Soy
un guardián. El jefe de los guardias, del orgulloso palacio de la
casa Tokugawa,
en la altanera ciudad de Kioto.
Las imponentes murallas velan el sueño de mi señor. Nosotros somos
los oídos de las murallas, los ojos de las aguas de los fosos, la
presencia invisible que defiende el descanso de nuestro
señor.
Vigilar
es una tarea difícil, una grave responsabilidad. Velar no está al
alcance de cualquiera. Deslizarse en la noche requiere práctica. Mi
señor ha de descansar, rodeado de suelos de jilguero, lejos de la
entrada, cerca de la salida. Porque los asesinos no duermen, porque
la muerte no descansa.
Mi
señor es poderoso. Todos los poderosos tienen muchos enemigos. La
razón es algo que no alcanzo a averiguar. Mi trabajo no consiste en
averiguar cosas, sino en estar donde se me necesita.
Nací
junto a una katana rota, a los pies del Buda
de las Diez Mil Alabanzas.
Los signos que leyeron los augures me destinaron a servir a la
espada. La espada es el pincel con el que se dibujan alas a la
muerte. Para mí fue la sombra de mi mano, la extensión de mi brazo,
un viento de invierno entre mis dedos.
En
el templo Kinkaku-ji,
el refugio de la sabiduría, encontré el camino de la espada. La
espada me encontró a mí. Sobreviví a la muerte en mi infancia. A
mis dieciséis años, me quiso la fortuna.
Aquel
día mi cuerpo se interpuso entre una flecha y el hijo de mi señor.
Fui recompensado y entré a servir entre los samuráis de su guardia
personal, de la que hoy soy jefe.
Algunos
dicen que mi trabajo es matar. Pero esa es la simple tarea de un
verdugo. Matar tan solo es indigno de un vigilante. Porque un
guardián ha de estar tan dispuesto a morir como a matar. Un verdugo
ni siquiera puede comprender esa diferencia. Un verdugo mata y
siempre hay algo que coincide después: ese algo es que él, el
verdugo, continúa vivo. Matar sin riesgo es la tarea de un verdugo o
de un ronin, no la de un samurái, jefe de samuráis.
Hasta
hoy, siempre he matado. He evitado los aceros de los enemigos de mi
señor. Hasta hoy, he mirado a los ojos de la muerte con frialdad.
Hasta hoy, he continuado vivo. El arte de la espada es la inspiración
que da a unos la vida y a otros se la quita. El arte de la espada es
como el tañido del koto
en un atardecer de otoño, entre las hojas que caen con cada nota. El
arte de la espada siega las vidas de los enemigos, como los
campesinos siegan el arroz en el estío. El arte de la espada es como
la caligrafía, como escribir un kanji,
como el signo del corazón, con sus gotas de sangre rebosando.
El
samurái se debe a su señor. Su honor es vivir por él y morir con
él. Sin embargo, en la era Meiji,
la vida parece en verdad más fácil. Quizás porque las ordenanzas
militares son compartidas por el pueblo. Tal vez porque saberlas de
memoria y tener que meditarlas todos los días llena de paz las
calles y los corazones.
Las
quinientas palabras. Las mismas que se leían una vez al año frente
a todos los notables. Las mismas quinientas palabras que él, el
guardián, se repetía todas las noches, antes de dormir las dos
horas previas a su guardia.
Aquel
año, el que los diablos extranjeros llamaban 1898, en el festival de
otoño, él, el guardián, recibió el inmenso honor y el grave
encargo de leer en público las ordenanzas.
El
orgullo es difícil de dominar. Cuando uno no domina al orgullo, es
dominado por él. Pero ¡recibir el encargo de la lectura! Era un
honor tan alto que el vértigo siempre se apoderaba del
elegido.
Llegó
el día. Khoburo
Ae,
ante los señores y los notables, se dispuso a leer los pliegos de
papel de seda donde estaba inscrita la última sabiduría de Japón.
El lector se dirigió con pasos cortos y ligeros hacia la mesa baja
sobre el estrado, al fondo del norte del pabellón. Se arrodilló en
dos tiempos, al compás de la etiqueta. A su entrada cesaron los
sonidos, se interrumpieron las respiraciones.
La
voz de Khoburo
Ae resonó
sobre las cabezas de los notables. Un profundo sol mayor se asomó a
sus labios cuando leyó la primera frase. Al continuar, parecía que
las olas y su reflujo invadían la sala. La vibración sonora de su
voz, partiendo del tan
tien,
combinaba con facilidad el yin
con el yang.
Una maestría no menos sorprendente por saberse esperada. Y entonces,
ocurrió.
Khoburo
Ae,
el de la espada viviente, el guardián de la voz prodigiosa, el
honorable jefe de la guardia, perdió su honor: se equivocó al leer
las últimas frases.
Toda
la vergüenza del mundo fue a parar al corazón de
Khoburo Ae.
No pensaba en su vida, pensaba en la vergüenza de haber sido
invitado y no haber estado a la altura. Khoburo
Ae
se supo merecedor de diez mil muertes. Pero Khoburo
Ae
sabía cuál era su obligación.
Parsimoniosamente
se desanudó el kimono,
dejó su vientre al descubierto y cometió seppuku.
La sangre tiñó el kimono.
Su mirada continuó firme hasta el último desvanecimiento. No hizo
falta que la katana,
dispuesta sobre sus hombros, cortara su cabeza. Khoburo
Ae
murió sin lanzar un gemido.
Una
gran rosa roja fue pasando de su kimono al tatami.
Los
invitados juzgaron el suicidio. Lo encontraron adecuado, perfecta su
ejecución, clásica su estética, impecable su desarrollo. Fue tan
correcto que muchos evitaron referirse al incidente y solo hicieron
comentarios al seppuku.
Hasta
aquí, lo que los testigos vieron y a mí me contaron.
FIN

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