Veníamos de la selva y en
la selva no hay señoras; menos aún guantes y manos blancas
enguantadas. La Dama sonrió y nos preguntó algo: si
veníamos de muy lejos,
y entonces Solbes,
el portugués, le enseñó una esmeralda. Verde, como los ojos de la
Dama. Brillante, como las hojas de la palmera.
Ella la tomó
entre sus dedos y la piedra pareció querer brillar más a su
contacto. Solbes,
entonces supimos su locura, le dijo: “Quédese
con ella”,
y la Señora, despacio, mirándole fijamente, se llevó la piedra a
los labios y la besó, lenta y espaciosamente, sin quitar sus ojos de
los de Solbes.
Solbes
comenzó a gemir imperceptiblemente, le acometió una sonrisa. Un
temblor le recorrió el cuerpo. Luego, en pocos segundos, se
convirtió en agua. Dejó un charco de andrajos mojados sobre el
suelo.
La Dama guardó en su bolso la esmeralda y nos dedicó
otra sonrisa. Nos hizo estremecer, pensar que íbamos a ser los
próximos convertidos en río. Un leve ademán y los tres nos
apresuramos a seguirla. Por el camino todos nos miraban con
curiosidad. Debíamos de parecer sus esclavos, unos esclavos llegados
de la selva a punto de desaparecer por una orden suya, o a punto de
hacer algo irremediable.
La seguimos hasta el zaguán de su
casa. En el suelo de madera se adivinaban las pisadas de la Señora,
como si hubiera extendido en círculo sus encantos y, con su pie
desnudo, hubiera impuesto una frontera mágica, invisible y real.
Detrás de esa frontera era como estar protegido por un muro.
Todo
silencio y quietud. Todo felicidad. Todo lejanía. Depositamos las
esmeraldas en una mesa y les propusimos formas; líneas verdes
primero. Las dispusimos en filas de igual longitud. Luego, Machado
desvió una de las líneas y formó una ene.
Después fuimos nosotros y sugerimos nuestros nombres en siglas
verdes y esmeraldas.
No sé por qué, pero nos fascinaba aquel
juego. Tal vez estuvimos jugando varias horas o varios días. Cuando
nos quisimos dar cuenta, el horizonte amanecía y la Señora nos
miraba desde el otro lado de la ventana. Vestía un camisón de seda
cruda. Con el cepillo se acariciaba la cascada negra de su cabello.
Una esclava dravídica, respetuosamente alejada tres pasos a su
derecha, completaba lo que veíamos desde la ventana. En ese momento
miramos a las esmeraldas. La última palabra que habían formado
encima de la mesa decía: Felicidad.
La
Señora se abrigó del relente con un abrigo, cubriéndose los
hombros. Salió a la luz del amanecer. Se sentó en una silla de
madera blanca, ante un desayuno de café y rosquillas. Mientras, nos
invitaba con la mano a sentarnos a su lado. Lo hicimos y el café,
las rosquillas y la compañía fueron lo mejor que podíamos recordar
de los diez años anteriores. Habló la Señora, y fue para
preguntar: “¿De
dónde vienen ustedes?”.
Todos
quisimos haber contestado, pero ninguno pudimos hablar de la emoción.
Jorge
fue el primero en reponerse y le dijo: “Venimos
de Río
Perlas”.
Y
entonces la Señora nos comenzó a instruir en la verdadera historia,
la que no se cuenta. La que sabe y se calla la selva.
“El
Río
Perlas
se llama así porque las tribus de la torrentera llevan a las más
bellas de sus hijas a bañar a la luz de la luna. De esos baños de
agua y luz adquieren las niñas el sabor y el color de aquel astro.
Cuando ya son suficientemente blancas, cuando ya irradian el
resplandor plateado, cuando se ven luminosas, como Sita, la mujer de
Rama, entonces la diosa de los bosques las convierte en perlas y las
oculta en el fondo del río.
Quedan
escondidas hasta que un gran guerrero las descubre, las desposa y se
las lleva a su palacio. Entretanto estarán a salvo allí, entre las
arenas y las aguas. Porque cuando se crea una perla nueva también se
están creando un príncipe guerrero, un palacio y unos hijos de piel
blanca para que puedan contar las historias y la luna triunfe en su
blancura”.
Un
perfume, como de sándalo, me distrajo del hechizo y entonces vi a
Jorge,
o lo que quedaba de Jorge:
un humo azul que olía a sándalo, que se elevaba del lugar en el que
Jorge
había estado y en el que permanecían los harapos que fueron su
ropa.
