Mañana
es el Día. Mañana es el día de la Expiación. Mi primer día de la
Expiación. Todo está preparado. Todo está en su sitio. Pero yo,
¿estoy preparado? Yo, ¿estoy en mi sitio?
Pero
de pronto, mañana ya es hoy. Hoy tengo que entrar. Entrar es un
verbo fácil. Fácil de decir. Sencillo de conjugar. Difícil de
hacer. ¿Quién se acercará a su llama? ¿Quién se acercará a Él?
Él es llama. Él es fuego. Él abrasa el corazón de los pecadores.
Él. Hoy, día de la Expiación, tengo que entrar a quemar el
incienso. Pero no podía dejar de sentir miedo. El miedo, que es
libre y se alimenta de la duda. La duda siempre estaba allí,
preparada, para alimentar al miedo.
Siempre
había un “pero”: ¿y si se encontrase a Di-s?
¿O a un ángel? ¿O a una Potestad? ¿O a una Dominación que Di-s
me
enviase? ¿Y si mi corazón no pudiera soportarlo? ¿Y si Di-s,
aquel día, en el Santo de los Santos, le hiciese el honor de
llevarle a su lado? Si fallecía allí aquel día, Di-s
sabría por qué lo habría hecho. Pero su cadáver quedaría en la
tierra, en un lugar indebido. A merced del tiempo, a merced de la
soledad. No, eso no sucedería.
Sus
antepasados, con idénticos temores, idearon atarle a una cuerda.
Como el cordón de plata que lo uniría al mundo mientras transitaba
por él en el Santo de los Santos. Si algo le ocurriese, no tendrían
que abandonar allí sus despojos. Podrían recuperar su cuerpo sin
alma mediante la cuerda atada a sus restos. Por eso el rabí miraba a
la cuerda, por eso el rabí tenía miedo y alegría, pavor y deseo de
que Di-s
le enviase sus ángeles a buscarle. En aquel lugar, Santo de los
Santos.
Ese
es el sueño que padezco. El sueño que se repite. El terror del
primer día.
Hoy me ha vuelto a asaltar la pesadilla. Me he
despertado jadeante y sudoroso, en la habitación del hotel. Una
habitación desconocida, en una ciudad nueva para mí. En Salónica
me habían hablado mucho de ella. En Salónica,
Sefarad
era solo un concepto, un lugar del paraíso, un sitio que no existe.
Tal vez nunca existió. Nuestra imaginación se llamaba Sefarad.
Nuestra realidad, Salónica.
Hoy estoy en Sefarad.
En su capital. He llegado como llegan los hombres de negocios, con un
puñado de citas concertadas y la dirección de un hotel en el
bolsillo.
Por la ventana de la habitación veía una estatua.
Una estatua de un hombre. Un guerrero. Fusil al hombro, mirada altiva
desafiando la calle o el abismo empedrado que se abría ante él. O
tal vez otro abismo que también se abriera ante él. Una mirada, con
una misión.
Calada, la bayoneta apuntaba su filo de acero
hacia el cielo. Una lata antigua de gasolina y bronce bajo su brazo
izquierdo. En su mano derecha, una tea. La llama, desviada hacia
atrás por la premura del paso. En torno a él, una cuerda. Una
cuerda que es una atadura, que es un misterio. Como si a luchar se
pudiera ir atado, aprisionado por un cáñamo trenzado, por unas
órdenes siniestras.
En recepción me intereso por la estatua.
Indago la razón. ¿Quién
era ese hombre? ¿Qué hizo? ¿Por qué lleva una lata de petróleo?
¿Por qué le ata una cuerda? Orgulloso,
el recepcionista me cuenta la Historia: la
estatua es de Eloy
Gonzalo.
Un héroe. Estando su unidad sitiada, se ofreció voluntario para
incendiar la posición enemiga.
Eso explica la lata y la tea encendida. ¿Y
la cuerda? La cuerda era para que pudieran recuperar su
cadáver.
Pero
la razón de aquella cuerda era otra. Una razón parecida a la del
rabino Mordecai.
Aquella
noche volví a soñar. En el sueño ya no me llamaba Mordecai
ni era rabino. En el sueño me llamaba Eloy
y era soldado.
Hoy
es 26 de septiembre. Estamos atrapados. Han matado a 13 de los
nuestros. Los mambises son lo peor. O lo peor es la selva. O lo peor
son las serpientes. O lo peor son los mosquitos. O nuestros mandos.
¡Quién sabe lo que es lo peor! Nos ordenan seguir aquí, sin salir
a por ellos. Esperando la muerte en un blocao, en un ataúd. Así se
lo ponen fácil. Nos matan mejor.
Me
presento a mi superior. Me ofrezco voluntario. Iré y quemaré el
bohío desde donde nos disparan. Solo pido una cosa: ir atado a una
cuerda, para que recuperen mi cadáver, para que mis camaradas puedan
enterrarme. Salgo del blocao. Voy camino de la muerte. Siento miedo.
Apresuro el paso.
Me
despierto también sudoroso, también jadeante. Sé que he tenido un
sueño distinto. Un sueño donde no soy un rabino, sino un soldado.
Ambos se enfrentan a la muerte. A su muerte. Ambos van hacia ella
atados por una cuerda.
Me levanto. Voy hacia la ventana. Es de
noche; la luz de las farolas ilumina la plaza. Miro la estatua de
Eloy.
En realidad, ambos sueños son el mismo sueño. O la misma realidad
en dos historias diferentes.
A Eloy,
tal vez alguien le había hablado del Templo. Le habrían dicho que
el Templo no era una iglesia. Tampoco era una sinagoga. Le contarían
que él solo podría haber llegado al Atrio
de los Gentiles;
que ni siquiera habría llegado al Patio
de las Mujeres.
Menos aún, al Patio
de los Israelitas.
Que imposible del todo había sido llegar al Santo
de los Santos.
Allí no podía entrar nadie. Solo el sumo sacerdote. Cuando entraba,
lo hacía atado por una cuerda, para que en caso de muerte pudieran
recuperar su cadáver.
Luego
me contaron que Eloy
viene de Eligius:
“Aquel
que es elegido”.
Tal vez por eso, en mis dos sueños, Eloy
y Mordecai
estaban atados por la misma cuerda.
Los dos sueños y las dos
cuerdas son, en realidad, el
mismo sueño y la misma cuerda.
FIN
viernes, 7 de agosto de 2026
040 Los dos sueños y las dos sogas
Sueño,
sueño continuamente. No puedo parar de soñar. Siempre el sueño, el
mismo sueño, el sueño idéntico a sí mismo que se repite noche
tras noche. En el sueño, en la pesadilla, soy el rabino
Mordecai.
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