Oigo
distinto el taconeo. Llevas zapatos de tacón alto. Pienso: ¿Cómo
caminará por entre estas piedras?
Solo se me ocurre una explicación: “Tus
pies son martillos de fragua que tornean el empedrado”.
La calle no es así, tú la vas fraguando delante de mí. Alzo los
ojos y veo la luna. Una ráfaga de aire cálido me da en el cuello.
Siento un escalofrío; es un instante. Vuelvo a oír tus tacones.
Miro hacia delante. Tu vestido de noche y tu chal se confunden con la
oscuridad. Vuelvo a pensar: “Tienes
un vestido hecho de noche, pero toda tú eres nube”.
Las
nubes que suben, para alcanzar el cielo, unas llegan y otras… se
quedan. Tú eres de las que se van, pero se quedan. Acabáis yéndoos
por los vericuetos de la vida. Jugáis a ser inalcanzables. Os
divierte vernos detrás de vosotras. Por eso miráis de reojo, en las
noches de huida como esta, agarradas a vuestro bolso de piel negra,
separándoos imperceptiblemente el mechón de pelo que os impide
vernos persiguiéndoos.
Coquetería sutil de medianoche.
De
pronto, un reloj da las doce. Pero no las da, solo nos las presta.
Por un momento mágico todo se detiene. Se detiene tu paso, a un
milímetro del suelo. Se detiene tu mano, camino de tu mechón. Se
detiene tu mirada, camino de la mía. Solo yo decido que me muevo, y
me muevo. Llego hasta ti y pienso: es
un espejismo, un sueño, y este es el final.
Pero me equivoco: no hay finales previsibles, tampoco sintaxis que no
duela.
Te miro a los ojos, que miran sin ver, camino, como
estaban, de los míos. Me detengo a tu lado; acaricio con la mirada
tus aristas: las de tu talle, las de tu perfil, las de tu traje. Veo
tu collar y el destello verde esmeralda de tus ojos. Respiro hondo y
huelo tu pelo y tu perfume: Eau
D'Orland (o
como se escriba, que los perfumes no son para escribir, son para
oler). Te miro una vez más, más lentamente. Veo tu pelo descansando
en el aire. Veo tu mano detenida en el aire. Veo tu sonrisa naciendo
en el aire. Y allí, en el jardín de tu belleza, pienso: Por
fin la he alcanzado.
Y
de pronto te mueves, y te quedas parada, esta vez por la sorpresa.
Verte a mi lado, sin saber cómo, te desconcierta. Te sonrío.
Sonreír da tranquilidad a quien recibe la sonrisa. Te digo, por
decir algo, “Hola”,
y tú respondes con un “Hola…”,
titubeante, desconcertada. Un “Hola”
que encierra preguntas: ¿cómo
ha sido?, ¿qué ha pasado?
Preguntas que no puedo contestarte porque sé las respuestas. No se
le puede decir a nadie la verdad. Que
te venía siguiendo. Que sabía que tú lo sabías. Que se ha
detenido el tiempo. Que te he alcanzado y que, además de todo eso,
hay otras cosas que me callo. Como que te he visto de cerca. Que te
he acariciado con la mirada. Que te he memorizado para mi recuerdo,
así: con la sonrisa entreabierta, el paso detenido, la mano hacia el
pelo y un pensamiento… puesto en mí.
Eso
ya sería excesivo. ¿Cómo
iba a decirte esas cosas?
No se puede, no se entendería. Solo entenderías una cosa: se ha
vuelto loco. Y volverías a tratar de poner tierra por medio. Por eso
no te hablo de la mística, ni de las doce campanadas, ni del mes de
julio, cuando estuve a tu lado. Por eso me limito a decirte “hola”
y sonreír, para darte la oportunidad de sonreír a tu vez y
reponerte. “Tiene
Vd. unos ojos preciosos, vistos de cerca más. Perdone que se lo
diga, pero es que no puedo hacer otra cosa”.
Al final sonríes, lo hacen todas, y te retiras un poco, lo justo,
tres o cuatro milímetros, para mejor reparar en mí.
No sé
lo que ves, pero sé que, si te agrada, huirás. Por eso me apresuro
a hechizarte con otra frase: “En
la foto estoy mejor”.
Aquí sonríes abiertamente y sé que te has olvidado del resultado
de tu examen. Hoy no, esta noche no me examinas. Además, no hay luz
y es muy tarde. Esa película la repondrán mañana. Hoy es de noche.
Estamos en San
Juan,
huele a mar y a olas y no estoy yo para que me examines y huyas. Por
eso te digo: “Si
hubiera un bar cerca, seguro que le puedo encontrar un taxi”.
Sabes que es mentira, ya no hay taxis en todo Puerto
Rico,
pero me dices: “Seguro,
¿cómo se llama?”.
