viernes, 21 de noviembre de 2025

022 La Huida.

Me volviste la espalda, como haces siempre, y pienso en lo que significa “ser esquiva”. Anochece. Al final de la calle, alguien ha encendido un tocadiscos. Suena una rumba. No sé quién la canta. Bajo tras de ti por la calle empedrada. Suenan gritos dentro de una casa. Gritos que dicen: “Antonio, teléfono”. Así son las frases que oímos, rotas en el recuerdo y en el origen. Seguimos andando. Las calles se van haciendo con cada paso.


Oigo distinto el taconeo. Llevas zapatos de tacón alto. Pienso:
¿Cómo caminará por entre estas piedras? Solo se me ocurre una explicación: “Tus pies son martillos de fragua que tornean el empedrado”. La calle no es así, tú la vas fraguando delante de mí. Alzo los ojos y veo la luna. Una ráfaga de aire cálido me da en el cuello. Siento un escalofrío; es un instante. Vuelvo a oír tus tacones. Miro hacia delante. Tu vestido de noche y tu chal se confunden con la oscuridad. Vuelvo a pensar: “Tienes un vestido hecho de noche, pero toda tú eres nube”.

Las nubes que suben, para alcanzar el cielo, unas llegan y otras… se quedan. Tú eres de las que se van, pero se quedan. Acabáis yéndoos por los vericuetos de la vida. Jugáis a ser inalcanzables. Os divierte vernos detrás de vosotras. Por eso miráis de reojo, en las noches de huida como esta, agarradas a vuestro bolso de piel negra, separándoos imperceptiblemente el mechón de pelo que os impide vernos persiguiéndoos.
Coquetería sutil de medianoche.

De pronto, un reloj da las doce. Pero no las da, solo nos las presta. Por un momento mágico todo se detiene. Se detiene tu paso, a un milímetro del suelo. Se detiene tu mano, camino de tu mechón. Se detiene tu mirada, camino de la mía. Solo yo decido que me muevo, y me muevo. Llego hasta ti y pienso:
es un espejismo, un sueño, y este es el final. Pero me equivoco: no hay finales previsibles, tampoco sintaxis que no duela.

Te miro a los ojos, que miran sin ver, camino, como estaban, de los míos. Me detengo a tu lado; acaricio con la mirada tus aristas: las de tu talle, las de tu perfil, las de tu traje. Veo tu collar y el destello verde esmeralda de tus ojos. Respiro hondo y huelo tu pelo y tu perfume:
Eau D'Orland (o como se escriba, que los perfumes no son para escribir, son para oler). Te miro una vez más, más lentamente. Veo tu pelo descansando en el aire. Veo tu mano detenida en el aire. Veo tu sonrisa naciendo en el aire. Y allí, en el jardín de tu belleza, pienso: Por fin la he alcanzado.

Y de pronto te mueves, y te quedas parada, esta vez por la sorpresa. Verte a mi lado, sin saber cómo, te desconcierta. Te sonrío. Sonreír da tranquilidad a quien recibe la sonrisa. Te digo, por decir algo, “
Hola”, y tú respondes con un “Hola…”, titubeante, desconcertada. Un “Hola” que encierra preguntas: ¿cómo ha sido?, ¿qué ha pasado? Preguntas que no puedo contestarte porque sé las respuestas. No se le puede decir a nadie la verdad. Que te venía siguiendo. Que sabía que tú lo sabías. Que se ha detenido el tiempo. Que te he alcanzado y que, además de todo eso, hay otras cosas que me callo. Como que te he visto de cerca. Que te he acariciado con la mirada. Que te he memorizado para mi recuerdo, así: con la sonrisa entreabierta, el paso detenido, la mano hacia el pelo y un pensamiento… puesto en mí.

Eso ya sería excesivo.
¿Cómo iba a decirte esas cosas? No se puede, no se entendería. Solo entenderías una cosa: se ha vuelto loco. Y volverías a tratar de poner tierra por medio. Por eso no te hablo de la mística, ni de las doce campanadas, ni del mes de julio, cuando estuve a tu lado. Por eso me limito a decirte “hola” y sonreír, para darte la oportunidad de sonreír a tu vez y reponerte. “Tiene Vd. unos ojos preciosos, vistos de cerca más. Perdone que se lo diga, pero es que no puedo hacer otra cosa”. Al final sonríes, lo hacen todas, y te retiras un poco, lo justo, tres o cuatro milímetros, para mejor reparar en mí.

