miércoles, 7 de enero de 2026

025 Río Perlas.

La Dama se quitó el guante. Apareció una manita fina y blanca, con el dorso surcado de líneas azules y tenues. Nos ofreció la mano, como para besarla, pero no supimos reaccionar a tiempo. Nos había dejado petrificados aquella mano blanca.



Veníamos de la selva y en la selva no hay señoras; menos aún guantes y manos blancas enguantadas. La Dama sonrió y nos preguntó algo:
si veníamos de muy lejos, y entonces Solbes, el portugués, le enseñó una esmeralda. Verde, como los ojos de la Dama. Brillante, como las hojas de la palmera.

Ella la tomó entre sus dedos y la piedra pareció querer brillar más a su contacto.
Solbes, entonces supimos su locura, le dijo: “Quédese con ella”, y la Señora, despacio, mirándole fijamente, se llevó la piedra a los labios y la besó, lenta y espaciosamente, sin quitar sus ojos de los de Solbes.

Solbes comenzó a gemir imperceptiblemente, le acometió una sonrisa. Un temblor le recorrió el cuerpo. Luego, en pocos segundos, se convirtió en agua. Dejó un charco de andrajos mojados sobre el suelo.

La Dama guardó en su bolso la esmeralda y nos dedicó otra sonrisa. Nos hizo estremecer, pensar que íbamos a ser los próximos convertidos en río. Un leve ademán y los tres nos apresuramos a seguirla. Por el camino todos nos miraban con curiosidad. Debíamos de parecer sus esclavos, unos esclavos llegados de la selva a punto de desaparecer por una orden suya, o a punto de hacer algo irremediable.

La seguimos hasta el zaguán de su casa. En el suelo de madera se adivinaban las pisadas de la Señora, como si hubiera extendido en círculo sus encantos y, con su pie desnudo, hubiera impuesto una frontera mágica, invisible y real. Detrás de esa frontera era como estar protegido por un muro.

Todo silencio y quietud. Todo felicidad. Todo lejanía. Depositamos las esmeraldas en una mesa y les propusimos formas; líneas verdes primero. Las dispusimos en filas de igual longitud. Luego,
Machado desvió una de las líneas y formó una ene. Después fuimos nosotros y sugerimos nuestros nombres en siglas verdes y esmeraldas.

No sé por qué, pero nos fascinaba aquel juego. Tal vez estuvimos jugando varias horas o varios días. Cuando nos quisimos dar cuenta, el horizonte amanecía y la Señora nos miraba desde el otro lado de la ventana. Vestía un camisón de seda cruda. Con el cepillo se acariciaba la cascada negra de su cabello. Una esclava dravídica, respetuosamente alejada tres pasos a su derecha, completaba lo que veíamos desde la ventana. En ese momento miramos a las esmeraldas. La última palabra que habían formado encima de la mesa decía:
Felicidad.

La Señora se abrigó del relente con un abrigo, cubriéndose los hombros. Salió a la luz del amanecer. Se sentó en una silla de madera blanca, ante un desayuno de café y rosquillas. Mientras, nos invitaba con la mano a sentarnos a su lado. Lo hicimos y el café, las rosquillas y la compañía fueron lo mejor que podíamos recordar de los diez años anteriores. Habló la Señora, y fue para preguntar: “
¿De dónde vienen ustedes?”.

Todos quisimos haber contestado, pero ninguno pudimos hablar de la emoción.
Jorge fue el primero en reponerse y le dijo: “Venimos de Río Perlas”.

Y entonces la Señora nos comenzó a instruir en la verdadera historia, la que no se cuenta. La que sabe y se calla la selva.

“El Río Perlas se llama así porque las tribus de la torrentera llevan a las más bellas de sus hijas a bañar a la luz de la luna. De esos baños de agua y luz adquieren las niñas el sabor y el color de aquel astro. Cuando ya son suficientemente blancas, cuando ya irradian el resplandor plateado, cuando se ven luminosas, como Sita, la mujer de Rama, entonces la diosa de los bosques las convierte en perlas y las oculta en el fondo del río.

Quedan escondidas hasta que un gran guerrero las descubre, las desposa y se las lleva a su palacio. Entretanto estarán a salvo allí, entre las arenas y las aguas. Porque cuando se crea una perla nueva también se están creando un príncipe guerrero, un palacio y unos hijos de piel blanca para que puedan contar las historias y la luna triunfe en su blancura”.

