miércoles, 14 de enero de 2026

026 Berlín (Geometrías)

Ulm, Alemania. El descubrimiento fue un hecho fortuito, una observación casual. La doctora Hellen Hielster, del grupo especial de Psicobiología Experimental de la Ahnenerbe, correlacionó los datos.


La doctora
Hielster realizaba experimentos sobre la filogenia y la transmisión de conocimientos. El objetivo de los mismos era demostrar la superioridad aria, de una raza especial de cobayas. Los cobayas le habían sido entregados por el doctor Scheffer. Los ratones habían sido cuidadosamente seleccionados. Uno de los cincuenta institutos de la organización había extendido los certificados. Cada uno de aquellos pequeños era, genéticamente, ario.

El experimento había sido diseñado en la cúpula de la organización. Demostraría la adaptación superior de la raza aria a la transmisión del conocimiento. Mientras se alcanzaba la evidencia, el estudio sería materia reservada. Contaría con todas las facilidades de Prioridad Nacional y con una financiación ilimitada.

La doctora
Hielster convirtió en dilatada rutina el experimento. Definió los objetivos parciales, los métodos de adiestramiento y las unidades de medida. Preparó a su equipo metódicamente. Dividió las responsabilidades entre sus colaboradores. Diluyó el objetivo final entre los parciales. Disimuló, en el tedio diario, la importancia de la investigación. Se dispuso a demostrar la superioridad aria.

Las cobayas eran sometidas a procesos de adiestramiento. A cada generación le sucedía la siguiente. Se atesoraron archivos, datos y fechas. Sus cinco equipos le suministraron material para las estadísticas. Cinco años de investigaciones y tres de guerra. Alemania avanzaba en todos los frentes, incluso en aquel rincón de
Ulm, en el laboratorio de la doctora Hielster.

Relatar la forma de los dédalos para ratones, investigar la rutina de los cinco años, describir los días de tedio... No solo sería inútil para la Historia, sino que sería un veneno cruel para los hechos. Baste decir que la doctora descubrió unas semejanzas sorprendentes cada dos generaciones de cobayas.

Las fichas debieron de arder en algún lugar de
Suiza. Tonelada y media de fichas y trescientos veintidós informes remitidos a Zúrich bajo el epígrafe de “ALTO SECRETO”.

En un informe de 23 de junio de 1942,
Hielster detallaba el hecho. Cada dos generaciones de cobayas, unos tres individuos mostraban particular aptitud para el adiestramiento. La velocidad de aprendizaje era, en promedio, 3,26 veces más elevada que en el resto. La significación estadística podía rastrearse a lo largo de toda la serie: cinco camadas independientes con un promedio de once generaciones anuales, durante cinco años.

Aquel informe, sellado con el número
AW323, fue el definitivo. El grupo de investigación fue disuelto. Agentes de las SS, al mando del coronel H. Stroerner, incautaron la documentación y sellaron las instalaciones. La doctora Hielster recibió orden de presentarse ante el doctor W. S. en Berlín.

Siete años más tarde, un testigo vio a la doctora
Hielster en Ulm. Esta fue la última vez que alguien dio noticias de ella a los investigadores.

¿Qué había descubierto la doctora
Hielster? Las conclusiones del informe AW323 nunca fueron publicadas. Una mención a su contenido fue capturada, junto con los archivos de la SS de Múnich, por el SIM. Agentes del mismo fueron puestos tras su pista. Toda Alemania se rastreó en su busca.

Algunos de sus colaboradores fueron encontrados con vida en
Kiel, Orangemud y en Asunción, Paraguay. Ninguno añadió nada nuevo a la investigación. Los informes relatan su paso por Breslau durante los últimos años de la guerra y otras informaciones irrelevantes. Finalizaban con el testimonio del testigo de Ulm, H. S. Nada sobre el objeto de sus investigaciones. Se consideraron diversas hipótesis que señalaron a Madrid, Dublín y Buenos Aires. Ninguna dio más pistas.

Si alguien hubiera consultado los archivos de
Simon Wiesenthal en Viena, no la habría encontrado culpable de atrocidades probadas. No hubo nunca persecución judía en su contra. El porqué la buscaban los servicios americanos debía de estar en el documento de Múnich. El documento desapareció de los archivos americanos el 11 de abril de 1949.

Su búsqueda fue oficialmente suspendida el 27 de marzo de 1951.

El día 12 de abril de aquel mismo año oí este relato en
Madrid. Mi interlocutor, miembro del SIPM2, brindaba por el final de su misión. Su liberación era obvia y exultante. El brandy me ayudó con el resto.

Por aquel entonces yo era corresponsal del
Buenos Aires Herald en Madrid. La España de 1951, tranquila y oficial, era el adecuado contrapunto para las noches de mi juventud. Mi apellido, fortuna y posición me aseguraban información y relaciones.

Desde el principio me interesó el caso.
¿Qué habría descubierto la doctora Hielster? ¿Algo importante? En una época en la que los servicios secretos buscaban alquimistas, la doctora Hielster bien podría haber hallado el Santo Grial en Ulm.

De mi conversación con el agente español, tomé buena nota de un descubrimiento de última hora. En la lista del pasaje del
Nuestra Señora de la Asunción, una tal señora Hielster zarpó de Vigo rumbo a Buenos Aires el 1 de octubre de 1949. La información nunca fue remitida a Alemania.