No sé lo que ves, pero sé que, si te agrada, huirás. Por eso me apresuro a hechizarte con otra frase: “
En la foto estoy mejor”. Aquí sonríes abiertamente y sé que te has olvidado del resultado de tu examen. Hoy no, esta noche no me examinas. Además, no hay luz y es muy tarde. Esa película la repondrán mañana. Hoy es de noche. Estamos en San Juan, huele a mar y a olas y no estoy yo para que me examines y huyas. Por eso te digo: “Si hubiera un bar cerca, seguro que le puedo encontrar un taxi”. Sabes que es mentira, ya no hay taxis en todo Puerto Rico, pero me dices: “Seguro, ¿cómo se llama?”. Yo te digo un nombre que es el mío, pero que es falso: “Antonio” te contesto, y tú me dices otro nombre, que no es el tuyo pero que no es falso: “Carmen”, me dices. Maquinalmente nos damos la mano, mirándonos a los ojos, y todos estamos tan... felices.

Tomamos por la próxima esquina, porque es una de las reglas:
hay que huir del lugar del primer contacto. Cuanto más te alejes, más cerca parecerás de ella. Más amable. Más lejano de los hechos. No solo es la distancia espacial la que cuenta. Lo que caminemos juntos se convierte en “tiempo de habernos conocido”. Si te alejas bastante del lugar de las primeras palabras, pasas a ser un “viejo amigo”. Alguien en quien confiar.

Luego, margarita en mano, sentados en sillones de mimbre, mientras un merengue se escucha en el altavoz. Habla de mulatas y caderas y noches de sol y jungla. Te pregunto por ti y por tu estirpe. Me das respuestas adecuadas. Pero yo no busco respuestas adecuadas. Porque yo, y ya lo sabes,
te estoy buscando a ti.

Vuelan las sonrisas con las frases del merengue y te hablo de mi llegada y de que ha sido en un barco, porque nunca te diré que soy de otro planeta y he venido sobre una flecha del espacio. No te lo diré nunca porque, aunque es verdad, no es cierto. “
Las costumbres pasan, pero las locuras quedan”. Veo tu pelo flotando en la corriente del ventilador y te digo: “Dame una torta porque te voy a besar”. Sonríes, esta vez francamente, y no me dices nada, y yo no pregunto si “puedo”. Te doy un beso largo y dulce, como aquellos que nos dábamos antes de conocernos. Te recuestas absurdamente contra el respaldo. Mientras, tu falda se retira de tus piernas. Haces un mohín, como de desperezo, y entornas los ojos, y miras al techo.

Los dos sabemos que sobre el techo hay una cama, y una habitación, y un frigorífico, y un teléfono. Un gesto, un ademán, y el camarero viene. Nos hace esos papeles que hay que hacer y que firmar. Subimos cogidos de la mano, “
para que no sepamos quién llevó a quién”. Nos metemos entre sábanas blancas, aromas de merengue y noche tropical. Te vuelvo a besar y me señalas el teléfono. Descuelgo y marco un número al azar. Tardan en ponerse. Alguien coge el teléfono y digo: “Hoy Carmen no irá a dormir”. Cuelgo y me vuelvo hacia ti y te pido instrucciones: ¿qué hacer?

Tú bostezas y te desperezas y me preguntas si hay más cachaça en el frigorífico. Te digo que sí, pero no la tomamos, era solo una pregunta retórica. Sé que no te puede gustar la cachaça, como tú sabes que no puede haber cachaça en el hotel. Lo sabemos, por eso jugamos largo la partida. Adivinamos bien, y el juego se prolonga. Se prolonga tanto que necesitamos más tiempo y robamos las pilas a los relojes para que, detenidos, no nos molesten. Cuando se para la máquina del tiempo, este no huye, no se termina, no nos provoca ansiedad ni nos empuja.


Entonces, las cosas son más delicadas. Tienes un tiempo para gastar, para dilapidar. Ya no está tasada la hora en sesenta minutos. Ya no está limitado el día a veinticuatro horas. Podemos jugar más y mejor, sin ser vistos. Como si estuviéramos perdidos, subidos a una rama del universo. Aquí están los nidos de los relojes viejos que no funcionan y las camas eternas, interminables. Así son estas cosas del tiempo y del amor, que, cuando uno existe, el otro desaparece. Un principio de certidumbre aún no descubierto. Tendrán que descubrirlo los mortales.

Y tú, en el fondo, sabes que quieres vestirte de mí, como yo de ti. Saber lo que se quiere es el primer paso para saborear lo que el otro desea. Para ponerse a ser el otro, para gastar vida y deseo. Fuera, el mundo no entiende de estas cosas y prosigue su marcha sin nosotros. No saben que ya no estamos entre ellos, que hemos huido donde ya no existen. Si lo supieran, algún día tratarían de vengarse.

“¿Por qué no? San Juan es solo un pedacito del mundo.” J.C.

FIN


 
 

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