Un perfume, como de sándalo, me distrajo del hechizo y entonces vi a
Jorge, o lo que quedaba de Jorge: un humo azul que olía a sándalo, que se elevaba del lugar en el que Jorge había estado y en el que permanecían los harapos que fueron su ropa.

La Señora continuó diciendo:
“La casta de los guerreros, los adoradores de Kali, tienen por costumbre, en las noches de luna, visitar los ríos en busca de perlas. Si las encuentran, razonan, también sabrán encontrar su reino y su palacio, donde llevarán a la perla niña, que será su reina. Pero lo que los hombres de la espada no saben es cuál es el río que verdaderamente se llama Río Perlas.

Por eso suelen buscar en vano y la mayoría muere en los combates antes de ser príncipes y tener palacio o reinas. Por eso, saben los sabios, que no hay que buscar donde no se encuentra. Y los más sabios evitan tanto los ríos de las perlas como los campos de batalla. Y suelen contar que hay más de los últimos que de los primeros”.

También os he de instruir sobre los zafiros, las esmeraldas y los rubíes.

“Cuando son grandes y hermosos, se convierten en doncellas para sus poseedores. A quienes poseen riquezas hechas de piedras preciosas, nunca les faltará un regazo con forma de mujer para entibiar sus noches de invierno. Porque la magia de las piedras va más allá de la realidad y, cuando son grandes, son suficientes y crean compañía de la nada. Por eso los buscadores de esmeraldas han de tener cuidado con sus deseos, porque puede aparecer la felicidad en cualquier esquina y de cualquier manera inesperada
”.

Entonces
Machado se había vuelto ya aroma y ceniza, y tampoco estaba a mi lado. Ahora solamente estábamos los dos. Y ella no me miraba, porque miraba hacia lo lejos, hacia la historia que me estaba contando. Y yo miraba a sus labios, que era de donde brotaban las historias.

“La felicidad —continuó—, a veces hay que buscarla en los cementerios, porque los hombres matan a la felicidad para apoderarse de sus propias miserias. Se aferran a sus posesiones tan fuertemente que estrangulan a la felicidad con sus propias manos y aun con las ajenas. Dicen a sus sirvientes: ‘¡Matadla!’, y sus sirvientes la entierran donde su amo ya no puede verla y la felicidad vive en armonía, pero muerta. En rincones donde ningún hombre la ve y solo los dichosos la adivinan”.

Acabó esta historia y me extrañé de no haber desaparecido. La Dama pareció saber lo que pensaba y prosiguió con otra historia.

“Has venido de la selva y te acompañaban tres viajeros. Ahora te has liberado de ellos. Ahora ellos descansan en paz de su codicia. Tus compañeros no se llamaban ni Jorge, ni Solbes, ni Machado. Eran tres almas muertas, ignorantes y asesinas. Te perseguían en busca de un botín que les negabas. Tú has encontrado las esmeraldas, solamente a ti te corresponde su luz verde.

Los espíritus de los diablos muertos se apoderan de los recuerdos de los solitarios. Se visten con cuerpos y nombres que vivieron en tu pasado. Así disfrazados, nadie les extraña, nadie les rechaza, se dejan acompañar de ellos y les llaman sus amigos. Y ellos van a su lado hasta que pueden asaltarle y devorarle el alma y los tesoros, de luz y piedra, de su bolsa. Por eso solo los extranjeros ignorantes recogen las piedras preciosas del Río Perlas y regresan, acompañados, de la selva a la que fueron solos”.

Regresé, de tres saltos en el espacio y en el tiempo: primero de
Kerala a Delhi; luego de Delhi a Ámsterdam; después de Ámsterdam a Madrid. Traje conmigo una bolsa con esmeraldas que encontré en un río que creo se llamaba Río Perlas. En ellas venía mi futuro.


Hoy habito en una mansión, junto a una mujer de piel blanca, pelo negro y ojos verdes iluminados. Se llama
María y nunca conoció la India. Yo a ella sí la conocí en la India, mientras me ofrecía historias e incienso en una casa amplia de madera. Cuando me salvaba de los diablos —hoy lo sé—, lo hacía para ella misma. A veces creo que lo soñé, mientras que otras veces presumo que lo que sueño es mi presente.

FIN

 

 

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