Aún
recordaba cuándo se los había comprado. Hacía frío. Un silbato
largo le sacó de su modorra. El tren del andén vecino partía.
Ruido. Voces alejándose. Miró el reloj de la estación. Eran las
doce menos veinte de la noche. El ulular de la sirena se oyó en toda
la estación. También se oiría en su antigua casa.
Mateo
siempre había vivido en Lavapiés.
En la calle Tribulete.
Hasta hoy. Hoy se iba. La estación del Norte estaba sombría. Solo
veía al factor. Sacó del morral su bocadillo. Miró el envoltorio.
Estaba envuelto en papel de periódico. Miró las letras. Si hubiera
sabido leer, habría leído un anuncio: “Doctor
Javier Moncada”.
También la fecha.
Siete de diciembre de 1901.
De dos días antes.
El bocadillo era de calamares. Desenvolvió
la mitad. Le dio un bocado. Lo volvió a envolver y a guardar. Miró
otra vez su equipaje. Una maleta de tela atada con cuerdas. La maleta
era de su tía Consuelo.
Pensó: “Si
hubiera tenido dinero, no se habría muerto”.
El frío le hacía tiritar. Aquel abrigo negro de la difunta no le
abrigaba mucho.
Mateo
se levantó. Se puso a pisar las baldosas con fuerza. No entraba en
calor. Pensó que los ricos no pasan frío. Que tienen chimeneas y
carbón de leña. ¿Cómo
sería ser rico?
No se lo imaginaba. Bueno, algo sí se imaginaba. Ser rico era como
tener casa y comida. Como tener lumbre en invierno. Como no
despertarse por las goteras de la buhardilla de su tía. Ser rico era
ir a la escuela y saber leer. Que cuando te pusieras malo pudieras
pagar al médico y comprar medicinas. Ser rico era tener familia,
hijos, ir a la iglesia. Cosas así, de importancia.
Vio venir
el tren. Era el suyo. Apretó los dientes con fuerza. “Ahora sí
que me voy”. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se le enfriaron
al instante y le dolieron los ojos. Ser pobre es lo que tiene, que
siempre hay que marcharse…
FIN

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