viernes, 7 de agosto de 2026

040 Los dos sueños y las dos sogas

Sueño, sueño continuamente. No puedo parar de soñar. Siempre el sueño, el mismo sueño, el sueño idéntico a sí mismo que se repite noche tras noche. En el sueño, en la pesadilla, soy el rabino Mordecai.


Mañana es el Día. Mañana es el día de la Expiación. Mi primer día de la Expiación. Todo está preparado. Todo está en su sitio. Pero yo, ¿estoy preparado? Yo, ¿estoy en mi sitio?

Pero de pronto, mañana ya es hoy. Hoy tengo que entrar. Entrar es un verbo fácil. Fácil de decir. Sencillo de conjugar. Difícil de hacer. ¿Quién se acercará a su llama? ¿Quién se acercará a Él? Él es llama. Él es fuego. Él abrasa el corazón de los pecadores. Él. Hoy, día de la Expiación, tengo que entrar a quemar el incienso. Pero no podía dejar de sentir miedo. El miedo, que es libre y se alimenta de la duda. La duda siempre estaba allí, preparada, para alimentar al miedo.

Siempre había un “pero”: ¿y si se encontrase a Di-s? ¿O a un ángel? ¿O a una Potestad? ¿O a una Dominación que Di-s me enviase? ¿Y si mi corazón no pudiera soportarlo? ¿Y si Di-s, aquel día, en el Santo de los Santos, le hiciese el honor de llevarle a su lado? Si fallecía allí aquel día, Di-s sabría por qué lo habría hecho. Pero su cadáver quedaría en la tierra, en un lugar indebido. A merced del tiempo, a merced de la soledad. No, eso no sucedería.

Sus antepasados, con idénticos temores, idearon atarle a una cuerda. Como el cordón de plata que lo uniría al mundo mientras transitaba por él en el Santo de los Santos. Si algo le ocurriese, no tendrían que abandonar allí sus despojos. Podrían recuperar su cuerpo sin alma mediante la cuerda atada a sus restos. Por eso el rabí miraba a la cuerda, por eso el rabí tenía miedo y alegría, pavor y deseo de que Di-s le enviase sus ángeles a buscarle. En aquel lugar, Santo de los Santos.

Ese es el sueño que padezco. El sueño que se repite. El terror del primer día.

Hoy me ha vuelto a asaltar la pesadilla. Me he despertado jadeante y sudoroso, en la habitación del hotel. Una habitación desconocida, en una ciudad nueva para mí. En
Salónica me habían hablado mucho de ella. En Salónica, Sefarad era solo un concepto, un lugar del paraíso, un sitio que no existe. Tal vez nunca existió. Nuestra imaginación se llamaba Sefarad. Nuestra realidad, Salónica. Hoy estoy en Sefarad. En su capital. He llegado como llegan los hombres de negocios, con un puñado de citas concertadas y la dirección de un hotel en el bolsillo.

Por la ventana de la habitación veía una estatua. Una estatua de un hombre. Un guerrero. Fusil al hombro, mirada altiva desafiando la calle o el abismo empedrado que se abría ante él. O tal vez otro abismo que también se abriera ante él. Una mirada, con una misión.

Calada, la bayoneta apuntaba su filo de acero hacia el cielo. Una lata antigua de gasolina y bronce bajo su brazo izquierdo. En su mano derecha, una tea. La llama, desviada hacia atrás por la premura del paso. En torno a él, una cuerda. Una cuerda que es una atadura, que es un misterio. Como si a luchar se pudiera ir atado, aprisionado por un cáñamo trenzado, por unas órdenes siniestras.

En recepción me intereso por la estatua. Indago la razón.
¿Quién era ese hombre? ¿Qué hizo? ¿Por qué lleva una lata de petróleo? ¿Por qué le ata una cuerda? Orgulloso, el recepcionista me cuenta la Historia: la estatua es de Eloy Gonzalo. Un héroe. Estando su unidad sitiada, se ofreció voluntario para incendiar la posición enemiga. Eso explica la lata y la tea encendida. ¿Y la cuerda? La cuerda era para que pudieran recuperar su cadáver.

Pero la razón de aquella cuerda era otra. Una razón parecida a la del rabino
Mordecai.

Aquella noche volví a soñar. En el sueño ya no me llamaba
Mordecai ni era rabino. En el sueño me llamaba Eloy y era soldado.

Hoy es 26 de septiembre. Estamos atrapados. Han matado a 13 de los nuestros. Los mambises son lo peor. O lo peor es la selva. O lo peor son las serpientes. O lo peor son los mosquitos. O nuestros mandos. ¡Quién sabe lo que es lo peor! Nos ordenan seguir aquí, sin salir a por ellos. Esperando la muerte en un blocao, en un ataúd. Así se lo ponen fácil. Nos matan mejor.

Me presento a mi superior. Me ofrezco voluntario. Iré y quemaré el bohío desde donde nos disparan. Solo pido una cosa: ir atado a una cuerda, para que recuperen mi cadáver, para que mis camaradas puedan enterrarme. Salgo del blocao. Voy camino de la muerte. Siento miedo. Apresuro el paso.

Me despierto también sudoroso, también jadeante. Sé que he tenido un sueño distinto. Un sueño donde no soy un rabino, sino un soldado. Ambos se enfrentan a la muerte. A su muerte. Ambos van hacia ella atados por una cuerda.

Me levanto. Voy hacia la ventana. Es de noche; la luz de las farolas ilumina la plaza. Miro la estatua de
Eloy. En realidad, ambos sueños son el mismo sueño. O la misma realidad en dos historias diferentes.

A
Eloy, tal vez alguien le había hablado del Templo. Le habrían dicho que el Templo no era una iglesia. Tampoco era una sinagoga. Le contarían que él solo podría haber llegado al Atrio de los Gentiles; que ni siquiera habría llegado al Patio de las Mujeres. Menos aún, al Patio de los Israelitas. Que imposible del todo había sido llegar al Santo de los Santos. Allí no podía entrar nadie. Solo el sumo sacerdote. Cuando entraba, lo hacía atado por una cuerda, para que en caso de muerte pudieran recuperar su cadáver.

Luego me contaron que
Eloy viene de Eligius: “Aquel que es elegido”. Tal vez por eso, en mis dos sueños, Eloy y Mordecai estaban atados por la misma cuerda.

Los dos sueños y las dos cuerdas son, en realidad, e
l mismo sueño y la misma cuerda.

FIN

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