrisa de sus ojos, la ternura de sus ojos. Al cabo, estaba allí solo. Frente a la casa, que un día me conté que era de ella. Frente a los recuerdos, que un día creí que eran los suyos.

No sé cuánto estuve mirando al vacío, por donde se había marchado. Cuando reaccioné, lo hice lentamente. Recogí la mochila. Cabizbajo, bajé andando por la empinada cuesta. Frente a mí, el mar. Tras de mí, su recuerdo. Su recuerdo, eco maravilloso de la soledad.
Mentira de autor no autorizada. Mentira sublime. Alucinación crónica.

FIN


 
 

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