La doctora Hielster
realizaba experimentos sobre la filogenia y la transmisión de
conocimientos. El objetivo de los mismos era demostrar la
superioridad aria, de una raza especial de cobayas. Los cobayas le
habían sido entregados por el doctor Scheffer.
Los ratones habían sido cuidadosamente seleccionados. Uno de los
cincuenta institutos de la organización había extendido los
certificados. Cada uno de aquellos pequeños era, genéticamente,
ario.
El experimento había sido diseñado en la cúpula de la
organización. Demostraría la adaptación superior de la raza aria a
la transmisión del conocimiento. Mientras se alcanzaba la evidencia,
el estudio sería materia reservada. Contaría con todas las
facilidades de Prioridad Nacional y con una financiación
ilimitada.
La doctora Hielster
convirtió en dilatada rutina el experimento. Definió los objetivos
parciales, los métodos de adiestramiento y las unidades de medida.
Preparó a su equipo metódicamente. Dividió las responsabilidades
entre sus colaboradores. Diluyó el objetivo final entre los
parciales. Disimuló, en el tedio diario, la importancia de la
investigación. Se dispuso a demostrar la superioridad aria.
Las
cobayas eran sometidas a procesos de adiestramiento. A cada
generación le sucedía la siguiente. Se atesoraron archivos, datos y
fechas. Sus cinco equipos le suministraron material para las
estadísticas. Cinco años de investigaciones y tres de guerra.
Alemania avanzaba en todos los frentes, incluso en aquel rincón de
Ulm,
en el laboratorio de la doctora Hielster.
Relatar
la forma de los dédalos para ratones, investigar la rutina de los
cinco años, describir los días de tedio... No solo sería inútil
para la Historia, sino que sería un veneno cruel para los hechos.
Baste decir que la doctora descubrió unas semejanzas sorprendentes
cada dos generaciones de cobayas.
Las fichas debieron de arder
en algún lugar de Suiza.
Tonelada y media de fichas y trescientos veintidós informes
remitidos a Zúrich
bajo el epígrafe de “ALTO
SECRETO”.
En
un informe de 23 de junio de 1942, Hielster
detallaba el hecho. Cada dos generaciones de cobayas, unos tres
individuos mostraban particular aptitud para el adiestramiento. La
velocidad de aprendizaje era, en promedio, 3,26 veces más elevada
que en el resto. La significación estadística podía rastrearse a
lo largo de toda la serie: cinco camadas independientes con un
promedio de once generaciones anuales, durante cinco años.
Aquel
informe, sellado con el número AW323,
fue el definitivo. El grupo de investigación fue disuelto. Agentes
de las SS, al mando del coronel H.
Stroerner,
incautaron la documentación y sellaron las instalaciones. La doctora
Hielster
recibió orden de presentarse ante el doctor W. S. en Berlín.
Siete
años más tarde, un testigo vio a la doctora Hielster
en Ulm.
Esta fue la última vez que alguien dio noticias de ella a los
investigadores.
¿Qué había descubierto la doctora Hielster?
Las conclusiones del informe AW323
nunca fueron publicadas. Una mención a su contenido fue capturada,
junto con los archivos de la SS de Múnich,
por el SIM.
Agentes del mismo fueron puestos tras su pista. Toda Alemania
se rastreó en su busca.
Algunos de sus colaboradores fueron
encontrados con vida en Kiel,
Orangemud
y
en Asunción,
Paraguay.
Ninguno añadió nada nuevo a la investigación. Los informes relatan
su paso por Breslau
durante los últimos años de la guerra y otras informaciones
irrelevantes. Finalizaban con el testimonio del testigo de Ulm,
H. S.
Nada sobre el objeto de sus investigaciones. Se consideraron diversas
hipótesis que señalaron a Madrid,
Dublín
y Buenos
Aires.
Ninguna dio más pistas.
Si alguien hubiera consultado los
archivos de Simon
Wiesenthal
en Viena, no la habría encontrado culpable de atrocidades probadas.
No hubo nunca persecución judía en su contra. El porqué la
buscaban los servicios americanos debía de estar en el documento de
Múnich.
El documento desapareció de los archivos americanos el 11 de abril
de 1949.
Su búsqueda fue oficialmente suspendida el 27 de
marzo de 1951.
El día 12 de abril de aquel mismo año oí
este relato en Madrid.
Mi interlocutor, miembro del SIPM2,
brindaba por el final de su misión. Su liberación era obvia y
exultante. El brandy me ayudó con el resto.
Por aquel
entonces yo era corresponsal del Buenos
Aires Herald
en Madrid.
La España
de 1951, tranquila y oficial, era el adecuado contrapunto para las
noches de mi juventud. Mi apellido, fortuna y posición me aseguraban
información y relaciones.
Desde el principio me interesó el
caso.
¿Qué habría descubierto la doctora Hielster?
¿Algo importante?
En una época en la que los servicios secretos buscaban alquimistas,
la doctora Hielster
bien podría haber hallado el Santo
Grial
en Ulm.
De
mi conversación con el agente español, tomé buena nota de un
descubrimiento de última hora. En la lista del pasaje del Nuestra
Señora de la Asunción,
una tal señora Hielster
zarpó de Vigo
rumbo a Buenos
Aires
el 1 de octubre de 1949. La información nunca fue remitida a
Alemania.
El
destino me devolvió a mi ciudad dos meses más tarde. El invierno
porteño, el Café
Tortoni,
Corrientes
y Lavalle
se repartieron mi vida los dos siguientes. Al tercer mes, su nombre
volvió a mi recuerdo. Mi doctora Hielster.