El destino me devolvió a mi ciudad dos meses más tarde. El invierno porteño, el
Café Tortoni, Corrientes y Lavalle se repartieron mi vida los dos siguientes. Al tercer mes, su nombre volvió a mi recuerdo. Mi doctora Hielster. ¿Cómo sería? ¿Dónde escondía su secreto? ¿Estaría viva? ¿Continuaría en la Argentina? La curiosidad, más que la esperanza, me impulsó en su busca. Consulado español. Inmigración. Una fecha. No fue difícil. Una dirección y un nombre. El fin del mundo y un desconocido. La Seda y el señor Krauser.

La Seda, a trescientos kilómetros al sur de Comodoro Rivadavia. El señor Krauser, un inmigrado alemán de 1935. La hacienda del señor Krauser estaba dedicada a la cría de ovejas, era próspera. Sus métodos de explotación parecían darle buenos resultados. Su procedencia, Namibia, no parecía ocultar ningún secreto.

El señor
Krauser me recibió. Hombre afable, buen conversador, demostró una cortesía extrema. Su edad, unos setenta años, no me libró de la sorpresa. Al preguntar por la doctora Hielster me encontré hablando de la señora Krauser. No había nada que ocultar. Se casaron en aquella misma hacienda dos años antes. Después de la ceremonia, la doctora Krauser se instaló en Buenos Aires. Intuí que el matrimonio lo fue más por lealtad que por amor.

La doctora
Krauser ejercía la medicina en el barrio de Belgrano. Alta, elegante, de porte distinguido. Tenía la belleza dulce de los ojos azules en la cincuentena. Su casa, amueblada con gusto exquisito, revelaba el origen de su dueña. Un tanka tibetano, sobre la pared oriental del salón, recordaba, cruel, la rueda del karma. Sobre un aparador, una estatuilla de un buda en bronce insistía en la atmósfera oriental del cuarto.

No me negó lo que venía buscando. Interrogada sobre el informe AW323, sonrió. Se sirvió otra taza de té y, mirando hacia Oriente, suspiró. Aún me llega de lejos su acento alemán al hablar porteño. Todavía me aturde su serenidad, sus modales pausados, sus palabras justas. En un español culto, rico y expresivo, me fue desvelando el misterio.

Las fichas destruidas guardaban un secreto: la coincidencia de individuos similares cada dos generaciones. La repetición incansable de la pauta en seiscientas generaciones no era un hecho fortuito. No podía serlo. Me confesó su desaliento, sus dudas, su repetición de los cálculos... Hasta que, al fin, un día encontró la explicación. Aquella monstruosidad estadística solo podría justificarse con la hipótesis de la reencarnación. Revisó otra vez las series; los resultados eran buenos, los cálculos correctos, el corolario era: la verdad que el
Buda había predicado.

Después, el documento
AW323. A continuación, la disolución de su laboratorio. Su traslado a Berlín. Su dirección de un nuevo proyecto con más secretos, más medios, más personal. Resultados: se confirmó el anterior. Acabada la guerra, convaleciente Alemania, supo que las bombas habían llovido sobre Europa para ocultar su secreto. La Ahnenerbe había demostrado lo predicado por una de las religiones decadentes. Nietzsche se doblaría de sarcasmo en su tumba. Si hubiera podido, ella misma habría destruido las evidencias.

Los años siguientes fueron de miedo, de estupefacción, de incredulidad. La supervivencia a toda costa, la huida del
Eterno Retorno. La horrible certeza de la reencarnación la mantuvo con vida, la alejó del suicidio.

Huyó, como muchos otros, pero más tarde que ellos. España, y en España,
Madrid y luego Vigo. Allí, el mar. Detrás del mar, Argentina. La lealtad de un amigo de la familia, el señor Krauser. Su boda. Buenos Aires. Poco más.

Se había convertido al budismo. Se sorprendió de que se la hubiese buscado por toda Europa. Le asombró más el que no la hubiesen encontrado. No pretendía esconderse, no tenía por qué. En aquellos meses estaba preparando una edición de los resultados, de “
Su Secreto”. No esperaba ningún éxito. Se auguraba la incredulidad general. Consideraba que el libro abriría la posibilidad de que alguien repitiese los experimentos y los cálculos, y la demostración fuera la misma. Pensaba que esa sería la puerta de un nuevo sincretismo religioso. Esperaba que los materialistas y las religiones monoteístas pudieran asimilar la idea algún día.

Le agradecí su amabilidad y la entrevista. La doctora me acompañó, elegante, a la puerta. Me despidió con un vago “
le enviaré mi libro”. Al pisar la calle, me enterneció recordar el candor de sus esperanzas.

La noticia fue la siguiente:

“Buenos Aires, 7 de diciembre de 1952. La doctora Krauser, de origen alemán, muere asesinada en su mansión de Belgrano. Círculos de la policía señalan su conexión con grupos de exiliados germanos. El móvil parece haber sido el robo.”

Me sentí consternado al leer sobre su muerte. Supe que el móvil no había sido el robo. El manuscrito de su libro había desaparecido. Ya han pasado muchos años. Nadie publicó ni una palabra sobre el libro. El asesino jamás apareció. Su libro tampoco. Ni los materialistas ni las religiones monoteístas tendrán que adaptarse a nada. Yo, tampoco.

Quise olvidar que yo pude ser el hilo que les llevó hasta ella. Quise no volver a pensar en la doctora
Hielster. Ni en la doctora Krauser. No quiero saber a quiénes les resulté tan útil.

“¿Quién rezará el Kadish por nosotros cuando hayamos muerto?”

FIN


1 Ahnenerbe: Instituto para el estudio de la Herencia ancestral
2 SIPM Servicio de Inteligencia de la Policía Militar
 
 
 

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