domingo, 21 de diciembre de 2025

024 Khoburo Ae.

Soy un guardián. El jefe de los guardias, del orgulloso palacio de la casa Tokugawa, en la altanera ciudad de Kioto. Las imponentes murallas velan el sueño de mi señor. Nosotros somos los oídos de las murallas, los ojos de las aguas de los fosos, la presencia invisible que defiende el descanso de nuestro señor.



Vigilar es una tarea difícil, una grave responsabilidad. Velar no está al alcance de cualquiera. Deslizarse en la noche requiere práctica. Mi señor ha de descansar, rodeado de suelos de jilguero, lejos de la entrada, cerca de la salida. Porque los asesinos no duermen, porque la muerte no descansa.

Mi señor es poderoso. Todos los poderosos tienen muchos enemigos. La razón es algo que no alcanzo a averiguar. Mi trabajo no consiste en averiguar cosas, sino en estar donde se me necesita.

Nací junto a una katana rota, a los pies del Buda de las Diez Mil Alabanzas. Los signos que leyeron los augures me destinaron a servir a la espada. La espada es el pincel con el que se dibujan alas a la muerte. Para mí fue la sombra de mi mano, la extensión de mi brazo, un viento de invierno entre mis dedos.

En el templo Kinkaku-ji, el refugio de la sabiduría, encontré el camino de la espada. La espada me encontró a mí. Sobreviví a la muerte en mi infancia. A mis dieciséis años, me quiso la fortuna.

Aquel día mi cuerpo se interpuso entre una flecha y el hijo de mi señor. Fui recompensado y entré a servir entre los samuráis de su guardia personal, de la que hoy soy jefe.

Algunos dicen que mi trabajo es matar. Pero esa es la simple tarea de un verdugo. Matar tan solo es indigno de un vigilante. Porque un guardián ha de estar tan dispuesto a morir como a matar. Un verdugo ni siquiera puede comprender esa diferencia. Un verdugo mata y siempre hay algo que coincide después: ese algo es que él, el verdugo, continúa vivo. Matar sin riesgo es la tarea de un verdugo o de un ronin, no la de un samurái, jefe de samuráis.

Hasta hoy, siempre he matado. He evitado los aceros de los enemigos de mi señor. Hasta hoy, he mirado a los ojos de la muerte con frialdad. Hasta hoy, he continuado vivo. El arte de la espada es la inspiración que da a unos la vida y a otros se la quita. El arte de la espada es como el tañido del koto en un atardecer de otoño, entre las hojas que caen con cada nota. El arte de la espada siega las vidas de los enemigos, como los campesinos siegan el arroz en el estío. El arte de la espada es como la caligrafía, como escribir un kanji, como el signo del corazón, con sus gotas de sangre rebosando.

El samurái se debe a su señor. Su honor es vivir por él y morir con él. Sin embargo, en la era Meiji, la vida parece en verdad más fácil. Quizás porque las ordenanzas militares son compartidas por el pueblo. Tal vez porque saberlas de memoria y tener que meditarlas todos los días llena de paz las calles y los corazones.

Las quinientas palabras. Las mismas que se leían una vez al año frente a todos los notables. Las mismas quinientas palabras que él, el guardián, se repetía todas las noches, antes de dormir las dos horas previas a su guardia.

Aquel año, el que los diablos extranjeros llamaban 1898, en el festival de otoño, él, el guardián, recibió el inmenso honor y el grave encargo de leer en público las ordenanzas.

El orgullo es difícil de dominar. Cuando uno no domina al orgullo, es dominado por él. Pero ¡recibir el encargo de la lectura! Era un honor tan alto que el vértigo siempre se apoderaba del elegido.

Llegó el día. Khoburo Ae, ante los señores y los notables, se dispuso a leer los pliegos de papel de seda donde estaba inscrita la última sabiduría de Japón. El lector se dirigió con pasos cortos y ligeros hacia la mesa baja sobre el estrado, al fondo del norte del pabellón. Se arrodilló en dos tiempos, al compás de la etiqueta. A su entrada cesaron los sonidos, se interrumpieron las respiraciones.

La voz de Khoburo Ae resonó sobre las cabezas de los notables. Un profundo sol mayor se asomó a sus labios cuando leyó la primera frase. Al continuar, parecía que las olas y su reflujo invadían la sala. La vibración sonora de su voz, partiendo del tan tien, combinaba con facilidad el yin con el yang. Una maestría no menos sorprendente por saberse esperada. Y entonces, ocurrió.

Khoburo Ae, el de la espada viviente, el guardián de la voz prodigiosa, el honorable jefe de la guardia, perdió su honor: se equivocó al leer las últimas frases.

Toda la vergüenza del mundo fue a parar al corazón de Khoburo Ae. No pensaba en su vida, pensaba en la vergüenza de haber sido invitado y no haber estado a la altura. Khoburo Ae se supo merecedor de diez mil muertes. Pero Khoburo Ae sabía cuál era su obligación.

Parsimoniosamente se desanudó el kimono, dejó su vientre al descubierto y cometió seppuku. La sangre tiñó el kimono. Su mirada continuó firme hasta el último desvanecimiento. No hizo falta que la katana, dispuesta sobre sus hombros, cortara su cabeza. Khoburo Ae murió sin lanzar un gemido.

Una gran rosa roja fue pasando de su kimono al tatami.

Los invitados juzgaron el suicidio. Lo encontraron adecuado, perfecta su ejecución, clásica su estética, impecable su desarrollo. Fue tan correcto que muchos evitaron referirse al incidente y solo hicieron comentarios al seppuku.

Hasta aquí, lo que los testigos vieron y a mí me contaron.

FIN



Idea tomada del jardín del palacio de Tokukawua en Kyoto. Marzo 2001



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