¿Cómo
sería? ¿Dónde escondía su secreto? ¿Estaría viva? ¿Continuaría
en la Argentina?
La curiosidad, más que la esperanza, me impulsó en su busca.
Consulado español. Inmigración. Una fecha. No fue difícil. Una
dirección y un nombre. El fin del mundo y un desconocido. La Seda y
el señor Krauser.
La
Seda,
a trescientos kilómetros al sur de Comodoro
Rivadavia.
El señor Krauser,
un inmigrado alemán de 1935. La hacienda del señor Krauser
estaba dedicada a la cría de ovejas, era próspera. Sus métodos de
explotación parecían darle buenos resultados. Su procedencia,
Namibia,
no parecía ocultar ningún secreto.
El señor Krauser
me recibió. Hombre afable, buen conversador, demostró una cortesía
extrema. Su edad, unos setenta años, no me libró de la sorpresa. Al
preguntar por la doctora Hielster
me encontré hablando de la señora Krauser.
No había nada que ocultar. Se casaron en aquella misma hacienda dos
años antes. Después de la ceremonia, la doctora Krauser
se instaló en Buenos
Aires.
Intuí que el matrimonio lo fue más por lealtad que por amor.
La
doctora Krauser
ejercía la medicina en el barrio de Belgrano.
Alta, elegante, de porte distinguido. Tenía la belleza dulce de los
ojos azules en la cincuentena. Su casa, amueblada con gusto
exquisito, revelaba el origen de su dueña. Un tanka
tibetano, sobre la pared oriental del salón, recordaba, cruel, la
rueda del karma.
Sobre un aparador, una estatuilla de un buda en bronce insistía en
la atmósfera oriental del cuarto.
No me negó lo que venía
buscando. Interrogada sobre el informe AW323, sonrió. Se sirvió
otra taza de té y, mirando hacia Oriente, suspiró. Aún me llega de
lejos su acento alemán al hablar porteño. Todavía me aturde su
serenidad, sus modales pausados, sus palabras justas. En un español
culto, rico y expresivo, me fue desvelando el misterio.
Las
fichas destruidas guardaban un secreto: la coincidencia de individuos
similares cada dos generaciones. La repetición incansable de la
pauta en seiscientas generaciones no era un hecho fortuito. No podía
serlo. Me confesó su desaliento, sus dudas, su repetición de los
cálculos... Hasta que, al fin, un día encontró la explicación.
Aquella monstruosidad estadística solo podría justificarse con la
hipótesis de la reencarnación. Revisó otra vez las series; los
resultados eran buenos, los cálculos correctos, el corolario era: la
verdad que el Buda
había predicado.
Después, el documento AW323.
A continuación, la disolución de su laboratorio. Su traslado a
Berlín.
Su dirección de un nuevo proyecto con más secretos, más medios,
más personal. Resultados: se confirmó el anterior. Acabada la
guerra, convaleciente Alemania, supo que las bombas habían llovido
sobre Europa para ocultar su secreto. La Ahnenerbe
había demostrado lo predicado por una de las religiones decadentes.
Nietzsche
se doblaría de sarcasmo en su tumba. Si hubiera podido, ella misma
habría destruido las evidencias.
Los años siguientes fueron
de miedo, de estupefacción, de incredulidad. La supervivencia a toda
costa, la huida del Eterno
Retorno.
La horrible certeza de la reencarnación la mantuvo con vida, la
alejó del suicidio.
Huyó, como muchos otros, pero más tarde
que ellos. España, y en España, Madrid
y luego Vigo. Allí, el mar. Detrás del mar, Argentina. La lealtad
de un amigo de la familia, el señor Krauser.
Su boda. Buenos
Aires.
Poco más.
Se había convertido al budismo. Se sorprendió de
que se la hubiese buscado por toda Europa. Le asombró más el que no
la hubiesen encontrado. No pretendía esconderse, no tenía por qué.
En aquellos meses estaba preparando una edición de los resultados,
de “Su
Secreto”.
No esperaba ningún éxito. Se auguraba la incredulidad general.
Consideraba que el libro abriría la posibilidad de que alguien
repitiese los experimentos y los cálculos, y la demostración fuera
la misma. Pensaba que esa sería la puerta de un nuevo sincretismo
religioso. Esperaba que los materialistas y las religiones
monoteístas pudieran asimilar la idea algún día.
Le
agradecí su amabilidad y la entrevista. La doctora me acompañó,
elegante, a la puerta. Me despidió con un vago “le
enviaré mi libro”.
Al pisar la calle, me enterneció recordar el candor de sus
esperanzas.
La noticia fue la siguiente:
“Buenos
Aires, 7 de diciembre de 1952. La doctora Krauser,
de origen alemán, muere asesinada en su mansión de Belgrano.
Círculos de la policía señalan su conexión con grupos de
exiliados germanos. El móvil parece haber sido el robo.”
Me
sentí consternado al leer sobre su muerte. Supe que el móvil no
había sido el robo. El manuscrito de su libro había desaparecido.
Ya han pasado muchos años. Nadie publicó ni una palabra sobre el
libro. El asesino jamás apareció. Su libro tampoco. Ni los
materialistas ni las religiones monoteístas tendrán que adaptarse a
nada. Yo, tampoco.
Quise olvidar que yo pude ser el hilo que
les llevó hasta ella. Quise no volver a pensar en la doctora
Hielster.
Ni en la doctora Krauser.
No quiero saber a quiénes les resulté tan útil.
“¿Quién
rezará el Kadish
por nosotros cuando hayamos muerto?”
FIN

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