Yo te digo un nombre que es el mío, pero que es falso: “Antonio”
te contesto, y tú me dices otro nombre, que no es el tuyo pero que
no es falso: “Carmen”,
me dices. Maquinalmente
nos damos la mano, mirándonos a los ojos, y todos estamos tan...
felices.
Tomamos
por la próxima esquina, porque es una de las reglas: hay
que huir del lugar del primer contacto.
Cuanto más te alejes, más cerca parecerás de ella. Más amable.
Más lejano de los hechos. No solo es la distancia espacial la que
cuenta. Lo que caminemos juntos se convierte en “tiempo
de habernos conocido”.
Si te alejas bastante del lugar de las primeras palabras, pasas a ser
un “viejo
amigo”.
Alguien en quien confiar.
Luego, margarita en mano, sentados
en sillones de mimbre, mientras un merengue se escucha en el altavoz.
Habla de mulatas y caderas y noches de sol y jungla. Te pregunto por
ti y por tu estirpe. Me das respuestas adecuadas. Pero yo no busco
respuestas adecuadas. Porque yo, y ya lo sabes, te
estoy buscando a ti.
Vuelan
las sonrisas con las frases del merengue y te hablo de mi llegada y
de que ha sido en un barco, porque nunca te diré que soy de otro
planeta y he venido sobre una flecha del espacio. No te lo diré
nunca porque, aunque es verdad, no es cierto. “Las
costumbres pasan, pero las locuras quedan”.
Veo tu pelo flotando en la corriente del ventilador y te digo: “Dame
una torta porque te voy a besar”.
Sonríes, esta vez francamente, y no me dices nada, y yo no pregunto
si “puedo”.
Te doy un beso largo y dulce, como aquellos que nos dábamos antes de
conocernos. Te recuestas absurdamente contra el respaldo. Mientras,
tu falda se retira de tus piernas. Haces un mohín, como de
desperezo, y entornas los ojos, y miras al techo.
Los dos
sabemos que sobre el techo hay una cama, y una habitación, y un
frigorífico, y un teléfono. Un gesto, un ademán, y el camarero
viene. Nos hace esos papeles que hay que hacer y que firmar. Subimos
cogidos de la mano, “para
que no sepamos quién llevó a quién”.
Nos metemos entre sábanas blancas, aromas de merengue y noche
tropical. Te vuelvo a besar y me señalas el teléfono. Descuelgo y
marco un número al azar. Tardan en ponerse. Alguien coge el teléfono
y digo: “Hoy
Carmen
no irá a dormir”.
Cuelgo y me vuelvo hacia ti y te pido instrucciones: ¿qué
hacer?
Tú
bostezas y te desperezas y me preguntas si hay más cachaça en el
frigorífico. Te digo que sí, pero no la tomamos, era solo una
pregunta retórica. Sé que no te puede gustar la cachaça, como tú
sabes que no puede haber cachaça en el hotel. Lo sabemos, por eso
jugamos largo la partida. Adivinamos bien, y el juego se prolonga. Se
prolonga tanto que necesitamos más tiempo y robamos las pilas a los
relojes para que, detenidos, no nos molesten. Cuando se para la
máquina del tiempo, este no huye, no se termina, no nos provoca
ansiedad ni nos empuja.
Entonces, las cosas son más
delicadas. Tienes un tiempo para gastar, para dilapidar. Ya no está
tasada la hora en sesenta minutos. Ya no está limitado el día a
veinticuatro horas. Podemos jugar más y mejor, sin ser vistos. Como
si estuviéramos perdidos, subidos a una rama del universo. Aquí
están los nidos de los relojes viejos que no funcionan y las camas
eternas, interminables. Así son estas cosas del tiempo y del amor,
que, cuando uno existe, el otro desaparece. Un principio de
certidumbre aún no descubierto. Tendrán que descubrirlo los
mortales.
Y tú, en el fondo, sabes que quieres vestirte de
mí, como yo de ti. Saber lo que se quiere es el primer paso para
saborear lo que el otro desea. Para ponerse a ser el otro, para
gastar vida y deseo. Fuera, el mundo no entiende de estas cosas y
prosigue su marcha sin nosotros. No saben que ya no estamos entre
ellos, que hemos huido donde ya no existen. Si lo supieran, algún
día tratarían de vengarse.
“¿Por qué no? San Juan es
solo un pedacito del mundo.” J.C.
FIN
viernes, 21 de noviembre de 2025
022 La Huida.
Me
volviste la espalda, como haces siempre, y pienso en lo que significa
“ser
esquiva”.
Anochece. Al final de la calle, alguien ha encendido un tocadiscos.
Suena una rumba. No sé quién la canta. Bajo tras de ti por la calle
empedrada. Suenan gritos dentro de una casa. Gritos que dicen:
“Antonio,
teléfono”.
Así son las frases que oímos, rotas en el recuerdo y en el origen.
Seguimos andando. Las calles se van haciendo con cada paso.
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