La Señora continuó diciendo: “La
casta de los guerreros, los adoradores de Kali,
tienen por costumbre, en las noches de luna, visitar los ríos en
busca de perlas. Si las encuentran, razonan, también sabrán
encontrar su reino y su palacio, donde llevarán a la perla niña,
que será su reina. Pero lo que los hombres de la espada no saben es
cuál es el río que verdaderamente se llama Río
Perlas.
Por
eso suelen buscar en vano y la mayoría muere en los combates antes
de ser príncipes y tener palacio o reinas. Por eso, saben los
sabios, que no hay que buscar donde no se encuentra. Y los más
sabios evitan tanto los ríos de las perlas como los campos de
batalla. Y suelen contar que hay más de los últimos que de los
primeros”.
También
os he de instruir sobre los zafiros, las esmeraldas y los
rubíes.
“Cuando
son grandes y hermosos, se convierten en doncellas para sus
poseedores. A quienes poseen riquezas hechas de piedras preciosas,
nunca les faltará un regazo con forma de mujer para entibiar sus
noches de invierno. Porque la magia de las piedras va más allá de
la realidad y, cuando son grandes, son suficientes y crean compañía
de la nada. Por eso los buscadores de esmeraldas han de tener cuidado
con sus deseos, porque puede aparecer la felicidad en cualquier
esquina y de cualquier manera inesperada”.
Entonces
Machado
se había vuelto ya aroma y ceniza, y tampoco estaba a mi lado. Ahora
solamente estábamos los dos. Y ella no me miraba, porque miraba
hacia lo lejos, hacia la historia que me estaba contando. Y yo miraba
a sus labios, que era de donde brotaban las historias.
“La
felicidad —continuó—,
a
veces hay que buscarla en los cementerios, porque los hombres matan a
la felicidad para apoderarse de sus propias miserias. Se aferran a
sus posesiones tan fuertemente que estrangulan a la felicidad con sus
propias manos y aun con las ajenas. Dicen a sus sirvientes:
‘¡Matadla!’, y sus sirvientes la entierran donde su amo ya no
puede verla y la felicidad vive en armonía, pero muerta. En rincones
donde ningún hombre la ve y solo los dichosos la adivinan”.
Acabó
esta historia y me extrañé de no haber desaparecido. La Dama
pareció saber lo que pensaba y prosiguió con otra historia.
“Has
venido de la selva y te acompañaban tres viajeros. Ahora te has
liberado de ellos. Ahora ellos descansan en paz de su codicia. Tus
compañeros no se llamaban ni Jorge,
ni Solbes,
ni Machado.
Eran tres almas muertas, ignorantes y asesinas. Te perseguían en
busca de un botín que les negabas. Tú has encontrado las
esmeraldas, solamente a ti te corresponde su luz verde.
Los
espíritus de los diablos muertos se apoderan de los recuerdos de los
solitarios. Se visten con cuerpos y nombres que vivieron en tu
pasado. Así disfrazados, nadie les extraña, nadie les rechaza, se
dejan acompañar de ellos y les llaman sus amigos. Y ellos van a su
lado hasta que pueden asaltarle y devorarle el alma y los tesoros, de
luz y piedra, de su bolsa. Por eso solo los extranjeros ignorantes
recogen las piedras preciosas del Río Perlas y regresan,
acompañados, de la selva a la que fueron solos”.
Regresé,
de tres saltos en el espacio y en el tiempo: primero de Kerala
a Delhi;
luego de Delhi
a Ámsterdam;
después de Ámsterdam
a Madrid.
Traje conmigo una bolsa con esmeraldas que encontré en un río que
creo se llamaba Río
Perlas.
En ellas venía mi futuro.
Hoy habito en una mansión,
junto a una mujer de piel blanca, pelo negro y ojos verdes
iluminados. Se llama María
y nunca conoció la India.
Yo a ella sí la conocí en la India, mientras me ofrecía historias
e incienso en una casa amplia de madera. Cuando me salvaba de los
diablos —hoy lo sé—, lo hacía para ella misma. A veces creo que
lo soñé, mientras que otras veces presumo que lo que sueño es mi
presente.
FIN
miércoles, 7 de enero de 2026
025 Río Perlas.
La
Dama se quitó el guante. Apareció una manita fina y blanca, con el
dorso surcado de líneas azules y tenues. Nos ofreció la mano, como
para besarla, pero no supimos reaccionar a tiempo. Nos había dejado
petrificados aquella mano blanca.
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